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JORNADA I
PRINCIPIO
COMIENZA LA PRIMERA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN QUE, LUEGO DE LA
EXPLICACIÓN DADA POR EL AUTOR SOBRE LA RAZÓN POR QUE ACAECIÓ QUE SE REUNIESEN
LAS PERSONAS QUE SE MUESTRAN RAZONANDO ENTRE SÍ, SE RAZONA BAJO EL GOBIERNO DE
PAMPÍNEA SOBRE LO QUE MÁS AGRADA A CADA UNO.
Cuando más graciosísimas damas, pienso cuán piadosas sois por
naturaleza, tanto más conozco que la presente obra tendrá a vuestro juicio un
principio penoso y triste, tal como es el doloroso recuerdo de aquella
pestífera mortandad pasada , universalmente funesta y digna de llanto para
todos aquellos que la vivieron o de otro modo supieron de ella, con el que
comienza. Pero no quiero que por ello os asuste seguir leyendo como si entre
suspiros y lágrimas debieseis pasar la lectura. Este horroroso comienzo os sea
no otra cosa que a los caminantes una montaña áspera y empinada después de la
cual se halla escondida una llanura hermosísima y deleitosa que les es más
placentera cuanto mayor ha sido la dureza de la subida y la
bajada. Y así como el final de la alegría suele ser el dolor, las
miserias se terminan con el gozo que las sigue. A este breve disgusto (y digo
breve porque se contiene en pocas palabras) seguirá prontamente la dulzura y el
placer que os he prometido y que tal vez no sería esperado de tal comienzo si
no lo hubiera hecho. Y en verdad si yo hubiera podido decorosamente llevaros
por otra parte a donde deseo en lugar de por un sendero tan áspero como es
éste, lo habría hecho de buena gana; pero ya que la razón por la que sucedieron
las cosas que después se leerán no se podía manifestar sin este recuerdo, como
empujado por la necesidad me dispongo a escribirlo.
Digo, pues, que ya habían los años de la fructífera Encarnación
del Hijo de Dios llegado al número de mil trescientos cuarenta y ocho cuando a
la egregia ciudad de Florencia, nobilísima entre todas las otras ciudades de
Italia, llegó la mortífera peste que o por obra de los cuerpos superiores o por
nuestras acciones inicuas fue enviada sobre los mortales por la justa ira de
Dios para nuestra corrección que había comenzado algunos años antes en las
partes orientales privándolas de gran cantidad de vivientes, y, continuándose
sin descanso de un lugar en otro, se había extendido miserablemente a Occidente.
Y no valiendo contra ella ningún saber ni providencia humana (como la limpieza
de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello y la
prohibición de entrar en ella a todos los enfermos y los muchos consejos dados
para conservar la salubridad) ni valiendo tampoco las humildes súplicas
dirigidas a Dios por las personas devotas no una vez sino muchas ordenadas en
procesiones o de otras maneras, casi al principio de la primavera del año antes
dicho empezó horriblemente y en asombrosa manera a mostrar sus dolorosos
efectos. Y no era como en Oriente, donde a quien salía sangre de la nariz le
era manifiesto signo de muerte inevitable, sino que en su comienzo nacían a los
varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas, ciertas
hinchazones que algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un
huevo, y algunas más y algunas menos, que eran llamadas bubas por el pueblo.
Y de las dos dichas partes del cuerpo, en poco espacio de tiempo
empezó la pestífera buba a extenderse a cualquiera de sus partes
indiferentemente, e inmediatamente comenzó la calidad de la dicha enfermedad a
cambiarse en manchas negras o lívidas que aparecían a muchos en los brazos y
por los muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras y a
otros menudas y abundantes. Y así como la buba había sido y seguía siendo
indicio certísimo de muerte futura, lo mismo eran éstas a quienes les
sobrevenían. Y para curar tal enfermedad no parecía que valiese ni aprovechase
consejo de médico o virtud de medicina alguna; así, o porque la naturaleza del
mal no lo sufriese o porque la ignorancia de quienes lo medicaban (de los
cuales, más allá de los entendidos había proliferado grandísimamente el número
tanto de hombres como de mujeres que nunca habían tenido ningún conocimiento de
medicina) no supiese por qué era movido y por consiguiente no tomase el debido
remedio, no solamente eran pocos los que curaban sino que casi todos antes del
tercer día de la aparición de las señales antes dichas, quién antes, quién
después, y la mayoría sin alguna fiebre u otro accidente, morían. Y esta
pestilencia tuvo mayor fuerza porque de los que estaban enfermos de ella se
abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro modo que
como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando se le avecinan
mucho. Y más allá llegó el mal: que no solamente el hablar y el tratar con los
enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también el
tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por
aquellos enfermos, que parecía llevar consigo aquella tal enfermedad hasta el
que tocaba. Y asombroso es escuchar lo que debo decir, que si por los ojos de
muchos y por los míos propios no hubiese sido visto, apenas me atrevería a
creerlo, y mucho menos a escribirlo por muy digna de fe que fuera la persona a
quien lo hubiese oído. Digo que de tanta virulencia era la calidad de la
pestilencia narrada que no solamente pasaba del hombre al hombre, sino lo que
es mucho más (e hizo visiblemente otras muchas veces): que las cosas que habían
sido del hombre, no solamente lo contaminaban con la enfermedad sino que en
brevísimo espacio lo mataban. De lo cual mis ojos, como he dicho hace poco,
fueron entre otras cosas testigos un día porque, estando los despojos de un
pobre hombre muerto de tal enfermedad arrojados en la vía pública, y tropezando
con ellos dos puercos, y como según su costumbre se agarrasen y le tirasen de
las mejillas primero con el hocico y luego con los dientes, un momento más
tarde, tras algunas contorsiones y como si hubieran tomado veneno, ambos a dos
cayeron muertos en tierra sobre los maltratados despojos. De tales cosas, y de
bastantes más semejantes a éstas y mayores, nacieron miedos diversos e
imaginaciones en los que quedaban vivos, y casi todos se inclinaban a un
remedio muy cruel como era esquivar y huir a los enfermos y a sus cosas; y,
haciéndolo, cada uno creía que conseguía la salud para sí mismo. Y había
algunos que pensaban que vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo
debía ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía,
vivían separados de todos los demás recogiéndose y encerrándose en aquellas
casas donde no hubiera ningún enfermo y pudiera vivirse mejor, usando con gran
templanza de comidas delicadísimas y de óptimos vinos y huyendo de todo exceso,
sin dejarse hablar de ninguno ni querer oír noticia de fuera, ni de muertos ni
de enfermos, con el tañer de los instrumentos y con los placeres que podían
tener se entretenían. Otros, inclinados a la opinión contraria, afirmaban que
la medicina certísima para tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar
cantando de paseo y divirtiéndose y satisfacer el apetito con todo aquello que
se pudiese, y reírse y burlarse de todo lo que sucediese; y tal como lo decían,
lo ponían en obra como podían yendo de día y de noche ora a esta taberna ora a
la otra, bebiendo inmoderadamente y sin medida y mucho más haciendo en los
demás casos solamente las cosas que entendían que les servían de gusto o
placer. Todo lo cual podían hacer fácilmente porque todo el mundo, como quien
no va a seguir viviendo, había abandonado sus cosas tanto como a sí mismo, por
lo que las más de las casas se habían hecho comunes y así las usaba el extraño,
si se le ocurría, como las habría usado el propio dueño. Y con todo este comportamiento de fieras, huían de los
enfermos cuanto podían. Y en tan gran aflicción y miseria de nuestra ciudad,
estaba la reverenda autoridad de las leyes, de las divinas como de las humanas,
toda caída y deshecha por sus ministros y ejecutores que, como los otros
hombres, estaban enfermos o muertos o se habían quedado tan carentes de
servidores que no podían hacer oficio alguno; por lo cual le era lícito a todo
el mundo hacer lo que le pluguiese. Muchos otros observaban, entre las dos
dichas más arriba, una vía intermedia: ni restringiéndose en las viandas como
los primeros ni alargándose en el beber y en los otros libertinajes tanto como
los segundos, sino suficientemente, según su apetito, usando de las cosas y sin
encerrarse, saliendo a pasear llevando en las manos flores, hierbas odoríferas
o diversas clases de especias, que se llevaban a la nariz con frecuencia por
estimar que era óptima cosa confortar el cerebro con tales olores contra el
aire impregnado todo del hedor de los cuerpos muertos y cargado y hediondo por
la enfermedad y las medicinas. Algunos eran de sentimientos más crueles (como
si por ventura fuese más seguro) diciendo que ninguna medicina era mejor ni tan
buena contra la peste que huir de ella; y movidos por este argumento, no
cuidando de nada sino de sí mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron la
propia ciudad, las propias casas, sus posesiones y sus parientes y sus cosas, y
buscaron las ajenas, o al menos el campo, como si la ira de Dios no fuese a
seguirles para castigar la iniquidad de los hombres con aquella peste y
solamente fuese a oprimir a aquellos que se encontrasen dentro de los muros de
su ciudad como avisando de que ninguna persona debía quedar en ella y ser
llegada su última hora. Y aunque estos que opinaban de diversas maneras no
murieron todos, no por ello todos se salvaban, sino que, enfermándose muchos en
cada una de ellas y en distintos lugares (habiendo dado ellos mismos ejemplo
cuando estaban sanos a los que sanos quedaban) abandonados por todos,
languidecían ahora. Y no digamos ya que un ciudadano esquivase al otro y que
casi ningún vecino tuviese cuidado del otro, y que los parientes raras veces o
nunca se visitasen, y de lejos: con tanto espanto había entrado esta
tribulación en el pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano
abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces
la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble, los padres y las
madres a los hijos, como si no fuesen suyos, evitaban visitar y atender.
Por lo que a quienes
enfermaban, que eran una multitud inestimable, tanto hombres como mujeres,
ningún otro auxilio les quedaba que o la caridad de los amigos, de los que
había pocos, o la avaricia de los criados que por gruesos salarios y abusivos
contratos servían, aunque con todo ello no se encontrasen muchos y los que se
encontraban fuesen hombres y mujeres de tosco ingenio, y además no
acostumbrados a tal servicio, que casi no servían para otra cosa que para
llevar a los enfermos algunas cosas que pidiesen o mirarlos cuando morían; y
sirviendo en tal servicio, se perdían ellos muchas veces con lo ganado. Y de
este ser abandonados los enfermos por los vecinos, los parientes y los amigos, y
de haber escasez de sirvientes se siguió una costumbre no oída antes: que a
ninguna mujer por bella o gallarda o noble que fuese, si enfermaba, le
importaba tener a su servicio a un hombre, como fuese, joven o no, ni mostrarle
sin ninguna vergüenza todas las partes de su cuerpo no de otra manera que
hubiese hecho a otra mujer, si se lo pedía la necesidad de su enfermedad; lo
que en aquellas que se curaron fue razón de honestidad menor en el tiempo que
sucedió. Y además, se siguió de ello la muerte de muchos que, por ventura, si
hubieran sido ayudados se habrían salvado; de los que, entre el defecto de los
necesarios servicios que los enfermos no podían tener y por la fuerza de la
peste, era tanta en la ciudad la multitud de los que de día y de noche morían, que
causaba estupor oírlo decir, cuanto más mirarlo. Por lo cual, casi por
necesidad, cosas contrarias a las primeras costumbres de los ciudadanos
nacieron entre quienes quedaban vivos. Era costumbre, así como ahora vemos
hacer, que las mujeres parientes y vecinas se reuniesen en la casa del muerto,
y allí, con aquellas que más le tocaban, lloraban; y por otra parte delante de
la casa del muerto con sus parientes se reunían sus vecinos y muchos otros
ciudadanos, y según la calidad del muerto allí venía el clero, y él en hombros
de sus iguales, con funeral pompa de cera y cantos, a la iglesia elegida por él
antes de la muerte era llevado. Las cuales cosas, luego que empezó a subir la
ferocidad de la peste, o en todo o en su mayor parte cesaron casi y otras nuevas
sobrevivieron en su lugar. Por lo que no solamente sin tener muchas mujeres
alrededor se morían las gentes sino que eran muchos los que de esta vida
pasaban a la otra sin testigos; y poquísimos eran aquellos a quienes los
piadosos llantos y las amargas lágrimas de sus parientes fuesen concedidas,
sino que en lugar de ellas eran por los más acostumbradas las risas y las
agudezas y el festejar en compañía; la cual costumbre las mujeres, en gran
parte pospuesta la femenina piedad a su salud, habían aprendido óptimamente. Y
eran raros aquellos cuerpos que fuesen por más de diez o doce de sus vecinos
acompañados a la iglesia; a los cuales no llevaban sobre los hombros los
honrados y amados ciudadanos, sino una especie de sepultureros salidos de la
gente baja que se hacían llamar faquines y hacían este servicio a sueldo
poniéndose debajo del ataúd y, llevándolo con presurosos pasos, no a aquella
iglesia que hubiese antes de la muerte dispuesto, sino a la más cercana la
mayoría de las veces lo llevaban, detrás de cuatro o seis clérigos con pocas
luces y a veces sin ninguna; los que, con la ayuda de los dichos faquines, sin
cansarse en un oficio demasiado largo o solemne, en cualquier sepultura
desocupada encontrada primero lo metían. De la gente baja, y tal vez de la
mediana, el espectáculo estaba lleno de mucha mayor miseria, porque éstos, o
por la esperanza o la pobreza retenidos la mayoría en sus casas, quedándose en
sus barrios, enfermaban a millares por día, y no siendo ni servidos ni ayudados
por nadie, sin redención alguna morían todos. Y bastantes acababan en la vía
pública, de día o de noche; y muchos, si morían en sus casas, antes con el
hedor corrompido de sus cuerpos que de otra manera, hacían sentir a los vecinos
que estaban muertos; y entre éstos y los otros que por toda parte morían, una
muchedumbre. Era sobre todo observada una costumbre por los vecinos, movidos no
menos por el temor de que la corrupción de los muertos no los ofendiese que por
el amor que tuvieran a los finados. Ellos, o por sí mismos o con ayuda de
algunos acarreadores cuando podían tenerla, sacaban de sus casas los cuerpos de
los ya finados y los ponían delante de sus puertas (donde, especialmente por la
mañana, hubiera podido ver un sinnúmero de ellos quien se hubiese paseado por allí)
y allí hacían venir los ataúdes, y hubo tales a quienes por defecto de ellos
pusieron sobre alguna tabla. Tampoco fue un solo ataúd el que se llevó juntas a
dos o tres personas; ni sucedió una vez sola sino que se habrían podido contar
bastantes de los que la mujer y el marido, los dos o tres hermanos, o el padre
y el hijo, o así sucesivamente, contuvieron. Y muchas veces sucedió que,
andando dos curas con una cruz a por alguno, se pusieron tres o cuatro ataúdes,
llevados por acarreadores, detrás de ella; y donde los curas creían tener un
muerto para sepultar, tenían seis u ocho, o tal vez más.
Tampoco eran éstos
con lágrimas o luces o compañía honrados, sino que la cosa había llegado a
tanto que no de otra manera se cuidaba de los hombres que morían que se
cuidaría ahora de las cabras; por lo que apareció asaz manifiestamente que
aquello que el curso natural de las cosas no había podido con sus pequeños y
raros daños mostrar a los sabios que se debía soportar con paciencia, lo hacía
la grandeza de los males aún con los simples, desaprensivos y despreocupados. A
la gran multitud de muertos mostrada que a todas las iglesias, todos los días y
casi todas las horas, era conducida, no bastando la tierra sagrada a las
sepulturas (y máxime queriendo dar a cada uno un lugar propio según la antigua
costumbre), se hacían por los cementerios de las iglesias, después que todas
las partes estaban llenas, fosas grandísimas en las que se ponían a centenares
los que llegaban, y en aquellas estibas, como se ponen las mercancías en las
naves en capas apretadas, con poca tierra se recubrían hasta que se llegaba a
ras de suelo. Y por no ir buscando por la ciudad todos los detalles de nuestras
pasadas miserias en ella sucedidas, digo que con un tiempo tan enemigo que
corrió ésta, no por ello se ahorró algo al campo circundante; en el cual,
dejando los burgos, que eran semejantes, en su pequeñez, a la ciudad, por las
aldeas esparcidas por él y los campos, los labradores míseros y pobres y sus
familias, sin trabajo de médico ni ayuda de servidores, por las calles y por
los collados y por las casas, de día o de noche indiferentemente, no como
hombres sino como bestias morían. Por lo cual, éstos, disolutas sus costumbres
como las de los ciudadanos, no se ocupaban de ninguna de sus cosas o haciendas;
y todos, como si esperasen ver venir la muerte en el mismo día, se esforzaban
con todo su ingenio no en ayudar a los futuros frutos de los animales y de la
tierra y de sus pasados trabajos, sino en consumir los que tenían a mano. Por
lo que los bueyes, los asnos, las ovejas, las cabras, los cerdos, los pollos y
hasta los mismos perros fidelísimos al hombre, sucedió que fueron expulsados de
las propias casas y por los campos, donde las cosechas estaban abandonadas, sin
ser no ya recogidas sino ni siquiera segadas, iban como más les placía; y
muchos, como racionales, después que habían pastado bien durante el día, por la
noche se volvían saciados a sus casas sin ninguna guía de pastor. ¿Qué más
puede decirse, dejando el campo y volviendo a la ciudad, sino que tanta y tal
fue la crueldad del cielo, y tal vez en parte la de los hombres, que entre la
fuerza de la pestífera enfermedad y por ser muchos enfermos mal servidos o
abandonados en su necesidad por el miedo que tenían los sanos, a más de cien
mil criaturas humanas, entre marzo y el julio siguiente, se tiene por cierto
que dentro de los muros de Florencia les fue arrebatada la vida, que tal vez
antes del accidente mortífero no se habría estimado haber dentro tantas? ¡Oh
cuántos grandes palacios, cuántas bellas casas, cuántas nobles moradas llenas
por dentro de gentes, de señores y de damas, quedaron vacías hasta del menor
infante! ¡Oh cuántos memorables linajes, cuántas amplísimas herencias, cuántas
famosas riquezas se vieron quedar sin sucesor legítimo! ¡Cuántos valerosos
hombres, cuántas hermosas mujeres, cuántos jóvenes gallardos a quienes no otros
que Galeno, Hipócrates o Esculapio hubiesen juzgado sanísimos, desayunaron con
sus parientes, compañeros y amigos, y llegada la tarde cenaron con sus
antepasados en el otro mundo!
A mí mismo me
disgusta andar revolviéndome tanto entre tantas miserias; por lo que, queriendo
dejar aquella parte de las que convenientemente puedo evitar, digo que, estando
en estos términos nuestra ciudad de habitantes casi vacía, sucedió, así como yo
después oí a una persona digna de fe, que en la venerable iglesia de Santa
María la Nueva, un martes de mañana, no habiendo casi ninguna otra persona,
oídos los divinos oficios en hábitos de duelo, como pedían semejantes tiempos,
se encontraron siete mujeres jóvenes, todas entre sí unidas o por amistad o por
vecindad o por parentesco, de las cuales ninguna había pasado el vigésimo año
ni era menor de dieciocho, discretas todas y de sangre noble y hermosas de
figura y adornadas con ropas y honestidad gallarda. Sus nombres diría yo
debidamente si una justa razón no me impidiese hacerlo, que es que no quiero
que por las cosas contadas de ellas que se siguen, y por lo escuchado, ninguna
pueda avergonzarse en el tiempo por venir, estando hoy un tanto restringidas
las leyes del placer que entonces, por las razones antes dichas, eran no ya
para su edad sino para otra mucho más madura amplísimas; ni tampoco dar materia
a los envidiosos (prestos a mancillar toda vida loable), de disminuir en ningún
modo la honestidad de las valerosas mujeres en conversaciones desconsideradas.
Pero, sin embargo, para que aquello que cada una dijese se pueda
comprender pronto sin confusión, con nombres convenientes a la calidad de cada
una, o en todo o en parte, entiendo llamarlas; de las cuales a la primera, y la
que era de más edad, llamaremos Pampínea y a la segunda Fiameta, Filomena a la
tercera y a la cuarta Emilia, y después Laureta diremos a la quinta, y a la
sexta Neifile, y a la última, no sin razón, llamaremos Elisa . Las cuales, no
ya movidas por algún propósito sino por el acaso, se reunieron en una de las
partes de la iglesia como dispuestas a sentarse en corro, y luego de muchos
suspiros, dejando de rezar padrenuestros, comenzaron a discurrir sobre la
condición de los tiempos muchas y variadas cosas; y luego de algún espacio,
callando las demás, así empezó a hablar Pampínea:
- Vosotras podéis, queridas
señoras, tanto como yo haber oído muchas veces que a nadie ofende quien
honestamente hace uso de su derecho. Natural derecho es de todos los que nacen
ayudar a conservar y defender su propia vida tanto cuanto pueden, y concededme
esto, puesto que alguna vez ya ha sucedido que, por conservarla, se hayan
matado hombres sin ninguna culpa. Y si esto conceden las leyes, a cuya
solicitud está el buen vivir de todos los mortales, ¡cuán mayormente es honesto
que, sin ofender a nadie, nosotras y cualquiera otro, tomemos los remedios que
podamos para la conservación de nuestra vida! Siempre que me pongo a considerar
nuestras acciones de esta mañana y de las ya pasadas y pienso cuántos y cuáles
son nuestros pensamientos, comprendo, y vosotras de igual modo lo podéis
comprender, que cada una de nosotras tema por sí misma; y no me maravillo por
ello, sino que me maravillo de que sucediéndonos a todas tener sentimiento de
mujer, no tomemos alguna compensación de aquello que fundadamente tememos.
Estamos viviendo aquí, a mi parecer, no de otro modo que si quisiésemos y
debiésemos ser testigos de cuantos cuerpos muertos se llevan a la sepultura, o
escuchar si los frailes de aquí dentro (el número de los cuales casi ha llegado
a cero) cantan sus oficios a las horas debidas, o mostrar a cualquiera que
aparezca, por nuestros hábitos, la calidad y la cantidad de nuestras miserias.
Y, si salimos de aquí, o vemos cuerpos muertos o enfermos llevados por las
calles, o vemos aquellos a quienes por sus delitos la autoridad de las públicas
leyes condenó al exilio, escarneciéndolas porque oyeron que sus ejecutores
estaban muertos o enfermos, y con descompensado ímpetu recorriendo la ciudad, o
a las heces de nuestra ciudad, enardecidas con nuestra sangre, llamarse
faquines y en ultraje nuestro andar cabalgando y discurriendo por todas partes,
acusándonos de nuestros males con deshonestas canciones. Y no otra cosa oímos
sino «los tales son muertos», y «los otros tales están muriéndose»; y si
hubiera quien pudiese hacerlo, por todas partes oiríamos dolorosos llantos. Y
si a nuestras casas volvemos, no sé si a vosotras como a mí os sucede: yo, de
mucha familia, no encontrando otra persona en ella que a mi criada, empavorezco
y siento que se me erizan los cabellos, y me parece, dondequiera que voy o me
quedo, ver la sombra de los que han fallecido, y no con aquellos rostros que
solían sino con un aspecto horrible, no sé en dónde extrañamente adquirido,
espantarme. Por todo lo cual, aquí y fuera de aquí, y en casa, me siento mal, y
tanto más ahora cuando me parece que no hay persona que aún tenga pulso y lugar
donde ir, como tenemos nosotras, que se haya quedado aquí salvo nosotras. Y he
oído y visto muchas veces que si algunos quedan, aquéllos, sin hacer distinción
alguna entre las cosas honestas y las que no lo son, sólo con que el apetito se
lo pida, y solos y acompañados, de día o de noche, hacen lo que mejor se les
ofrece; y no sólo las personas libres sino también las encerradas en
monasterios, persuadiéndose de que les conviene aquello que en los otros no
desdice, rotas las leyes de la obediencia, se dan a deleites carnales, de tal guisa
pensando salvarse, y se han hecho lascivas y disolutas. Y si así es, como
manifiestamente se ve, ¿qué hacemos aquí nosotras?, ¿qué esperamos?, ¿qué
soñamos? ¿Por qué somos más perezosas y lentas en nuestra salvación que todos
los demás ciudadanos? ¿Nos reputamos de menor valor que todos los demás?, ¿o
creemos que nuestra vida está atada con cadenas más fuertes a nuestro cuerpo
que la de los otros, y así no debemos pensar que nada tenga fuerza para
ofenderla? Estamos equivocadas, nos engañamos, qué brutalidad es la nuestra si
lo creemos así, cuantas veces queramos recordar cuántos y cuáles han sido los
jóvenes y las mujeres vencidos por esta cruel pestilencia, tendremos una
demostración clarísima. Y por ello, a fin de que por repugnancia o presunción no
caigamos en aquello de lo que por ventura, queriéndolo, podremos escapar de
algún modo, no sé si os parecerá a vosotras lo que a mí me parece: yo juzgaría
óptimamente que, tal como estamos, y así como muchos han hecho antes que
nosotras y hacen, saliésemos de esta tierra, y huyendo como de la muerte los
deshonestos ejemplos ajenos, honestamente fuésemos a estar en nuestras villas
campestres (en que todas abundamos) y allí aquella fiesta, aquella alegría y
aquel placer que pudiésemos sin traspasar en ningún punto el límite de lo
razonable, lo tomásemos . Allí se oye cantar los pajarillos, se ve verdear los
collados y las llanuras, y a los campos llenos de mieses ondear no de otro modo
que el mar y muchas clases de árboles, y el cielo más abiertamente; el cual,
por muy enojado que esté, no por ello nos niega sus bellezas eternas, que mucho
más bellas son de admirar que los muros vacíos de nuestra ciudad. Y es allí, a
más de esto, el aire asaz más fresco, y de las cosas que son necesarias a la
vida en estos tiempos hay allí más abundancia, y es menor el número de las
enojosas: porque allí, aunque también mueran los labradores como aquí los
ciudadanos, el disgusto es tanto menor cuanto más raras son las casas y los
habitantes que en la ciudad. Y aquí, por otra parte, si veo bien, no
abandonamos a nadie, antes podemos con verdad decir que fuimos abandonadas:
porque los nuestros, o muriendo o huyendo de la muerte, como si no fuésemos
suyas nos han dejado en tanta aflicción. Ningún reproche puede hacerse, por
consiguiente, a seguir tal consejo, mientras que el dolor y el disgusto, y tal
vez la muerte, podrían acaecernos si no lo seguimos. Y por ello, si os parece,
tomando nuestras criadas y haciéndonos seguir de las cosas oportunas, hoy en
este sitio y mañana en aquél, la alegría y la fiesta que en estos tiempos se
pueda creo que estará bien que gocemos; y que permanezcamos de esta guisa hasta
que veamos (si primero la muerte no nos alcanza) qué fin reserva el cielo a
estas cosas. Y recordad que no desdice de nosotras irnos honestamente cuando
gran parte de los otros deshonestamente se quedan.
Habiendo escuchado a Pampínea las otras mujeres, no solamente
alabaron su razonamiento sino que, deseosas de seguirlo, habían ya entre sí
empezado a considerar el modo de llevarlo a cabo, como si al levantarse de
donde estaban sentadas inmediatamente debieran ponerse en camino. Pero
Filomena, que era discretísima, dijo:
- Señoras, por muy
óptimamente dicho que haya estado el razonamiento de Pampínea, no por ello es
cosa de correr a hacerlo así como parece que queréis. Os recuerdo que somos
todas mujeres y no hay ninguna tan moza que no pueda conocer bien cómo se saben
gobernar las mujeres juntas y sin la providencia de algún hombre. Somos
volubles, alborotadoras, suspicaces, pusilánimes y miedosas , cosas por las que
mucho dudo que, si no tomamos otra guía más que la nuestra, no se disuelva esta
compañía mucho antes y con menos honor para nosotras de lo que sería menester:
y por ello bueno es tomar providencias antes de empezar.
Dijo entonces Elisa:
- En verdad los hombres son cabeza de la mujer
y sin su dirección raras veces llega alguna de nuestras obras a un fin loable:
pero ¿cómo podemos encontrar esos hombres? Todas sabemos que de los nuestros
están la mayoría muertos, y los otros que viven se han quedado uno aquí otro
allá en distinta compañía, sin que sepamos dónde, huyéndole a aquello de que
nosotras queremos huir, y el admitir a extraños no sería conveniente; por lo
que, si queremos correr tras la salud, nos conviene encontrar el modo de
organizarnos de tal manera que de aquello en lo que queremos encontrar deleite
y reposo no se siga disgusto y escándalo.
Mientras entre las
mujeres andaban estos razonamientos, he aquí que entran en la iglesia tres
jóvenes, que no lo eran tanto que no fuese de menos de veinticinco años la edad
del más joven: ni la calidad y perversidad de los tiempos, ni la pérdida de
amigos y de parientes, ni el temor por sí mismos había podido no sólo extinguir
el amor en ellos sino ni aun enfriarlos. De los cuales uno era llamado Pánfilo
y Filostrato el segundo y el último Dioneo , todos afables y corteses; y
andaban buscando, como su mayor consuelo en tanta perturbación de las cosas,
ver a sus damas, las cuales estaban las tres por ventura entre las ya dichas
siete, y de las demás eran parientes de alguno de ellos. Pero primero llegaron
ellos a los ojos de éstas que éstas fueron vistas por ellos; por lo que
Pampínea, entonces, sonriéndose comenzó:
- He aquí que la fortuna es favorable a
nuestros comienzos y nos ha puesto delante a estos jóvenes discretos y
valerosos que nos harán con gusto de guías y servidores si no dejamos de
tomarles para este oficio.
Neifile, entonces,
que toda se había sonrojado de vergüenza porque era una de las amadas por los
jóvenes, dijo:
- Pampínea, por Dios, mira lo que dices.
Reconozco abiertamente que nada más que cosas todas buenas pueden decirse de
cualquiera de ellos, y los creo capaces de muchas mayores cosas de las que son
necesarias para éstas, y semejantemente creo que pueden ofrecer buena y honesta
compañía no solamente a nosotras sino a otras mucho más hermosas y estimadas de
lo que nosotras somos; pero como es cosa manifiesta que están enamorados de
algunas de las que aquí están, temo que se siga difamación y reproches, sin
nuestra culpa o la suya, si los llevamos con nosotras.
Dijo entonces
Filomena:
- Eso poca monta; allá donde yo honestamente
viva y no me remuerda de nada la conciencia, hable quien quiera en contra: Dios
y la verdad tomarán por mí las armas. Pues, si estuviesen dispuestos a venir
podríamos decir en verdad, como Pampínea dijo, que la fortuna es favorable a
nuestra partida.
Las demás, oyendo a
éstas hablar así, no solamente se callaron sino que con sentimiento concorde
dijeron todas que fuesen llamados y se les dijese su intención; y se les rogase
que quisieran tenerlas compañía en el dicho viaje. Por lo que, sin más
palabras, poniéndose en pie Pampínea, que por consanguinidad era pariente de
uno de ellos, se dirigió hacia ellos, que estaban parados mirándolas y,
saludándolos con alegre gesto, les hizo manifiesta su intención y les rogó en
nombre de todas que con puro y fraternal ánimo se quisiesen disponer a tenerlas
compañía. Los jóvenes creyeron primero que se burlaba, pero después que vieron
que la dama hablaba en serio declararon alegremente que estaban prontos, y sin
poner dilación al asunto, a fin de que partiesen, dieron órdenes de lo que
había que hacer para disponer la partida. Y ordenadamente haciendo aparejar
todas las cosas oportunas y mandadas ya a donde ellos querían ir, la mañana
siguiente, esto es, el miércoles, al clarear el día, las mujeres con algunas de
sus criadas y los tres jóvenes con tres de sus sirvientes, saliendo de la
ciudad, se pusieron en camino, y no más de dos pequeñas millas se habían
alejado de ella cuando llegaron al lugar primeramente decidido.
Estaba tal lugar
sobre una pequeña montaña, por todas partes alejado algo de nuestros caminos,
con diversos arbustos y plantas todas pobladas de verdes frondas agradable de
mirar; en su cima había una villa con un grande y hermoso patio en medio, y con
galerías y con salas y con alcobas todas ellas bellísimas y adornadas con
alegres pinturas dignas de ser miradas, con pradecillos en torno y con jardines
maravillosos y con pozos de agua fresquísima y con bodegas llenas de preciosos
vinos: cosas más apropiadas para los bebedores consumados que para las sobrias
y honradas mujeres. La cual, bien barrida y con las alcobas y las camas hechas,
y llena de cuantas flores se podían tener en la estación, y alfombrada con
esparcidas ramas de juncos, halló la compañía que llegaba, con no poco placer
por su parte. Y al reunirse por primera vez, dijo Dioneo, que más que ningún
otro joven era agradable y lleno de agudeza:
- Señoras, vuestra discreción más que nuestra
previsión nos ha guiado aquí; yo no sé qué es lo que intentáis hacer de
vuestros pensamientos: los míos los dejé yo dentro de las puertas de la ciudad
cuando con vosotras hace poco me salí de ella, y por ello o vosotras os
disponéis a solazaros y a reír y a cantar conmigo (tanto, digo, como conviene a
vuestra dignidad) o me dais licencia para que a por mis pensamientos retorne y
me quede en aquella ciudad atribulada.
A lo que Pampínea, no de otro modo que si semejantemente hubiese
arrojado de sí todos los suyos, contestó alegre:
- Dioneo, óptimamente
hablas: hemos de vivir festivamente pues no otra cosa que las tristezas nos han
hecho huir. Pero como las cosas que no tienen orden no pueden durar largamente,
yo que fui la iniciadora de los rozamientos por los que se ha formado esta
buena compañía, pensando en la continuación de nuestra alegría, estimo que es
de necesidad elegir entre nosotros a alguno como más principal a quien honremos
y obedezcamos como a mayor, todos cuyos pensamientos se dirijan por el cuidado
de hacernos vivir alegremente. Y para que todos prueben el peso de las
preocupaciones junto con el placer de la autoridad, y por consiguiente, llevado
de una parte a la otra, no pueda quien no lo prueba sentir envidia alguna, digo
que a cada uno por un día se atribuya el peso y con él el honor, y quien sea el
primero de nosotros se deba a la elección de todos; los que le sucedan, al
acercarse la hora del crepúsculo, sean aquel o aquella que plazca a quien aquel
día haya tenido tal señorío, y este tal, según su arbitrio, durante el tiempo
de su señorío, del lugar y el modo en el que hayamos de vivir, ordene y
disponga.
Estas palabras agradaron grandemente y a una voz la eligieron por
reina del primer día, y Filomena, corriendo prestamente hacia un laurel, porque
muchas veces había oído hablar de cuán grande honor sus frondas eran dignas y
cuán digno honor hacían a quien era con ellas meritoriamente coronado, cogiendo
algunas ramas, hizo una guirnalda honrosa y bien arreglada que, poniéndosela en
la cabeza, fue, mientras duró aquella compañía, manifiesto signo a todos los
demás del real señorío y preeminencia.
Pampínea, hecha reina, mandó que todos callasen, habiendo hecho ya
llamar allí a los servidores de los tres jóvenes y a sus criadas; y callando
todos, dijo:
- Para dar primero ejemplo
a todos vosotros para que, procediendo de bien en mejor, nuestra compañía con
orden y con placer y sin ningún deshonor viva y dure cuanto lo deseemos, nombro
primeramente a Pármeno , criado de Dioneo, mi senescal, y a él encomiendo el
cuidado y la solicitud por toda nuestra familia y lo que pertenece al servicio
de la sala. Sirisco, criado de Pánfilo, quiero que sea administrador y tesorero
y que siga las órdenes de Pármeno. Tíndaro, al servicio de Filostrato y de los
otros dos, que se ocupe de sus alcobas cuando los otros, ocupados en sus
oficios, no puedan ocuparse. Misia, mi criada, y Licisca, de Filomena, estarán
continuamente en la cocina y aparejarán diligentemente las viandas que por
Pármeno le sean ordenadas. Quimera, de Laureta,
y Estratilia, de Fiameta, queremos que estén pendientes del gobierno de las
alcobas de las damas y de la limpieza de los lugares donde estemos. Y a todos
en general, por cuanto estimen nuestra gracia, queremos y les ordenamos que se
guarden, dondequiera que vayan, de dondequiera que vuelvan, cualquier cosa que
sea lo que oigan o vean, de traer de fuera ninguna noticia que no sea alegre. -
Y dadas sumariamente estas órdenes, que fueron de todos encomiadas,
enderezándose, alegres en pie, dijo - : Aquí hay jardines, aquí hay prados,
aquí hay otros lugares muy deleitosos, por los cuales vaya cada uno a su gusto
solazándose; y al oír el toque de tercia, todos estén aquí para comer con la
fresca.
Despedida, pues, por
la reciente reina, la alegre compañía, los jóvenes junto con las bellas
mujeres, hablando de cosas agradables, con lento paso, se fueron por un jardín
haciéndose bellas guirnaldas de varias frondas y cantando amorosamente. Y luego
de haberse demorado así cuanto espacio les había sido concedido por la reina,
vueltos a casa, encontraron que Pármeno había dado diligentemente principio a
su oficio, por lo que, al entrar en una sala de la planta baja, allí vieron las
mesas puestas con manteles blanquísimos y con vasos que parecían de plata, y
todas las cosas cubiertas de flores y de ramas de hiniesta; por lo que, dada el
agua a las manos, como gustó a la reina, según el juicio de Pármeno, todos
fueron a sentarse. Las viandas delicadamente hechas llegaron y fueron aprestados
vinos finísimos, y sin más, en silencio los tres servidores sirvieron las
mesas. Alegrados todos por estas cosas, que eran bellas y ordenadas, con
placentero ingenio y con fiesta comieron; y levantadas las mesas, como sucedía
que todas las damas sabían bailar las danzas de carola, y también los jóvenes,
y parte de ellos tocar y cantar óptimamente, mandó la reina que viniesen los
instrumentos: y por su mandato, Dioneo tomó un laúd y Fiameta una viola,
comenzando a tocar suavemente una danza. Por lo que la reina, con las otras damas,
cogiéndose de la mano en corro con los jóvenes, con lento paso, mandados a
comer los sirvientes, empezaron una carola: y cuando la terminaron, a cantar
canciones amables y alegres. Y de este modo
estuvieron tanto tiempo que a la reina le pareció que debían ir a dormir; por
lo que, dando a todos licencia, los tres jóvenes a sus alcobas, separadas de
las de las mujeres, se fueron; las cuales con las camas bien hechas y tan
llenas de flores como la sala encontraron; y semejantemente las suyas las
damas, por lo que, desnudándose se fueron a reposar.
No hacía mucho que
había sonado nona cuando la reina, levantándose, hizo levantar a las demás y de
igual modo a los jóvenes, afirmando que era nocivo dormir demasiado de día; y
así se fueron a un pradecillo en que la hierba era verde y alta y el sol no
podía entrar por ninguna parte; y allí, donde se sentía un suave vientecillo,
todos se sentaron en corro sobre la verde hierba así como la reina quiso. Y
ella les dijo:
- Como veis, el sol está alto y el calor es
grande, y nada se oye sino las cigarras arriba en los olivos, por lo que ir
ahora a cualquier lugar sería sin duda necedad. Aquí es bueno y fresco estar y
hay, como veis, tableros y piezas de ajedrez, y cada uno puede, según lo que a su
ánimo le dé más placer, encontrar deleite.
Pero si en esto se siguiera mi parecer, no jugando, en lo que el
ánimo de una de las partes ha de turbarse sin demasiado placer de la otra o de
quien está mirando, sino novelando (con lo que, hablando uno, toda la compañía
que le escucha toma deleite) pasaríamos esta caliente parte del día. Cuando
terminaseis cada uno de contar una historia, el sol habría declinado y
disminuido el calor, y podríamos a donde más gusto nos diera ir a
entretenernos; y por ello, si esto que he dicho os place (ya que estoy
dispuesta a seguir vuestro gusto), hagámoslo; y si no os pluguiese, haga cada
uno lo que más le guste hasta la hora de vísperas.
Las mujeres por igual
y todos los hombres alabaron el novelar.
- Entonces - dijo la reina
- , si ello os place, por esta primera jornada quiero que cada uno hable de lo
que más le guste.
Y vuelta a Pánfilo, que se sentaba a su derecha, amablemente le
dijo que con una de sus historias diese principio a las demás; y Pánfilo, oído
el mandato, prestamente, y siendo escuchado por todos, empezó así:
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