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Paulus PP. VI
Humanae vitae

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A los esposos cristianos

25. Nuestra palabra se dirige ahora más directamente a nuestros hijos, en particular a los
llamados por Dios a servirlo en el matrimonio. La Iglesia, al mismo tiempo que enseña las
exigencias imprescriptibles de la ley divina, anuncia la salvación y abre con los sacramentos los
caminos de la gracia, la cual hace del hombre una nueva criatura, capaz de corresponder en el
amor y en la verdadera libertad al designio de su Creador y Salvador, y de encontrar suave el
yugo de Cristo 31

Los esposos cristianos, pues, dóciles a su voz, deben recordar que su vocación cristiana,
iniciada en el bautismo, se ha especificado y fortalecido ulteriormente con el sacramento del
matrimonio. Por lo mismo los cónyuges son corroborados y como consagrados para cumplir
fielmente los propios deberes, para realizar su vocación hasta la perfección y para dar un
testimonio, propio de ellos, delante del mundo 32. A ellos ha confiado el Señor la misión de
hacer visible ante los hombres la santidad y la suavidad de la ley que une el amor mutuo de los
esposos con su cooperación al amor de Dios, autor de la vida humana. 

No es nuestra intención ocultar las dificultades, a veces graves, inherentes a la vida de los
cónyuges cristianos; para ellos como para todos "la puerta es estrecha y angosta la senda que
lleva a la vida" 33. La esperanza de esta vida debe iluminar su camino, mientras se esfuerzan
animosamente por vivir con prudencia, justicia y piedad en el tiempo 34, conscientes de que la
forma de este mundo es pasajera 35

Afronten, pues, los esposos los necesarios esfuerzos, apoyados por la fe y por la esperanza que
"no engaña porque el amor de Dios ha sido difundido en nuestros corazones junto con el Espíritu
Santo que nos ha sido dado" 36; invoquen con oración perseverante la ayuda divina; acudan
sobre todo a la fuente de gracia y de caridad en la Eucaristía. Y si el pecado les sorprendiese
todavía, no se desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la misericordia de
Dios, que se concede en el sacramento de la penitencia. Podrán realizar así la plenitud de la
vida conyugal, descrita por el Apóstol: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a
su Iglesia (...). Los maridos deben amar a sus esposas como a su propio cuerpo. Amar a la
esposa ¿no es acaso amarse a sí mismo? Nadie ha odiado jamás su propia carne, sino que la
nutre y la cuida, como Cristo a su Iglesia (...). Este misterio es grande, pero entendido de Cristo
y la Iglesia. Por lo que se refiere a vosotros, cada uno en particular ame a su esposa como a sí
mismo y la mujer respete a su propio marido" 37




31. Cfr. Mat., 11, 30. 



32. Cfr. Gaudium et Spes, n. 48; Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, n. 35. 



33. Mat., 7, 14; cfr. Hebr., 12-11. 



34. Cfr. Tit., 2, 12. 



35. Cfr. I Cor., 7, 31. 



36. Rom., 5, 5. 



37. Ef., 5, 25, 28-29, 32-33. 






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