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| P. Amedeo Cencini, FDCC El camino del Espíritu en la vida consagrada… IntraText CT - Texto |
2.1- Mediación que educa4
La primera mediación es la de educar, en el sentido de e-ducere, sacar o e-vocar la verdad de la persona, lo que ella es, a nivel consciente e inconsciente, con su historia y sus heridas, sus dotes y sus debilidades, para que pueda conocerse y realizarse del mejor modo según sus posibilidades. 5
Por tanto, es una intervención directa sobre el yo actual del individuo. Y ha de preceder absolutamente a la formación verdadera y propia: si antes no se descubre la verdad y no se provee a liberar al sujeto de cuanto le impide realizarse en la verdad del yo, la sucesiva intervención formativa no surtirá efecto.
Educar, en ese sentido, es típico del Padre-creador, que creando educe, saca las cosas del caos y las criaturas de la nada, para dar orden y transmitir vida; o bien Dios Padre es de nuevo el modelo de este proceso pedagógico cuando educa a su pueblo, sacándolo de la esclavitud de Egipto con mano poderosa y brazo extendido, atrayéndolo hacia Sí con ataduras de bondad y ternura, pero también reprochándole y corrigiéndole como hace un padre con su hijo (cf. Dt 1,31; 6,21; 9,26). En este caso, educar significa siempre participación en la acción creativa y constructiva de Dios; es algo que regularmente se extiende en tiempos largos; significa dejarse escudriñar continuamente por su ojo y su palabra; o la valentía constante de sacar a la luz la propia verdad, sin contentarse con la sinceridad.
Así, pues, será importante que la primera formación sugiera un método que permita vigilarse a sí mismo, de modo inteligente y agudo, para llegar a discernir la presencia de inmadureces y, sobre todo, a identificar con precisión el personal conflicto central. No basta, pues, con aprender a observar el comportamiento externo, ni contentarse con lo que se descubre dentro de sí. En verdad se deja educar sólo quien sabe percibir, además de la conducta observable y de las costumbres, sus actitudes, o sea, sus predisposiciones para obrar o sus estilos de vida, listos para su uso como un esquema fijo (por ejemplo, cómo reacciona cuando se le ofende, o sus criterios para enjuiciar, sus gustos y, en definitiva, su conciencia); para pasar a continuación a los sentimientos, a la identificación de lo que siente en las diversas circunstancias de la vida (por ejemplo, no basta con que perdone, es menester ver qué siente dentro de sí hacia el otro); y finalmente llegar a las motivaciones, a la tentativa – con otras palabras – de pasar del qué he hecho (=comportamientos) al cómo he obrado (=actitudes y, en parte, sentimientos), para comprender por fin por qué y por quién he actuado, cuál es la raíz del sentir y del obrar, de ciertas decisiones o de la opción vocacional misma (¿el amor de Dios u otros objetivos?, ¿el abandono en las manos de Dios o la pretensión de autogestionarse, o miedos varios? ...).
Tales operaciones tienden a descubrir la así denominada inconsistencia (o inmadurez) central que, cuando es inconsciente, se coloca en el centro de la vida psíquica y desde allí “chupa” como un extractor una notable cantidad de energía; es indispensable saber reconocerla cuanto antes, para intervenir tempestivamente y no perder tiempo y energías preciosas, e impedir que el problema se haga crónico e insoluble creando en la persona una especie de sordomudez que le impide no sólo comunicarse, sino valerse asimismo de las numerosas ocasiones que ofrece la vida para seguir en el camino del conocimiento de sí mismo, empresa por su propia naturaleza jamás terminada. O, aún más, la inconsistencia es o crea una especie de equívoco de fondo, confunde y distorsiona el juicio de la mente y del corazón, burla al individuo y lo impele a buscar su bien y su felicidad allí donde no podrá encontrar ni el uno ni la otra. Es un equívoco que causa un increíble desperdicio de energías, y también de punzantes desilusiones.
Una buena educación es siempre preventiva; pero es igualmente la que pone al joven cada vez más en condiciones de “obrar por sí mismo”, proponiéndole un método gracias al cual aprenda, y continúe después, a conocerse y a descifrar sus estados de ánimo, a no contarse mentiras y a comprender de dónde provienen sus problemas, sus miedos y defensas, sus distorsiones perceptivas y expectativas no realistas. Aquí comienza y recomienza siempre, desde el principio, la libertad de la persona: ¡desde el pesado trabajo de decirse la verdad! Podríamos afirmar que es el método inteligente y humilde del examen de conciencia, o del examen de la conciencia ...
No se pretende – precisemos, pues – que la primera formación cancele todas las inconsistencias del sujeto, sino que le ayude a precisarlas, a ponerse frente a ellas con sentido de responsabilidad, para encontrar el camino que le permita ser cada vez menos dependiente de las mismas, e impedir – en especial – que falseen su relación consigo mismo, con los demás, con Dios y su palabra. Si no se produce este desbloqueo interior en el período de la formación inicial, será muy difícil que el sujeto esté disponible para aprender o para dejarse formar, o “docible”, en las fases sucesivas de la vida. Porque algo que no conoce y que, sin embargo, le vive dentro, condiciona su ser en todos los niveles: desde amar a decidir, desde percibir gozos y esfuerzos a interpretar nerviosismos y temores. El sujeto podrá, asimismo, hacer muchas experiencias y tejer una infinidad de relaciones, poseer una cierta cultura y tener un cierto número de oportunidades que disfrutar, etc.; pero, si no se conoce suficientemente, de modo especial en sus propias inmadureces y en las consecuencias, es como si estuviera bloqueado por dentro, “trabado” de forma inextricable en torno a ellas. Efectivamente, la inconsistencia crea un modo correlativo de ver las cosas y de gestionar los acontecimientos, hace brotar atracciones y repulsiones, orienta la sensibilidad y la conciencia misma; al límite, nos vuelve ciegos y sordos, o excesivamente susceptibles y malpensados6 ... Y, naturalmente, aleja cada vez más de la verdad sobre uno mismo, impidiendo a la persona aprovechar las oportunidades de los demás y de la relación interpersonal para llevar adelante su camino educativo hacia la verdad. Por ejemplo, ante una maledicencia o una ofensa contra él, esa persona reaccionará sintiéndose ofendida y resentida, vengándose o haciéndose la víctima; pero, en todo caso, sin tener la valentía y la libertad de descubrir la verdad, quizás parcial, de aquel contenido. Quien ha aprendido a conocerse en su verdad aprovecha también las situaciones penosas (maledicencias, fracasos, malogros, problemas relacionales ... y reacciones subjetivas a estas situaciones) para proseguir en esta peregrinación hacia la raíz del yo.
Pero hay otro objetivo importantísimo hacia el que debe tender la primera educación y que forma parte siempre de aquel método saludable que la persona ha de poseer: el de aprender a vivir la consciencia de las propias debilidades frente a Dios y a la cruz del Hijo. Esas debilidades son instrumento misterioso mediante el cual encuentra y experimenta la misericordia divina y supera y abandona la pretensión de merecerse el amor divino; y, aprendiendo a reconocer y aceptar su fragilidad, comprende y acepta también las debilidades ajenas. La primera educación no tiende a crear superhombres del espíritu, sino individuos que, como Pablo, tienen la valentía de descender a los infiernos y detectar la raíz de sus males, llegan a experimentar la impotencia ante ellos y, precisamente en esta debilidad aceptada y vivida ante la cruz del Hijo, experimentan una radical liberación, la del narcisismo invasivo.
Por consiguiente, en esta fase educar significa educar en el descubrimiento de sí y en la aceptación del otro; es pasar de la sinceridad a la verdad. Es educación en la oración “con espíritu y verdad” (Jn 4,24): en la oración como lugar ideal donde esta verdad de sí mismo resuena ante la verdad de Dios, donde el creyente puede escuchar y contar a Dios “toda la verdad” (como la hemorroísa cuando se vio descubierta) y, al verse acogido, puede abrirse – a su vez – a la acogida del otro y de su entera verdad.