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Enrica Rosanna, FMA
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2. El “hermano me pertenece”

            Profundizando aún en la NMI encontramos la expresión “el hermano me pertenece”.

 

            El hermano, la hermana, me pertenecen y soy responsable de ellos. Cada hermano y hermana de vuestra gran y espléndida Congregación y comunidad os pertenece, sea europeo o extra-europeo, joven o anciano, bueno o bribón, trabajador o indolente... Nadie puede ser excluido de nuestro amor (se afirma en el nº 49 de la NMI) desde el momento “con la encarnación el Hijo de Dios se ha unido en cierto modo a todo hombre”.

 

            Todo el Magisterio de Juan Pablo II nos ayuda a comprender el misterio de la persona humana, camino de la Iglesia, y a trabajar para que sea siempre y en todo lugar plenamente valorizada, respetada en su dignidad. Nos tenemos que estimar y valorar mutuamente, recíprocamente, estimar y valorar a todos, más allá de las razas y los idiomas, más allá de cualquier barrera, porque (como ya he destacado) sólo así podemos construir comunidad, hacer comunión. Tenemos que ser capaces de superar el etnocentrismo que establece una jerarquía entre las culturas, y romper la lógica de la uniformidad distinguiendo entre lo que es esencial y caduco (Dice el Eclesiástico: “¿Has encontrado un hombre sabio? Haz que tu pie le esté cercano”).

 

            Hace tiempo oía el testimonio de una joven, ex drogadicta, que ahora vive en la comunidad en que ha sido recuperada a la vida ayudando a otros a recuperarse. De lo que ha dicho, me han impresionado dos afirmaciones. ¿Qué mata una comunidad? El juicio”. Sí, el juicio dado por rivalidad, o individualismo, o superficialidad, o soberbia, o manía de competencia, alimenta el conflicto y envenena la comunión y la paz.

 

            La segunda afirmación que a través de la conversación de Angela (así se llama la joven de la que he hablado) se refiere al servicio, la pedagogía del servicio que tenemos que darnos recíprocamente, pero que connota de modo particular a quien es llamado a animar, y que es indispensable para hacer comunión. Esta pedagogía me parece bien puesta de relieve en la parábola del Hijo pródigo contada por Jesús.

            Conocemos la parábola (y tal vez habréis oído que la he citado otras veces...). En nuestras jornadas también nosotros vivimos todas las etapas del servicio expresadas en esta parábola: el hijo menor que sirve insufrible, descontento, en la casa del padre; este mismo hijo que sirve al pecado y luego se humilla a servir a un patrono en un país extranjero. El hermano mayor, que sirve por interés; los siervos que matan el ternero cebado y llevan el traje de fiesta. Y luego el padre (la maravillosa figura del padre, que Rembrandt ha representado magníficamente con una mano femenina y una mano masculina), el Padre, que es auténtico siervo de estos hijos, siervo por amor. Para crecer en el amor, para hacer del servicio un acto de amor, para alimentar la comunión, hay que “convertirse en el Padre”, ha escrito Henry Nouwen. Un padre, con un corazón materno y paterno que testimonia, con lo que es y lo que hace, una gran verdad evangélica: “Tú, hermano/hermana, eres importante para mí”.

 

            La pedagogía del servicio es también la pedagogía del “cuidar” uno de otro para ayudarnos a crecer y hacer que crezca la comunión (I care...). ¡Cuántos aspectos lleva consigo este cuidar el uno del otro! Me limito a poner algunos ejemplos (No es la primera vez que los propongo, y algunos de vosotros los conoce, pero me agrada volver a meditarlos, profundizar en ellos y comunicarlos!

 

            Teresa de Calcuta que se cuida de los miserables, los moribundos (en nuestras Congregaciones hay quienes sufren enfermedades largas y doloras... que llevan también a la desesperación: necesita de todo nuestro amor, de toda nuestra com-pasión); Brígida de Suecia que se cuida de la unidad y la paz (qué necesidad hay unidad y paz en nuestras comunidades... El gran profeta de nuestros tiempos, el Patriarca Atenágoras, ha escrito: “Hay que conseguir desarmarse. Esta guerra la he combatido: durante años y años. Ha sido terrible. ¡Pero ahora estoy desarmado! No tengo miedo de nada porque el amor aleja el miedo. Estoy desarmado de la voluntad de superarla, de justificarme a costa de los otros. Ya no estoy alerta, celosamente agarrado a mis riquezas. Acojo y comparto. No presumo particularmente de mis ideas, mis proyectos. Si me vienen propuestos otros mejores, los acepto con gusto. Por eso ya no tengo miedo. Cuando no se posee ya nada, no se tiene ya miedo. “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” Pero si nos desarmamos, si nos despojamos, si nos abrimos al Dios-hombre que hace nuevas todas las cosas, es él quien borra nuestro mal pasado y nos devuelve a un tiempo nuevo donde todo es posible”); Mónica que se cuida del gran rebelde Agustín (“Los jóvenes europeos –se lee en el Documento final del Congreso sobre las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada en el mundo- viven en [...una] cultura pluralista y ambivalente, “politeísta” y neutra. Por un lado buscan apasionadamente autenticidad, afecto, relaciones personales, grandeza de horizontes, por otro están fundamentalmente solos, “heridos” por el bienestar, desilusionados de las ideologías, confundidos por la desorientación ética”. Preguntémonos: ¿en qué medida los/las jóvenes de nuestras Congregaciones y comunidades reflejan estas expresiones?); Juana Beretta Molla que se cuida de la vida; Teresa del Niño Jesús que se cuida del amor; Edith Stein, que se cuida de la verdad; Catalina de Siena que se cuida de la autoridad... Son los colores del arco iris del amor, ¡que se pueden aumentar desproporcionadamente! El testimonio de estas santas mujeres nos confirma en nuestra responsabilidad para cultivar en nosotros y en nuestras hermanas y hermanos esta actitud de “cuidar” que hace hermosa la vida de comunidad, nos confirma en la certeza de que “los espacios de la comunión hay que cultivarlos y dilatarlos día a día” (n. 45), que hoy en nuestro tiempo caótico y complejo hay mucho espacio para la “fantasía de la caridad” (n. 50), que no podemos construir nada nuevo si no nos anima la pasión de la caridad.




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