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| P. Amedeo Cencini, FDCC El camino del Espíritu en la vida consagrada… IntraText CT - Texto |
El otro aspecto, mistérico-contemplativo, permite al creyente descubrir su propia vocación, a través de una revelación que no puede ser más que cotidiana y progresiva.
La oración cotidiana educa, en efecto, y permite descubrir la verdad del consagrado/a sobre todo porque es , y en cuanto es, oración de escucha de Dios y de cuanto sale de su boca, es decir, de la Palabra-del-día. Es el maná cotidiano o el pan tierno del día que alimenta el corazón pensante y viene a desvelar al creyente el don preparado para él en aquel día por la providencia del Padre y, a la vez, la misión que el Padre mismo le confía siempre en aquel día: “toda vocación, efectivamente, es ‘matutina’, es la respuesta de cada mañana a una llamada nueva cada día” 17; y, si la llamada de Dios abre cada jornada, eso explica por qué la educación (=la escucha de esta palabra como palabra que hace emerger verdad) y la formación (=la respuesta a esta palabra que llama) no pueden ser más que cotidianas y permanentes.
En concreto, eso significa no sólo la cita matutina con la Palabra como punto intocable, que no admite derogaciones, en el ritmo cotidiano del discípulo; sino una interpretación de la lectio como lectio ... continua, o sea, como meditación que se extiende, de alguna forma, a toda la jornada y prosigue durante el día, no sólo porque el creyente de buena voluntad normalmente tiene también buena memoria (que es el Espíritu santo) y de hecho la recuerda, sino porque la Palabra escuchada a la mañana necesita por su misma naturaleza los avatares del día para revelarse en plenitud y realizarse. Entonces la jornada misma, rescatada de cierto tono gris ferial, se convierte en “día que ha hecho el Señor”, como el seno de María que da a luz una Palabra y una presencia siempre nueva de Dios; y la Palabra asume toda su valencia educativa y formativa, como don de lo alto que nos plasma y acompaña en todo instante del vivir cotidiano. FP es también este modo de entender la clásica práctica de la meditación, para que no se reduzca a rito cansino y soñoliento de la mañana; inútil si no alcanza los fragmentos del vivir cotidiano, estéril si la Palabra no se deja fecundar por la vida.
Por otro lado, ¿para qué sirve una meditación que no logre arrastrar la Palabra al interior de los acontecimientos o a hacer fecundar aquella Palabra por la vida?