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Paulus PP. VI
Humanae vitae

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Graves consecuencias de los métodos de regulación artificial de la natalidad

17. Los hombres rectos podrán convencerse todavía de la consistencia de la doctrina de la
Iglesia en este campo si reflexionan sobre las consecuencias de los métodos de la regulación
artificial de la natalidad. Consideren, antes que nada, el camino fácil y amplio que se abriría a la
infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad. No se necesita mucha
experiencia para conocer la debilidad humana y para comprender que los hombres,
especialmente los jóvenes, tan vulnerables en este punto tienen necesidad de aliento para ser
fieles a la ley moral y no se les debe ofrecer cualquier medio fácil para burlar su observancia.

Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas,
acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y
psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoístico y no como a
compañera, respetada y amada. 

Reflexiónese también sobre el arma peligrosa que de este modo se llegaría a poner en las manos
de autoridades públicas despreocupadas de las exigencias morales. ¿Quién podría reprochar a
un gobierno el aplicar a la solución de los problemas de la colectividad lo que hubiera sido
reconocido lícito a los cónyuges para la solución de un problema familiar? ¿Quién impediría a los
gobernantes favorecer y hasta imponer a sus pueblos, si lo consideraran necesario, el método
anticonceptivo que ellos juzgaren más eficaz? En tal modo los hombres, queriendo evitar las
dificultades individuales, familiares o sociales que se encuentran en el cumplimiento de la ley
divina, llegarían a dejar a merced de la intervención de las autoridades públicas el sector más
personal y más reservado de la intimidad conyugal. 

Por tanto, sino se quiere exponer al arbitrio de los hombres la misión de engendrar la vida, se
deben reconocer necesariamente unos límites infranqueables a la posibilidad de dominio del
hombre sobre su propio cuerpo y sus funciones; límites que a ningún hombre, privado o
revestido de autoridad, es lícito quebrantar. Y tales límites no pueden ser determinados sino por
el respeto debido a la integridad del organismo humano y de sus funciones, según los principios
antes recordados y según la recta inteligencia del "principio de totalidad" ilustrado por nuestro
predecesor Pío XII 21




21. AAS 45 (1953), pp. 674-675; Aloc. a los Dirigentes y Socios de la Asociación Italiana de
Donadores de Córnea, AAS 48 (1956), pp. 461-462. 






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