NOVELA DÉCIMA
La mujer de un médico, teniéndole por muerto, mete a su amante
narcotizado en un arcón que, con él dentro, se llevan dos usureros a su casa;
al recobrar el sentido, es apresado por ladrón; la criada de la señora cuenta a
la señoría que ella lo había puesto en el arcón robado por los usureros, con lo
que se salva de la horca, y los prestamistas por haber robado el arca son
condenados a pagar una multa.
Solamente a Dioneo, habiendo ya terminado el rey su relato,
quedaba por cumplir su labor; el cual, conociéndolo y siéndole ya ordenado por
el rey, comenzó:
Las desdichas de los infelices amantes aquí contadas, no sólo a
vosotras, señoras, sino también a mí me han entristecido los ojos y el pecho,
por lo que sumamente he deseado que se terminase con ellas. Ahora, alabado sea
Dios, que han terminado (salvo si yo quisiera a esta malvada mercancía añadir
un mal empalme, de lo que Dios me libre), sin seguir más adelante en tan
dolorosa materia, una más alegre y mejor comenzaré, tal vez sirviendo de buena
orientación a lo que en la siguiente jornada debe contarse.
Debéis, pues, saber, hermosísimas jóvenes, que todavía no hace
mucho tiempo hubo en Salerno un grandísimo médico cirujano cuyo nombre fue
maestro Mazzeo de la Montagna , el cual, ya cerca de sus últimos años, habiendo
tomado por mujer a una hermosa y noble joven de su ciudad, de lujosos vestidos
y ricos y de otras joyas y de todo lo que a una mujer puede placer más, la
tenía abastecida; es verdad que ella la mayor parte del tiempo estaba
resfriada, como quien en la cama no estaba por el marido bien cubierta. El
cual, como micer Ricciardo de Chínzica, de quien hemos hablado, a la suya enseñaba
las fiestas y los ayunos, éste a ella le explicaba que por acostarse con una
mujer una vez tenía necesidad de descanso no sé cuántos días, y otras chanzas;
con lo que ella vivía muy descontenta, y como prudente y de ánimo valeroso,
para poder ahorrarle trabajos al de la casa se dispuso a echarse a la calle y a
desgastar a alguien ajeno, y habiendo mirado a muchos y muchos jóvenes, al fin
uno le llegó al alma, en el que puso toda su esperanza, todo su ánimo y todo su
bien. Lo que, advirtiéndolo el joven y gustándole mucho, semejantemente a ella
volvió todo su amor. Se llamaba éste Ruggeri de los Aieroli, noble de
nacimiento pero de mala vida y de reprobable estado hasta el punto de que ni
pariente ni amigo le quedaba que le quisiera bien o que quisiera verle, y por
todo Salerno se le culpaba de latrocinios y de otras vilísimas maldades; de lo
que poco se preocupó la mujer, gustándole por otras cosas.
Y con una criada suya tanto lo preparó, que estuvieron juntos; y
luego de que algún placer disfrutaron, la mujer le comenzó a reprochar su vida
pasada y a rogarle que, por amor de ella, de aquellas cosas se apartase; y para
darle ocasión de hacerlo empezó a proporcionarle cuándo una cantidad de dineros
y cuándo otra. Y de esta manera, persistiendo juntos asaz discretamente,
sucedió que al médico le pusieron entre las manos un enfermo que tenía dañada
una de las piernas, al cual mal habiendo visto el maestro, dijo a sus parientes
que, si un hueso podrido que tenía en la pierna no se le extraía, con certeza
tendría aquél o que cortarse toda la pierna o que morirse; y si le sacaba el
hueso podía curarse, pero que si no se le daba por muerto, él no lo recibiría;
con lo que, poniéndose de acuerdo todos los de su parentela, así se lo
entregaron.
El médico, juzgando que el enfermo sin ser narcotizado no
soportaría el dolor ni se dejaría intervenir, debiendo esperar hasta el
atardecer para aquel servicio, hizo por la mañana destilar de cierto compuesto
suyo una agua que debía dormirle tanto cuanto él creía que iba a hacerlo sufrir
al curarlo; y haciéndola traer a casa en una ventanica de su alcoba la puso,
sin decir a nadie lo que era. Venida la hora del crepúsculo, debiendo el
maestro ir con aquél, le llegó un mensaje de ciertos muy grandes amigos suyos
de Amalfi de que por nada dejase de ir incontinenti allí, porque había habido
una gran riña y muchos habían sido heridos.
El médico, dejando para la mañana siguiente la cura de la pierna,
subiendo a una barquita, se fue a Amalfi; por lo cual la mujer, sabiendo que
por la noche no debía volver a casa, ocultamente como acostumbraba, hizo venir
a Ruggeri y en su alcoba lo metió, y lo cerró dentro hasta que algunas otras
personas de la casa se fueran a dormir. Quedándose, pues, Ruggeri en la alcoba
y esperando a la señora, teniendo (o por trabajos sufridos durante el día o por
comidas saladas que hubiera comido, o tal vez por costumbre) una grandísima
sed, vino a ver en la ventana aquella garrafita del agua que el médico había
hecho para el enfermo, y creyéndola agua de beber, llevándosela a la boca, toda
la bebió; y no había pasado mucho cuando le dio un gran sueño y se durmió.
La mujer, lo antes que pudo se vino a su alcoba y, encontrando a
Ruggeri dormido, empezó a sacudirlo y a decirle en voz baja que se pusiese en
pie, pero como si nada: no respondía ni se movía un punto; por lo que la mujer,
algo enfadada, con más fuerza lo sacudió, diciendo:
- Levántate, dormilón, que si querías dormir,
donde debías ir es a tu casa y no venir aquí.
Ruggeri, así empujado, se cayó al suelo desde un arcón sobre el
que estaba y no dio ninguna señal de vida, sino la que hubiera dado un cuerpo
muerto; con lo que la mujer, un tanto asustada, empezó a querer levantarlo y
menearlo más fuerte y a cogerlo por la nariz y a tirarle de la barba, pero no servía
de nada: había atado el asno a una buena clavija . Por lo que la señora empezó
a temer que estuviera muerto, pero aun así le empezó a pellizcar agriamente las
carnes y a quemarlo con una vela encendida; por lo que ella, que no era médica
aunque médico fuese el marido, sin falta lo creyó muerto, por lo que, amándolo
sobre todas las cosas como hacía, si sintió dolor no hay que preguntárselo, y
no atreviéndose a hacer ruido, calladamente, sobre él comenzó a llorar y a
dolerse de tal desventura. Pero luego de un tanto, temiendo añadir la deshonra
a su desgracia, pensó que sin ninguna tardanza debía encontrar el modo de
sacarlo de casa muerto como estaba, y ni en esto sabiendo determinarse,
ocultamente llamó a su criada, y mostrándole su desgracia, le pidió consejo.
La criada, maravillándose mucho y meneándolo también ella y
empujándolo, y viéndolo sin sentido, dijo lo mismo que decía la señora, es
decir, que verdaderamente estaba muerto, y aconsejó que lo sacasen de casa.
A lo que la señora dijo:
- ¿Y dónde podremos ponerlo
que no se sospeche mañana cuando sea visto que de aquí dentro ha sido sacado?
A lo que la criada contestó:
- Señora, esta tarde ya de
noche he visto, apoyada en la tienda del carpintero vecino nuestro, un arca no
demasiado grande que, si el maestro no la ha metido en casa, será muy a
propósito lo que necesitamos porque dentro podemos meterlo, y darle dos o tres
cuchilladas y dejarlo. Quien lo encuentre allí, no sé por qué más de aquí
dentro que de otra parte vaya a creer que lo hayan llevado; antes se creerá,
como ha sido tan malvado, que, yendo a cometer alguna fechoría, por alguno de
sus enemigos ha sido muerto, luego metido en el arca.
Plugo a la señora el consejo de la criada, salvo en lo de hacerle
algunas heridas, diciendo que no podría por nada del mundo sufrir que aquello
se hiciese; y la mandó a ver si estaba allí el arca donde la había visto, y
ella volvió y dijo que sí. La criada, entonces, que joven y gallarda era,
ayudada por la señora, se echó a las espaldas a Ruggeri y yendo la señora por
delante para mirar si venía alguien, llegadas al arca, lo metieron dentro y,
volviéndola a cerrar, se fueron.
Habían, hacía unos días más o menos, venido a vivir a una casa dos
jóvenes que prestaban a usura, y deseosos de ganar mucho y de gastar poco,
teniendo necesidad de muebles, el día antes habían visto aquella arca y
convenido que si por la noche seguía allí se la llevarían a su casa. Y llegada
la medianoche, salidos de casa, encontrándola, sin entrar en miramientos,
prestamente, aunque pesadita les pareciese, se la llevaron a casa y la dejaron
junto a una alcoba donde sus mujeres dormían, sin cuidarse de colocarla bien
entonces; y dejándola allí, se fueron a dormir.
Ruggeri, que había dormido un grandísimo rato y ya había digerido
el bebedizo y agotado su virtud cerca de maitines se despertó; y al quedar el
sueño roto y recuperar sus sentidos el poder, sin embargo le quedó en el
cerebro una estupefacción que no solamente aquella noche sino después algunos
días lo tuvo aturdido; y abriendo los ojos y no viendo nada, y extendiendo las
manos acá y allá, encontrándose en esta arca, comenzó a devanarse los sesos y a
decirse:
- ¿Qué es esto? ¿Dónde
estoy? ¿Estoy dormido o despierto? Me acuerdo que esta noche he entrado en la
alcoba de mi señora y ahora me parece estar en un arca. ¿Qué quiere decir esto?
¿Habrá vuelto el médico o sucedido otro accidente por lo cual la señora,
mientras yo dormía, me ha escondido aquí? Eso creo, y seguro que así habrá
sido.
Y por ello, comenzó a estarse quieto y a escuchar si oía alguna
cosa, y estando así un gran rato, estando más bien a disgusto en el arca, que
era pequeña, y doliéndole el costado sobre el que se apoyaba, queriendo
volverse del otro lado, tan hábilmente lo hizo que, dando con los riñones
contra uno de los lados del arca, que no estaba colocada sobre un piso
nivelado, la hizo torcerse y luego caer; y al caer hizo un gran ruido, por lo
que las mujeres que allí al lado dormían se despertaron y sintieron miedo, y
por miedo se callaban. Ruggeri, por el caer del arca temió mucho, pero
notándola abierta con la caída, quiso mejor, si otra cosa no sucedía, estar
fuera que quedarse dentro. Y entre que él no sabía dónde estaba y una cosa y la
otra, comenzó a andar a tientas por la casa, por ver si encontraba escalera o
puerta por donde irse. Cuyo tantear sintiendo las mujeres, que despiertas
estaban, comenzaron a decir:
- ¿Quién hay ahí?
Ruggeri, no conociendo la voz, no respondía, por lo que las
mujeres comenzaron a llamar a los dos jóvenes, los cuales, porque habían velado
hasta tarde, dormían profundamente y nada de estas cosas sentían. Con lo que
las mujeres, más asustadas, levantándose y asomándose a las ventanas,
comenzaron a gritar:
- ¡Al ladrón, al ladrón!
Por la cual cosa, por varios lugares muchos de los vecinos, quién
arriba por los tejados, quién por una parte y quién por otra, corrieron a
entrar en la casa, y los jóvenes semejantemente, despertándose con este ruido,
se levantaron. Y a Ruggeri, el cual viéndose allí, como por el asombro fuera de
sí, y sin poder ver de qué lado podría escaparse, pronto le echaron mano los
guardias del rector de la ciudad, que ya habían corrido allí al ruido, y
llevándolo ante el rector, porque por malvadísimo era tenido por todos, sin
demora dándole tormento, confesó que en la casa de los prestamistas había
entrado para robar; por lo que el rector pensó que sin mucha espera debía
colgarlo.
Se corrió por la mañana por todo Salerno la noticia de que Ruggeri
había sido preso robando en casa de los prestamistas, lo que la señora y su
criada oyendo, de tan grande y rara maravilla fueron presa que cerca estaban de
hacerse creer a sí mismas que lo que habían hecho la noche anterior no lo
habían hecho, sino que habían soñado hacerlo; y además de ello, del peligro en
que Ruggeri estaba la señora sentía tal dolor que casi se volvía loca.
No poco después de mediada tercia, habiendo retornado el médico de
Amalfi, preguntó qué había sido de su agua, porque quería darla a su enfermo; y
encontrándose la garrafa vacía hizo un gran alboroto diciendo que nada en su
casa podía durar en su sitio.
La señora, que por otro dolor estaba azuzada, repuso airada
diciendo:
- ¿Qué haríais vos,
maestro, por una cosa importante, cuando por una garrafita de agua vertida
hacéis tanto alboroto? ¿Es que no hay más en
el mundo?
A quien el maestro dijo:
- Mujer, te crees que era
agua clara; no es así, sino que era un agua preparada para hacer dormir.
Y le contó la razón
por la que la había hecho.
Cuando la señora oyó
esto, se convenció de que Ruggeri se la había bebido y por ello les había
parecido muerto, y dijo:
- Maestro, nosotras no lo
sabíamos, así que haceos otra.
El maestro, viendo que de otro modo no podía ser, hizo hacer otra
nueva. Poco después, la criada, que por orden de la señora había ido a saber lo
que se decía de Ruggeri, volvió y le dijo:
- Señora, de Ruggeri todos
hablan mal y, por lo que yo he podido oír, ni amigo ni pariente alguno hay que
para ayudarlo se haya levantado o quiera levantarse; y se tiene por seguro que
mañana el magistrado lo hará colgar. Y además de esto, voy a contaros una cosa
curiosa, que me parece haber entendido cómo llegó a casa del prestamista; y oíd
cómo. Bien conocéis al carpintero junto a quien estaba el arca donde le
metimos: éste estaba hace poco con uno, de quien parece que era el arca, en la
mayor riña del mundo, porque aquél le pedía los dineros por su arca, y el
maestro respondía que él no había visto el arca, pues le había sido robada por
la noche; al que aquél decía: «No es así sino que la has vendido a los dos
jóvenes prestamistas, como ellos me dijeron cuando la vi en su casa cuando fue
apresado Ruggeri». A quien el carpintero dijo: «Mienten ellos porque nunca se
la he vendido, sino que la noche pasada me la habrán robado; vamos a donde
ellos». Y así se fueron, de acuerdo, a casa de los prestamistas y yo me vine
aquí, y como podéis ver, entiendo que de tal guisa Ruggeri, adonde fue
encontrado fue transportado; pero cómo resucitó allí no puedo entenderlo.
La señora, entonces, comprendiendo óptimamente cómo había sido,
dijo a la criada lo que había oído al médico, y le rogó que para salvar a
Ruggeri la ayudase, como quien, si quería, en un mismo punto podía salvar a
Ruggeri y proteger su honor.
La criada dijo:
- Señora, decidme cómo, que
yo haré cualquier cosa de buena gana.
La señora, como a quien le apretaban los zapatos, con rápida
determinación habiendo pensado qué había de hacerse, ordenadamente informó de
ello a la criada. La cual, primeramente fue al médico, y llorando comenzó a
decirle:
- Señor, tengo que pediros
perdón de una gran falta que he cometido contra vos.
Dijo el médico:
- ¿Y de cuál?
Y la criada, no dejando de llorar, dijo:
- Señor, sabéis quién es el
joven Ruggeri de los Aieroli, quien, gustándole yo, entre amenazas y amor me
condujo hogaño a ser su amiga: y sabiendo ayer tarde que vos no estabais, tanto
me cortejó que a vuestra casa en mi alcoba a dormir conmigo lo traje, y
teniendo él sed y no teniendo yo dónde ir antes a por agua o a por vino, no
queriendo que vuestra mujer, que en la sala estaba, me viera, acordándome de
que en vuestra alcoba una garrafita de agua había visto, corrí a por ella y se
la di a beber, y volví a poner la garrafa donde la había cogido; de lo que he
visto que vos en casa gran alboroto habéis hecho. Y en verdad confieso que hice mal, pero ¿quién hay que
alguna vez no haga mal? Siento mucho haberlo hecho; sobre todo porque por ello
y por lo que luego se siguió de ello, Ruggeri está a punto de perder la vida,
por lo que os ruego, por lo que más queráis, que me perdonéis y me deis
licencia para que me vaya a ayudar a Ruggeri en lo que pueda.
El médico, al oír esto, a pesar de la saña que tuviese, repuso
bromeando:
- Tú ya te has impuesto
penitencia tú misma porque cuando creíste tener esta noche a un joven que muy bien
te sacudiera el polvo, lo que tuviste fue a un dormilón: y por ello vete a
procurar la salvación de tu amante, y de ahora en adelante guárdate de traerlo
a casa porque lo pagarás por esta vez y por la otra.
Pareciéndole a la criada que buena pieza había logrado al primer
golpe, lo antes que pudo se fue a la prisión donde Ruggeri estaba, y tanto
lisonjeó al carcelero que la dejó hablar a Ruggeri. La cual, después de que lo
hubo informado de lo que responder debía al magistrado para poder salvarse,
tanto hizo que llegó ante el magistrado. El cual, antes de consentir en oírla,
como la viese fresca y gallarda, quiso enganchar una vez con el garfio a la
pobrecilla cristiana; y ella, para ser mejor escuchada, no le hizo ascos; y
levantándose de la molienda, dijo:
- Señor, tenéis aquí a
Ruggeri de los Aieroli preso por ladrón, y no es eso verdad.
Y empezando por el principio le contó la historia hasta el fin de
cómo ella, su amiga, a casa del médico lo había llevado y cómo le había dado a
beber el agua del narcótico, no sabiendo que lo era, y cómo por muerto lo había
metido en el arca; y después de esto, lo que entre el maestro carpintero y el
dueño del arca había oído decir, mostrándole con aquello cómo a casa de los
prestamistas había llegado Ruggeri.
El magistrado, viendo que fácil cosa era comprobar si era verdad
aquello, primero preguntó al médico si era verdad lo del agua, y vio que había
sido así; y luego, haciendo llamar al carpintero y a quien era el dueño del
arca y a los prestamistas, luego de muchas historias vio que los prestamistas
la noche anterior habían robado el arca y se la habían llevado a casa. Por
último, mandó a por Ruggeri y preguntándole dónde se había albergado la noche
antes, repuso que dónde se había albergado no lo sabía, pero que bien se
acordaba que había ido a albergarse con la criada del maestro Maezzo, de cuya
alcoba había bebido agua porque tenía mucha sed; pero que dónde había estado
después, salvo cuando despertándose en casa de los prestamistas se había
encontrado dentro de un arca, no lo sabía.
El magistrado, oyendo estas cosas y divirtiéndose mucho con ellas,
a la criada y a Ruggeri y al carpintero y a los prestamistas las hizo repetir
muchas veces. Al final, conociendo que Ruggeri era inocente, condenando a los
prestamistas que robado habían el arca a pagar diez onzas , puso en libertad a
Ruggeri; lo cual, cuánto gustó a éste, nadie lo pregunte: y a su señora gustó
desmesuradamente.
La cual, luego, junto con él y con la querida criada que había
querido darle de cuchilladas, muchas veces se rió y se divirtió, continuando su
amor y su solaz siempre de bien en mejor; como querría que me sucediese a mí,
pero no que me metieran dentro de un arca.
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