NOVELA TERCERA
Calandrino, Bruno y Buffalmacco van por el Muñone abajo en busca
del heliotropo , y Calandrino cree haberlo encontrado; se vuelve a casa cargado
de piedras, la mujer le regaña y él, airado, la golpea, y a sus compañeros les
cuenta lo que ellos saben mejor que él .
Terminada la historia de Pánfilo, con la que las señoras habían reído
tanto que todavía se ríen, la reina a Elisa ordenó que siguiese; la cual,
todavía riendo, comenzó:
Yo no sé, amables señoras, si me será dado haceros con una
historieta mía no menos verdadera que entretenida reír tanto cuanto os ha hecho
Pánfilo con la suya, pero me esforzaré en ello.
En nuestra ciudad, que siempre en maneras varias y en gentes
extraordinarias ha sido abundante, hubo, no hace todavía mucho tiempo, un
pintor llamado Calandrino hombre simple y de costumbres bizarras, el cual la
mayor parte del tiempo con otros dos pintores trataba, llamados el uno Bruno y
el otro Buffalmacco hombres muy bromistas pero por otra parte avisados y
sagaces, los cuales trataban con Calandrino porque de sus maneras y de su
simpleza con frecuencia gran fiesta hacían. Había también en Florencia entonces
un joven de maravillosa gracia y en todas las cosas que hacer quería hábil y
afortunado, llamado Maso del Saggio , el cual, oyendo algunas cosas sobre la
simpleza de Calandrino, se propuso divertirse de sus cosas haciéndole alguna
burla o haciéndole creer alguna cosa extraordinaria; y por acaso encontrándolo
un día en la iglesia de San Giovanni y viéndole estar atento mirando las
pinturas y los bajorrelieves del tabernáculo que está sobre el altar de la
iglesia, puesto no hacía mucho tiempo allí, pensó que le había llegado lugar y
tiempo para su intención. E informando a un compañero suyo de aquello que
entendía hacer, juntos se acercaron a donde Calandrino estaba sentado solo, y
haciendo semblante de no verlo, juntos comenzaron a razonar sobre las virtudes
de diversas piedras, de las que Maso hablaba tan autorizadamente como si
hubiera sido un famoso y gran lapidario ; a los cuales razonamientos dando
oídos Calandrino y luego de un rato poniéndose en pie, viendo que no era
secreto, se unió a ellos, lo que mucho agradó a Maso. El cual, siguiendo con
sus palabras, fue preguntado por Calandrino que dónde estas piedras tan llenas
de virtud se encontraban. Maso repuso que las más se encontraban en Berlinzonia
, tierra de los vascos , en una comarca que se llamaba Bengodi en la que las
vides se atan con longanizas y se tiene una oca por un dinero y un pato además,
y había allí una montaña toda de queso parmesano rallado en lo alto de la que
había gentes que nada hacían sino macarrones y raviolis y cocerlos en caldo de
capones, y luego los arrojaban desde allí abajo, y quien más cogía más tenía; y
allí al lado corría un arroyuelo de vernaza del mejor que puede beberse, sin
una gota de agua mezclada.
- ¡Oh! - dijo Calandrino - , ése es un buen
país; pero dime, ¿qué hacen de los capones que ésos cuecen?
Repuso Maso:
- Todos se los comen los
vascos.
Dijo entonces Calandrino:
- ¿Has ido allí alguna vez?
A quien Maso respondió:
- ¿Dices que si he estado? ¡Sí,
así he estado una vez como mil!
Dijo entonces Calandrino:
- ¿Y cuántas millas tiene?
- Tiene más de un millón
cantando a pleno pulmón Dijo Calandrino:
- Pues debe ser más allá de los Abruzzos.
- Ah, sí - dijo Maso - , así de nones .
El simple de
Calandrino, viendo a Maso decir estas palabras con un rostro serio y sin
reírse, les daba la fe que puede darse a la verdad más manifiesta, y por tan
ciertas las tenía; y dijo:
- Demasiado lejos está de mis asuntos; pero si
más cerca estuviese, sí te digo que iría una vez allí contigo para ver rodar a
esos macarrones y darme un hartazgo de ellos. Pero dime, así seas feliz; ¿en
estas comarcas no se encuentran ninguna de esas piedras maravillosas?
A quien Maso repuso:
- Si, dos clases de piedras se encuentran de
grandísima virtud. La una son los pedruscos de Settignano y de Montisci por
virtud de los cuales, cuando se hacen muelas, se hace la harina, y por ello se
dice en los países de allá que de Dios vienen las gracias y de Montisci las
piedras de molino; pero hay de estas piedras de amolar tan gran cantidad, que
entre nosotros es poco apreciada, como entre ellos las esmeraldas, de las
cuales hay allí una montaña mayor que Montemorello que relucen a la medianoche
y vete con Dios; y sabe que quien puliera las muelas de molino y las hiciera
engastar en anillos antes de que se las agujerease, y se las llevase al sultán,
tendría lo que quisiera. La otra es una piedra que nosotros los
lapidarios llamamos heliotropo, piedra de mucha mayor virtud, porque quien la
lleve encima, mientras la tenga no es de ninguna otra persona visto donde no
está.
Entonces Calandrino dijo:
- Grandes virtudes son
éstas; ¿pero esa segunda dónde se encuentra?
A quien Maso repuso que en el Muñone se solía encontrar. Dijo
Calandrino:
- ¿De qué tamaño es esa
piedra y qué color es el suyo?
Repuso Maso:
- Es de varios tamaños, que
alguna es mayor, alguna menor; pero todas son de color casi como negro.
Calandrino, habiendo todas estas cosas advertido para sí,
fingiendo tener otra cosa que hacer, se separó de Maso, y se propuso buscar
esta piedra; pero deliberó no hacerlo sin que lo supiesen Bruno y Buffalmacco,
a quienes especialísimamente amaba. Se dio, pues, a ir en su busca, para que
sin dilación y antes de ningún otro fueran a buscarlas, y todo el resto de
aquella mañana consumió buscándolos. Por último, siendo ya pasada la hora de
nona, acordándose de que trabajaban en el monasterio de las señoras de Faenza ,
aunque el calor fuese grandísimo, dejando toda otra ocupación, casi corriendo
se fue donde ellos, y llamándoles les dijo:
- Compañeros, si queréis
creerme podemos convertirnos en los hombres más ricos de Florencia, porque le
he oído a un hombre digno de fe que en el Muñone hay una piedra que quien la
lleva encima no es visto de nadie; por lo que me parece que sin tardanza, antes
que otra persona pueda ir, fuésemos a buscarla. Por cierto que la encontraremos, porque la conozco; y
cuando la hayamos encontrado, ¿qué tendremos que hacer sino meterla en la
escarcela e ir a las mesas de los cambistas, que sabéis que están siempre
cargadas de monedas de plata y de florines, y coger cuantos queramos? Nadie nos
verá: y así podremos enriquecernos súbitamente sin tener todo el santo día que
embadurnar los muros del modo que lo hace el caracol.
Bruno y Buffalmacco,
al oírle, empezaron a reírse por dentro; y mirándose el uno al otro pusieron
cara de maravillarse mucho y alabaron la idea de Calandrino; pero preguntó
Buffalmacco qué nombre tenía esta piedra. A Calandrino, que era de mollera dura, ya
se le había ido el nombre de la cabeza; por lo que respondió:
- ¿Qué nos importa el
nombre, puesto que sabemos la virtud? Yo diría que fuésemos a buscarla sin más
esperar.
- Pero bien - dijo Bruno -
, ¿cómo es?
Calandrino dijo:
- Las hay de distintas
formas, pero todas son casi negras; por lo que me parece que debemos coger
todas aquellas que veamos negras, hasta que lleguemos a ella; así que no
perdamos tiempo, vamos.
A quien Bruno dijo:
- Pero espera.
Y vuelto a Buffalmacco dijo:
- A mí me parece que
Calandrino dice bien; pero no me parece que sea hora de ello porque el sol está
alto y da dentro del Muñone y ha secado todas las piedras; por lo que tales de
ellas parecen ahora blancas, algunas que hay allí, que por la mañana, antes de
que el sol las haya secado, parecen negras; y además de ello, mucha gente por
diversas razones hay hoy, que es día laborable, en el Muñone, que, al vernos,
podrían adivinar lo que anduviéramos haciendo y tal vez hacerlo ellos también;
y podría venir a sus manos y nosotros habríamos perdido el santo por la
limosna. A mí me parece, si os parece a vosotros, que
éste es asunto de hacer por la mañana, que se distinguen mejor las negras de
las blancas, y en día festivo, que no habrá allí nadie que nos vea.
Buffalmacco alabó la
opinión de Bruno, y Calandrino concordó con ellos, y decidieron que el domingo
siguiente por la mañana irían los tres juntos a buscar aquella piedra; pero
sobre todas las cosas les rogó Calandrino que con nadie en el mundo hablasen de
aquello, porque a él se lo habían dicho en secreto. Y
hablando esto, les contó lo que había oído de la comarca de Bengodi, con
juramentos afirmando que era así.
Cuando Calandrino se separó de ellos, lo que sobre este asunto
iban a hacer lo arreglaron entre ellos.
Calandrino esperó con ansiedad el domingo por la mañana; venida la
cual, se levantó al salir el día y, llamando a sus compañeros, saliendo por la
puerta de San Gallo y bajando al Muñone, comenzaron a andar por él abajo,
buscando piedras. Calandrino iba, como más afanoso, delante y prestamente saltando
ora aquí ora allí, donde alguna piedra negra veía se arrojaba y cogiéndola se
la metía en el seno. Sus compañeros andaban detrás, y de vez en cuando una u
otra cogían; pero Calandrino no había andado mucho camino cuando tuvo el regazo
lleno; por lo que, alzándose las faldas del sayo, que no seguía la moda de
Hainaut , y haciendo con ellas una amplia halda, habiéndolo sujetado bien con
el cinturón por todas partes, no mucho después la llenó y semejantemente,
después de algún rato, haciendo halda de la capa, la llenó de piedras. Por lo
que, viendo Buffalmacco y Bruno que Calandrino estaba cargado y la hora de
comer se avecinaba, según lo establecido entre ellos, dijo Bruno a Buffalmacco:
- ¿Dónde está Calandrino?
Buffalmacco, que lo veía allí junto a ellos, volviéndose en torno,
y mirando acá y allá, repuso:
- No lo sé, pero hasta hace
un momento estaba aquí delante de nosotros.
Dijo Bruno:
- ¡Que hace poco! Me parece
estar seguro de que ahora está en casa almorzando y nos ha dejado a nosotros en
el frenesí de andar buscando las piedras negras por el Muñone abajo.
- ¡Ah!, qué bien ha hecho -
dijo entonces Buffalmacco - , burlándose de nosotros y dejándonos aquí, ya que
hemos sido tan tontos como para creerle. ¿Crees que habría alguien tan tonto
como nosotros que hubiera creído que en el Muñone iba a encontrarse una piedra
tan milagrosa?
Calandrino, al oír estas palabras, imaginó que aquella piedra
había llegado a sus manos y que, por la virtud de ella misma, aunque estuviese
él presente no lo veían. Contento, pues, sobremanera de tal suerte, sin
decirles nada, pensó en volver a su casa; y volviendo sobre sus pasos, comenzó
a irse. Viendo esto, Buffalmacco dijo a Bruno:
- ¿Qué hacemos nosotros? ¿Por
qué no nos vamos?
A quien Bruno respondió:
- Vámonos; pero juro a Dios
que Calandrino no me hace ni una más; y si estuviese junto a él como lo he
estado toda la mañana, le daría tal con este guijarro en el calcañar que se
acordaría un mes de esta broma.
Y decir estas palabras y estirar el brazo y darle a Calandrino con
el guijarro en el calcañar fue todo uno. Calandrino, sintiendo el dolor,
levantó el pie y comenzó a resoplar, pero luego se calló y se fue.
Buffalmacco, cogiendo uno de los guijos que recogido había, dijo a
Bruno:
- ¡Ah, mira el guijo: así
le diese ahora mismo en los riñones a Calandrino!
Y, soltándolo, le dio con él un gran golpe en los riñones; y en
resumen, de tal guisa, ahora con una palabra y ahora con otra, por el Muñone
arriba hasta la puerta de San Gallo lo fueron lapidando. Allí, arrojando al
suelo las piedras que habían recogido, un tanto se detuvieron con los guardias
aduaneros, los cuales, primero informados por ellos, fingiendo no verlo,
dejaron pasar a Calandrino con la mayor risa del mundo. El cual, sin pararse se
vino a su casa, la cual estaba junto al Canto della Macina; y tan favorable le
fue la fortuna a la burla que mientras Calandrino por el río se venía y luego
por la ciudad, nadie le dirigió la palabra, ya que encontró a pocos porque
todos estaban almorzando. Entró, así pues, Calandrino, tan cargado, en su casa.
Estaba por acaso su mujer (que tenía por nombre doña Tessa), mujer hermosa y
valerosa, arriba de la escalera, y un tanto enojada por su larga demora, y
viéndolo venir comenzó a decirle con reproches:
- ¡Ya, hermano, te trae el
diablo! Todo el mundo ha comido ya cuando tú vienes a comer.
Lo que oyendo Calandrino y viendo que lo veía, lleno de amargura y
de dolor comenzó a gritar:
- ¡Ay!, mala mujer, pues
eres tú, me has arruinado; pero por Dios que me las pagarás.
Y subiendo a una salita y descargadas allí las muchas piedras que
había recogido, furibundo corrió hacia su mujer y, cogiéndola por las trenzas,
la tiró al suelo, y allí, cuanto pudo mover los brazos y las piernas tantos
puñetazos y patadas le dio por todo el cuerpo, sin dejarle en la cabeza cabello
o hueso encima que machacado no estuviese, nada valiéndole pedir merced con los
brazos en cruz. Buffalmacco y Bruno, luego de que con los guardianes de la
puerta se hubieron reído un poco, con lento paso comenzaron un poco de lejos a
seguir a Calandrino; y llegados junto a su puerta, sintieron la feroz paliza
que a su mujer le daba, y fingiendo que llegaban entonces, le llamaron.
Calandrino, todo sudado, rojo y cansado, se asomó a la ventana y les rogó que
subiesen donde estaba él. Ellos, mostrándose un tanto enfadados, subieron
arriba y vieron la sala llena de piedras, y en uno de los rincones a la mujer
despeinada, toda lívida y golpeada en la cara, llorar dolorosamente; y por otra
parte Calandrino, desceñido y jadeante a guisa de hombre cansado, sentado. Y
luego de haber mirado un rato dijeron:
- ¿Qué es esto, Calandrino?
¿Quieres hacer un muro, que te vemos con tantas piedras?
Y además de esto,
añadieron:
- ¿Y doña Tessa qué tiene? Parece que le has pegado; ¿qué novedades son éstas?
Calandrino, cansado por el peso de las piedras y por la rabia con
que le había pegado a su mujer, y con el dolor de la fortuna que le parecía
haber perdido, no podía reunir aliento para pronunciar enteras las palabras de
su respuesta; por lo que, dándole tiempo, Buffalmacco recomenzó:
- Calandrino, si estabas
airado por algo, no debías por ello escarnecernos a nosotros; que, luego de que
nos indujiste a buscar contigo la piedra preciosa, sin decírselo a Dios ni al
diablo nos dejaste como a dos cabrones en el Muñone y te viniste, lo que
tenemos por muy gran maldad; pero por cierto que ésta va a ser la postrera que
vas a hacernos.
A estas palabras, Calandrino, esforzándose, repuso:
- Compañeros, no os
enfurezcáis: las cosas han sido de muy distinto modo del que pensabais. Yo,
desventurado, había encontrado aquella piedra; ¿y queréis saber si digo verdad?
Cuando primeramente os preguntasteis por mí el uno al otro, yo estaba a menos
de diez brazos de vosotros, y viendo que os acercabais y no me veíais, me fui
por delante de vosotros, y siguiendo un poco por delante siempre me he venido.
Y empezando por un extremo, hasta el final les contó lo que habían
hecho y dicho ellos, y les mostró la espalda y los calcañares cómo los habían
aderezado los guijarros, y luego siguió:
- Y os digo que, entrando
por la puerta con todas estas piedras en el seno que aquí veis, nada me dijeron
(que sabéis cuán desagradables y molestos suelen ser) los guardianes que
quieren mirar todo, y además de esto, he encontrado por la calle a muchos de
mis compadres y amigos, los cuales siempre suelen dirigirme algún saludo e
invitarme a beber, y no hubo ni uno que me dijese media palabra, como quienes
no me veían. Al final, llegando aquí a casa, este diablo de esta maldita mujer
se me puso delante y me vio, porque, como sabéis, las mujeres hacen perder la
virtud a todas las cosas; de lo que yo, que podía decirme el hombre más
venturoso de Florencia, he quedado el más desventurado: y por ello le he pegado
tanto cuanto he podido mover las manos y no sé qué, me detiene en cortarle las
venas, ¡que maldita sea la hora en que primero la vi y cuando vino a esta casa!
Y encendiéndose de nuevo en ira, quería levantarse para volver a
pegarle de nuevo. Buffalmacco y Bruno, oyendo estas cosas, ponían cara de
maravillarse mucho y con frecuencia confirmaban lo que Calandrino decía, y
sentían tan grandes ganas de reír que casi estallaban; pero viéndole furioso
levantarse para pegar otra vez a su mujer, saliendo a su encuentro lo
retuvieron diciéndole que de estas cosas ninguna culpa tenía su mujer, sino él
que sabiendo que las mujeres hacían perder su virtud a las cosas no le había
dicho que se guardase de ponérsele delante aquel día; de la cual precaución
Dios le había privado o porque la suerte no debía ser suya o porque tenía en el
ánimo engañar a sus compañeros, a los cuales, cuando se dio cuenta de haberla
encontrado debía descubrirla. Y luego de muchas palabras, no sin gran trabajo
reconciliando con él a la doliente mujer, y dejándolo melancólico en la casa
llena de piedras, se fueron.
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