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| P. Jesús Castellano Cervera, OCD Solidaridad intercongregacional en el campo de la espiritualidad… IntraText CT - Texto |
CONCLUSIÓN
Quizá Dios ha cerrado nuestras filas, ha ensanchado nuestro corazón. Ha abierto los horizontes de la fraternidad universal. Nos llama a transformar la globalización en solidaridad, la convivencia planetaria en dimensiones de gestos de amor y fraternidad.
Todo partiendo de un renovado compromiso por la solidaridad de la espiritualidad cristiana y de la vida consagrada, común a todos; pero también al intercambio de los dones espirituales y materiales, regla de oro de la vida de comunión en la Iglesia (cf. Lumen gentium n. 13), para ser edificados en Cristo y en la plenitud de los dones del Espíritu que ninguno tiene, pero juntos los poseemos si nos los damos.
Esto responde a una extensión del principio de la NMI n. 43 de la espiritualidad de comunión, en cuanto es posible, y es posible, desde la Iglesia a la fraternidad universal, comenzando por nuestros Institutos:
- aspecto teológico y teologal del otro, de los otros, de los diversos carismas como reflejo de la Trinidad que está en mí, pero que está también en el otro como perteneciente a un carisma eclesial;
- sentido de pertenencia mutua y de ayuda concreta en la dimensión de la amistad en el único cuerpo de Cristo; y, por tanto, compartir gozos y dolores, problemas;
- visión de lo positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como don de Dios; un don para mí, además de para la familia religiosa que lo ha recibido directamente;
- hacer sitio a los otros, incluso como familias, carismas, instituciones, obras, rechazando celos, desconfianzas, competiciones, desleales concurrencias que no favorecen la comunión y el testimonio y debilitan a la larga las obras y sus motivaciones apostólicas por el Reino de Dios.
- Quizá éste es un nuevo cometido para nuestro tiempo que ha de ser vivido y testimoniado con intensidad, para preceder también en el amor fáctico de la fraternidad a todas las otras vocaciones de la Iglesia.
Quiero terminar con un hermoso texto medieval de un canónigo regular del siglo XI, que habla una vez más de la comunión entre los carismas:
“Ama en el otro lo que tú mismo no tienes, para que el otro pueda amar en ti lo que él no tiene; con el fin de que el bien realizado por el uno sea también bien del otro, y estén unidos en el amor quienes están divididos por las ocupaciones ... Si te ocurre no poder alcanzar lo que otro posee, es amando como lo poseerás”.
Una invitación que viene de lejos; pero que hoy se nos presenta urgente y providencial para vivir en la comunión de la reciprocidad, enriquecer nuestras pobrezas con el don de todos, robustecer nuestras fragilidades con la ayuda de todos. Para construir juntos en la Iglesia una espiritualidad apostólica y misionera de comunión, presencia en el mundo del latido amoroso (comunión y misión) de la santa Trinidad.