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P. Amedeo Cencini, FDCC
El camino del Espíritu en la vida consagrada…

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2.2- Mediación que forma

 

No basta educar; también hay que formar, proponer un modelo preciso, como un nuevo modo de ser o una “forma” que constituye la nueva identidad del consagrado, lo que está llamado a ser, su yo ideal. Esa forma está constituida por la vida del Hijo, por su pasión por el Reino, por el Padre, por la humanidad entera, por sus sentimientos. Pero una auténtica forma de vida se transforma también en norma, se encarna en normas precisas y concretas, no se detiene simplemente en el plano ideal o emotivo, sino que dicta después un correlativo estilo existencial, una regula vitae, un ordo que da linealidad y coherencia a la persona y a sus actividades. Una forma que no se hace norma, corre el riesgo de quedarse aérea e insignificante; una norma que no se inspira en una forma, carece de alma y genera legalismo y moralismo.

En el camino inicial formativo es, pues, importante ser precisos y no confundir los horizontes: la VC no tiende a la autorrealización, como si el primero y único mandamiento fuera el de afirmarse en la vida, quizá compitiendo y perjudicando a los demás, y sin novedad alguna para un yo destinado a repetirse hasta el infinito. El proyecto de consagración tiende a una superación de lo humano que, mientras llama al individuo al nivel más alto de sus propias posibilidades, le da también tantísimas cosas; lo atrae porque es fuente de su verdad, mientras que le propone un camino liberador (y, sin embargo, penoso) de conversión. 7

Así, si el educar es evocativo de la verdad del hombre, el formar comporta una pro-vocación de lo humano, una proposición que, precisamente porque pide dar el máximo de sí mismo, desvela finalmente aquello de que es capaz el individuo. En todo caso, una auténtica actividad formativa tiene efectos rompedores: es novedad que sorprende y a veces asusta, crea nuevas expectativas y solicitaciones, conlleva tensión e incluso insatisfacción, pide cambiar las costumbres y los viejos estilos de vida, desplaza hacia adelante el equilibrio de la persona en dirección a horizontes insospechados, abre una nueva fase de vida, pero solicita también resistencias y defensas ... Si educar es roturar el terreno, formar es inyectar en él la vitalidad de la semilla, como fuerza prorrumpienteportadora de vida nueva; aquella semilla que cae en tierra, muere y fructifica.

Aún más, si el educar corresponde al Padre, el formar parece ser actividad principal del Hijo, obviamente sin ninguna rígida y exclusiva atribución. En efecto, el modelo típico de la VC, como hemos indicado ya, son “los sentimientos del Hijo”; por consiguiente, ¿quién mejor que el Señor Jesús puede llevar adelante esta paciente obra de formación en el corazón del joven consagrado?

Es muy importante – no sólo sugestivosentir así la relación con Cristo, el verdadero (padre) Maestro de la vida, el camino, la verdad y la  vida, el  único que de veras puede transmitir y “plantar” en el corazón su sentir, hacer vibrar con su amor, volver contagiosa su pasión por el Reino ... Si Él y sus sentimientos son el objetivo final de la formación, sólo Él podrá ser el alfarero del que habla el profeta Jeremías, que trabaja con infinita y testaruda paciencia con su arcilla y la trabaja y la cincela, la modifica y perfecciona, la corrige y embellece ... hasta volverla “como mejor le parece” (Jer 18,4); “Señor, ... nosotros la arcilla y tú el alfarero” (Is 64,7).

Punto crucial del camino formativo es el momento en que el consagrado reconoce en Cristo su propia identidad. La verdad-belleza-bondad del valor llegan a ser entonces progresivamente la verdad-belleza-bondad del sujeto; los sentimientos de Cristo se convierten cada vez más en los sentimientos del joven. Es el punto neurálgico de todo el proceso pedagógico, que hay que vivirlo con la totalidad de las fuerzas psíquicas: con el corazón para que se enamore de Dios, con la mente para que lo contemple, con la voluntad para que aprenda a desear sus deseos. Por un camino que deberá continuar toda la vida, pero que difícilmente podrá darse después si la  chispa no ha saltado en la primera formación.

En concreto, se tratará de reanudar el camino desde el punto aquel a donde había llegado la acción educativa, desde aquel equívoco de fondo o desde aquella inconsistencia que daba a la vida una orientación errada e ilusoria; con el proceso formativo la persona debería sustituir lentamente el equívoco con una nueva opción de fondo, ahora modelada sobre la decisión de seguir al Señor Jesús y su pascua de muerte y resurrección. Es como un camino de nueva subida partiendo desde el nuevo centro, que es la cruz de Jesús, que imprime una nueva forma a motivaciones, sentimientos, actitudes, comportamientos. Es el nacimiento y crecimiento del hombre nuevo.

La formación, concebida así, es de veras libertad que nace de la verdad: libertad de dejarse atraer por la hermosura del Hijo y de sus sentimientos; una libertad, pues, que penetra en la mística; y, además, libertad de dejarse plasmar por el Espíritu del Padre; y, por consiguiente, libertad que se vuelve ascética. El consagrado es un esteta de lo divino, hasta el punto de saberlo diseñar en lo humano, incluso en aquella realidad tan humana como son los sentimientos.

 




7 Cf C.Nanni, “Formazione”, en AA.VV., Dizionario, 432-435.






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