|
III. NECESIDAD DE LA DOCTRINA CATÓLICA
18.
Y lo peor de todo es que los príncipes, en medio de tantos peligros, carecen
de remedios eficaces para restablecer la disciplina pública y pacificar
los ánimos. Se arman con la autoridad de las leyes y piensan que
podrán reprimir a los revoltosos con penas severas. Proceden con
rectitud. Pero conviene advertir seriamente que la eficacia del castigo no es
tan grande que pueda conservar ella sola el orden en los Estados. El miedo,
como enseña Santo Tomás, «es un fundamento débil, porque
los que se someten por miedo, cuando ven la ocasión de escapar impunes,
se levantan contra los gobernantes con tanta mayor furia cuanto mayor ha sido
la sujeción forzada, impuesta únicamente por el miedo. Y,
además, el miedo exagerado arrastra a muchos a la desesperación,
y la desesperación se lanza audazmente a las más atroces
resoluciones»25. La experiencia ha demostrado suficientemente la gran
verdad de estas afirmaciones.
Es necesario, por tanto, buscar
una causa más alta y más eficaz para la obediencia. Hay que
establecer que la severidad de las leyes resultará infructuosa mientras los
hombres no actúen movidos por el estímulo del deber y por la
saludable influencia del temor de Dios. Esto puede conseguirlo como nadie la
religión. La religión se insinúa por su propia fuerza en
las almas, doblega la misma voluntad del hombre para que se una a sus
gobernantes no sólo por estricta obediencia, sino también por la
benevolencia de la caridad, la cual es en toda sociedad humana la
garantía más firme de la seguridad.
19.
Por lo cual hay que reconocer que los Romanos Pontífices hicieron un
gran servicio al bien común cuando procuraron quebrantar la inquieta e
hinchada soberbia de los innovadores advirtiendo el peligro que éstos
constituían para la sociedad civil. Es digna de mención a este
respecto la afirmación dirigida por Clemente VII a Fernando, rey de
Bohemia y Hungría: «En la causa de la fe va incluida también la
dignidad y utilidad, tanto tuya como de los demás soberanos, pues no es
posible atacar a la fe sin grave ruina de vuestros propios intereses, lo cual se
ha comprobado recientemente en algunos de esos territorios». En esta misma
línea ha brillado la providente firmeza de nuestros predecesores,
especialmente de Clemente XII, Benedicto XIV y León XII, quienes, al ver
cundir extraordinariamente la epidemia de estas depravadas teorías y al
comprobar la audacia creciente de las sectas, hicieron uso de su autoridad para
cortarles el paso y evitar su entrada. Nos mismos hemos denunciado muchas veces
la gravedad de los peligros que nos amenazan. Y hemos indicado al mismo tiempo
el mejor remedio para conjurarlos. Hemos ofrecido a los príncipes y a
todos los gobernantes el apoyo de la Iglesia. Hemos exhortado a los pueblos a
que se aprovechen de los bienes espirituales que la Iglesia les proporciona. De
nuevo hacemos ahora a los reyes el ofrecimiento de este apoyo, el más
firme de todos, y con vehemencia les amonestamos en el Señor para que
defiendan a la religión, y en ínterés del mismo Estado
concedan a la Iglesia aquella libertad de la cual no puede ser privada sin
injusticia y perdición de todos. La Iglesia de Cristo no puede ser
sospechosa a los príncipes ni mal vista por los pueblos. La Iglesia
amonesta a los príncipes para que ejerzan la justicia y no se aparten lo
más mínimo de sus deberes. Pero al mismo tiempo y de muchas
maneras robustece y fomenta su autoridad. Reconoce y declara que los asuntos
propios de la esfera civil se hallan bajo el poder y jurisdicción de los
gobernantes. Pero en las materias que afectan simultáneamente, aunque
por diversas causas, a la potestad civil y a la potestad eclesiástica,
la Iglesia quiere que ambas procedan de común acuerdo y reine entre
ellas aquella concordia que evita contiendas desastrosas para las dos partes.
Por lo que toca a los pueblos, la Iglesia ha sido fundada para la
salvación de todos los hombres y siempre los ha amado como madre. Es la
Iglesia la que bajo la guía de la caridad ha sabido imbuir mansedumbre
en las almas, humanidad en las costumbres, equidad en las leyes, y siempre
amiga de la libertad honesta, tuvo siempre por costumbre y práctica
condenar la tiranía. Esta costumbre, ingénita en la Iglesia, ha
sido expresada por San Agustín con tanta concisión como claridad
en estas palabras: «Enseña [la Iglesia] que los reyes cuiden a los
pueblos, que todos los pueblos se sujeten a sus reyes, manifestando cómo
no todo se debe a todos, aunque a todos es debida la claridad y a nadie la
injusticia»26.
20.
Por estas razones, venerables hermanos, vuestra obra será muy
útil y totalmente saludable si consultáis con Nos todas las
empresas que por encargo divino habéis de llevar a cabo para apartar de
la sociedad humana estos peligrosos daños. Procurad y velad para que los
preceptos establecidos por la Iglesia católica respecto del poder político
del deber de obediencia sean comprendidos y cumplidos con diligencia por todos
los hombres. Como censores y maestros que sois, amonestad sin descanso a los
pueblos para que huyan de las sectas prohibidas, abominen las conjuraciones y
que nada intenten por medio de la revolución. Entiendan todos que, al
obedecer por causa de Dios a los gobernantes, su obediencia es un obsequio
razonable. Pero como es Dios quien da la victoria a los reyes27 y
concede a los pueblos el descanso en la morada de la paz, en la
habitación de la seguridad y en el asilo del reposo28, es del
todo necesario suplicarle insistentemente que doblegue la voluntad de todos
hacia la bondad y la verdad, que reprima las iras y restituya al orbe entero la
paz y tranquilidad hace tiempo deseadas.
21.
Para que la esperanza en la oración sea más firme, pongamos por
intercesores a la Virgen María, ínclita Madre de Dios, auxilio de
los cristianos y protectora del género humano; a San José, su
esposo castísimo, en cuyo patrocinio confía grandemente toda la
Iglesia; a los apóstoles San Pedro y San Pablo, guardianes y defensores
del nombre cristiano.
Entre tanto, y como augurio del
galardón divino, os damos afectuosamente a vosotros, venerables hermanos,
al clero y al pueblo confiado a vuestro cuidado, nuestra bendición
apostólica.
Dado en Roma, junto a San
Pedro, el 29 de junio de 1881, año cuarto de nuestro pontificado.
|