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| Paulus PP. VI Populorum progressio IntraText CT - Texto |
I. ASISTENCIA A LOS DÉBILES
45. "Si el hermano o la hermana están desnudos —dice
Santiago— y les falta el cotidiano alimento,
y alguno de vosotros les dijere: 'Id en paz, calentaos y hartaos', pero no les
diereis con qué
satisfacer lo necesario para su cuerpo, ¿qué provecho les
vendría?"49. Hoy, ya nadie puede
ignorarlo, en continentes enteros son innumerables los hombres y las mujeres
torturados por el
hambre, innumerables los niños subalimentados, hasta tal punto que un buen
número de ellos
muere en la flor de su vida, el crecimiento físico y el desarrollo mental de
otros muchos queda
impedido por la misma causa, por todo lo cual regiones enteras desfallecen con
la tristeza y el
sufrimiento.
46.
Angustiosos llamamientos ya han resonado, solicitando auxilios. El de Juan
XXIII fue
calurosamente acogido50. Nos lo hemos reiterado en nuestro radiomensaje
navideño de
196351, y luego de nuevo, en favor de la India, en 196652. La
campaña contra el hambre,
emprendida por la Organización Internacional para la Alimentación y la
Agricultura (FAO), y
alentada por la Santa Sede, ha sido secundada con generosidad. Nuestra Caritas
Internationalis
actúa en todas partes y numerosos católicos, bajo el impulso de nuestros
hermanos en el
episcopado, dan y se entregan sin reserva, aun personalmente, para ayudar a los
necesitados,
ensanchando progresivamente el círculo de cuantos reconocen como prójimos
suyos.
47. Pero todo ello no puede bastar, como no bastan las
inversiones privadas y públicas ya
realizadas, las ayudas y los préstamos otorgados. No se trata tan sólo
de vencer el hambre, y ni
siquiera de hacer que retroceda la pobreza. La lucha contra la miseria, aunque es urgente y
necesaria, es insuficiente. Se trata de construir un mundo en el que cada
hombre, sin exclusión
alguna por raza, religión o nacionalidad, pueda vivir una vida plenamente
humana, liberada de las
servidumbres debidas a los hombres o a una naturaleza insuficientemente
dominada; un mundo,
en el que la libertad no sea palabra vana y en donde el pobre Lázaro pueda sentarse
a la mesa
misma del rico53. Ello exige a este último mucha generosidad, numerosos
sufrimientos
espontáneamente tolerados y un esfuerzo siempre continuado. Cada uno examine su
conciencia,
que tiene una voz nueva para nuestra época. ¿Está cada uno dispuesto a ayudar,
con su propio
dinero, a sostener las obras y empresas debidamente constituidas en favor de
los más pobres?
¿A soportar mayores impuestos, para que los poderes públicos puedan
intensificar su esfuerzo
en pro del desarrollo? ¿A pagar más caros los productos importados, para así
otorgar una
remuneración más justa al productor? ¿A emigrar de su patria, si así conviniere
y se hallare en
edad juvenil, para ayudar a este crecimiento de las naciones jóvenes?
48. El deber de solidaridad, que está vigente entre las
personas, vale también para los pueblos:
"Deber gravísimo de los pueblos ya desarrollados es el ayudar a los
pueblos que aún se
desarrollan"54. Hay, pues, que llevar a la práctica esta enseñanza
del Concilio. Si es normal
que una población sea la primera en beneficiarse con los dones que le ha hecho
la Providencia
como frutos de su trabajo, ningún pueblo puede, sin embargo, pretender la
reserva, para
exclusivo uso suyo, de sus riquezas. Cada pueblo debe producir más y mejor a
fin de, por un
lado, poder ofrecer a sus conciudadanos un nivel de vida verdaderamente humano,
y, por otro,
contribuir también, al mismo tiempo, al desarrollo solidario de la humanidad.
Frente a la
creciente indigencia de los países en vías de desarrollo, debe considerarse
como normal que un
país ya desarrollado consagre una parte de su producción a satisfacer las
necesidades de
aquéllos; igualmente es normal que se preocupe de formar educadores,
ingenieros, técnicos,
sabios que pongan su ciencia y su competencia al servicio de aquéllos.
49. Una cosa se ha de repetir con firmeza: lo superfluo de
los países ricos debe servir a los
países pobres. La regla, valedera en un tiempo, en favor de los más próximos,
ahora debe
aplicarse a la totalidad de los necesitados del mundo. Por lo demás, los ricos
serán los primeros
en beneficiarse de ello. Mas si, por lo contrario, se obstinaren en su
avaricia, no podrán menos
de suscitar el juicio de Dios y la cólera de los pobres, con consecuencias
difíciles de prever.
Replegadas dentro de su coraza, las civilizaciones actualmente florecientes
terminarían atentando
a sus valores más altos, sacrificando la voluntad de ser más al deseo de tener
más. Y se les
habría de aplicar aquella parábola del hombre rico, cuycas tierras habían
producido tanto que no
sabía dónde almacenar su cosecha: Dios le dijo: "Insensato, esta misma
noche te pediran el
alma"55.
50. Para obtener su plena eficacia, estos esfuerzos no
deberían permanecer dispersos o
aislados, menos aún opuestos los unos a los otros por motivos de prestigio o de
poderío: la
situación exige programas concertados. En realidad, un programa es algo más y
mejor que una
ayuda ocasional dejada a la buena voluntad de cada uno. Supone, Nos lo hemos
dicho ya antes,
estudios profundos, precisión de objetivos, determinación de medios, unión de
esfuerzos con
que responder a las necesidades presentes y a las previsibles exigencias
futuras. Pero es aún
mucho más, porque sobrepasa las perspectivas del simple crecimiento económico y
del
progreso social y confiere sentido y valor a la obra que ha de realizarse. Al
trabajar por el mejor
ordenamiento del mundo, valoriza al hombre mismo.
51. Pero ha de irse más lejos. En Bombay, Nos pedíamos la
constitución de un gran Fondo
mundial, alimentado con una parte de los gastos militares, a fin de venir en
ayuda de los
desheredados56. Lo que vale para la lucha inmediata contra la miseria
vale también para el
nivel en escala de desarrollo. Sólo una colaboración mundial, de la cual un
fondo común sería a
la par señal e instrumento, permitiría superar rivalidades estériles y suscitar
un diálogo fecundo y
pacífico entre todos los pueblos.
52. No hay duda de que acuerdos bilaterales o multilaterales
pueden útilmente mantenerse,
puesto que permiten sustituir aquellas relaciones de dependencia y los
rencores, herencia de la
época colonial, por provechosas relaciones de amistad, desarrolladas sobre el
plano de igualdad
jurídica y política. Pero, al estar incorporados en un programa de colaboración
mundial, se
mantendrían libres de toda sospecha. Las desconfianzas de los beneficiarios
también se
atenuarían, porque habrían de temer mucho menos el que, encubiertas por la
ayuda financiera o
la asistencia técnica, se ocultasen ciertas manifestaciones de lo que se ha
dado en llamar
neocolonialismo; fenómeno que se caracteriza por la disminución de la libertad
política o por la
imposición de carga económicas: todo ello para defender o conquistar una
hegemonía
dominadora.
53. ¿Y quién, por otra parte, no ve que tal fondo facilitaría
la reducción de ciertos despilfarros,
fruto del temor o del orgullo? Cuando tantos pueblos tienen hambre, cuando
tantas familias son
víctimas de la más absoluta miseria, cuando viven tantos hombres sumergidos en
la ignorancia,
cuando quedan por construir tantas escuelas, tantos hospitales, tantas
viviendas dignas de tal
nombre, todos los despilfarros privados o públicos, todos los gastos hechos,
privada o
nacionalmente, en plan de ostentación, y finalmente toda aniquiladora carrera
de armamentos,
todo esto, decimos, resulta un escándalo intolerable. Nuestro gravísimo
deber nos obliga a
denunciarlo. ¡Ojalá Nos escuchen los que en sus manos tienen el poder antes de
que sea
demasiado tarde!
54. Todo ello significa que es indispensable establecer,
entre todos, un diálogo, por el que
formábamos los más intensos deseos ya en nuestra primera encíclica, Ecclesiam
Suam57.
Semejante diálogo, entre los que aporten los medios y los que hayan de
beneficiarse con ellos,
fácilmente logrará que las aportaciones se midan justamente no sólo según la
generosidad y
disponibilidad de los unos, sino también según el criterio de las necesidades
reales y de las
posibilidades de empleo de los otros. Entonces los países en vías de desarrollo
ya no correrán
en adelante el peligro de verse ahogados por las deudas, cuya satisfacción
absorbe la mayor
parte de sus beneficios. Una y otra parte podrán estipular tanto los intereses
como el tiempo de
duración de los préstamos, todo ello en condiciones soportables para los unos y
los otros,
logrando el equilibrio por las ayudas gratuitas, los préstamos sin interés
alguno o bien con un
interés mínimo, así como por la duración de las amortizaciones. A quienes
proporcionen medios
financieros se les habrán de dar garantías sobre el empleo del dinero, de
suerte que todo se
cumpla según el plan convenido y con razonable preocupación de eficacia, puesto
que no se
trata de favorecer ni a perezosos ni a parásitos. Los beneficiarios, a su vez,
podrán exigir que no
haya injerencia alguna en su política y que no se perturben sus estructuras
sociales. Por ser
Estados soberanos, sólo a ellos les corresponde dirigir con autonomía sus
asuntos, precisar su
política, orientarse libremente hacia el tipo de sociedad que prefirieren. Es, por lo tanto, una
colaboración lo que se desea instaurar, una eficaz coparticipación de los unos
con los otros, en
un clima de igual dignidad, para construir un mundo más humano.
55. Semejante plan podría aparecer como irrealizable en las
regiones donde las familias se ven
limitadas a la única preocupación de prepararse la diaria subsistencia y que,
por lo tanto,
difícilmente pueden concebir un trabajo que les prepare para un porvenir de
vida, que pudiera
parecer menos miserable. Mas precisamente a estos hombres y mujeres es a los
que se ha de
ayudar, convenciéndoles primero de la necesidad de que ellos mismos pongan mano
al trabajo y
adquieran gradualmente los medios necesarios para ello. Ciertamente esta obra
común sería
imposible sin un esfuerzo concertado, constante y animoso. Pero, sobre
todo, quede bien claro
para todos y cada uno que se trata del peligro en que se hallan la vida misma
de los pueblos
pobres, la paz civil en los países en desarrollo y aun la misma paz mundial.