|
CONCLUSIÓN
Mil veces o más había movido a risa la historia de Dioneo a las
honestas damas, tales y de tal manera les parecían sus palabras; por lo que,
llegado él a la conclusión de ésta, conociendo la reina que el término de su
señorío había llegado, quitándose el laurel de la cabeza, muy placenteramente
lo puso sobre la cabeza de Filostrato, y dijo:
- Pronto veremos si el lobo
sabe mejor guiar a las ovejas que las ovejas han guiado a los lobos.
Filostrato, al oír esto, dijo riéndose:
- Si me hubieran hecho
caso, los lobos habrían enseñado a las ovejas a meter al diablo en el infierno
no peor de lo que hizo Rústico con Alibech; y por ello no nos llaméis lobos
porque no habéis sido ovejas, pero según me ha sido concedido, gobernaré el
reino que se me ha encomendado.
A quien Neifile contestó:
- Oye, Filostrato;
habríais, queriéndonos enseñar, podido aprender sensatez como aprendió Masetto
de las monjas y recuperar el habla en tal punto que los huesos sin dueño
habrían aprendido a silbar.
Filostrato, conociendo que había allí no menos hoces que dardos
tenía él, dejando el bromear, a dedicarse al gobierno del reino encomendado
empezó; y haciendo llamar al senescal, en qué punto estaban todas las cosas
quiso oír, y además de esto, según lo que pensó que estaría bien y que debía satisfacer
a la compañía, por cuanto su señorío durase, discretamente dispuso, y después,
dirigiéndose a las señoras, dijo:
- Amorosas señoras, por mi
desventura, pues que mucho dolor he conocido, siempre por la hermosura de
alguna de vosotras he estado sujeto a Amor, y ni el ser humilde ni el ser
obediente ni el secundarlo como mejor he podido conocer en todas sus
costumbres, me ha valido sino primero ser abandonado por otro y luego andar de
mal en peor, y así creo que andaré de aquí a la muerte, y por ello no de otra
materia me place que se hable mañana sino de lo que a mis casos es más
conforme, esto es, de aquellos cuyos amores tuvieron infeliz final, porque yo
con el tiempo lo espero infelicísimo, y no por otra cosa el nombre con que me
llamáis, por quienes bien sabían lo que decían, me fue impuesto.
Y dicho esto, poniéndose en pie, hasta la hora de la cena dio a
todos licencia.
Era tan hermoso el jardín y tan deleitable que no hubo ninguna que
eligiera salir de él para mayor placer hallar en otra parte; así, no causando
el sol, ya tibio, ninguna molestia para seguirlos, a los cabritillos y los
conejos y los otros animales que estaban en él y que, mientras estaban sentados
unas cien veces, saltando por medio de ellos, habían venido a molestarlos, se
pusieron algunos a seguir. Dioneo y Fiameta comenzaron a cantar sobre micer
Guglielmo y la Dama del Vergel , Filomena y Pánfilo se pusieron a jugar al
ajedrez, y así, quién haciendo esto, quién haciendo aquello, pasándose el
tiempo, apenas esperada, la hora de la cena llegó; por lo que, puestas las
mesas en torno a la bella fuente, allí con grandísimo deleite cenaron por la
noche. Filostrato, por no salir del camino seguido por quienes reinas antes que
él habían sido, cuando se levantaron las mesas, mandó que Laureta guiase una
danza y cantase una canción; la cual dijo:
- Señor mío, canciones de
los demás no sé, ni de las mías tengo en la cabeza ninguna que sea lo bastante
conveniente a tan alegre compañía; si queréis de las que sé, las cantaré de
buena gana.
El rey le dijo:
- Nada de lo tuyo podría
ser sino bello y placentero, y por ello, lo que sepas, cántalo.
Laureta, con voz asaz suave, pero con manera un tanto lastímera,
respondiéndole las demás, comenzó así.
Nadie tan desolada como yo ha de quejarse, que triste, en vano,
gimo enamorada.
Aquel que mueve el cielo y toda estrella me formó a su placer
linda, gallarda, y tan graciosa y bella, para aquí abajo al intelecto ser una
señal de aquella belleza que jamás deja de ver, mas el mortal poder ,
conociéndome mal, no me valora, soy menospreciada.
Ya hubo quien me quiso y, muy de grado, siendo joven me abrió sus
brazos y su pecho y su cuidado, y en la luz de mis ojos se inflamó, y el tiempo
(que afanado se escapa) a cortejarme dedicó, y siendo cortés yo digna de él
supe hacerme, pero ahora estoy de aquel amor privada.
A mí llegó después, presuntuoso, un mozalbete fiero reputándose
noble y valeroso, su prisionera soy, y el traicionero hoy se ha vuelto celoso;
por lo que, triste, casi desespero, puesto que verdadero es que, viniendo al
mundo por bien de muchos, de uno soy guardada.
Maldigo mi ventura que, por cambiarme en esta veste respondí sí de
aquella oscura en que alegre me vi, mientras con ésta llevo una vida dura,
mucho menor que la pasada honesta.
¡Oh dolorosa fiesta, antes muerta me viese que haber sido en tal
caso desgraciada!
Oh caro amante, con quien fui primero más que nadie dichosa, que
ahora en el cielo ves al verdadero creador, mírame con tu piadosa bondad, ya
que por otro no te puedo olvidar, haz la amorosa llama arder por mí, ansiosa, y
ruega que yo vuelva a esa morada.
Aquí puso fin Laureta a su canción, que, oída por todos,
diversamente por cada uno fue entendida; y los hubo que entendieron a la
milanesa que mejor era un buen puerco que una bella moza ; otros fueron de más
sublime y mejor y más verdadero intelecto, sobre el que al presente no es
propio recitar. El rey, después de ésta, sobre la hierba y entre las flores
habiendo hecho encender muchas velas dobles, hizo cantar otras hasta que todas
las estrellas que subían comenzaron a caer; por lo que, pareciéndole tiempo de
dormir, mandó que con las buenas noches cada uno a su alcoba se fuese.
TERMINA LA TERCERA JORNADA
***
|