NOVELA QUINTA
Micer Forese de Rábatta y el maestro Giotto, pintor, viniendo de
Mugello, mutuamente se burlan de su mezquina apariencia .
Al callarse Neifile, habiendo gustado mucho a las señoras la
respuesta de Ghichibio, así habló Pánfilo por voluntad de la reina:
Carísimas señoras, sucede con frecuencia que, así como la fortuna
bajo viles oficios algunas veces oculta grandes tesoros de virtud, como hace
poco fue mostrado por Pampínea, también bajo feísimas formas humanas se
encuentran maravillosos talentos escondidos por la naturaleza. La cual cosa muy
aparente fue en dos de nuestros conciudadanos sobre los que entiendo hablar
brevemente: porque el uno, que micer Forese de Rábatta se llamaba, siendo bajo
de estatura y deforme, con una cara tan aplastada y retorcida que hubiera
parecido deforme a cualquiera de los Baronci que más deformada la tuvo , tuvo
tanto talento para las leyes que por muchos hombres de valor fue reputado
almacén de conocimientos civiles; y el otro, cuyo nombre fue Giotto, fue de
ingenio tan excelente que ninguna cosa de la naturaleza (madre de todas las
cosas y alimentadora de ellas con el continuo girar de los cielos) con el
estilo, la pluma o el pincel había que no pintase tan semejante a ella que no
ya semejante sino más bien ella misma pareciese, en cuanto muchas veces en las
cosas hechas por él se encuentra que el vivísimo juicio de los hombres se
equivoca creyendo ser verdadero lo que es pintado .
Y por ello, habiendo él hecho tornar a la luz aquel arte que
muchos siglos bajo los errores ajenos (que más para deleitar los ojos de los
ignorantes que para complacer al intelecto de los sabios pintan) había estado
sepultada, merecidamente puede decirse que es una de las luces de la florentina
gloria; y tanto más cuanto que, con la mayor humildad, viviendo siempre en ella
como maestro de las artes, la conquistó rehusando siempre ser llamado maestro;
el cual título, por él rechazado, tanto más resplandecía en él cuanto más era
usurpado con avidez mayor por quienes menos sabían que él o por sus discípulos.
Pero por muy grande que fuese su arte, no era él en la persona y el aspecto en
nada más hermoso de lo que era micer Forese. Pero volviendo a la historia digo
que:
Tenían en Mugello micer Forese y Giotto sus posesiones; y habiendo
ido micer Forese a ver las suyas en este tiempo del verano en que los
tribunales tienen vacaciones, y volviendo por acaso sobre un mal rocín de
alquiler, encontró al ya dicho Giotto, el cual semejantemente, habiendo visto
las suyas, se volvía a Florencia; el cual ni en el caballo ni en los arreos
estando en nada mejor que él, como viejos que eran, avanzando poco a poco, se
juntaron. Sucedió, como muchas veces en el verano vemos suceder, que les
alcanzó una súbita lluvia, de la que lo más pronto que pudieron se refugiaron
en casa de un labrador amigo y conocido de los dos. Pero luego de un rato, no
llevando el agua aspecto de parar y queriendo ellos llegar en el día a
Florencia, pidiendo prestadas al labrador dos viejas capas de paño romañés y
dos sombreros todos roídos por el tiempo, porque mejores no había, comenzaron a
caminar.
Ahora, habiendo andado algo, y viéndose todos mojados y, por las
salpicaduras que los rocines hacen en gran cantidad con las patas, llenos de
barro, cosas que no suelen añadir ningún honor, aclarando un tanto el tiempo,
ellos, que largamente habían venido callados, empezaron a conversar. Y micer
Forese, cabalgando y escuchando a Giotto, que era excelentísimo conversador,
comenzó a considerarlo de lado y de frente y por todas partes; y viéndolo todo
tan deslustrado y tan mezquino, sin considerarse a sí mismo, comenzó a reírse y
dijo:
- Giotto, ¿cuándo, si
viniese a nuestro encuentro algún forastero que nunca te hubiera visto, crees
tú que pensaría que eras el mejor pintor del mundo, como eres?
Giotto le respondió prestamente:
- Señor, creo que lo
creería cuando mirándoos a vos creyese que sabíais el abecé.
Lo que, oyendo micer Forese, su error reconoció y se vio pagado en
la misma moneda con que había vendido las mercancías.
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