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II. LA JUSTICIA SOCIAL EN LAS RELACIONES COMERCIALES
56. Mas todos los esfuerzos, aun los ciertamente no pequeños,
que se están haciendo financiera
o técnicamente para ayudar a los países en vías de desarrollo serán falaces e
ilusoros, si su
resultado es parcialmente anulado en gran parte por la variabilidad en las
relaciones comerciales
mantenidas entre los pueblos ricos y los pobres. Porque éstos perderán toda esperada confianza
desde el momento en que teman que los otros les quitan con una mano lo que con
la otra se les
ha ofrecido.
57. Las naciones altamente industrializadas —en número y en
productividad— exportan
principalmente sus manufacturas, mientras las economías poco desarrolladas no
pueden vender
sino productos agrícolas o materias primas. Gracias al progreso técnico, los
primeros
rápidamente aumentan su valor y encuentran fácilmente su colocación en los
mercados, mientras,
por lo contrario, los productos primarios procedentes de países en desarrollo
sufren amplias y
bruscas variaciones en los precios, que se mantienen siempre a gran distancia
de la progresiva
plusvalía de los primeros. De aquí las grandes dificultades con que han de
enfrentarse las
naciones poco industrializadas cuando deben contar con las exportaciones para
equilibrar su
economía y realizar sus planes de desarrollo. Así, los pueblos pobres continúan
siempre aun más
pobres, mientras los pueblos ricos cada vez se hacen aun más ricos.
58. Claro, pues, aparece que la llamada ley del libre cambio
no puede, ella sola, seguir rigiendo
las relaciones públicas internacionales. Puede, sin embargo, aprovechar bien
cuando se trata de
partes no muy desiguales en potencia económica: es un estímulo del progreso y
una recompensa
a los esfuerzos. Por eso, las naciones muy industrializadas juzgan que en
dicha ley existe clara la
justicia. Pero de otro modo se ha de pensar cuando se trata de condiciones muy
desiguales entre
los países: los precios formados "libremente" por los negociadores
pueden conducir a resultados
totalmente injustos. Ha de
reconocerse, por lo tanto, que el principio fundamental del
liberalismo, como norma de los intercambios comerciales, se halla aquí en no
recta posición.
59. Luego la doctrina de León XIII en su Rerum novarum
mantiene toda su validez, aun en
nuestro tiempo: el consentimiento de las partes, cuando se hallan en
situaciones muy desiguales,
no basta para garantizar la justicia del pacto; y entonces la regla del libre
consentimiento queda
subordinada a las exigencias del derecho natural58. Mas lo que allí se
enseña como justo
sobre el salario de los individuos, debe acomodarse a los pactos
internacionales, porque una
economía de intercambio no puede fundarse tan sólo en la ley de la libre
concurrencia, que, a su
vez, con demasiada frecuencia conduce a una dictadura económica. Por lo tanto,
el libre
intercambio tan sólo ha de ser tenido por justo cuando se subordine a las
exigencias de la justicia
social.
60. Por lo demás, esto lo han comprendido muy bien los países
mismos más desarrollados
económicamente, puesto que se esfuerzan con medidas adecuadas en restablecer,
aun dentro de
la propia economía de cada uno, el equilibrio que los intereses encontrados de
los concurrentes
perturban en la mayoría de los casos. Esta es la razón de que estas naciones
frecuentemente
favorezcan a la agricultura a costa de sacrificios impuestos a los sectores
económicos que
mayores incrementos han logrado. E igualmente, para mantener bien las mutuas
relaciones
comerciales, principalmente dentro de los confines de un mercado común y
asociado, su política
financiera, fiscal y social se esfuerza por procurar, a industrias concurrentes
de prosperidad
desigual, oportunidades semejantes para restablecer la competencia.
61. No está bien usar aquí dos pesos y dos medidas. Lo que
vale en un mismo campo, dentro
de una economía nacional, lo que se admite entre países desarrollados, vale
también en las
relaciones comerciales entre países ricos y países pobres. No se trata de
abolir el mercado de
concurrencia; quiere decirse tan sólo que ha de mantenerse dentro de los
límites que lo hagan
justo y moral y, por lo tanto, humano. En el comercio entre las economías
desarrolladas y las
infradesarrolladas, las situaciones iniciales fundamentalmente son muy
distintas, como están
también muy desigualmente distribuidas las libertades reales. La justicia
social impone que el
comercio internacional, si ha de ser humano y moral, restablezca entre las
partes por lo menos
una relativa igualdad de posibilidades. Claro que esto no puede realizarse sino
a largo plazo.
Mas, para lograrlo ya desde ahora, se ha de crear una real igualdad, así en las
deliberaciones
como en las negociaciones. Materia en la cual también serían convenientes
convenciones
internacionales de una geografía suficientemente vasta: podrían establecer
normas generales para
regularizar ciertos precios, garantizar ciertas producciones y sostener ciertas
industrias en su
primer tiempo. Todos ven la eficacia del auxilio que resultaría de semejante
esfuerzo hacia una
mayor justicia en las relaciones internacionales para los pueblos en vías de
desarrollo, un positivo
auxilio que tendría resultados no tan sólo inmediatos, sino también duraderos.
62. Pero hay todavía otros obstáculos que se oponen a la
estructuración de un mundo más justo,
fundado firme y plenamente en la mutua solidaridad universal de los hombres:
nos referimos al
nacionalismo y al racismo. Todos saben que los pueblos que tan sólo
recientemente han llegado
a la independencia política son celosos de una unidad nacional aún frágil y se
empeñan en
defenderla a toda costa. Natural es también que naciones de vieja cultura estén
muy orgullosas
del patrimonio que su historia les ha legado. Pero sentimientos tan legítimos
han de ser elevados
a su máxima perfección mediante la caridad universal, en la que caben los
miembros todos de la
familia humana. El nacionalismo aisla a los pueblos, con daño de su verdadero
bien; y resultaría
singularmente nocivo allí donde la debilidad de las economías nacionales exige,
por lo contrario,
mancomunidad en los esfuerzos, en los conocimientos y en la financiación, para
poder realizar
los programas del desarrollo e intensificar los cambios comerciales y
culturales.
63. El racismo no es propio tan sólo de las naciones jóvenes,
en las que a veces se disfraza bajo
el velo de las rivalidades entre los clanes y los partidos políticos, con gran
perjuicio para la
justicia y con peligro para la misma paz civil. Durante la era colonial
multiplicó a veces las
diferencias entre colonizadores e indígenas, suscitando obstáculos para una
fecunda inteligencia
recíproca y provocando odios como consecuencia de reales injusticias. También
constituye un
obstáculo a la colaboración entre naciones menos favorecidas y un fermento
generador de
división y de odio en el seno mismo de los Estados, cuando, con menosprecio de
los
imprescriptibles derechos de la persona humana, individuos y familias se
convencen de estar
sometidos a un régimen de excepción, por causa de su raza o de su color.
64.
Semejante situación, tan saturada de peligros para lo futuro, Nos aflige
profundamente. Pero
aún conservamos la esperanza de que una necesidad más sentida de colaboración,
un
sentimiento más agudo de solidaridad terminarán venciendo las incomprensiones y
los egoísmos.
Esperamos que los países de menos elevado nivel de desarrollo sabrán
aprovecharse de las
buenas relaciones de vecindad con los otros limítrofes, para organizar entre
sí, sobre áreas
territoriales más vastas, zonas de desarrollo bien concertado; estableciendo
programas comunes,
coordinando inversiones, distribuyendo las zonas de producción, organizando los
cambios.
Esperamos también que las organizaciones multilaterales e internacionales
encuentren, mediante
una reorganización que se impone, los caminos que permitan a los pueblos,
todavía
infradesarrollados, salir de los puntos muertos en que parecen cerrados y
descubrir por sí
mismos, con la fidelidad debida a su índole nativa, los medios para su progreso
humano y social.
65. Porque ésta es la meta a la que ha de llegarse. La
solidaridad mundial, cada día más
eficiente, debe lograr que todos los pueblos por sí mismos, sean los artífices
de su propio
destino. Los tiempos pasados se han caracterizado, con frecuencia mayor que la
debida, por la
fuerza violenta en las relaciones mutuas entre naciones: alboree, por fin, la
serena edad en que
las relaciones internacionales lleven la impronta del mutuo respeto y de la
amistad, de la
interdependencia en la colaboración y de la promoción común bajo la
responsabilidad de cada
uno. Los pueblos más jóvenes y los más débiles reclaman la parte activa que les
corresponde en
la construcción de un mundo mejor, más respetuoso de los derechos y de la
vocación de cada
uno. Su llamada es justa:
luego todos y cada uno deben escucharla y responder a ella.