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| Pontificio Consejo «Cor Unum» Hambre en el mundo IntraText CT - Texto |
INTRODUCCIÓN
(1)
El derecho a la alimentación es uno de los principios proclamados en 1948 por la Declaración Universal de Derechos Humanos(2).
La Declaración sobre el Progreso y el Desarrollo en lo Social precisaba, en 1969, que es necesaria « la eliminación del hambre y la malnutrición y la garantía del derecho a una nutrición adecuada » (3). Asimismo, la Declaración universal para la eliminación definitiva del hambre y de la malnutrición, aprobada en 1974, dice que toda persona tiene el derecho inalienable de ser liberada del hambre y de la malnutrición para poder desarrollarse plenamente y conservar sus facultades físicas y mentales (4).
En 1992, la Declaración mundial sobre la nutrición reconocía también que « el acceso a una alimentación nutricionalmente adecuada y sana es un derecho universal » (5).
Se trata de afirmaciones muy claras. La conciencia pública ha hablado sin ambigüedades. No obstante, millones de personas están marcadas todavía por los estragos del hambre y de la malnutrición o por las consecuencias de la inseguridad alimentaria. ¿Radica la causa en la carencia de alimentos? Absolutamente no. Está reconocido, generalmente, que los recursos de la tierra, considerados en su totalidad, pueden alimentar a todos sus habitantes (6); en efecto, los alimentos disponibles por habitante, a nivel mundial, han aumentado alrededor de un 18% en los últimos años (7).
El desafío que se plantea a toda la humanidad es, desde luego, de orden económico y técnico, pero más que todo de orden éticoespiritual y político. Es una cuestión de solidaridad vivida, de desarrollo auténtico y de progreso material.
1. La Iglesia considera que no se pueden abordar los campos económico, social y político prescindiendo de la dimensión trascendente del hombre. La filosofía griega, que impregnó tan profundamente el mundo occidental, era ya de ese parecer: el hombre no puede descubrir y perseguir la verdad, el bien y la justicia por sus propios medios si su conciencia no está iluminada por lo divino. En efecto, es precisamente la luz divina que ayuda a la naturaleza humana a tomar en debida consideración los deberes hacia los demás. Según el pensamiento cristiano, la gracia divina es la que da al ser humano la fuerza necesaria para actuar de acuerdo con su propia consciencia (8). La Iglesia, por tanto, hace un llamamiento a todos los hombres de buena voluntad a realizar esa tarea de titanes. El Concilio Vaticano II afirmaba: « Habiendo como hay tantos oprimidos actualmente por el hambre en el mundo, el sacro Concilio urge a todos, particulares y autoridades, a que recuerden aquella frase de los Padres: " Alimenta al que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas " » (9). Esa advertencia solemne invita a comprometerse firmemente en la lucha contra el hambre.
2. La urgencia de ese problema impulsa a este Pontificio Consejo a presentar aquí algunos elementos de su investigación; es su deber invocar la responsabilidad individual y colectiva para que se establezcan soluciones más eficaces. Además, apoya a todos los que se dedican, con tanta abnegación, a ese objetivo tan noble.
El presente documento trata de analizar y describir las causas y las consecuencias del fenómeno del hambre en el mundo de manera global y no exhaustiva. La reflexión se inspira específicamente en el Evangelio y en la enseñanza social de la Iglesia. No se trata aquí, el problema coyuntural; no se concentra en estadísticas sobre la situación actual o el número de personas que están en peligro de morir de hambre; tampoco en datos con el porcentaje de subalimentados o sobre las regiones más amenazadas y las acciones económicas que se han de prever. Inspirado por la misión pastoral de la Iglesia, este documento se propone ser un llamamiento insistente a sus miembros y a toda la humanidad, pues la Iglesia « es "experta en humanidad ", y esto la impulsa a extender necesariamente su misión religiosa a los diversos campos en los cuales hombres y mujeres desarrollan sus actividades en busca de la felicidad, aunque siempre relativa, posible en este mundo » (10). La Iglesia, hoy, se hace eco de la pregunta provocante que Dios hace a Caín cuando le pide cuentas de la vida de su hermano Abel: « ¿Qué es lo que has hecho? La sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra... » (Gn 4, 10). Aplicar ese versículo duro, casi insoportable, a la situación de nuestros contemporáneos que mueren de hambre no es una exageración injusta o agresiva; esas palabras muestran una prioridad y se proponen conmover nuestras conciencias.
Es ilusorio esperar soluciones ya hechas; estamos en presencia de un fenómeno vinculado a las opciones económicas de los dirigentes, y responsables, así como también de productores y consumidores; también en nuestro modo de vivir se hallan profundas raíces. Este llamamiento es, pues, una invitación a todos y a cada uno, con la esperanza de llegar a un progreso decisivo, gracias a unas relaciones humanas siempre más solidarias.
3. El presente documento se dirige a los católicos del mundo entero y a los líderes nacionales e internacionales que tienen competencia y responsabilidades en ese campo; y se propone llegar también a todas las organizaciones humanitarias, así como a todo hombre de buena voluntad. Con él se desea animar a los miles de personas de toda condición y profesión que diariamente se prodigan para que todos los pueblos logren « sentarse a la mesa del banquete común » (11)