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P. Jesús Castellano Cervera, OCD
Solidaridad intercongregacional en el campo de la espiritualidad…

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INTRODUCCIÓN

 

            Desearía comenzar mi exposición contando una experiencia y un testimonio de comunión carismática, espiritual y apostólica que nos ayude a ser fieles a nuestra solidaridad espiritual y apostólica: el ejemplo de Santa Teresa de Jesús en su época.

            El que visita en Ávila el templo que le está dedicado y entra en la capilla donde nació, encuentra, a ambos lados, cuatro cuadros que representan cuatro órdenes religiosas que han influido en su formación. En uno vemos un grupo de Carmelitas con la inscripción en latín que alude al don de la oración dedicada a Teresa por su Orden (spiritum orationis). En el segundo vemos un grupo de Franciscanos que le ofrecieron como don el espíritu de la pobreza, según reza la inscripción en latín (spiritum paupertatis); los dominicos, en otro, porque le dieron el espíritu de la sabiduría (spiritum sapientiae); los jesuitas en el otro, porque dieron a Teresa el espíritu eclesial de la religión (spiritum religionis).

            Tenemos, pues, en forma plástica la afirmación de que Teresa, en su tiempo, fue forjada por la comunión espiritual de su época: carmelitas, dominicos, franciscanos, jesuitas: los movimientos de espiritualidad de su momento, desde los movimientos reformistas a la devoción moderna, desde el humanismo al erasmismo que pedía una especial atención al “cristianismo interior”; pero todo en el equilibrio de la eclesialidad. Su vida y su apostolado están marcados por la vitalidad eclesial de su tiempo. Teresa es fruto de la comunión, de la gracia que desde el aislamiento le hizo descubrir la comunión en la reciprocidad. Por eso, cuando fue acusada a la Inquisición, pudo defenderse nombrando los muchos confesores de varias órdenes que habían sido sus consejeros, entre ellos algunos futuros Santos, como queriendo invocar la solidaridad espiritual de sus formadores pertenecientes a las familias religiosas de su tiempo. Recibió y dio, pues esta es la ley de la Iglesia comunión. En la vasta iconografía teresiana existen cuadros en los que aparece la Santa que, desde el púlpito de una iglesia, enseña a un grupo de religiosos y legos de diversas órdenes. Y una inscripción en latín diceAb ipsis edocta docens”: Teresa, maestra de quienes la tuvieron como discípula.

            Podrían multiplicarse los ejemplos. La afinidad entre los santos fundadores y fundadoras, el intercambio de los dones, la ayuda mutua es una hermosa página por redescubrir en la historia de la vida consagrada. Quizá más elocuente y más rica que la de las rivalidades entre las diversas familias. Efectivamente, se habla de la comunión entre Domingo y Francisco, y en algunos cuadros se añade como tercer invitado al carmelita Ángel de Sicilia. Son conocidas las relaciones de amistad espiritual y colaboración entre los Santos romanos del siglos XVI y XVII con Felipe Neri y otros, como Félix da Cantalice, de los santos y sanas “de la caridad” del siglo XIX en Turín o en Verona. La afinidad espiritual y la cercanía a Dios ha hecho de los fundadores hombres y mujeres que han cultivado una verdadera y auténtica amistad espiritual y una generosa colaboración apostólica. Lo recuerda VC n. 52: “Teniendo presente la amistad espiritual que frecuentemente ha unido en la tierra diversos fundadores y fundadoras, estas personas están llamadas a manifestar una fraternidad ejemplar, que sirva de estímulo a los otros componentes eclesiales en el compromiso cotidiano de dar testimonio del Evangelio”.

            La solidaridad y comunión espiritual es una necesidad sentida en nuestro tiempo, tiempo de la comunión y la misión, de la solidaridad fraterna y la necesidad concreta de la mutua y recíproca ayuda en la vida consagrada en todos los niveles.

            Ha terminado el tiempo del aislamiento y la autosuficiencia. Ha llegado el momento de la comunión solidaria, incluso como fruto positivo de una “purificación” del Espíritu que ensancha los corazones y nos hace más abiertos a la comunión como una necesidad y un don recíproco.

            Lo exige la experiencia de la Iglesia comunión, familia, la misión cada vez más comprometedora, la preparación de las personas, la programación de los proyectos unitarios de presencia y de acción concorde.

            Ya lo advertía VC n. 70 con el significativo título Colaboración eclesial y espiritualidad apostólica: “Se ha de hacer todo en comunión y en diálogo con las otras instancias eclesiales. Los retos de la misión son de tal envergadura que no pueden ser acometidos eficazmente sin la colaboración, tanto en el discernimiento como en la acción, de todos los miembros de la Iglesia” Una colaboración que comienza por la relación comunional entre las personas consagradas y sus Institutos.

            No se empieza desde el principio. Hay una experiencia positiva en acto. Hay válidas estructuras de comunión en todos los niveles, para una mayor reciprocidad en la vida consagrada: a nivel de Iglesia universal, en la concreción de las Iglesias locales.

            Pero hemos de proceder con los ojos abiertos al futuro, que va a necesitar cada vez más de una reciprocidad dinámica.

            NB.- Al no poder desarrollar toda la temática, omito cuanto se refiere a la ayuda mutua en la formación, un sector ya bastante claro y organizado y para el que es menester remontarse al documento de la CIVCSVA de 1999, citado más abajo.

 




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