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| Enrica Rosanna, FMA Superiores/as y consejos: criterio y líneas… IntraText CT - Texto |
Carlos de Foucauld ha escrito: “El Señor establece un precio muy accesible para nuestra salvación: no avergonzarse de las cosas de las que no avergonzó: la compañía de los pobres, los marginados, los pecadores; no avergonzarse de su enseñanza, de la verdad de su religión; no avergonzarse de su enseñanza, de la verdad de su religión; no enrojecerse de su esposa, la santa Iglesia; no avergonzarse de adoptar su estilo de vida; no enrojecer si se viven sus mandamientos y sus consejos que están en contradicción con las ideas del mundo... Sólo una cosa tendría que avergonzarse: no amarlo suficientemente...”
El que anima está llamado a vivir con alegría y en comunión la propia vocación en la Iglesia, a ser sal de la tierra y lámpara en el celemín, ¡también para que el mundo vea y crea! El último documento “Caminar desde Cristo nos invita a contemplar el rostro de Cristo, a dar la primacía a la Palabra de Dios en nuestra vida, a interiorizarla con sabiduría y proponerla con parrhesia; a reafirmar la centralidad de Jesús Cristo, Redentor y Salvador y la presencia y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en la historia, a sostener una antropología cristiana que reproponga la dignidad de la persona humana – hombre y mujer – con todos sus derechos (la vida, la libertad, la salud, el trabajo, la familia). Para realizar todo esto, creo, existe hoy la necesidad de una conversión que es ecología del corazón, ecología de la mente, ecología de la vida. ¿No pueden vivirse nuestros votos también como compromiso ecológico?
Ecología de la mente, ante todo, es decir, honestidad intelectual para dar a las situaciones y a las cosas su “justo nombre” (llamar mal al mal y bien al bien, sin miedos o ambigüedades), para denunciar sin miedo las injusticias, la violación de los derechos de los más débiles, sin demonizar o legalizar todo y a todos; ecología del corazón para vencer la prostitución del cuerpo y la del espíritu que genera manías de poder y de grandeza a todo nivel y aumenta cada vez más el número de “los que no tienen derecho”, de los excluidos; ecología de la vida para buscar lo “solo necesario”, tener la valentía de compartir los propios bienes materiales y espirituales y luchar contra el derroche de la vida, de la naturaleza, del lenguaje, del dolor, de la alegría, del amor. Nuestros votos son una opción ecológica fundamental. Nosotros consagrados/as contribuimos a la humanización de la cultura, comprometiéndonos a reentender los consejos evangélicos como caminos de civilización, caminos misioneros, posibilidades singulares de humanización. En la cultura deshumanizada, en la cultura del derroche y de la contaminación, tiene que ser compromiso nuestro el hacer una opción alternativa y contra corriente, y proponerla a las nuevas generaciones, viviendo la castidad como ecología del corazón, la pobreza como ecología de la vida, la obediencia como ecología de la mente.
La valentía del anuncio es una nota peculiar del Magisterio de Juan Pablo II, extremo defensor del Evangelio y de la dignidad de la persona humana, y ha sido una nota peculiar de su ministerio episcopal en Polonia en los tiempos duros de conflicto entre el Régimen y la Iglesia. Leo todavía de la biografía citada. A final de 1963, Karol supo que había sido elegido como arzobispo de Cracovia. Y, en algún modo, quienes lo favorecieron eran las mismas autoridades comunistas, que habían descartado nada menos que seis nombres propuestos por Wyszynski. Y los habían descartado porque estaban convencidas de poder encontrar, en aquel atento estudioso del marxismo, un interlocutor más conciliador y maleable que el cardenal primado. Cuando las relaciones entre Iglesia y Estado se hicieron extremamente difíciles, Wojtila estuvo en primera línea a favor de la gente y el pueblo, sin miedo, y el régimen descubrió que se había equivocado por completo con él (cf. p. 163).
A tal respecto – en ocasión del Jubileo de los jóvenes – ha escrito Indro Montanelli: “Este papa anciano, que pronuncia con dificultad las palabras, incluso en su lengua propia, ha dicho a los jóvenes cosas que la más moderna y actualizada tiene 2000 años de edad. Pero es precisamente esto, creo, lo que los jóvenes buscan inconscientemente en un mundo de lo efímero como en el que les hemos hecho crecer, algo que no tenga tiempo porque es eterno, y que ofrezca algo estable sobre los que poner – y apoyar – los pies”.