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2. LA IGLESIA Y EL DESARROLLO
12. Fiel a la enseñanza y al
ejemplo de su divino Fundador, que como señal de su misión dio al
mundo el anuncio de la Buena Nueva a los pobres12, la Iglesia nunca ha
dejado de promover
la elevación humana de los pueblos, a los cuales llevaba la fe en Jesucristo.
Al mismo tiempo que
iglesias, sus misioneros han construido centros asistenciales y hospitales,
escuelas y
universidades. Enseñando a los indígenas la manera de lograr el mayor provecho
de los recursos
naturales, frecuentemente los han protegido contra la explotación de
extranjeros.Sin duda alguna
su labor, por lo mismo que era humana, no fue perfecta; y a veces pudo suceder
que algunos
mezclaran no pocos modos de pensar y de vivir de su país originario con el
anuncio del auténtico
mensaje evangélico. Mas también supieron cultivar y aun promover las instituciones locales. En
no pocas regiones fueron ellos los "pioneros", así del progreso
material como del desarrollo
material como del desarrollo cultural. Basta recordar el ejemplo del padre.
Carlos de Foucauld, a
quien se juzgó digno de llamarle, por su caridad, el "Hermano
universal", y al que también
debemos la compilación de un precioso diccionario de la lengua tuareg. Nos
queremos aquí
rendir a esos precursores, frecuentemente muy ignorados, el homenaje que se
merecen: tanto a
ellos como a los que, emulándoles, fueron sus sucesores y que, todavía hoy,
siguen dedicándose
al servicio tan generoso como desinteresado de aquellos a quienes evangelizan.
13. Pero ya no bastan las iniciativas locales e individuales.
La actual situación del mundo exige
una solución de conjunto que arranque de una clara visión de todos los aspectos
económicos,
sociales, culturales y espirituales. Merced a la experiencia que de la
humanidad tiene, la Iglesia,
sin pretender en modo alguno mezclarse en lo político de los Estados, está
"atenta
exclusivamente a continuar, guiada por el Espíritu Paráclito, la obra misma de
Cristo, que vino al
mundo para dar testimonio de la verdad, para salvar y no para juzgar, para
servir y no para ser
servido"13. Fundada para establecer, ya desde acá abajo, el Reino
de los cielos y no para
conquistar terrenal poder, afirma ella claramente que los dos campos son
distintos, como
soberanos son los dos poderes, el eclesiástico y el civil, cada uno en su campo
de acción14.
Pero, al vivir en la historia, ella debe "escrutar a fondo los signos de
los tiempos e interpretarlos a
la luz del Evangelio"15. En comunión con las mejores aspiraciones
de los hombres y
sufriendo al no verles satisfechos, desea ayudarles a que consigan su pleno
desarrollo, y
precisamente para esto ellas les ofrece lo que posee como propio: una visión
global del hombre
y de la humanidad.
14. El desarrollo no se reduce al simple crecimiento
económico. Para ser auténtico, el
desarrollo ha de ser integral, es decir, debe promover a todos los hombres y a
todo el hombre.
Con gran exactitud lo ha subrayado un eminente experto: "Nosotros no
aceptamos la separación
entre lo económico y lo humano, ni entre el desarrollo y la civilización en que
se halla inserto.
Para nosotros es el hombre lo que cuenta, cada hombre, todo grupo de hombres,
hasta
comprender la humanidad entera"16.
15. En los designios de Dios cada hombre está llamado a un
determinado desarrollo, porque
toda vida es una vocación. Desde su nacimiento, a todos se ha dado, como en
germen, un
conjunto de aptitudes y cualidades para que las hagan fructificar: su
floración, durante la
educación recibida en el propio ambiente y por el personal esfuerzo propio,
permitirá a cada uno
orientarse hacia su destino, que le ha sido señalado por el Creador. Por la
inteligencia y la
libertad, el hombre es responsable, así de su propio crecimiento como de su
salvación. Ayudado, y a veces estorbado, por los que le educan y le rodean,
cada uno continúa siempre, cualesquiera
sean los influjos en él ejercidos, siendo el principal artífice de su éxito o
de su fracaso: sólo por el
esfuerzo de su inteligencia y de su voluntad el hombre puede crecer en
humanidad, valer más,
ser más.
16. Por otra parte, ese crecimiento no es facultativo. Así
como la creación entera se halla
ordenada a su Creador, la criatura espiritual está obligada a orientar espontáneamente
su vida
hacia Dios, verdad primera y bien soberano. Por ello, el crecimiento humano
constituye como
una precisa síntesis de nuestros deberes. Más aún, esta armonía de la
naturaleza, enriquecida
por el esfuerzo personal y responsable, está llamada a superarse a sí misma.
Mediante su
inserción en Cristo vivificante, el hombre entra en una nueva dimensión, en un
humanismo
trascendente, que le confiere su mayor plenitud: ésta es la finalidad suprema
del desarrollo
personal.
17. Pero cada uno de los hombres es miembro de la sociedad,
pertenece a la humanidad entera.
No se trata sólo de este o aquel hombre, sino que todos los hombres están
llamados a un pleno
desarrollo. Nacen, crecen y mueren las civilizaciones. Pero, como las olas del
mar durante el
flujo de la marea van avanzando, cada una un poco más, sobre la arena de la
playa, de igual
manera la humanidad avanza por el camino de la historia. Herederos de pasadas
generaciones,
pero beneficiándonos del trabajo de nuestros contemporáneos, nos hallamos
obligados para con
todos, y no podemos desentendernos de los que todavía vendrán a aumentar más el
círculo de la
familia humana. La solidaridad universal, que es un hecho a la vez que un
beneficio para todos, es
también un deber.
18. Este crecimiento personal y comunitario correría peligro,
si la verdadera escala de valores se
alterase. Es legítimo el deseo de lo necesario, y trabajar para conseguirlo es
un deber: el que no
quiera trabajar, no coma17. Pero la adquisición de bienes temporales
puede convertirse en
codicia, en deseo de tener cada vez más y llegar a la tentación de acrecentar
el propio poder. La
avaricia de las personas, de las familias y de las naciones puede alcanzar
tanto a los más pobres
como a los más ricos, suscitando, en unos y en otros, un materialismo que los
ahoga.
19. Luego el tener más, así
para los pueblos como para las personas, no es el fin último. Todo
crecimiento es ambivalente. Necesario para que el hombre sea más hombre, le
encierra como en
una prisión desde el momento que se convierte en bien supremo, que impide mirar
ya más allá.
Entonces los
corazones se endurecen, los espíritus se cierran con relación a los demás; los
hombres ya no se unen por la amistad, sino por el interés, que pronto coloca a
unos frente a
otros y los desune. La búsqueda, pues,
exclusiva del poseer se convierte en un obstáculo para el
crecimiento del ser, mientras se opone a su verdadera grandeza: para las
naciones, como para
las personas, la avaricia es la señal de un subdesarrollo moral.
20. Si proseguir el desarrollo exige un número cada vez mayor
de técnicos, aún exige más
hombres de pensamiento, capaces de profunda reflexión, que se consagren a
buscar el nuevo
humanismo que permita al hombre hallarse a sí mismo, asumiendo los valores
espirituales
superiores del amor, de la amistad, de la oración y de la
contemplación18. Así es como podrá
cumplirse en toda su plenitud el verdadero desarrollo, que es el paso, para
todos y cada uno, de
unas condiciones de vida menos humanas a condiciones más humanas.
21. Menos humanas: la penuria material de quienes están
privados de un mínimo vital y la
penuria moral de quienes por el egoísmo están mutilados. Menos humanas: las
estructuras
opresoras, ya provengan del abuso del tener, ya del abuso del poder, de la
explotación de los
trabajadores o de la injusticia de las transacciones. Más humanas: lograr
ascender de la miseria a
la posesión de lo necesario, la victoria sobre las plagas sociales, la
adquisición de la cultura. Más
humanas todavía: el aumento en considerar la dignidad de los demás, la
orientación hacia el
espíritu de pobreza19, la cooperación al bien común, la voluntad de la
paz. Más humanas
aún:
el reconocimiento, por el hombre, de los valores supremos y de Dios, fuente y
fin de todos ellos.
Más humanas, finalmente, y, sobre todo, la fe, don de Dios, acogido por la
buena voluntad de
los hombres, y la unidad en la caridad de Cristo, que a todos nos llama a
participar, como hijos,
en la vida del Dios viviente, Padre de todos los hombres.