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Pontificio Consejo «Cor Unum»
Hambre en el mundo

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Apoyar las iniciativas

70. A la cabeza de esos cristianos que luchan figuran los religiosos y los ministros ordenados que están llamados a dar su vida a Dios y a sus hermanos.

A lo largo de toda la historia de la Iglesia, desde los diáconos de los Hechos de los Apóstoles (cf. Hch 6, 1ss.) hasta el presente, ha habido hombres y mujeres extraordinarios (95), órdenes religiosas y misioneras, asociaciones de cristianos laicos, instituciones e iniciativas eclesiales que han procurado ayudar a los pobres y a los hambrientos. Han luchado contra el sufrimiento y la miseria en todas sus formas, obedeciendo a Cristo.

La Iglesia expresa su agradecimiento a todos los que actualmente prestan esos servicios en forma de acción concreta en favor del prójimo en las diócesis, parroquias, organizaciones misioneras, organizaciones caritativas y demás ONG. Ellos transmiten el amor de Dios y muestran la autenticidad del Evangelio.

La Iglesia católica está presente en todos los continentes; cuenta con casi 2700 diócesis o circunscripciones de aspectos muy distintos (96), de las cuales muchas están comprometidas desde hace largo tiempo en la acción contra el hambre y la pobreza. Las diócesis y las parroquias son lugares privilegiados de discernimiento para la acción de los cristianos. En dichos marcos se promueve la organización de grupos a nivel popular, grupos locales y comunidades. Las comunidades acogedoras con dimensión humana pueden volver a infundir confianza, ayudar a organizarse, a vivir mejor, y a salir de la resignación y del abatimiento. El Evangelio vuelve a ser en ellas esperanza para los pobres en un crisol donde se conjugan la fuerza de Cristo y la de los desheredados.

Todos estamos invitados a participar en esta acción. El llamamiento al amor que Dios nos hace mediante la presencia de nuestros hermanos que padecen hambre, debe tener una respuesta concreta según el estado de vida de cada uno y la posición que ocupa en el mundo y en su propia comunidad. La maravillosa riqueza humana, en las distintas culturas, produce esa diversidad de compromisos y de misiones. Hay motivos, pues, para que todo cristiano promueva iniciativas locales muy distintas.

La Iglesia católica sabe que comparte ese mismo compromiso con las demás Iglesias cristianas y comunidades religiosas, y con todos los hombres de buena voluntad. Las acciones de tipo humanitario son un campo de actividad importante para el cristiano y éste deberá, por consiguiente, contribuir especialmente a que los objetivos de su acción individual y asociativa estén siempre al servicio integral del hombre, sin excluir su dimensión espiritual. Este servicio será entonces una defensa contra los que podrían tratar de desviar el dinamismo de la asociación hacia fines políticos inspirados en el materialismo y en ideologías que, en último análisis, contribuyen a destruir al hombre.




95) Cf. Juan Pablo II, Carta Encíclica Sollicitudo Rei Socialis (1987), n. 40, l.c. 569.



96) Cf. Secretaria Status Rationarum Generale Ecclesiae, Annuarium statisticum Ecclesiae, Typis Vaticanis (1994), p. 41.

 






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