NOVELA PRIMERA
Un caballero dice a doña Oretta que la llevará a caballo y le
contará una historia, y contándola desordenadamente, ella le ruega que la baje
del caballo.
Jóvenes señoras, como
en las noches claras son las estrellas ornamento del cielo y en la primavera
las flores de los verdes prados, y de los montes los vestidos arbustillos, así
de las corteses costumbres y de los bellos discursos lo son las frases
ingeniosas; las cuales, porque son breves, tanto mejor convienen a las mujeres
que a los hombres, cuanto a las mujeres más que a los hombres el mucho hablar
afea. Es verdad que, sea cual sea la razón, o la mitad de nuestro ingenio o la
singular enemistad que a nuestros siglos tengan los cielos, hoy pocas o ninguna
mujer quedan que sepan en los momentos oportunos decir algunas, o, si se dicen,
entenderlas como conviene: vergüenza general de todas nosotras. Pero
porque ya sobre esta materia suficiente fue dicho por Pampínea , no entiendo
seguir adelante; mas por haceros ver cuán bello es decirlas en el momento
oportuno, una cortés imposición de silencio hecha por una gentil señora a un
caballero me place contaros:
Así como muchas de vosotras pueden saberlo (o por haberlo visto o
haberlo oído), no hace mucho tiempo hubo en nuestra ciudad una gentil y cortés
señora y elocuente cuyo valor no ha merecido que se olvide su nombre. Se llamó,
pues, doña Oretta y fue la mujer de micer Geri Spina ; la cual, estando por acaso
en el campo, como estamos nosotros, y yendo de un lugar a otro para
entretenerse junto con otras señoras y caballeros, a quienes en su casa había
tenido a almorzar, y siendo tal vez el camino algo largo de allí de donde
partían a donde esperaban llegar todos a pie, dijo uno de los caballeros de la
compañía:
- Doña Oretta, si queréis,
yo os llevaré gran parte del camino que tenemos que andar, a caballo y
contándoos una de las mejores historias del mundo.
La señora le repuso:
- Señor, mucho os lo ruego,
y me será gratísimo.
El señor caballero, a quien tal vez no le sentaba mejor la espada
al cinto que el novelar a la lengua, oído esto, comenzó una historia que en
verdad era de por sí bellísima, pero repitiendo él tres o cuatro veces una
misma palabra y unas veces volviendo atrás, y a veces diciendo: «No es como
dije», y con frecuencia equivocándose en los nombres, diciendo uno en lugar de
otro, gravemente la estropeaba; sin contar con que pésimamente, según la
cualidad de las personas y de los actos que les sucedían, hacía la exposición.
De lo que a doña Oretta, al oírlo, muchas veces le venían sudores
y un desvanecimiento del corazón como si, enferma, estuviera a punto de finar;
la cual cosa, después de que ya sufrir no la pudo, conociendo que el caballero
había entrado en un embrollo y no sabía cómo salir, placenteramente dijo:
- Señor, este caballo
vuestro tiene un trote muy duro, por lo que os ruego que os plazca dejarme
bajar.
El caballero, que por ventura era mucho mejor entendedor que
narrador, entendida la alusión, y tomándola festivamente y a broma, echó mano
de otras novelas, y la que había comenzado y mal seguido, dejó sin terminar.
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