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Hacer converger la acción de todos
39. Los países más ricos tienen una responsabilidad de primer plano en la reforma de la economía mundial. En estos últimos tiempos, por lo menos, han dado prioridad a las relaciones con los países que despegan económicamente —los que están verdaderamente en desarrollo— y también a los países del Este europeo cuya evolución puede constituir una amenaza cercana desde el punto de vista geográfico.
En los países ricos no faltan las personas de escasos recursos económicos, ni tampoco las reformas difíciles de realizar en el propio territorio. Nace, entonces, la tentación de hacer pasar a un segundo plano a los que tienen escasos recursos económicos en los países en desarrollo con altos costos sociales. « La miseria del mundo no está a cargo nuestro », es una frase que se repite a menudo en los países globalmente ricos.
Tal actitud, si se llegara a afianzar, sería a la vez indigna y poco perspicaz. Todas las personas, dondequiera que se hallen, sobre todo las que poseen medios económicos y tienen autoridad política, deben dejarse constantemente cuestionar por la miseria de los más desamparados y así tener en cuenta los intereses de éstos últimos en sus decisiones y en sus acciones. Este llamamiento está dirigido a los responsables de las decisiones relacionadas con los países en desarrollo.
Se dirige, igualmente, a todos los que, en los distintos países y a nivel internacional, bloquean de hecho, las posibilidades de acción en favor del bien común, para proteger intereses que por sí mismos podrían ser del todo legítimos. La protección de un cierto derecho adquirido en un determinado país puede tener como consecuencia la persistencia del hambre en otra parte del mundo, sin que se pueda señalar una relación precisa de causalidad ni la identidad de las víctimas; es fácil, entonces, negar su existencia. Otros conservatismos, en distintos niveles y en otros lugares, pueden contribuir a esos mismos bloqueos.
La anhelada reforma del comercio internacional está en vías de realización. Beneficia sobre todo a los pobres de los países ricos. Es de importancia capital, por tanto, que las prioridades no oculten la situación de los desamparados de los países pobres que carecen casi totalmente de voz en el ámbito internacional. Ellos deben volver a ser el centro de las preocupaciones internacionales, junto con las demás prioridades. Podemos alegrarnos, de todos modos, de las prioridades en favor de «la erradicación de la miseria » propuestas desde hace algunos años por el Banco Mundial.
Los responsables de los países en desarrollo no deben, por su parte, esperar una hipotética reforma internacional para comenzar a dedicarse, en su propio país, a las reformas y responder a necesidades con frecuencia muy evidentes, que propiciarían un cierto despegue económico. Dicho despegue no depende de recetas particulares, sino de una aplicación valiente y constante de reglas sencillas; éstas permiten actuar a los que son honestos y capaces de iniciativas válidas y económicamente rentables; esas mismas reglas prohiben a los deshonestos sacar de los recursos nacionales una recompensa que no corresponde a su contribución. Los pueblos deben « sentir que son los principales artífices y los primeros responsables de su propio progreso económico y social » (58). Como lo hemos dicho más arriba, pertenece a los gobiernos, y a las instituciones vinculadas a los países en desarrollo, manifestar claramente su preferencia por las actitudes responsables y valientes al servicio de las comunidades nacionales.