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El poder viene de Dios
5.
Pero en lo tocante al origen del poder político, la Iglesia
enseña rectamente que el poder viene de Dios. Así lo encuentra la
Iglesia claramente atestiguado en las Sagradas Escrituras y en los monumentos
de la antigüedad cristiana. Pero, además, no puede pensarse
doctrina alguna que sea más conveniente a la razón o más
conforme al bien de los gobernantes y de los pueblos.
6.
Los libros del Antiguo Testamento afirman claramente en muchos lugares que la
fuente verdadera de la autoridad humana está en Dios: «Por mí
reinan los reyes...; por mí mandan los príncipes, y gobiernan los
poderosos de la tierra»1. Y en otra parte: «Escuchad vosotros, los que
imperáis sobre las naciones..., porque el poder os fue dado por Dios y
la soberanfa por el Altísimo»2. Lo cual se contiene
también en el libro del Eclesiástico: «Dios dio a cada
nación un jefe»3. Sin embargo, los hombres que habían
recibido estas enseñanzas del mismo Dios fueron olvidándolas
paulatinamente a causa del paganismo supersticioso, el cual, así como
corrompió muchas nociones e ideas de la realidad, así
también adulteró la genuina idea y la hermosura de la autoridad
política. Más adelante, cuando brilló la luz del Evangelio
cristiano, la vanidad cedió su puesto a la verdad, y de nuevo
empezó a verse claro el principio noble y divino del que proviene toda
autoridad. Cristo nuestro Señor respondió al presidente romano,
que se arrogaba la potestad de absolverlo y condenarlo: «No tendrías
ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo
alto»4. Texto comentado por San Agustín, quien dice: «Aprendamos
lo que dijo, que es lo mismo que enseñó por el Apóstol, a
saber: que no hay autoridad sino por Dios»5. A la doctrina y a los
preceptos de Jesucristo correspondió como eco la voz incorrupta de los
apóstoles. Excelsa y llena de gravedad es la sentencia de San Pablo
dirigida a los romanos, sujetos al poder de los emperadores paganos: No hay
autoridad sino por Dios. De la cual afirmación, como de causa, deduce la
siguiente conclusión: La autoridad es ministro de Dios6.
7.
Los Padres de la Iglesia procuraron con toda diligencia afirmar y propagar esta
misma doctrina, en la que habían sido enseñados. «No atribuyamos —dice
San Agustín— sino a sólo Dios verdadero la potestad de dar el reino y el
poder»7. San Juan Crisóstomo reitera la misma enseñanza:
«Que haya principados y que unos manden y otros sean súbditos, no sucece
el acaso y temerariamente..., sino por divina sabiduría»8. Lo
mismo atestiguó San Gregorio Magno con estas palabras: «Confesamos que
el poder les viene del cielo a los emperadores y reyes»9. Los mismos
santos Doctores procuraron también ilustrar estos mismos preceptos aun
con la sola luz natural de la razón, de forma que deben parecer rectos y
verdaderos incluso a los que no tienen otro guía que la razón.
En efecto, es la naturaleza
misma, con mayor exactitud Dios, autor de la Naturaleza, quien manda que los
hombres vivan en sociedad civil. Demuestran claramente esta afirmación
la facultad de hablar, máxima fomentadora de la sociedad; un buen
número de tendencias innatas del alma, y también muchas cosas
necesarias y de gran importancia que los hombres aislados no pueden conseguir y
que unidos y asociados unos con otros pueden alcanzar. Ahora bien: no puede ni
existir ni concebirse una sociedad en la que no haya alguien que rija y una las
voluntades de cada individuo, para que de muchos se haga una unidad y las
impulse dentro de un recto orden hacia el bien común. Dios ha querido,
por tanto, que en la sociedad civil haya quienes gobiernen a la multitud.
Existe otro argumento muy poderoso. Los gobernantes, con cuya autoridad es
administrada la república, deben obligar a los ciudadanos a la
obediencia, de tal manera que el no obedecerles constituya un pecado
manifiesto. Pero ningún hombre tiene en sí mismo o por sí
mismo el derecho de sujetar la voluntad libre de los demás con los
vínculos de este imperio. Dios, creador y gobernador de todas las
cosas, es el único que tiene este poder. Y los que ejercen ese poder deben ejercerlo necesariamente como comunicado
por Dios a ellos: «Uno solo es el legislador y el juez, que puede salvar y
perder»10. Lo cual se ve tambíén en toda clase de poder.
Que la potestad que tienen los sacerdotes dimana de Dios es verdad tan
conocida, que en todos los pueblos los sacerdotes son considerados y llamados
ministros de Dios. De modo parecido, la potestad de los padres de familia tiene
grabada en sí cierta efigie y forma de la autoridad que hay en Dios, «de
quien procede toda familia en los cielos y en la tierra»11. Por esto
las diversas especies de poder tienen entre sí maravillosas semejanzas,
ya que toda autoridad y poder, sean los que sean, derivan su origen de un solo
e idéntico Creador y Señor del mundo, que es Dios.
8.
Los que pretenden colocar el origen de la sociedad civil en el libre
consentimiento de los hombres, poniendo en esta fuente el principio de toda
autoridad política, afirman que cada hombre cedió algo de su
propio derecho y que voluntariamente se entregó al poder de aquel a
quien había correspondido la suma total de aquellos derechos. Pero hay
aquí un gran error, que consiste en no ver lo evidente. Los hombres no
constituyen una especie solitaria y errante. Los hombres gozan de libre
voluntad, pero han nacido para formar una comunidad natural. Además, el
pacto que predican es claramente una ficción inventada y no sirve para
dar a la autoridad política la fuerza, la dignidad y la firmeza que
requieren la defensa de la república y la utilidad común de los
ciudadanos. La autoridad sólo tendrá esta majestad y fundamento
universal si se reconoce que proviene de Dios como de fuente augusta y
santísima.
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