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P. Jesús Castellano Cervera, OCD
Solidaridad intercongregacional en el campo de la espiritualidad…

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2. NECESARIA COMUNIÓN DE BIENES EN EL CAMPO DE LA ESPIRITUALIDAD

 

            Principios doctrinales

 

            Hoy más que nunca la Iglesia nos insta a vivir en espíritu de comunión no sólo la estima mutua de nuestros carismas de espiritualidad, sino también una posible y obligada solidaridad en la comunión de los bienes espirituales.

            Todo parte de una renovada consciencia de las raíces comunes de la espiritualidad cristiana y de la vida consagrada. Somos hijos del mismo Padre, unidos en el único misterio de Cristo, animados por el mismo Espíritu, miembros del mismo Cuerpo, enviados para una idéntica misión. Lo cual nos pide una consciente reciprocidad trinitaria de la comunión.

            Así, pues, es necesario volvernos a encontrar unidos no sólo en las raíces, sino en el vértice, en la comunión, en la dimensión carismática de las espiritualidades: como fragmentos del único todo, palabras del único Verbo, sarmientos de la misma vid, carismas eclesiales del mismo Espíritu para la plenitud del Evangelio, flores del único jardín que chupan en la misma savia de la caridad, pero aparecen en la variedad de los colores y las formas, por gracia de Dios.

            La comunión de la espiritualidad carismática se presenta como un enriquecimiento necesario, un equilibrio en los aspectos del misterio cristiano, una atención a lo que es de todos, el misterio cristiano y la riqueza del Evangelio, sin que haya polarizaciones o exclusivismos.

            En la Iglesia, todo es de todos. Podemos ser especialistas (por derecho), por don y compromiso carismático, de un aspecto evangélico del misterio de Cristo y María; pero para el bien de todos en la Iglesia. Como otros pueden ser (de hecho) más auténticos en un valor carismático propio de un Instituto, incluso como acicate para los “especialistas” (por derecho) en el carisma.

            Todo eso requiere el estímulo de la responsabilidad carismática por ser testigos de los valores evangélicos del carisma para todos, pero también de la generosa comunión.

            Debemos estar unidos en el empeño de recorrer juntos los caminos de la espiritualidad en el hoy de la Iglesia. Un “hoy” que llama a todos a ponerse al día y nos ayuda a hacer actuales hoy los carismas, sobre la base del mutuo enriquecimiento y promoción.

            Con el gozo de ser testigos de la Iglesia carismática de todos los tiempos y de todos los lugares, guardianes e intérpretes de la herencia de los Santos en la historia.

            De hecho, una espiritualidad carismática abierta siempre al dinamismo vital del Espíritu que hace nuevas todas las cosas y renueva los carismas y los valores espirituales en su llevar a consumación el Evangelio de Cristo, predicado y vivido, encarnado en el tiempo y el espacio.

            “Aemulamini charismata meliora!” (cf. 1 Co 12,31). Una emulación en vivir, comunicar y testimoniar los valores espirituales del carisma. No la emulación de la patriotería lugareña, y mucho menos de la contraposición de los carismas, o de la superioridad de unos sobre otros, o de la falsa ilusión del exclusivismo de nuestro carisma; sino de la mutua unidad y comunión.

            Efectivamente, sólo en la esencialidad del Evangelio y en la comunión con todos sus valores, un carisma y una consecuente espiritualidad superan el riesgo de la “deformaciónespiritual y se abren a la totalidad y esencialidad del misterio de Cristo.

            Estando los unos frente a los otros en la comunión, admirando los puntos de la espiritualidad de cada cual, como en una danza griega de “pericoresis”, donde a turno los danzantes ocupan el puesto central para ser admirados por todos y regresan al corro para admirar a los demás. Todos son protagonistas en una relación de comunión y solidaridad. Dejémonos evangelizar los unos por los otros en lo que el Espíritu ha dado a cada uno, en el propio carisma o patrimonio; nos evangelizaremos mutuamente para crecer juntos en Cristo.

            No se corre el riesgo de hacer de todos los carismas una especie de zumo mixto de fruta en una batidora, donde desaparecen los sabores; sino más bien en una hermosa macedonia de diversas frutas, donde se conservan los colores y sabores de los distintos carismas.

 

           




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