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Paulus PP. VI
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3. LA ACCIÓN QUE SE DEBE EMPRENDER


22. Llenad la tierra, y sometedla20: desde sus primeras páginas la Biblia nos enseña que la
creación entera es para el hombre, al que se le exige que aplique todo su esfuerzo inteligente
para valorizarla y, mediante su trabajo, perfeccionarla, por decirlo así, poniéndola a su
servicio. Mas si la tierra está así hecha para que a cada uno le proporcione medios de
subsistencia e instrumentos para su progreso, todo hombre tiene derecho a encontrar en ella
cuanto necesita. Lo ha recordado el reciente Concilio: "Dios ha destinado la tierra y todo cuanto
ella contiene, para uso de todos los hombres y de todos los pueblos, de modo que los bienes
creados, en forma equitativa, deben alcanzar a todos bajo la dirección de la justicia acompañada
por la caridad"21. Y todos los demás derechos, cualesquiera sean, aun comprendidos en ellos
los de propiedad y libre comercio, a ello están subordinados: no deben estorbar, antes al
contrario, deben facilitar su realización y es un deber social grave y urgente hacerlos volver a su finalidad primaria.

23. "Si alguno tiene bienes de este mundo y viendo a su hermano en necesidad le cierra las
entrañas, ¿cómo es posible que en él resida el amor de Dios?"22. Bien conocida es la firmeza
con que los Padres de la Iglesia precisaban cuál debe ser la actitud de los que poseen con
relación a los que en necesidad se encontraren: "No te pertenece —dice San Ambrosio— la parte
de bienes que das al pobre; le pertenece lo que tú le das. Porque lo que para uso de los demás
ha sido dado, tú te lo apropias. La tierra ha sido dada para todo el mundo, no tan sólo para los
ricos"23. Lo cual es tanto como decir que la propiedad privada para nadie constituye un
derecho incondicional y absoluto. Nadie puede reservarse para uso exclusivo suyo lo que de la
propia necesidad le sobra, en tanto que a los demás falta lo necesario. En una palabra: el
derecho de propiedad no debe ejercerse con detrimento de la utilidad pública, según la doctrina
tradicional de los Padres de la Iglesia y de los grandes teólogos. Si se llegase al conflicto entre
derechos privados adquiridos y exigencias comunitarias primordiales, corresponde a los poderes
públicos aplicarse a resolverlos con la activa participación de las personas y de los grupos
sociales24.

24. El bien común, pues, exige algunas veces la expropiación, cuando algunos fundos —o por
razón de su extensión, o por su explotación deficiente o nula, o porque son causa de miseria
para los habitantes, o por el daño considerable producido a los intereses de la región— son un
obstáculo para la prosperidad colectiva.

Al afirmarla con toda claridad25, el Concilio recuerda también, con no menor claridad, que la
renta disponible no queda a merced del libre capricho de los hombres y que las especulaciones
egoístas han de prohibirse. Por consiguiente, no es lícito en modo alguno que ciudadanos,
provistos de rentas abundantes, provenientes de recursos y trabajos nacionales, las transfieran
en su mayor parte al extranjero, atendiendo únicamente al provecho propio individual, sin
consideración alguna para su patria, a la cual con tal modo de obrar producen un daño
evidente26.

25. La industrialización, tan necesaria para el crecimiento económico como para el progreso
humano, es a un mismo tiempo señal y factor del desarrollo. El hombre, al aplicar tenazmente su
inteligencia y su trabajo, paulatinamente arranca sus secretos a la naturaleza y utiliza mejor sus
riquezas. Simultáneamente, mientras imprime nueva disciplina a sus costumbres, se siente atraído cada vez más por las nuevas investigaciones e inventos, acepta las variantes del riesgo calculado, se siente audaz para nuevas empresas, para iniciativas generosas y para intensificar su propia responsabilidad.

26. Con las nuevas condiciones creadas a la sociedad, en mala hora se ha estructurado un
sistema en el que el provecho se consideraba como el motor esencial del progreso económico,
la concurrencia como ley suprema en la economía, la propiedad privada de los medios de
producción como un derecho absoluto, sin límites y obligaciones sociales que le correspondieran. Este liberalismo sin freno conducía a la dictadura, denunciada justamente por Pío XI como generadora del imperialismo internacional del dinero27. Nunca se condenarán bastante semejantes abusos, recordando una vez más solemnemente que la economía se halla al servicio del hombre28. Mas si es verdad que cierto capitalismo ha sido la fuente de tantos sufrimientos, de tantas injusticias y luchas fratricidas, cuyos efectos aún perduran, injusto sería el atribuir a la industrialización misma males que son más bien debidos al nefasto sistema que la acompañaba. Más bien ha de reconocerse, por razón de justicia, que tanto la organización del trabajo como la misma industrialización han contribuido en forma insustituible a la obra toda del desarrollo.

27. De igual modo, si algunas veces puede imponerse cierta mística del trabajo, en sí exagerada,
no por ello será menos cierto que el trabajo es querido y bendecido por Dios. Creado a imagen
suya, el hombre debe cooperar con el Creador a completar la creación y marcar a su vez la
tierra con la impronta espiritual que él mismo ha recibido29. Dios, que ha dotado al hombre de
inteligencia, también le ha dado el modo de llevar a cumplimiento su obra: artista o artesano,
empresario, obrero o campesino, todo trabajador es un creador. Inclinado sobre una materia
que le ofrece resistencia, el trabajador le imprime su sello, mientras él desarrolla su tenacidad, su
ingenio, su espíritu de inventiva. Más aún, vivido en común, condividiendo esperanzas,
sufrimientos, ambiciones y alegrías, el trabajo une las voluntades, aproxima los espíritus, funde
los corazones; al realizarlo así, los hombres se reconocen como hermanos30.

28. El trabajo, sin duda ambivalente, porque promete el dinero, la alegría, el poder, invita a unos
al egoísmo y a otros a la revuelta; desarrolla también la conciencia profesional, el sentido del
deber y la caridad hacia el prójimo. Más científico y mejor organizado, tiene el peligro de
deshumanizar al que lo realiza, convirtiéndolo en esclavo suyo, porque el trabajo no es humano
sino cuando permanece inteligente y libre. Juan XXIII ha recordado la urgencia de restituir al
trabajador su dignidad, haciéndole participar realmente en la labor común: se debe tender a que
la empresa llegue a ser una verdadera asociación humana, que con su espíritu influya
profundamente en las relaciones, funciones y deberes31. Pero el trabajo de los hombres tiene,
además, para el cristiano, la misión de colaborar en la creación del mundo sobrenatural32, no
terminado hasta que todos lleguemos juntos a constituir aquel hombre perfecto del que habla
San Pablo, a la medida de la plenitud de Cristo33.

29. Urge darse prisa. Muchos hombres sufren, y aumenta la distancia que separa el progreso de
los unos del estancamiento, cuando no del retroceso, de los otros. Necesario es, además, que la
labor que se ha de realizar progrese armoniosamente, para no romper los equilibrios
indispensables. Una reforma agraria improvisada puede resultar contraria a su finalidad. Una
industrialización acelerada puede dislocar las estructuras, todavía necesarias, y engendrar
miserias sociales que serían un retroceso en los valores humanos y en la cultura.

30. Cierto es que hay situaciones cuya injusticia clama al cielo. Cuando poblaciones enteras,
faltas de lo necesario, viven en tal dependencia que les impide toda iniciativa y responsabilidad, y
también toda posibilidad de promoción cultural y de participación en la vida social y política, es
grande la tentación de rechazar con la violencia tan graves injurias contra la dignidad humana.

31. Sin embargo, como es sabido, las insurrecciones y las revoluciones —salvo en el caso de tiranía
evidente y prolongada que atentase gravemente a los derechos fundamentales de la persona y dañase peligrosamente el bien común del país— engendran nuevas injusticias, introducen nuevos
desequilibrios y excitan a los hombres a nuevas ruinas. En modo alguno se puede combatir un
mal real si ha de ser a costa de males aún mayores.

32. Entiéndasenos bien: el presente estado de cosas ha de afrontarse con fortaleza, y han de combatirse y vencerse las injusticias que consigo lleva. El desarrollo exige cambios que se han de acometer con audacia para renovar completamente el estado actual. Con gran esfuerzo se ha de corregir y mejorar todo lo que pide urgente reforma. Participen todos en ello con magnanimidad y decisión, singularmente los que por cultura, situación y poder tienen mayor influencia. Dando ejemplo, entreguen para ello una parte de sus haberes, como lo han hecho algunos de Nuestros Hermanos en el Episcopado34. De esta suerte responderán a la expectación de la sociedad y obedecerán fielmente al Espíritu Santo, porque es "el fermento evangélico el que suscitó y suscita en el corazón del hombre la irrefrenable exigencia de su dignidad"35.

33. Mas las iniciativas personales y los afanes de imitar, tan sólo de por sí, no conducirán al
desarrollo a donde debe éste felizmente llegar. No se ha de proceder de forma tal que las
riquezas y el poderío de los ricos se aumenten mientras se agravan las miserias de los pobres y la
esclavitud de los oprimidos. Necesarios, pues, son los programas para animar, estimular,
coordinar, suplir e integrar36 las actuaciones individuales y las de los cuerpos intermedios. A
los poderes públicos les corresponde determinar e imponer los objetivos que se han de
conseguir, las metas que se han de fijar, los medios para llegar a todo ello; también les
corresponde el estimular la actuación de todos los obligados a esta mancomunada acción. Mas
tengan buen cuidado de asociar a la obra común las iniciativas de los particulares y de los
cuerpos intermedios. Unicamente así se evitarán la colectivización integral y la planificación
arbitraria, que, como opuestas a la libertad, suprimirían el ejercicio de los derechos primarios de
la persona humana.

34. Porque todo programa concebido para lograr el aumento de la producción no tiene otra razón
de ser que el servir a la persona humana; es decir, que le corresponde reducir las desigualdades,
suprimir las discriminaciones, liberar a los hombres de los lazos de la esclavitud: todo ello de tal
suerte que, por sí mismos y en todo lo terrenal, puedan mejorar su situación, proseguir su
progreso moral y desarrollar plenamente su destino espiritual. Cuando hablamos, pues, del
desarrollo significamos que ha de entenderse tanto el progreso social como el aumento de la
economía. Porque no basta aumentar la riqueza común para luego distribuirla según equidad,
como no basta promover la técnica para que la tierra, como si se tornara más humana, resulte
efectivamente más conforme para ser habitada. Los que se hallan en camino del desarrollo han
de aprender, de quienes ya recorrieron tal camino, a evitar los errores en que aquellos cayeron,
en tales materias. El dominio de los tecnócratas —tecnocracia le llaman— en un mañana ya
próximo puede producir aún mayores daños que los que antes trajo consigo el liberalismo. La
economía y la técnica carecen de todo valor si no se aplican plenamente al bien del hombre a
quien deben servir. Y el hombre mismo deja de ser verdaderamente hombre si no es dueño de
sus propias acciones y juez del valor de éstas; entonces él mismo es artífice de su propio
progreso: todo ello en conformidad con la naturaleza misma que le dio el sumo Creador y
asumiendo libremente las posibilidades y las exigencias de aquél.

35. También puede afirmarse que el crecimiento económico se corresponde totalmente con el
progreso social suscitado por aquél, y que la educación "básica" es el primer objetivo en un plan
de desarrollo. Porque el hambre de cultura no es menos deprimente que el hambre de alimentos:
un analfabeto es un espíritu subalimentado. Saber leer y escribir, adquirir una formación
profesional, es tanto como volver a encontrar la confianza en sí mismo, y la convicción de que se
puede progresar personalmente junto con los otros. Como decíamos en nuestra carta al
Congreso de la UNESCO, en Teherán, "la alfabetización es para el hombre un factor primordial
de integración social y de enriquecimiento personal, mientras para la sociedad es un instrumento
privilegiado de progreso económico y de desarrollo"37. Y en verdad que nos alegra
grandemente el hecho de que se haya logrado tanto trabajo y tan felices resultados en esta
materia, así por la iniciativa particular como por la de los poderes públicos y organizaciones
internacionales: son los primeros artífices del desarrollo, por el hecho de que capacitan al
hombre mismo para ser personalmente el primer actuante en el desarrollo mismo.

36. Pero el hombre no se pertenece verdaderamente sino en su propio ambiente social, en el
cual la familia juega papel tan importante. Papel que, según tiempos y lugares, ha podido también
ser excesivo, esto es, siempre que se ejercitó en daño de las libertades fundamentales de la
persona humana. Mas, aunque frecuentemente sean demasiado rígidas y mal organizadas, las
viejas estructuras sociales de los países en vías de desarrollo, son, sin embargo, necesarias
todavía por algún tiempo, siempre que paulatinamente vayan siendo apartadas de su excesiva
dominación. Pero la familia natural, esto es, la monógama y estable, tal como ha sido concebida
en el plan divino38 y ha sido santificada por el cristianismo, debe continuar siendo "el punto en
que se congregan distintas generaciones y se ayudan mutuamente para adquirir una mayor
sabiduría y para concordar los derechos de las personas con todas las demás exigencias de la
vida social"39.

37. Mas no cabe negar que un acelerado crecimiento demográfico con frecuencia añade nuevas
dificultades a los problemas del desarrollo, puesto que el volumen de la población aumenta con
mayor rapidez que los recursos de que se dispone, y ello de tal suerte que aparentemente se está
dentro de un callejón sin salida. Fácilmente surge entonces la tentación de frenar el incremento
demográfico mediante el empleo de medidas radicales. Cierto es que los poderes públicos, en
aquello que es de su competencia, pueden intervenir en esta materia, mediante la difusión de una
apropiada información y la adopción de oportunas medidas, siempre que sean conformes a la
ley moral y a sus exigencias, y también dentro del respeto debido a la libertad justa de los
cónyuges. Porque el derecho a la procreación es inalienable; cuando se le daña, se aniquila la
verdadera dignidad humana. En última instancia, a los padres corresponde decidir, con pleno
conocimiento de causa, sobre el número de sus hijos; derecho y misión que ellos aceptan ante
Dios, ante sí mismos, ante los hijos ya nacidos y ante la comunidad a la que pertenecen,
siguiendo los dictados de su propia conciencia iluminada por la ley divina, auténticamente
interpretada, y fortificada por la confianza en El40.

38. En la obra del desarrollo, el hombre, que en su familia tiene su ambiente de vida primordial y
originario, muchas veces es ayudado por las organizaciones profesionales. Si éstas tienden a
promover los intereses de sus asociados, su responsabilidad y deberes son grandes con relación
a la función educativa que ellas pueden y deben simultáneamente desarrollar. Porque tales
instituciones, al instruir y formar a los hombres en sus materias, pueden mucho en el imbuir a
todos el sentimiento del verdadero bien común y de las obligaciones que éste exige a cada uno.

39. Toda acción social está encuadrada en una doctrina determinada. El cristiano debe rechazar
la que se funde en una filosofía materialista o atea, puesto que no respeta ni la orientación
religiosa de la vida hacia su último fin ni la libertad y dignidad humana. Siempre, pues, que estos
valores queden salvaguardados, puede admitirse un pluralismo en cuanto a las organizaciones
profesionales y sindicales; pluralismo que, desde ciertos puntos de vista, es útil siempre que sirva
para proteger la libertad y conduzca a la emulación. De muy buen grado Nos rendimos sincero
homenaje a todos cuantos, renunciando a sus comodidades, trabajan desinteresadamente en
beneficio de sus hermanos.

40. Además de estas organizaciones profesionales, se muestran muy activas las instituciones
culturales, contribuyendo grandemente al mayor éxito del desarrollo. Con graves palabras afirma
el Concilio: "Gran peligro corre el futuro destino del mundo si no surgen hombres dotados de
sabiduría". Y aún añade: "Muchas naciones, aun siendo económicamente inferiores, al ser más
ricas en sabiduría, pueden ofrecer a las demás una extraordinaria aportación en esta
materia"41. Rica o pobre, toda nación posee una civilización suya, propia, heredada de las
generaciones pasadas: instituciones requeridas para el desarrollo de la vida terrenal y
manifestaciones superiores —artísticas, intelectuales y religiosas— de la vida del espíritu. Cuando
estas instituciones contienen verdaderos valores humanos, sería grave error sustituirlas por otras.
Un pueblo que consintiese en ello perdería lo mejor de sí mismo: para vivir sacrificaría sus
propias razones de vida. También ha de aplicarse a los pueblos el aviso de Cristo: ¿De qué le
serviría al hombre ganar el mundo, si luego pierde su alma?42.

41. Nunca jamás estarán bastante prevenidos los pueblos pobres contra la tentación que de
parte de los pueblos ricos les viene. Con harta frecuencia éstos ofrecen, junto con el ejemplo de
sus éxitos en el campo de la cultura y de la civilización técnica, un modelo de actividad dirigida
preferentemente a la conquista de la prosperidad material. Y no es que ésta última por sí misma
constituya un obstáculo a la actividad del espíritu, cuando, por lo contrario, el espíritu, al hacerse
así "menos esclavo de las cosas, puede elevarse más fácilmente al culto y contemplación del
Creador"43. Sin embargo, "la civilización actual, no ya de por sí, sino por estar demasiado
enredada con las realidades terrenales, puede dificultar cada vez más el acercarse a Dios"44.
En cuanto les viene propuesto, los pueblos en vías de desarrollo deben, pues, saber hacer una
elección: criticar y eliminar los falsos bienes que llevarían consigo una peyoración del ideal
humano, aceptar los valores sanos y benéficos para desarrollarlos, junto con los suyos, según su
propio genio particular.




20 Gen. 1, 28. 



21 Gaudium et spes n. 69, l. c. 1090. 



22 1 Io. 3, 17. 



23 De Nabuthe 12, 53 PL 14, 747. Cf. J. R. Palanque, Saint Ambroise et l'empire romain.
Paris, De Boccard, 1933, 336 ss. 



24 Carta a la Semana social de Brest, en L'homme et la révolution urbaine. Lyon, Chron. Soc.
1965, 8-9. 



25 Gaudium et spes n. 71, l. c. 1093. 



26 Cf. ibid. n. 65, l. c. 1086. 



27 Enc. Quadragesimo anno l. c. 212. 



28 Cf., p. e., Colin Clark, The conditions of economic progress 3a. ed., London, Macmillan &
Co., New York, St. Martin's Press, 1960, 3-6. 



29 Carta a la Semana Social de Lyon, en Le travail et les travailleurs dans la societé
contemporaine
Lyon, Chron. Soc. 1965. 6. 



30 Cf., p. e., M. D. Chenu, O. P., Pour une théologie du travail. Paris, Edit. du Seuil, 1955. 



31 Mater et magistra l. c. 423. 



32 Cf., p. e., O. von Nell-Breuning, S. J., Wirtschaft und Gesellschaft, t. 1, Grundfragen.
Freiburg, Herder, 1956, 183-184. 



33 Eph. 4, 13. 



34 Cf., p. e., Mons. M. Larrain Errázuriz, Ob. de Talca (Chile), Pres. del CELAM. Carta
past. sobre el desarrollo y la paz
. Paris, Pax Christi, 1965. 



35 Gaudium et spes n. 26, l. c. 1046. 



36 Mater et magistra M l. c. 414. 



37 Osserv. Rom. 11 sett. 1965. Doc. cathol., t. 62 Paris, 1965, col. 1674-1675. 



38 Cf. Mat. 19, 6. 



39 Gaudium et spes n. 52, l. c. 1073. 



40 Cf. ibid. n. 50-51 (con nota 14), l. c. 1070-1073; y n. 87, l. c. 1110. 



41 Ibid. n. 15 l. c. 1036. 



42 Mat. 16, 26. 



43 Gaudium et spes n. 57, l. c. 1078. 



44 Ibid. n. 19, l. c. 1039.






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