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| Enrica Rosanna, FMA Superiores/as y consejos: criterio y líneas… IntraText CT - Texto |
No quiero tratar del martirio cruento, sino de la rutina de la vida: el reloj que urge, los compromisos que atosigan, la fatiga para vivir con paciencia las relaciones con los otros sin ceder a ambigüedades o “prudencias humanas”, el desgaste de todos los días... El que está llamado a animar una Congregación, una comunidad, experimenta cotidianamente esta fatiga.
Esta multiplicidad de relaciones y tentaciones, por un lado hacen sentirnos inadecuados y hacen que nos cerremos “en nuestros intereses”, por otra nos empujan a valorar lo vivido como ocasión de purificación y santificación y a poner toda nuestra confianza y esperanza en Dios. Pasa por este camino la “medida alta” de la santidad que somos llamados a vivir. Pasa por este camino esa profecía que padre Turoldo traduce en versos cantando: “Manda todavía, Señor, profetas, hombres seguros de Dios, que digan a los hombres que siempre esperen...”.
Miremos todavía a Juan Pablo II en este momento de su vida. El papa da a cada uno de nosotros una formidable lección de esa paciencia y martirio cotidiano que construyen comunión. Explica con la vida cómo vivir cristianamente en cualquier estación, también en la ancianidad, también la de la más alta responsabilidad en la tierra. Tenemos que dar gracias a Dios por su vida. ¿Qué es una gran vida si no un continuo empuje y esperanza, desde la juventud a la edad madura? La liturgia, en uno de los responsorios para la fiesta de S. León Magno, dice: “El, como águila, captó desde lo alto el sentido de las cosas”. Podemos aplicar a Juan Pablo II estas palabras. Todos reconocemos que es un hombre conducido de la mano por Dios. El Señor le pide mucho, pero también le da mucho.
Entre los dos hay un entendimiento profundo, y se ve, se toca con la mano. Gracias a este entendimiento – que cada uno de nosotros experimenta en la propia vida – podemos mirar con esperanza el futuro y creer que la comunión, auténtica, es posible.
Me detengo aquí, pese a que se podrían añadir muchas otras reflexiones.
La referencia a María, la madre y maestra de Jesús, es obligatoria. En los alrededores de Roma hay una imagen de María que me parece especialmente adecuada para una reflexión conclusiva. Se trata de S. María del equilibrio, que se encuentra en la Abadía Cisterciense delle Frattocchie. Tal vez todos y cada uno de nosotros/as necesita rezar a esta dulcísima Madre que tiene los brazos levantados hacia el cielo, y “de cuya fiesta no hay fecha porque desde la mañana hasta la noche hay que invocarla”. El Señor nos conceda, por su intercesión, poder vivir en la alegría y la fidelidad la Diakonía para que en nuestras comunidades ninguno se sienta extranjero o solo; la Koinonía, para que cada uno de nosotros pueda ser un bálsamo para muchas heridas; la Martiría para sea nuestra alegría testimoniar y celebrar al Dios de la vida.