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| Paulus PP. VI Populorum progressio IntraText CT - Texto |
El desarrollo de los pueblos, y muy especialmente el de
aquellos que se esfuerzan por escapar del hambre, de la miseria, de las
enfermedades endémicas, de la ignorancia; que buscan una
participación más intensa en los frutos de la civilización, una más activa
apreciación de sus
humanas peculiaridades; y que, finalmente, se orientan con constante decisión
hacia la meta de
su pleno desarrollo, es observado por la Iglesia con atención. Apenas terminado
el Concilio
Ecuménico Vaticano II, una renovada toma de conciencia de las exigencias del
mensaje evangélico obliga a la Iglesia a ponerse al servicio de los los hombres
para ayudarles a captar todas ls dimensiones de este grave problema y
convencerles de la urgencia de una acción solidaria en este cambio decisivo de
la historia de la humanidad..
2. Nuestros predecesores —León XIII, al escribir su encíclica
Rerum novarum2, Pío XI al
promulgar la encíclica Quadragesimo anno3, y, sin hablar de los
radiomensajes de Pío XII
para todo el mundo4, Juan XXIII, al publicar sus encíclicas Mater et
Magistra5 y Pacem in
terris6— nunca faltaron al deber, propio de su alto oficio, de
proyectar —con tan notables
documentos— la luz del Evangelio sobre las cuestiones sociales de su tiempo.
3. Hoy el hecho más importante es que todos tengan clara
conciencia de que actualmente la
cuestión social entra por completo en la universal solidaridad de los hombres.
Claramente lo ha
afirmado nuestro predecesor, de fel. rec., Juan XXIII7, y el Concilio
se ha hecho eco de ello
en su Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual8.
Puesto que tanta y tan grave
es la importancia de tal enseñanza, ante todo es necesario obedecerla sin
pérdida de tiempo.
Con lastimera voz
los pueblos hambrientos gritan a los que abundan en riquezas. Y la Iglesia,
conmovida ante gritos tales de angustia, llama a todos y a cada uno de los
hombres para que,
movidos por amor, respondan finalmente al clamor de los hermanos.
4. Ya antes de ser elevados al Sumo Pontificado, nuestros dos
viajes a la América Latina
(1960) y al África (1962), nos pusieron en personal contacto con aquellos
continentes,
atenazados por los problemas de su propio desarrollo, no obstante sus
singulares bienes
materiales y espirituales. Revestidos de la paternidad universal, hemos podido,
en nuestros
viajes a Tierra Santa y a la India, ver con nuestros ojos y casi tocar con las
manos las
gravísimas dificultades que pesan sobre estos pueblos de antigua civilización
en su lucha con los
problemas del desarrollo. Y mientras en Roma se celebraba el Concilio Vaticano
II,
circunstancias providenciales nos permitieron dirigirnos a la Asamblea General
de las Naciones
Unidas y allí, como ante tan honrado Areópago, defender públicamente la causa
de los pueblos
pobres.
5. Finalmente, para responder al voto del Concilio y para
concretar la aportación de la Santa
Sede a esta gran causa de los pueblos en vías de desarrollo, recientemente
creímos que era
deber nuestro añadir a los demás organismos centrales de la Iglesia una
Comisión Pontificia,
que tuviese como misión singular suya "suscitar, en el pueblo de Dios, una
plena conciencia de su
misión en el momento presente, para, de una parte, promover el progreso de los
países pobres y
fomentar la justicia social entre las naciones, y por otra, ayudar a las
naciones subdesarrolladas a
que también ellas trabajen por su propio desarrollo"9: Justicia y
Paz es su nombre y su
programa. Pensamos que para este programa, junto con nuestros hijos católicos y
hermanos
cristianos, han de unirse en iniciativas y trabajos todos los hombres de buena
voluntad.
Conforme a ello, Nos dirigimos hoy este
solemne llamamiento a todos los hombres para una
acción concreta en pro del desarrollo integral del hombre y del desarrollo
solidario de la
humanidad.