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| P. Amedeo Cencini, FDCC El camino del Espíritu en la vida consagrada… IntraText CT - Texto |
2.3.3- ¿Miedo a la intimidad? (o bien, cuando no se tiene nada que decir a Dios ...)
Fuera de esta lógica, hay quien vive aún como una obligación o un peso el cometido de rezar, o – al contrario – quien prácticamente ha decidido, con cierta suficiencia, considerarlo un optional o, sin más, deshacerse de ello; pero también quien no comprende plenamente cierta oración como la Liturgia de las Horas o infravalora su dimensión eclesial o su función “temporal” o su función ministerial de intercesión, y a lo mejor acumula expeditamente en un único momento (“así ya no pienso más en ello ...”) todo lo que debería ser articulado y distribuido a lo largo de toda la jornada.
Según el Padre Scalia, el problema es un poco general y es muy serio: “por experiencia personal cada uno de nosotros sabe que sólo raramente, sólo en afortunadas circunstancias, el breviario es oración, coloquio con el Padre. Porque ‘hablar’ es escucha y respuesta. ‘Hablar’ es comunicar y acoger, hacerse modificar por el gozo y por la tristeza del otro, ver, oír que el interlocutor oye nuestras pasiones y bate al unísono con nuestro corazón. Como nosotros con el suyo” 22. Pero muchos ministros y discípulos del Señor simplemente ya no hablan con Él, no tienen nada que decirle, no tienen ya familiaridad con su misterio, ninguna conversación en suspenso, ningún diálogo que iniciar, ninguna confidencia que confiarle, ningún entendimiento secreto como entre viejos amigos y cómplices ..., mientras que para él mismo tienen tantas cosas que hacer, o en nombre de él tantas cosas que decir y, en todo caso, con él pasan una discreta parte de su tiempo, pero usando palabras ajenas, o repitiendo fórmulas y frases hechas, o vistiendo ropas oficiales o confundiéndose en el grupo, como si tuvieran miedo de la intimidad con él, o fueran incapaces de ello.
Y así la oración se convierte en un modo de defenderse de Dios y del propio yo, como una colosal mentira contada por uno que se esconde incluso de sí mismo detrás de un disfraz bien empurpurado. Es culto que no hace ninguna compañía a la vida; así como la propia vida, si no está sostenida por cierto espíritu orante, no puede hacer compañía a otra vida.
Quizás, entonces, es pura verdad que aprender a amar quiere decir aprender a rezar. Mientras que la FP es este lento cotidiano aprender a hablar amorosamente con Dios, a gustar en la oración su dulcísima compañía.