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| Enrica Rosanna, FMA Superiores/as y consejos: criterio y líneas… IntraText CT - Texto |
“No se es responsable de una comunidad porque se sea perfecto, sino porque se ha sido elegido. Una comunidad está compuesta por seres humanos que tienen tinieblas y luces, pobrezas y riquezas, heridas y dones, seres humanos que han sentido la llamada de Jesús: “Ven y sígueme...” Una comunidad no está formada por personas que se parecen entre sí. Cada uno es distinto, pero todos son necesarios. Cada uno tiene un lugar único en la comunidad...”
Este párrafo está tomado de un espléndido opúsculo de Jean Vanier titulado “Carta de la ternura de Dios”, que estoy segura que habéis leído, o que os recomiendo que leáis: alimenta el alma y llena el corazón de paz, sobre todo a quien ha sido constituido en autoridad, porque está lleno de cosas concretas y de fe.
Queridas hermanas y queridos hermanos, he querido introducirme en el tema que me ha sido asignado con esta cita para decir principalmente algo que me parece muy importante: nuestras Congregaciones y comunidades no son perfectas, pero se encuentran en camino. No tenemos que olvidarlo para pasar del idealismo a la verdad, sobre todo a la Verdad (con la V mayúscula) y a dar la vida por esta Verdad.
Sigue Jean Vanier: “Para (animar...) una comunidad al seguimiento de Jesús hay que despojarse del espíritu del mundo, el espíritu de egoísmo y de búsqueda absoluta de seguridad, el espíritu de dominio y control. Para seguir a Jesús y caminar en la luz, para ser instrumento de unidad y de paz, hay que convertirse todos los días...”
La conversión – lo digo en primer lugar para mí – es la regla suprema, la regla de oro de cualquier animación. Y podría detenerme aquí, pero tengo que desarrollar el tema que me ha sido asignado e intentar penetrar en él con detalle.
“Remad mar adentro” nos ha dicho el Papa en la Novo Millennio Ineunte, y aún más, “cultivad la fantasía de la caridad”. Aquí está, según mi opinión, diseñado el camino que hay que recorrer para animar hoy, en un contexto de globalización y descristianización, una Congregación religiosa... No hay otro. Busquemos juntos, por tanto, profundizar esta invitación, teniendo siempre como trasfondo el tema objeto de este encuentro.
Sigo leyendo en el número 43 de Novo Millennio Ineunte: “Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión: éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros en el milenio que comienza, si queremos ser fieles al designio de Dios y responder también a las profundas esperanzas del mundo”.
Pero ¿qué significa en concreto esta invitación: “hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión”? ¿Qué significa hacer de nuestras Congregaciones, de nuestras comunidades, la casa y la escuela de la comunión?
A la pregunta responde el mismo Papa: “Antes de programar iniciativas concretas, hace falta promover una espiritualidad de la comunión, proponiéndola como principio educativo en todos los lugares donde se forma el hombre y el cristiano ..., donde se construyen las familias y las comunidades...”.
En mi opinión, dentro de este programa vivido personal y comunitariamente, se juega la fantasía de la caridad, que está contenida en esa “medida alta de la santidad” que tendría que caracterizar nuestro servicio cotidiano de animación; que tendría que tomar cuerpo en todas nuestras iniciativas de servicio y evangelización; que podrá realizar el sueño de una Congregación en la que la martiría, la koinonía y la diaconía se vivan realmente en el nombre y con la fuerza de Dios.
La espiritualidad de comunión encuentra su fuente y finalidad en el modelo Trinitario. Únicamente cuando se entra en la lógica y la dinámica Trinitaria, se puede vivir y comunicar esa comunión que fecunda nuestra vida en común, nuestro servicio de animación recíproca, porque hace capaces de pasar de la unificación de sí a la unión con Dios, del compromiso de la reciprocidad a la gratuidad, de la responsabilidad de la solidaridad al don incondicionado del amor. Y también, entrando en esta lógica, podemos ayudar a nuestras hermanas y hermanos (y sobre todo a nosotros mismos) a vivir los votos en el espíritu de las Bienaventuranzas del Reino. Permitidme un paréntesis al respecto, mediante una feliz lectura de los votos desde el himno de las Bienaventuranzas, escrito por el Padre David María Turoldo:
Bienaventurados vosotros, pobres, primeros herederos
que tenéis ya el corazón más allá de las cosas,
sois príncipes de estirpe divina.
Bienaventurados, limpios de corazón, en vosotros
como en un lago se refleja Dios
y en todas partes veréis al Señor.
Bienaventurados mansos, obedientes, inermes, sois
la fuerza invencible de Dios.
Vosotros solos poseeréis la tierra.
Pero, ¿qué significa en concreto la expresión “espiritualidad de comunión”, aplicada al tema que estamos tratando?
La NMI afirma: “Espiritualidad de la comunión significa ante todo una mirada del corazón (¡bellísima expresión! Me viene a la cabeza una expresión de Saint-Exupéry: “Se ve bien sólo con el corazón”) sobre todo hacia el misterio de la Trinidad que habita en nosotros, y cuya luz ha de ser reconocida también en el rostro de los hermanos...; significa, además, capacidad de sentir al hermano ... como « uno que me pertenece », para ... atender a sus necesidades...; es también capacidad de ver ante todo lo que hay de positivo en el otro, para acogerlo y valorarlo como regalo de Dios: un « don para mí », ...; es saber « dar espacio » al hermano, llevando mutuamente la carga de los otros”.
A la luz de este párrafo creo que se pueden leer los criterios y las líneas de acción para el servicio de animación. En este párrafo, en efecto, pienso que se contiene el camino que el Señor quiere que emprendamos para colaborar en el servicio a nuestros hermanos y hermanas con un corazón materno y paterno. ¿Recordáis la bellísima pintura de Rembrandt que se refiere al regreso a casa del hijo pródigo? ¿La imagen en la que el padre tiene una mano femenina y otra masculina? Manos y corazones maternos y paternos.