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Enrica Rosanna, FMA
Superiores/as y consejos: criterio y líneas…

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3. Llevar unos los pesos de los otros

            Deseo expresar mi pensamiento al respecto, haciéndoos partícipes de una experiencia que he leído recientemente (La guerra de Fran). La ha escrito una periodista que ha vivido en primera persona la guerra en Bosnia... Para comunicar esta experiencia la ha transformado en novela (Tengo que confesaros que no leo a gusto libros sobre la “guerra”, tanto pesa en mi vida la realidad “guerra fría o caliente”...).

 

            Fran es un adolescente que está viviendo la terrible guerra de Bosnia... Mientras enumera sus sufrimientos y los de su pueblo, habla también de la amistad con un sacerdote católico (Patrick) y recuerda una historia que le ha contado.

            Un soldado, después de años, había regresado finalmente de la guerra de Vietnam y había llamado a sus padres desde el aeropuerto de San Francisco, preguntando si podía llevar a casa a un amigo suyo. Le dijeron en seguida que sí, que estarían muy contentos de conocerlo, pero cuando añadió que el amigo había pisado una mina y que había perdido un brazo y una pierna, y pidió poder acogerlo porque el amigo no tenía un sitio donde ir, le respondieron que lo sentían mucho, y que tal vez podían encontrarle alojamiento en otra parte. No, replicó el soldado, no habéis entendido. Quiero que venga a vivir con nosotros. Sus padres le dijeron entonces que lo sentían, pero que no podían cargar con un peso semejante y que no se daba cuenta del significado de tener un inválido en casa... Casi no podían salir adelante ellos solos, sin este problema. Finalmente, le aconsejaron que se olvidara de su amigo, que encontraría un modo de arreglarse, y le invitaron a volver solo a casa. El muchacho colgó el teléfono y los padres no supieron más de él.

            Después de varios días recibieron una llamada de la policía... Les advertía que su hijo se había suicidado... Desesperados volaron al tanatorio y les acompañaron para identificar el cuerpo. Cuando lo vieron y reconocieron quedaron impresionados porque descubrieron que ni de lejos habrían sospechado, o sea, que era precisamente él, su hijo, el soldado sin brazo y sin pierna...

 

            Llevar unos el peso de los otros... Queridas hermanas, quién sabe si en ocasiones no somos nosotros como los padres de ese muchacho... Nos resulta fácil amar a quien no tiene problemas, o no nos causa molestia y dificultades, amar a los hermanos y hermanas de Países que nunca hemos visitado... Es fácil excluir de nuestro cuidado a quienes nos han hecho un desplante, una falta de delicadez, a quien nos ha orillado o no nos ha escuchado...; seguir la ley del ojo por ojo, diente por diente...

            He citado antes la lógica de Dios. Quiero repetirla para mí: el nacimiento de una virgen, el escándalo de la cruz, el perdón de los enemigos..., incluso 70 veces 7, es decir siempre y en cualquier situación. Viviendo esta “lógica” es como llegamos a ser “instrumentos del Espíritu”, “siervos de la Palabra”, “fieles y creíbles anunciadores del Reino”.

            A este respecto se podría abrir el gran capítulo del “discernimiento” comunitario. Nuestro último Capítulo General ha propuesto el discernimiento como camino y fuerza de transformación en este tiempo de pluralismo, de superficialidad y fragmentación. Ha profundizado en su significado: don del Espíritu para la comunión, certeza de que Él está en la historia y se hace presente a quien lo busca con humildad y fe. Don que descubrir también a través de la mediación de quien tiene un papel de animación y, viviéndola generosamente, conoce la fuerza y la alegría de ser acogido y amado por Dios, y por esto vive cotidianamente la capacidad de acoger, amar, cuidar de...

 

            Atilio Danese e Giulia Paola Di Nicola han escrito en una publicación reciente: “Cada mujer y cada hombre, en la reciprocidad de vivir juntos, aprenden la humildad de ser limitados, la necesidad de reconocerse uno en el otro, de estimar y ser estimado, de ser, alternativamente, sea la plenitud que el vacío, sea el activo que el pasivo, sea el discípulo que el maestro [...]. Sería un daño ser siempre maestros [...]. Sería igualmente un daño ser siempre y sólo discípulos, si eso significara renunciar a hacer aparecer los tesoros escondidos que cada uno lleva en sí...”.

 

            Teniendo presente todo lo dicho hasta aquí, quisiera ahora subrayar algunas condiciones que –en mi opinión- forman el retrato robot del animador, de la animadora de un Instituto o comunidad religiosa y son imprescindibles para construir una comunidad donde la comunión pueda ser una realidad vivida y sostenida por todos/as.




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