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A la escucha preferencial de los pobres y a su servicio: la coparticipación
26. El pobre de recursos económicos, víctima de la falta de preocupación por el bien común, tiene algo muy especial qué decir, pues posee una visión y una experiencia peculiares de la realidad de la vida práctica que los más favorecidos no tienen. Como dice el Papa Juan Pablo II en la Carta Encíclica Centesimus Annus, « Será necesario abandonar una mentalidad que considera a los pobres —personas y pueblos— como un fardo o como molestos e importunos, ávidos de consumir lo que otros han producido... La promoción de los pobres es una gran ocasión para el crecimiento moral, cultural e incluso económico de la humanidad entera » (40).
Los puntos de vista del pobre, que no son ni más exactos ni más completos que los de los dirigentes, son esenciales para éstos últimos si quieren que su acción a largo plazo no se convierta en autodestrucción. La realización de políticas económicas y sociales difíciles y dispendiosas, sin tener en cuenta la percepción de la realidad que tiene el más « pequeño », puede llevar, después de un cierto tiempo, a callejones sin salida muy onerosos para todos. Es lo que ha sucedido con la deuda del Tercer Mundo. Si los acreedores y los deudores hubieran tenido en cuenta los pareceres personales de los más pobres —como uno de los elementos esenciales de la realidad— una mayor sensatez hubiera producido más prudencia y, en muchos países, la aventura no hubiera tomado mal sesgo e incluso hubiera salido bien.
En la complejidad de los problemas que se han de resolver, o mejor dicho, de las situaciones de vida que se han de mejorar, esta escucha preferencial de los pobres ayuda a no caer en la esclavitud de la immediatez en los excesos de la tecnocracia y la burocracia, en la ideología, en la idolatría de la función del Estado o del papel del mercado; uno y otro tienen su utilidad esencial, como medios, no como absolutos.
Los cuerpos intermediarios tienen, entre otras cosas, la función de hacer escuchar la voz de los pobres y de captar sus percepciones, así como sus necesidades y deseos. Pero con frecuencia dichos organismos se encuentran particularmente inermes ante esa tarea. Tienen la tentación de ocupar una posición de monopolio que los lleva a cultivar su propio poder, o posiciones de competencia en las que otros tratan de utilizar al pobre como medio para tener acceso al poder. La acción de los sindicatos es por consiguiente, particularmente necesaria, y raya en heroísmo si se comprometen a desempeñar esa función tan esencial sin dejarse destruir o absorber (41).
En esas condiciones, la coparticipación llega a ser una verdadera colaboración en la que cada cual contribuye aportando lo que necesita la comunidad humana, tanto más esencial, siendo él mismo un excluido (42). Esa paradoja no debe asombrar al cristiano.
El deber de dar a todos el mismo derecho de acceso al mínimo indispensable para vivir ya no está motivado únicamente como obligación moral de compartir con el pobre, lo que ya es considerable, sino como reintegración en la comunidad misma que, sin él, tiende a desecarse y está expuesta a perderse. El lugar del pobre no está en la periferia, en una marginalidad de la que, mal que bien, se trataría de hacerlo salir; deberá ocupar el centro de nuestra preocupación y el centro de la familia humana. Allí podrá desempeñar el papel único que le corresponde en la comunidad.
Desde esa perspectiva, la justicia social, que es también una justicia conmutativa, adquiere todo su significado. Al ser la base de todas las acciones para la defensa de los derechos, garantiza la cohesión social, la coexistencia pacífica de las naciones y también su desarrollo común.