NOVELA TERCERA
Fray Rinaldo se acuesta con su comadre, lo encuentra el marido con
ella en la alcoba y le hacen creer que estaba conjurando las lombrices del
ahijado.
No pudo Filostrato hablar tan oscuro de las yeguas partias que las
sagaces señoras no le entendiesen y no se riesen algo, aunque fingiendo reírse
de otra cosa. Pero luego de que el rey conoció que su historia había terminado,
ordenó a Elisa que ella hablara; la cual, dispuesta a obedecer, comenzó:
Amables señoras, el conjuro del espantajo de Emilia me ha traído a
la memoria una historia de otro conjuro que, aunque no sea tan buena como fue
aquélla, porque no se me ocurre ahora otra sobre nuestro asunto, la contaré.
Debéis saber que en Siena hubo en tiempos pasados un joven muy
galanteador y de honrada familia que tuvo por nombre Rinaldo; y amando
sumamente a una vecina suya y muy hermosa señora y mujer de un hombre rico, y
esperando (si pudiera encontrar el modo de hablarle sin sospechas) conseguir de
ella todo lo que deseaba, no viendo ninguno y estando la señora grávida, pensó
en convertirse en su compadre; y haciendo amistad con su marido, del modo que
más conveniente le pareció se lo dijo, y así se hizo.
Habiéndose, pues, Rinaldo convertido en compadre de doña Agnesa y
teniendo alguna ocasión más pintada para poder hablarle, le hizo conocer con
palabras aquella parte de su intención que ella mucho antes había conocido en
las expresiones de sus ojos; pero poco le valió, sin embargo, aunque no
desagradara a la señora haberlo oído. Sucedió no mucho después que, fuera cual
fuese la razón, Rinaldo se hizo fraile y, encontrara como encontrase aquel pasto,
perseveró en ello; y sucedió que un poco, en el tiempo en que se hizo fraile,
había dejado de lado el amor que tenía a su comadre y algunas otras vanidades,
pero con el paso del tiempo, sin dejar los hábitos las recuperó y comenzó a
deleitarse en aparentar y en vestir con buenos paños y en ser en todas sus
cosas galante y adornado, y en hacer canciones y sonetos y baladas, y a cantar,
y en una gran cantidad de otras cosas semejantes a éstas.
Pero ¿qué estoy yo diciendo del fray Rinaldo de que hablamos?
¿Quiénes son los que no hacen lo mismo? ¡Ay, vituperio del perdido mundo! No se
avergüenzan de aparecer gordos, de aparecer con el rostro encarnado, de
aparecer refinados en los vestidos y en todas sus cosas, y no como palomas sino
como gallos hinchados con la cresta levantada encopetados proceden; y lo que es
peor, dejemos el que tengan sus celdas llenas de tarros colmados de electuario
y de ungüentos, de cajas de varios dulces llenas, de ampollas y de redomitas
con aguas destiladas y con aceites, de frascos con malvasía y con vino griego y
con otros desbordantes, hasta el punto de que no celdas de frailes sino tiendas
de especieros o de drogueros parecen mayormente a los que las ven; no se
avergüenzan ellos de que los demás sepan que son golosos, y se creen que los
demás no saben y conocen que los muchos ayunos, las comidas ordinarias y
escasas y el vivir sobriamente haga a los hombres magros y delgados y la
mayoría de las veces sanos; y si a pesar de todo los hacen enfermos, al menos
no enferman de gota, para la que se suele dar como medicamento la castidad y
todas las demás cosas apropiadas a la vida de un modesto fraile.
Y se creen que los demás no conocen que además de la vida austera,
las vigilias largas, el orar y el disciplinarse deben hacer a los hombres
pálidos y afligidos, y que ni Santo Domingo ni San Francisco, sin tener cuatro
capas cada uno, no de lanilla teñida ni de otros paños señoriles, sino hechos
con lana gruesa y de natural color, para protegerse del frío y no para
aparentar se vestían. ¡Que Dios los ayude
como necesitan las almas de los simples que los alimentan!
Así pues, vuelto fray Rinaldo a sus primeros apetitos, comenzó a
visitar con mucha frecuencia a su comadre; y habiendo crecido su arrogancia,
con más instancias que antes lo hacía comenzó a solicitarle lo que deseaba de
ella.
La buena señora, viéndose solicitar mucho y pareciéndole tal vez
fray Rinaldo más guapo de lo que solía, siendo un día muy importunada por él,
recurrió a lo mismo que todas aquellas que tienen deseos de conceder lo que se
les pide, y dijo:
- ¿Cómo, fray Rinaldo, y es que los frailes
hacen esas cosas?
A quien el fraile contestó:
- Señora, cuando yo me
quite este hábito, que me lo quito muy fácilmente, os pareceré un hombre hecho
como los otros, y no un fraile.
La señora se rió y
dijo:
- ¡Ay, triste de mí! Sois compadre mío , ¿cómo
podría ser esto? Estaría demasiado mal, y he oído muchas veces que es un pecado
demasiado grande; y en verdad que si no lo fuese haría lo que quisierais.
A quien fray Rinaldo dijo:
- Sois tonta si lo dejáis
por eso. No digo que no sea pecado, pero otros mayores perdona Dios a quienes
se arrepienten. Pero decidme: ¿quién es más pariente de vuestro hijo, yo que lo
sostuve en el bautismo o vuestro marido que lo engendró?
La señora repuso:
- Más pariente suyo es mi
marido.
- Decís verdad - dijo el fraile - . ¿Y
vuestro marido no se acuesta con vos?
- Claro que sí - repuso la
señora.
- Pues - dijo el fraile - y
yo, que soy menos pariente de vuestro hijo que vuestro marido, tanto debo poder
acostarme con vos como vuestro marido.
La señora, que no sabia lógica y de pequeño empujón necesitaba, o
creyó o hizo como que creía que el fraile decía verdad; y respondió:
- ¿Quién sabría contestar a
vuestras palabras?
Y luego, no obstante el compadrazgo, se dejó llevar a hacer su
gusto; y no comenzaron una sola vez sino que con la tapadera del compadrazgo
teniendo más facilidad porque la sospecha era menor, muchas y muchas veces
estuvieron juntos. Pero entre las demás sucedió una que, habiendo fray Rinaldo
venido a casa de la señora y viendo que allí no había nadie sino una criadita
de la señora, asaz hermosa y agradable, mandando a su compañero con ella al
aposento de las palomas a enseñarle el padrenuestro, él con la señora, que de
la mano llevaba a su hijito, se metieron en la alcoba y, cerrando por dentro,
sobre un diván que en ella había comenzaron a juguetear; y estando de esta
guisa sucedió que volvió el compadre, y sin que nadie lo sintiese se fue a la
puerta de la alcoba, y dio golpes y llamó a la mujer.
Doña Agnesa, oyendo esto, dijo:
- Muerta soy, que aquí está
mi marido, ahora se dará cuenta de cuál es la razón de nuestro trato.
Estaba fray Rinaldo desnudo, esto es sin hábito y sin escapulario,
en camiseta; el cual esto oyendo, dijo tristemente:
- Decís verdad; si yo
estuviese vestido alguna manera encontraría; pero si le abrís y me encuentra
así no podrá encontrarse ninguna excusa.
La señora, por una inspiración súbita ayudada, dijo:
- Pues vestíos; y cuando
estéis vestido coged en brazos a vuestro ahijado y escuchad bien lo que voy a
decirle, para que vuestras palabras estén de acuerdo con las mías; y dejadme
hacer a mí.
El buen hombre no había dejado de llamar cuando la mujer repuso:
- Ya voy. - Y levantándose,
con buen gesto se fue a la puerta de la alcoba y, abriéndola, dijo - : Marido
mío, te digo que fray Rinaldo nuestro compadre ha venido y que Dios lo mandó
porque seguro que si no hubiese venido habríamos perdido hoy a nuestro niño.
Cuando el estúpido santurrón oyó esto, todo se pasmó, y dijo:
- ¿Cómo?
- Oh, marido mío - dijo la
mujer - , le vino antes de improviso un desmayo que me creí que estaba muerto,
y no sabía qué hacerme ni qué decirme, si no llega a aparecer entonces fray
Rinaldo nuestro compadre y, cogiéndolo en brazos, dijo: «Comadre, esto son
lombrices que tiene en el cuerpo que se le están acercando al corazón y lo
matarían con seguridad; pero no temáis, que yo las conjuraré y las haré morir a
todas y antes de que yo me vaya de aquí veréis al niño tan sano como nunca lo
habéis visto». Y porque te necesitábamos para decir ciertas oraciones y la
criada no pudo encontrarte se las mandó decir a su compañero en el lugar más
alto de la casa, y él y yo nos entramos aquí dentro; y porque nadie más que la
madre del niño puede estar presente a tal servicio, para que otros no nos
molestasen aquí nos encerramos; y ahora lo tiene él en brazos, y creo que no
espera sino a que su compañero haya terminado de decir las oraciones, y estará
terminando, porque el niño ya ha vuelto en sí del todo.
El santurrón, creyendo estas cosas, tanto el cariño por su hijo lo
conmovió que no se le vino a la cabeza el engaño urdido por la mujer, sino que
dando un gran suspiro dijo:
- Quiero ir a verle.
Dijo la mujer:
- No vayas, que
estropearías lo que se ha hecho; espérate, quiero ve si puedes entrar y te
llamaré.
Fray Rinaldo, que todo había oído y se había vestido a toda prisa
y había cogido al niño en brazos, cuando hubo dispuesto las cosas a su modo
llamó:
- Comadre, ¿no es el
compadre a quien oigo ahí?
Repuso el santurrón:
- Señor, sí.
- Pues - dijo fray Rinaldo
- , venid aquí.
El santurrón allá fue y fray Rinaldo le dijo:
- Tomad a vuestro hijo,
salvado por la gracia de Dios, cuando he creído poco ha, que no lo veríais vivo
al anochecer; y bien haríais en hacer poner una figura de cera de su tamaño a
la gloria de Dios delante de la estatua del señor San Ambrosio, por los méritos
del cual Dios os ha hecho esta gracia.
El niño, al ver a su padre, corrió hacia él y le hizo fiestas como
hacen los niños pequeños; el cual, cogiéndolo en brazos, llorando no de otra
manera que si lo sacase de la fosa, comenzó a besarlo y a darle gracias a su
compadre que se lo había curado.
El compañero de fray Rinaldo, que no un padrenuestro sino más de
cuatro había enseñado a la criadita, y le había dado una bolsa de hilo blanco
que le había dado a él una monja, y la había hecho devota suya, habiendo oído
al santurrón llamar a la alcoba de la mujer, calladamente había venido a un
sitio desde donde pudiera ver y oír lo que allí pasaba.
Y viendo la cosa en buenos términos, se vino abajo, y entrando en
la alcoba dijo:
- Fray Rinaldo, las cuatro
oraciones que me mandasteis las he dicho todas.
A quien fray Rinaldo dijo:
- Hermano mío, tienes buena
madera y has hecho bien. En cuanto a mí, cuando mi compadre llegó no había
dicho sino dos, pero Nuestro Señor por tu trabajo y el mío nos ha concedido la
gracia de que el niño sea curado.
El santurrón hizo traer buen vino y dulces, e hizo honor a su
compadre y a su compañero con lo que ellos tenían necesidad más que de otra
cosa; luego, saliendo de casa junto con ellos, los encomendó a Dios, y sin
ninguna dilación haciendo hacer la imagen de cera, la mandó colgar con las
otras delante de la figura de San Ambrosio, pero no de la de aquel de Milán .
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