NOVELA TERCERA
Tres jóvenes aman a tres hermanas y con ellas se fugan a Creta, la
mayor, por celos, mata a su amante, la segunda, entregándose al duque de Creta,
salva de la muerte a la primera, cuyo amante la mata y con la primera huye, es
culpado de ello el tercer amante con la tercera hermana y, presos, lo confiesan
y por temor a morir corrompen con dinero a la guardia, y, pobres, huyen a Rodas
y en la pobreza allí mueren .
Filostrato, oído el final del novelar de Pampínea, se quedó un
poco ensimismado y luego dijo volviéndose a ella:
- Algo bueno y que me
agradó hubo al final de vuestra novela, pero demasiada diversión hubo antes que
habría querido que no hubiese.
Luego, volviéndose a Laureta, dijo:
- Señora, seguid vos con
una mejor, si es que puede ser.
Laureta, riendo, dijo:
- Demasiado cruel estáis
contra los amantes, si sólo un mal fin les deseáis; y por obedeceros os contaré
una sobre tres que igualmente mal terminaron habiendo gozado poco de su amor.
Y dicho esto, comenzó:
Jóvenes señoras, como claramente podéis conocer, todos los vicios
pueden volverse, con grandísimo dolor, contra quien los tiene y muchas veces
contra otros; y entre los que con más flojas riendas a nuestros peligros nos
lleva, me parece que la ira sea el que más; la cual no es otra cosa que un
movimiento súbito y desconsiderado, movido por los sentidos dolores; el cual,
desterrada toda razón y teniendo los ojos de la mente ofuscados por tinieblas,
con ardentísimo furor enciende nuestro ánimo. Y aunque con frecuencia le
sobreviene al hombre, y más a unos que a otros, no menos ha sobrevenido (y con
mayores daños) a las mujeres, porque más fácilmente se enciende en ellas y allí
arde con llama más clara y con menor freno las agita.
Y no hay que
maravillarse de ello: porque si queremos mirar, veremos que su fuego por su
naturaleza antes prende en las cosas ligeras y suaves que en las duras y más
pesadas; y nosotras somos (no lo tengan a mal los hombres) más delicadas que lo
son ellos, y mucho más volubles. Por lo cual, viéndonos naturalmente a esto
proclives, y mirando después cómo nuestra mansedumbre y benignidad son gran reposo
y placer a los hombres con quien acostumbramos a tratar, y cómo la ira y el
furor son de gran angustia y peligro, para que de ella con más fuerte pecho nos
guardemos, el amor de tres jóvenes y de otras tantas señoras, como dije antes,
convertido de feliz que era en infelicísimo por la ira de una de ellas,
entiendo mostraros con mi historia.
Marsella es, como
sabéis, en Provenza, una nobilísima y antigua ciudad, situada junto al mar, y
ha sido antes en hombres ricos y en grandes mercaderes más copiosa de lo que
hoy se ve; entre los que hubo uno llamado N'Arnald Civada , hombre de
nacimiento ínfimo pero de claro honor y leal mercader, sin medida rico en
posesiones y en dineros, el cual de su mujer tenía muchos hijos entre los
cuales tres eran mujeres, y eran de edad mayores que los otros que eran
varones. De las cuales, dos, nacidas de un parto, tenían quince años de edad,
la tercera tenía catorce; y nada esperaban sus parientes para casarlas sino la
vuelta de N'Arnald, que con su mercancía se había ido a España.
Eran los nombres de
las dos primeras, el de la una Ninetta, y de la otra Maddalena; la tercera se
llamaba Bertella. De Ninetta estaba un joven, gentilhombre aunque fuese pobre,
llamado Restagnone, enamorado cuanto más podía, y la joven de él; y de tal modo
habían sabido obrar que, sin que ninguna persona en el mundo lo supiese,
gozaban de su amor; y ya buen espacio gozado habían cuando sucedió que dos
jóvenes amigos, de los cuales uno se llamaba Folco y el otro Ughetto, muertos
sus padres y habiendo quedado riquísimos, el uno de Maddalena y el otro de
Bertella se enamoraron. De lo cual percatándose Restagnone (habiéndole sido por
Ninetta mostrado) pensó en poder ayudarse en sus carencias con el amor de
éstos; y familiarizándose con su trato, ahora a uno ahora al otro, y a veces a
los dos, les acompañaba a ver sus señoras y la de él.
Y cuando lo bastante familiar y amigo suyo le pareció ser, un día
a su casa llamándoles les dijo:
- Carísimos jóvenes,
nuestro trato os puede haber demostrado cuánto es el amor que os tengo y que
por vosotros pondría en obra lo que por mí mismo pondría; y porque mucho os
amo, lo que se me ha venido al ánimo entiendo mostraros, y vosotros luego
conmigo, juntos, tomaremos el partido que os parezca mejor.
Vosotros, si vuestras palabras no mienten, y por lo que en
vuestros actos de día y de noche me parece haber comprendido, en grandísimo
amor por las dos jóvenes que amáis ardéis, y yo por la tercera, su hermana; al
cual ardor, si queréis concedérmelo, me pide el corazón hallar un muy dulce y
placentero remedio como es éste: vosotros sois riquísimos, lo que no soy yo; si
quisierais juntar vuestras riquezas y hacerme a mí tercer poseedor de ellas
junto con vosotros y deliberar a qué parte del mundo podríamos ir a vivir
alegremente con ellas, sin falta me dice el corazón que podré hacer que las
tres hermanas, con gran parte de lo que tiene su padre, con nosotros a donde
queramos ir vengan, y allí cada uno con la suya a guisa de hermanos vivir
podremos como los hombres más felices que hay en el mundo. A vosotros os toca
ahora decidir si queréis haceros felices con esto, o dejarlo.
Los dos jóvenes, que sobremanera ardían, al oír que a las dos
jóvenes tendrían, no pasaron mucho trabajo deliberando sino que dijeron que, si
esto sucedía, estaban dispuestos a hacerlo. Restagnone, con esta respuesta de
los jóvenes, de allí a pocos días se encontró con Ninetta, a la que no sin gran
dificultad ver podía; y luego de que un tanto con ella hubo estado, lo que
había hablado con los jóvenes le explicó, y con muchas razones se ingenió en
que esta empresa le agradase. Pero poco difícil le fue porque ella mucho mas
que él deseaba poder estar con él sin sobresalto; por lo que de buena gana le
contestó que le placía y que sus hermanas, y máximamente en esto, harían lo que
ella quisiese; le dijo que todas las cosas necesarias para ello lo antes que
pudiera preparase.
Volviendo Restagnone a los dos jóvenes, que mucho sobre lo que les
había dicho le preguntaban, les dijo que por parte de sus señoras el asunto
estaba decidido; y entre ellos deliberaron irse a Creta después de vender
algunas posesiones que tenían, bajo título de querer ir a comerciar con los
dineros, y trocadas en dineros todas las demás cosas que tenían, compraron una
saetía y la armaron secretamente con gran ventaja, y esperaron el término
puesto.
Por otra parte, Ninetta, que del deseo de las hermanas demasiado
sabía, con dulces palabras en tanto afán de hacer aquello las inflamó que les
parecía que no iban a vivir lo suficiente para llegar a ello. Por lo que,
venida la noche en que debían subir a la saetía, las tres hermanas, abierto un
gran cofre de su padre, de él grandísima cantidad de dineros y de joyas
sacaron, y con ellas, de casa las tres ocultamente saliendo, según lo planeado,
allí a sus tres amantes que las esperaban encontraron; con los cuales sin
ninguna demora a la saetía subidas, dieron los reinos al agua y se fueron, y
sin detenerse un punto en ningún lugar, a la tarde siguiente llegaron a Génova,
donde los noveles amantes gozo y placer por primera vez tomaron de su amor.
Y proveyéndose de
aquello que necesitaban se fueron, y de un puerto en otro, antes de que llegase
el día octavo, sin ningún impedimento llegaron a Creta, donde grandísimas y
hermosas posesiones compraron, en las cuales, asaz cerca de Candia construyeron
hermosísimas y deleitables mansiones; y allí con muchos sirvientes, con perros
y con aves de presa y con caballos en convites y en fiestas y en placeres con
sus mujeres lo más contentos del mundo a guisa de barones comenzaron a vivir.
Y viviendo de tal
manera, sucedió (así como vemos suceder todos los días) que aunque las cosas
mucho gusten, si se tienen en cantidad excesiva cansan, que a Restagnone, el
cual mucho amado había a Ninetta, pudiéndola sin ningún temor tener a todo su
placer, comenzó a cansarle, y por consiguiente, a fallarle el amor hacia ella.
Y habiéndole en una fiesta sumamente agradado una joven del país, hermosa y
noble señora, y cortejándola con toda asiduidad, comenzó a hacer por ella
maravillosos gastos y fiestas, de lo que percatándose Ninetta, le entraron
tantos celos de él que no podía dar un paso sin que ella lo supiera y sin que
luego con palabras y con reproches a él y a ella no se atribulase. Pero
así como la abundancia de las cosas engendra el fastidio, así multiplica el
apetito el ser negadas las que se desean: y así los reproches de Ninetta
acrecentaban las llamas del nuevo amor de Restagnone; y como con el paso del
tiempo aconteciese o que Restagnone la intimidad de la mujer amada tuviese o
que no, Ninetta, quienquiera que se lo dijese, lo tuvo por cierto, con lo que
cayó en tanta tristeza, y de ella en tanta ira y subsiguientemente a tanto
furor pasó que, convertido el amor que a Restagnone tenía en amargo odio,
cegada por la ira, pensó con la muerte de Restagnone vengar la vergüenza que le
parecía haber recibido.
Y hecha venir a una vieja griega, gran maestra en componer
venenos, con promesas y con dones la condujo a hacer un agua mortífera, la que
ella, sin aconsejarse con nadie, una noche a Restagnone acalorado y que aquello
no temía le dio a beber. El poder de aquello fue tal que antes de que llegase
la mañana lo había matado; cuya muerte, sintiendo Folco y Ughetto y sus
mujeres, sin saber que de veneno hubiese muerto, junto con Ninetta amargamente
lloraron y honradamente lo hicieron sepultar. Pero sucedió no muchos días
después que, por otra malvada acción, fue apresada la vieja que a Ninetta el
agua envenenada le había preparado, la cual, entre sus otras maldades, al darle
tortura, confesó ésta, claramente mostrando lo que por ello había sucedido; por
lo que el duque de Creta, sin nada decir, ocultamente una noche fue a los
alrededores de la villa de Folco, y sin alboroto ni oposición ninguna, se llevó
presa a Ninetta, de la cual, sin ninguna tortura, prestísimamente lo que oír
quería obtuvo sobre la muerte de Restagnone.
Folco y Ughetto ocultamente le habían oído al duque, y a sus
mujeres, por qué había sido apresada Ninetta; lo que mucho les dolió, y todo
trabajo ponían en hacer que Ninetta escapase al fuego, al que creían que sería
condenada, como quien muy bien merecido lo tenía, porque el duque firme estaba
en querer hacer justicia. Maddalena, que hermosa joven era y largamente había
sido cortejada por el duque sin nunca haber querido hacer nada que él desease,
imaginando que si le daba gusto podría librar a la hermana del fuego, por un
cauto embajador se lo dio a entender, que ella estaba por completo a sus
órdenes si dos cosas se siguiesen de ello; la primera, que recuperase a su
hermana salva y libre; la otra, que esto fuese cosa secreta.
El duque, oída la embajada y agradándole, largamente consideró si
debía hacerlo y al final estuvo de acuerdo y repuso que estaba pronto.
Haciendo, pues, con consentimiento de la señora (como si de ellos quisiera
informarse del asunto) detener una noche a Folco y a Ughetto, fue secretamente
a albergarse con Maddalena; y fingiendo primero haber puesto a Ninetta dentro
de un saco y deber aquella noche misma arrojar al mar con una piedra atada al cuello,
con él se la llevó a su hermana y por precio de aquella noche se la dio,
rogándole al irse por la mañana que aquella noche, que había sido la primera de
su amor, no fuese la última, y además de esto le ordenó que de allí hiciese
partir a la mujer culpable para que no le fuese reprochado aquello y no tuviese
que empezar de nuevo a maltratarla.
A la mañana siguiente, Folco y Ughetto, habiendo oído que Ninetta
por la noche había sido arrojada al mar, y creyéndolo, fueron liberados; y a su
casa para consolar a sus mujeres de la muerte de la hermana retornados, por
mucho que Maddalena se ingeniase en esconderla mucho, Folco se dio cuenta de
que estaba allí; de lo que se maravilló mucho y súbitamente sospechó, habiendo
ya oído que el duque había cortejado a Maddalena, y le preguntó cómo podía ser
que Ninetta estuviese aquí. Maddalena urdió una larga fábula para querérselo
explicar, poco por él (que era malicioso) creída, y a decir la verdad la
constriñó; y ella, luego de muchas palabras, se la dijo.
Folco, vencido por el dolor y montando en ira, desenvainada una
espada, a ella que en vano le pedía merced, la mató; y temiendo la ira y la
justicia del duque, dejándola muerta en la alcoba, se fue donde Ninetta estaba,
y con rostro infinitamente alegre, le dijo:
- Vamos pronto allí donde
tu hermana ha determinado que te lleve para que no vuelvas a manos del duque.
La cual cosa creyendo Ninetta, y como temerosa, deseando irse, con
Folco, sin otra despedida buscar de su hermana, siendo ya de noche, se puso en
camino, y con aquellos dineros a que Folco pudo echar mano, que fueron pocos; y
yéndose al puerto, subieron a una barca y nunca más se supo dónde llegaron.
Venido el día siguiente y siendo Maddalena hallada muerta, hubo
algunos que por envidia y odio que tenían a Ughetto, rápidamente al duque se lo
hicieron saber, por la cual cosa el duque, que mucho amaba a Maddalena,
corriendo fogosamente a la casa, a Ughetto apresó y a su mujer, que de estas
cosas todavía nada sabían, esto es de la partida de Folco y Ninetta, los
constriñó a confesar que ellos juntos con Folco habían sido culpables de la
muerte de Maddalena. Por cuya confesión ellos, fundadamente temiendo la muerte,
con gran habilidad a quienes los guardaban corrompieron, dándoles una cierta
cantidad de dineros que en su casa escondidos para los casos necesarios
guardaban: y junto con los guardias, sin tener espacio de poder coger ninguna
de sus cosas, montándose en una barca, de noche se escaparon a Rodas, donde en
pobreza y miseria vivieron no mucho tiempo. Pues a semejante partido el loco amor de Restagnone y la
ira de Ninetta les condujeron a ellos y a los demás.
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