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| Enrica Rosanna, FMA Superiores/as y consejos: criterio y líneas… IntraText CT - Texto |
1. El misterio de la Trinidad
Para seguir adelante en mi reflexión, tengo que hacer necesariamente una referencia al misterio de la Trinidad. No tengo la competencia teológica para tratar de la Trinidad. Puedo únicamente adorar y contemplar este misterio, que me cautiva siempre (me atrevo a decir “me deslumbra” como una gran luz), no sólo, sino además me inquieta porque me hace consciente cada vez más de mi grandeza como persona humana mujer creada a imagen y semejanza de Dios (mujer consagrada al Amor, Hijo de la hermosa Hermosísima) y de la responsabilidades que se derivan; del honor de formar parte de la familia de Dios!
Me limito a hacer una breve reflexión al respecto, con la mediación de la carta pastoral que el Cardenal Danneels ha escrito a su diócesis con ocasión de la Pascua 2000.
Su Eminencia presenta maravillosamente a la Trinidad como modelo de comunión a la luz del icono de la Trinidad de Rublev.
“En torno a la mesa están tres porque esta experiencia es la matriz de toda convivialidad: la crea y la facilita. Cuando se mira bien el icono, nos damos cuenta que los tres no están de frente, sino como alineados. Actúan juntos y al mismo tiempo el intercambio mutuo de la mirada está impregnado de discreción y reserva. Entre los tres reina un profundo respeto. Ninguno aparenta querer ser el primero, y tampoco el último. No hay distancias, pero tampoco se confunden. Parece que se digan mutuamente: “Para mí, puedes ser lo que eres, te respeto en lo que te es propio. Puedes llegar a ser lo que eres.
Una auténtica comunión según el modelo trinitario no es ni fusión ni confusión. El amor auténtico refuerza al otro en su alteridad, en lo que le es propio y de lo que disfruta. Pero el icono muestra algo más. Los tres se miran con gran humildad. La auténtica comunión es escucha intensa del otro, obediencia recíproca. Existe en la Trinidad una fecundidad interna que implica la apertura continua. El icono está también abierto, hay todavía sitio a la mesa, como si alguien tuviera que llegar... Toda comunión es abierta y acogedora; siempre hay sitio para los otros.
Finalmente, en torno a la mesa en la están sentados los tres, se encuentra un plato central. En efecto, toda comunión se alimenta en una comunidad reunida en torno a la mesa. Es cierto en todos los ámbitos: en la familia a la hora de las comidas; en la iglesia reunida para la Eucaristía, en las comunidades religiosas, en los albergues, en la sociedad, hay siempre un momento para compartir el pan. Jesús no ha encontrado una imagen más perfecta de la comunidad que la del banquete escatológico”.
El modelo trinitario es el icono de toda vida en comunidad, de toda realidad que quiere estructurarse como comunidad, en cuanto que toda comunión de personas está estructurada como imagen de la Trinidad, es decir, es una en la diversidad.
En Vita consacrata (nº 21) se lee: “La vida fraterna (...) se propone como elocuente manifestación trinitaria. La vida fraterna manifiesta al Padre, que quiere hacer de todos los hombres una sola familia; manifiesta al Hijo encarnado, que reúne a los redimidos en la unidad, mostrando el camino (...); manifiesta al Espíritu Santo como principio de unidad ...”.
Mons. Tonino Bello ha escrito dirigiéndose a las Hermanas Alcantarinas en ocasión de su Capítulo General: “Cuando decimos ‘juntos’ no lo hacemos porque si estamos juntos las cosas van mejor, en el sentido que si estamos uno junto a otro se hace más. Esta sería una mentalidad empresarial: los especialistas del marketing ponen juntos a los obreros; los sindicatos dicen ‘estad unidos’, los hinchas, los deportistas se ponen juntos en el mismo fondo del estadio para gritar más fuertes.
No, si nosotros decimos ‘juntos’, no es para poder así rendir más, sino porque debemos ser icono de la SS. Trinidad. Tenemos que reproducir en nuestra vida, en nuestras comunidad, la vida que hay en el cielo... Somos icono periférico de la Trinidad...”
El Papa, siempre en la NMI, al tiempo que nos invita a penetrar en el misterio de la Trinidad, como ya he destacado, nos lanza un desafío y nos invita a acogerlo si queremos ser fieles al proyecto de Dios y responder también a los deseos profundos del mundo: “Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de comunión”. Y nosotros podríamos también parafrasear esta afirmación diciendo: “Hacer de todas nuestras comunidades, de todas las Congregación, la casa y la escuela de la comunión”.
La Iglesia es la escuela en la que está Jesús como pedagogo, como maestro; donde el maestro está con sus discípulos y donde, por tanto, todo se convierte en un aprendizaje, en un “ser atraídos”, tomados, no sólo por las palabras del Maestro, sino, sobre todo, por la relación con Él. ¿Y cuál es esta pedagogía del Divino Maestro? La de la comunión.
Al respecto quiero comunicaros lo que el padre Jesús Castellano, comentando este párrafo en un día de retiro a las religiosas del Auxilium, ha dicho: “Cuando una persona se traslada de un país a otro, lleva consigo las costumbres de la propia cultura (pensemos al problema de la multiculturalidad en nuestros Institutos) y la cultura de Jesús es la cultura Trinitaria, una cultura de comunión. Al entrar en este mundo, Jesús abre la casa de la comunión y al recoger en torno a sí a los discípulos, hace escuela de comunión. La figura de la casa indica la familiaridad, la intimidad, la reciprocidad, y la de la escuela indica el aprendizaje, la actividad, el intercambio, el recibir y el dar, el compartir”.
Nosotros que estamos aquí, con tantos hermanos y hermanas nuestros, tenemos la gracia y el honor de vivir en esta Iglesia, en esta casa, a la escuela de un Maestro así (¡el Maestro!) y de aprender a hacer también en nuestras comunidades y Congregaciones esta casa y esta escuela.
A este respecto, quisiera hacer primero una primera breve reflexión sobre la multiculturalidad que caracteriza a muchos de nuestros Institutos y comunidades.
Una espiritualidad de comunión lleva consigo la capacidad de apreciar lo diverso como “recurso” y de acogerlo como “don” para mi, además que como hermano o hermana que lo ha recibido. Los valores éticos, religiosos, culturales y sociales que constituyen el patrimonio de otras culturas, el don de tantos hermanos y hermanas que vienen de lejos (¡el primer gran don que nos viene de “lejos” es Juan Pablo II !) y nos revelan nuevos y enriquecedores modos de vivir la contemplación, la comunión, la vida fraterna, la práctica de los consejos evangélicos, el compartir, la hospitalidad, las relaciones, el respeto por la naturaleza.
Tenemos que aprender a detenernos con la inteligencia y el corazón en las riquezas que nos vienen de la presencia en común de personas y realidades diferentes, que constituyen uno de los dones espléndidos que Dios da a nuestra Congregaciones (¡aun no pudiendo cerrar los ojos a las dificultades que trae consigo!). Pensemos, por ejemplo, en los consagrados y consagradas de América Latina: es un don su compromiso operativo por la justicia y su opción preferencial por los pobres, que en sus iglesias de origen ha dado origen a un estilo de vida simple con la inserción y la espiritualidad que se derivan; pensemos en los religiosos y religiosas de Asia que nos enriquecen con la dimensión contemplativa, que han desarrollado especialmente, dando gran espacio a múltiples formas de oración; a los consagrados y consagradas de África que nos hacen redescubrir los lazos de pertenencia solidaria a la gran familia humana y el gusto por compartir; a los consagrados y consagradas de Europa del Este que nos estimulan a redescubrir lo que es esencial a la vida consagrada y a fundarla principalmente sobre la interioridad.
La expresión “muchas culturas, más recursos” que se escucha repetir muchas veces, no puede ser sólo un eslogan de moda, es una auténtica bendición, pero a condición que nos lleve a redefinir, profundizar, vivir el carisma a partir de la multiculturalidad... ¡El Reino de Dios no tiene fronteras! Una Congregación, una comunidad formada por personas de culturas, raza, grupos étnicos, edad, formación diferentes, es un testimonio elocuente de la fuerza del Evangelio que puede transformar nuestra frágil humanidad y hacer posible lo que humanamente es muy difícil.
De todo esto la tarea de quien ha sido constituido en autoridad para que con la fuerza de Dios se pueda realizar la unidad en la diversidad (concepto que aparece en todas las Constituciones) a través de la búsqueda apasionada y continua de la comunión (¡la primera misión de una comunidad!), el respeto de las diferencias (pensemos a los seis días de la creación... Dios vio que todo lo que había hecho era bueno); la valoración de la estima recíproca (quien anima debe tener buena vista – ha escrito Rino Cozza en un artículo publicado recientemente en Testimoni - : ni ojos miopes que demuestran resignación ante lo que sucede; ni presbicia en lo ojos incapaces de leer el periódico de la historia, sino buena vista “para discernir el proyecto de Dios”... De aquí la invitación que hace a gritar como Bartimeo (Mc 19,51): “¡Rabbuní, que recupere la vista!”); la capacidad de perdonar 70 veces 7 (tenemos que recordar que no hay cultura o persona que no tenga nada que dar... y no hay cultura o persona tan rica que no pueda recibir nada de los otros).
Obviamente, la persona que anima no puede y no debe cerrar los ojos ante la dificultad.
En una comunidad puede existir el disenso, pero tiene que expresar en forma respetuosa y de colaboración. No sólo eso, sino que quien gobierna y anima no puede dejar qua nadie vaya donde quiera o le vaya bien (¡no es un guardia urbano que dirige el tráfico!), sino que está llamo a decidir y a ayudar a decidir. Se ha dicho oportunamente que para hacer sitio a lo huevo hay que saber introducir “discontinuidades”... sin miedo (Cf. COZZA, Rino, Superiore servo di crescita, en Testimoni, 15 de enero de 2003, p. 8-10)
Al respecto Jean Vanier, en la carta citada, dice cosas muy concretas e interesantes. Mediándolas –puesto que habla de la Comunidad del Arca – deseo aplicarla a nuestras Congregaciones, puesto que nos dice la diferente situación en que viven algunos de nuestros hermanos y hermanas.
“Cuando se llega a una Congregación y a una comunidad se deben cumplir varios pasos y cada uno de ellos lleva consigo una alegría y una pena.
El primero nos lleva a pasar de nuestra familia y nuestro trabajo, o de nuestra vida de estudiantes, a la Congregación. Es un paso que en ocasiones es muy difícil, porque antes teníamos todo el tiempo para nosotros, elegíamos las diversiones, los amigos, el lugar de trabajo, teníamos salarios adecuados, éramos hijos únicos... Luego se llega a una comunidad... y las cosas cambian bajo muchos puntos de vista...
Este paso es difícil, pero hay otros aún más difíciles... Por ejemplo, nos viene dada una responsabilidad y entonces nos encontramos con asistentes que no escuchan, que son autosuficientes, que tienen dificultad con la autoridad y... sería preferible ser el asistente que ataca al superior antes que el superior que sufre la agresión...
Después de algún año la novedad y el aspecto positivo de la responsabilidad se atenúan y no se ve más que su peso. Ya no hay tiempo para uno mismo, no hay más tiempo para rezar, estamos cansados...
Luego viene el paso, muy difícil, de la pérdida de la responsabilidad... Se nos pide que dejemos y volvamos a la base, y esto nos puede tocar muy profundamente...
Otro momento difícil puede ser el del descubrimiento de los defectos de la comunidad... Nos encontramos como niños que descubren que mamá y papá no son perfectos...”
Hasta aquí Jean Vanier... Estas situaciones (u otras similares) están presentes también en nuestras realidades. ¿Qué hacer? Conozco alguien – es aún Jean Vanier quien da testimonio – que al regreso de Calcuta decía que no volvería más porque había visto morir la gente por la calle. Madre Teresa ha dicho: “He visto personas que mueren en la calle. Yo me quedo”.
“Yo me quedo” tendría que ser mi respuesta, nuestra respuesta, que nos hace entender nuestra pobreza radical, que nos pone en la lógica de Dios: el escándalo de la cruz, la maternidad de una virgen, el perdón de los pecados... 70 veces 7...
“Yo me quedo” para testimoniar el amor de Dios hasta el final, como han hecho nuestros Fundadores y nuestras fundadoras, y a ellos pido que me den una mano para que no juegue a regatear sobre el precio que hay que pagar, para que no pida descuentos o facilitaciones, incluso cuando el silencio de Dios pesa...