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P. Fabio Ciardi, OMI
La vida consagrada “escuela de comunión”…

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1. LA VIDA CONSAGRADA “ESCUELA DE COMUNIÓN”

 

            La primera parte del título recuerda una doble dimensión de la vida consagrada:

- es un ambiente privilegiado en donde se aprende a vivir la unidad que Jesús vino a traer a la tierra y que constituye el corazón mismo de la Iglesia;

            - está llamada a construir a su alrededor la unidad, extendiendo la comunión experimentada en su seno.

            La vida consagrada recuerda que la comunión es la forma de vivir en la Iglesia y que la comunión precede e inspira toda coordinación y organización, como también las modalidades de relación entre religiosos y laicos: en primer lugar está la sintonía de los corazones y, después, la colaboración.

            Si religiosos y religiosas son, como se viene afirmando reiteradamente, “expertos de comunión”, deben manifestarse capaces de ayudar a todos: “tienen la misión de ser signos especialmente legibles de la íntima comunión que anima y constituye la Iglesia, y de ser sostén para la realización del plan de Dios” (Congregavit nos in unum, n. 10). Por eso, como leemos en la Exhortación apostólica Vita consecrata: “La Iglesia encomienda a las comunidades de vida consagrada la particular tarea de fomentar la espiritualidad de la comunión, ante todo en su interior y, además, en la comunidad eclesial misma y más allá aún de sus confines, entablando o restableciendo constantemente el diálogo de la caridad, sobre todo allí donde el mundo de hoy está desgarrado por el odio étnico o las locuras homicidas” (n. 51). Se hace una llamada a la capacidad de los consagrados de manifestar “una fraternidad ejemplar, que sirva de estímulo a los otros componentes eclesiales” (n. 52).

            Es oportuno que mantengamos siempre viva la conciencia de esta misión, para no caer en el peligro del intimismo, en la construcción de un ambiente seguro y acogedor en que refugiarse. Somos estimulados a experimentar la dinámica exigente de la comunión, de modo que podamos llegar a ser auténticos especialistas del diálogo del amor entre las diversas vocaciones de la Iglesia local: entre obispo y clero, entre clero y laicos, entre los múltiples componentes parroquiales y diocesanos. Somos responsables de la construcción de la comunión eclesial, y estamos llamados a saber transmitir las leyes de la unidad, experimentadas previamente dentro de nuestra fraternidad.

            Además, más allá de la Iglesia, la vida fraterna de las personas consagradas está llamada a convertirse en acicate para la convivencia humana en un mundo dividido e injusto. No es ahora el momento de detenernos en esta ulterior dimensión de la vocación de la vida consagrada, pero la actual situación mundial no nos puede eximir de recordarla. La vida consagrada es “testimonio del proyecto divino de hacer de toda la humanidad, dentro de la civilización del amor, la gran familia de los hijos de Dios” (VC 35); hasta el punto de indicar a los hombres “la belleza de la comunión fraterna” (VC 41). Frente a las guerras en acto, la buena noticia de la hermandad universal parece una utopía. Pero nosotros creemos y vivimos para este ideal, el mismo que guió a Jesús.

            Acerca del papel de construir comunión en el ámbito eclesial, ya he tenido oportunidad de hablar en esta asamblea, dirigiendo la atención sobre todo a la correspondencia de comunión con los nuevos movimientos eclesiales1[1]. Recientemente el Padre Jesús Castellano Cervera ha vuelto sobre el tema, profundizando en el aspecto de la unidad entre las familias religiosas2[2]. Hoy la atención quiere dirigirse a la relación de comunión con los laicos.

 




1 El Espíritu del Señor actúa en todo momento y con dones nuevos: los Movimientos eclesiales y todos nuestros Institutos han nacido como signo de un ‘nuevo Pentecostés’. ¡Juntos por la causa del Reino!, 21 de abril de 2001.



2 Solidaridad intercongregacional en el campo de la espiritualidad, en la formación y en los proyectos de misión: acciones comunes y en comunión. La ayuda mutua, 15 de marzo de 2003.






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