NOVELA DÉCIMA
Una siciliana quita arteramente a un mercader lo que éste ha
llevado a Palermo, el cual, fingiendo haber vuelto con mucha más mercancía que
la primera vez, tomando de ella dineros prestados, le deja agua y borra .
Cuánto hizo reír a las señoras la historia de la reina en distintas
ocasiones, no hay que preguntarlo: no había ninguna allí a quien la
incontenible risa no le hubiese hecho venir a los ojos las lágrimas doce veces.
Pero luego que ella terminó, Dioneo, que sabía que a él le tocaba
el turno, dijo:
Graciosas señoras, manifiesta cosa es que tanto más gustan las
artimañas cuanto a artífice más apurado artificiosamente burlan. Y por ello,
aunque hermosísimas cosas todas hayáis contado, entiendo yo contaros una que
tanto más que algunas de las contadas deba agradar cuanto que quien en ella fue
burlada era mayor maestra en burlar a otros que fue ninguno de aquellos o de
aquellas de quienes habéis contado que fueron burlados.
Solía haber (y tal vez todavía la hay hoy) en todas las ciudades
marinas que tienen puerto, la costumbre de que todos los mercaderes que llegan
a ellas con sus mercancías, al descargarlas, todas las llevan a un almacén al
que en muchos lugares llaman aduana, que es del ayuntamiento o del señor de la
ciudad; y allí, dando a aquellos que están a su cargo, por escrito, toda la
mercancía y el precio de ésta, es dado por los dichos al mercader una bodega en
la cual pone su mercancía y la cierra con llave; y los dichos aduaneros luego
escriben en el libro de la aduana a cuenta del mercader toda su mercancía, haciéndose
luego pagar sus derechos por el mercader o de toda o de parte de la mercancía
que éste saque de la aduana. Y por este libro de
la aduana muchas veces se informan los corredores de la calidad y la cantidad
de las mercancías que hay allí, y también están allí los mercaderes que las
tienen, con quienes después ellos, según les viene a mano, hablan de los
cambios, los trueques, y de las ventas y de otros asuntos. La cual costumbre,
como en muchos otros lugares, la había en Palermo de Sicilia; donde también
había, y todavía hay, muchas mujeres de hermosísimo cuerpo pero enemigas de la
honestidad, las cuales, por quienes no las conocen serían y son tenidas por
grandes y honestísimas damas. Y estando dedicadas por completo no a
rasurar sino a desollar a los hombres, en cuánto ven a un mercader forastero
allí, en el libro de la aduana se informan de lo que tiene
y de cuanto puede ganar, y luego con sus placenteros y amorosos
actos y con palabras dulcísimas se ingenian en seducir y en atraer su amor; y
ya a muchos han atraído a quienes buena parte de sus mercancías han quitado de
las manos, y a bastantes toda ella; y de ellos ha habido quienes no sólo la
mercancía, sino también el navío y las carnes y los huesos les han dejado, tan
suavemente la barbera ha sabido pasarles la navaja. Ahora bien, no hace mucho
tiempo sucedió que aquí, mandado por sus maestros, llegó uno de nuestros
jóvenes florentinos llamado Niccolo de Cignano, aunque Salabaetto fuese
llamado, con tantas piezas de paño de lana que le habían entregado en la feria
de Salerno que podían valer unos quinientos florines de oro; y entregando la
tasa de ellos a los aduaneros, los metió en una bodega, y sin mostrar mucha
prisa en despacharlos, comenzó a irse algunas veces de diversión por la ciudad.
Y siendo él blanco y rubio y muy apuesto, y de muy gentil talle, sucedió que
una de estas mujeres barberas, que se hacía llamar madama Iancofiore, habiendo
algo oído de sus asuntos, le puso los ojos encima; de lo que apercibiéndose él,
estimando que ella era una gran señora, pensó que por su hermosura le agradaba,
y pensó en llevar muy cautamente este amor; y sin decir cosa alguna a nadie,
comenzó a pasear por delante de la casa de aquélla.
La cual, apercibiéndose, luego de que un tanto le hubo bien
inflamado con sus miradas, mostrando que se consumía por él, secretamente le
mandó una mujer de su servicio que óptimamente conocía el arte de la picardía,
la cual, casi con las lágrimas en los ojos, luego de muchas historias, le dijo
que con su hermosura y su amabilidad había conquistado a su señora de tal
manera que no encontraba reposo ni de día ni de noche; y por ello, cuando le
pluguiese, deseaba más que otra cosa poder encontrarse con él secretamente en
un baño; y después de esto, sacando un anillo de la bolsa, de parte de su
señora se lo dio. Salabaetto, al oír esto fue el hombre más alegre que nunca
hubo; y cogiendo el anillo y frotándose con él los ojos y luego besándolo, se
lo puso en el dedo y repuso a la buena mujer que, si madama Iancofiore le
amaba, que estaba bien retribuida porque él la amaba más que a su vida propia,
y que estaba dispuesto a ir donde a ella le fuese grato y a cualquier hora.
Vuelta, pues, la mensajera a su señora con esta respuesta, a Salabaetto le
dijeron enseguida en qué baño al día siguiente, después de vísperas, debía
esperarla; el cual, sin decir nada a nadie, prontamente a la hora ordenada allí
se fue, y encontró que la sala de baños había sido alquilada por la señora. Y
casi acababa de entrar en ella cuando aparecieron dos esclavas cargadas de
cosas: la una llevaba sobre la cabeza un grande y hermoso colchón de guata y la
otra un grandísimo cesto lleno de cosas; y extendiendo este colchón sobre un
catre en una alcoba de la sala, pusieron encima un par de sábanas sutilísimas
listadas de seda y luego un cobertor de blanquísimo cendal de Chipre con dos
almohadones bordados a maravilla; y después de esto, desnudándose y entrando en
el baño, lo lavaron y barrieron óptimamente. Y poco después la señora, seguida
por otras dos esclavas, vino al baño; donde ella, en cuanto pudo, hizo grandes
fiestas a Salabaetto, y luego de los mayores suspiros del mundo, después de que
mucho lo hubo abrazado y besado, le dijo:
- No sé quién hubiera
podido traerme a esto más que tú; que me has puesto fuego al arma, chiquillo
toscano.
Después de esto,
cuando ella quiso, los dos desnudos entraron en el baño, y con ellos dos de las
esclavas. Allí, sin dejar que nadie más le pusiera la mano encima, ella misma
con jabón almizclado y con uno perfumado con clavo, maravillosamente y bien
lavó por completo a Salabaetto, y luego se hizo lavar y refregar por sus
esclavas. Y hecho esto, trajeron las esclavas dos sábanas blanquísimas y
sutiles de las que salía tan grande olor a rosas que todo lo que había parecía
rosas; y una le envolvió en una a Salabaetto y la otra en la otra a la señora,
y cogiéndolos en brazos a los dos llevaron a la cama preparada. Y allí, luego
que hubieron dejado de sudar, quitándoles las esclavas aquellas sábanas, se
quedaron desnudos sobre las otras.
Y sacando del cesto
pomos de plata bellísimos y llenos cuál de agua de rosas, cuál de agua de
azahar, cuál de agua de flor de jazmines y cuál de aguanafa, todas aquellas
aguas derramaron; y luego, sacando cajas de dulces y preciadísimos vinos, un
tanto se confortaron. A Salabaetto le parecía estar en el paraíso; y mil veces
había mirado a aquélla, que con certeza era hermosísima, y cien años le parecía
cada hora para que las esclavas se fuesen y poder encontrarse en sus brazos.
Las cuales, después de que, por mandato de la señora, dejando una antorcha
encendida en la alcoba, se fueron de allí, ésta abrazó a Salabaetto y él a
ella; y con grandísimo placer de Salabaetto, a quien parecía que se derretía
por él, estuvieron una larga hora. Pero después de que a la señora le pareció
tiempo de levantarse, haciendo venir las esclavas, se vistieron, y de nuevo
bebiendo y comiendo dulces se reconfortaron un poco, y habiéndose lavado el
rostro y las manos con aquellas aguas odoríferas, y queriendo irse, dijo la
señora a Salabaetto:
- Si te agradase, me
parecería un favor grandísimo que esta noche vinieras a cenar conmigo y a
dormir.
Salabaetto, que ya de la hermosura y de las amables artimañas de
ella estaba preso, creyendo firmemente que era para ella como el corazón del
cuerpo amado, repuso:
- Señora, todo vuestro
gusto me es sumamente grato, y por ello tanto esta noche como siempre entiendo
hacer lo que os plazca y lo que por vos me sea ordenado.
Volviéndose, pues, la señora a casa, y haciendo bien adornar su
alcoba con sus ropas y sus enseres, y haciendo preparar de cenar
espléndidamente, esperó a Salabaetto; el cual, cuando se hizo algo oscuro, allá
se fue, y alegremente recibido, con gran fiesta y bien servido cenó con la
señora. Después, entrando en la alcoba, sintió allí un maravilloso olor de
madera de áloe y vio la cama adornadísima con pajarillos de Chipre, y muchas
buenas ropas colgando de las vigas; las cuales cosas, todas juntas y cada una
por sí sola le hicieron pensar que debía ser aquélla una grande y rica señora;
y por mucho que hubiese oído hablar sobre su vida y sus costumbres, no quería
creerlo por nada del mundo, y si llegaba a creer algo en que a alguno hubiese
burlado, por nada del mundo podía creer que esto pudiese pasarle a él. Con
grandísimo placer se acostó aquella noche con ella, inflamándose más cada vez.
Venida la mañana, le ciñó ella un hermoso y elegante cinturón de plata con una
bella bolsa, y le dijo así:
- Dulce Salabaetto mío, me
encomiendo a ti; y así como mi persona está a tu disposición, así está todo lo
que hay, y lo que yo puedo, a lo que gustes mandar.
Salabaetto, contento, besándola y abrazándola, salió de su casa y
fue a donde acostumbraban estar los demás mercaderes. Y yendo una vez y otra
con ella sin que le costase nada, y enviscándose cada día más, sucedió que
vendió sus paños al contante y con buenas ganancias; lo que la buena mujer no
por él, sino por otros supo incontinenti. Y habiendo ido Salabaetto a su casa
una tarde, comenzó ella a bromear y a retozar con él, y a besarlo y a
abrazarlo, mostrándose tan inflamada de amor que parecía que iba a morírsele en
los brazos; y quería darle dos bellísimas copas de plata que tenía, las cuales
Salabaetto no quería coger, como quien entre unas veces y otras bien había
recibido de ella lo que valdría sus treinta florines de oro sin haber podido
hacer que ella recibiera de él nada que llegase a valer un grueso. Al final,
habiéndole bien inflamado con el mostrarse inflamada y desprendida, una de sus
esclavas, tal como ella lo había preparado, la llamó; por lo que ella, saliendo
de la alcoba y estando fuera un poco, volvió dentro llorando, y echándose sobre
la cama boca abajo, comenzó a lanzar los mas dolorosos lamentos que jamás
lanzase mujer alguna.
Salabaetto maravillándose, la cogió en brazos y comenzó a llorar
con ella y a decirle:
- ¡Ah!, corazón de mi cuerpo, ¿qué tenéis tan
de repente?, ¿cuál es la razón de este dolor? ¡Ah, decídmelo, alma
mía!
Luego de que la mujer
se hubo hecho rogar bastante, dijo:
- ¡Ay, dulce señor mío! No sé qué hacer ni qué
decir. Acabo de recibir cartas de Mesina, y me escribe mi hermano que, aunque
debiese vender y empeñar todo lo que tengo, que sin falta le mande antes de
ocho días mil florines de oro y que si no le cortarán la cabeza; y yo no sé qué
puedo hacer para poder tenerlos tan rápidamente; que, si tuviese al menos
quince días de tiempo, encontraría el modo de proveerme de ellos de un lugar
donde debo tener muchos más, o vendería algunas de nuestras posesiones; pero no
pudiendo, querría estar muerta antes de que me llegase aquella mala noticia.
Y dicho esto, mostrándose grandemente atribulada, no dejaba de
llorar. Salabaetto, a quien las amorosas llamas habían quitado gran parte del
debido conocimiento, creyendo aquellas lágrimas veracísimas y las palabras de
amor más verdaderas, dijo:
- Señora, yo no podré
ofreceros mil, pero sí quinientos florines de oro, si creéis podérmelos
devolver de aquí a quince días; y vuestra ventura es que precisamente ayer
vendí mis paños: que, si no fuese así, no podría prestaros ni un grueso.
- ¡Ay! - dijo la mujer - ,
¿así que has sufrido incomodidad de dinero? ¿Por qué no me lo pedías? Porque si
no tenía mil sí tenía ciento y hasta doscientos para darte; me has quitado el
valor para aceptar el servicio que me ofreces.
Salabaetto, mucho más que apresado por estas palabras, dijo:
- Señora, por eso no quiero
que lo dejéis; que si tanto los hubiese necesitado como los necesitáis vos,
bien os los habría pedido.
- ¡Ay! - dijo la señora - ,
Salabaetto mío, bien sé que tu amor por mí es verdadero y perfecto cuando, sin
esperar a que te lo pidiese, con tan gran cantidad de dinero espontáneamente me
provees en tal necesidad.
Y con certeza era yo toda tuya sin esto, y con esto lo seré mucho
mayormente; y nunca dejaré de agradecerte la cabeza de mi hermano. Pero sabe
Dios que de mala gana la tomo considerando que eres mercader y que los
mercaderes necesitan el dinero para sus negocios; pero como me aprieta la
necesidad y tengo firme esperanza de devolvértelo pronto, lo cogeré, y por lo
que falta, si otro modo más rápido no encuentro, empeñaré todas estas cosas
mías.
Y dicho esto, derramando lágrimas, sobre el rostro de Salabaetto
se dejó caer. Salabaetto comenzó a consolarla; y pasando la noche con ella,
para mostrarse bien magnánimamente su servidor, sin esperar a que se lo pidiese
le llevó quinientos buenos florines de oro, los cuales ella, riendo con el
corazón y llorando con los ojos tomó, contentándose Salabaetto con una simple
promesa suya. En cuanto la mujer tuvo los dineros empezaron a mudar las
indicciones; y cuando antes la visita a la mujer era libre todas las veces que
a Salabaetto le agradaba, empezaron a aparecer razones por las cuales de siete
veces le sucedía no poder entrar ni una, ni le ponían la cara ni le hacían las
caricias ni las fiestas que antes. Y pasado en un mes y en dos el plazo (no ya
llegado) en que sus dineros debían serle devueltos, al pedirlos le daban
palabras en pago; por lo que, percatándose Salabaetto del engaño de la malvada
mujer y de su poco juicio, y conociendo que de aquello nada que pudiese serle
provechoso podía decir, como quien no tenía de ello escritura ni testimonio, y
avergonzándose de lamentarse con nadie, tanto porque le habían prevenido antes
como por las burlas que merecidamente por su brutalidad le vendrían de ello,
sobremanera doliente, consigo mismo lloraba su necedad. Y habiendo recibido
muchas cartas de sus maestros para que cambiase aquellos dineros y se los
mandase, para que, por hacerlo no fuese descubierta su culpa, deliberó irse, y
montándose en un barquito, no a Pisa como debía, sino a Nápoles se vino. Estaba
allí en aquel tiempo nuestro compadre Pietro del Canigiano , tesorero de madama
la emperatriz de Constantinopla, hombre de gran talento y sutil ingenio,
grandísimo amigo de Salabaetto y de los suyos; con el cual, como persona
discretísima, lamentándose Salabaetto luego de algunos días, le contó lo que
había hecho y su
desdichada aventura, y le pidió ayuda y consejo para poder allí
ganarse la vida afirmando que nunca entendía volver a Florencia. Canigiano,
entristecido por estas cosas, dijo:
- Mal has hecho, mal te has
portado, mal has obedecido a tus maestros, demasiado dinero de un golpe has
gastado en molicies; pero ¿qué? Está hecho, y hay que
pensar en otra cosa.
Y como hombre avisado prestamente hubo pensado lo que había que
hacer y se lo dijo a Salabaetto; al cual, gustándole el plan, se lanzó a la
aventura de seguirlo. Y teniendo algún dinero y habiéndole prestado Canigiano
un poco, mandó hacer varios embalajes bien atados y bien ligados, y comprar
veinte toneles de aceite y llenarlos, y cargando con todo ello se volvió a
Palermo; y entregando la relación de los embalajes a los aduaneros y
semejantemente la de los toneles, y haciendo anotar todas las cosas a su cuenta,
las metió en las bodegas, diciendo que hasta que otra mercancía que estaba
esperando no llegase no quería tocar aquélla. Iancofiore, habiéndose enterado
de esto y oyendo que valía bien dos mil florines de oro o más, aquello que al
presente había traído, sin contar lo que esperaba, que valía más de tres mil,
pareciéndole que había apuntado a poco, pensó en restituirle los quinientos
para poder tener la mayor parte de los cinco mil; y mandó a buscarle.
Salabaetto, ya con malicia, allí fue; al cual ella, fingiendo no saber nada de
lo que había traído, hizo maravillosa acogida, y dijo:
- Aquí tienes, si te habías
enojado conmigo porque no te devolví en el plazo preciso tu dinero...
Salabaetto se echó a reír y dijo:
- Señora, en verdad me
desagradó un poco, como que me hubiese arrancado el corazón para dároslo si
creyese que os habría complacido con ello; pero quiero que sepáis lo enojado
que estoy con vos. Es tanto y tal el amor que os tengo que he hecho vender la
mayor parte de mis posesiones, y ahora he traído aquí tanta mercancía que vale
más de dos mil florines, y espero de Occidente tanta que valdrá más de tres
mil, y quiero hacer en esta ciudad un almacén y quedarme aquí para estar
siempre cerca de vos, pareciéndome que estoy mejor con vuestro amor que creo
que nadie pueda estar con el suyo.
A quien la mujer dijo:
- Mira, Salabaetto, todo
este arreglo tuyo me place mucho, como de quien amo más que a mi vida, y me
place mucho que hayas vuelto con intención de quedarte porque espero pasar
todavía muchos buenos ratos contigo; pero quiero excusarme un poco porque, en
aquellos tiempos en que te fuiste algunas veces quisiste venir y no pudiste, y
algunas viniste y no fuiste tan alegremente recibido como solías, y además de
esto, de que en el plazo convenido no te devolví tu dinero. Debes saber que
entonces estaba yo en grandísima aflicción; y quien está en tal estado, por
mucho que ame a otro no le puede poner tan buena cara ni atender aun a él como
quisiera; y además debes saber que es muy penoso a una mujer poder encontrar
mil florines de oro, y todos los días le dicen mentiras y no se cumple lo que
se ha prometido, y por esto necesitamos también nosotras mentir a los demás; y
de ahí viene, y no de otro defecto, que yo no te devolviese tu dinero. Pero lo
tuve poco después de tu partida y si hubiera sabido dónde mandártelo ten por
cierto que te lo habría hecho mandar; pero como no lo supe, te lo he guardado.
Y haciéndose traer una bolsa donde estaban aquellos mismos que él
le había dado, se la puso en la mano y dijo:
- Cuenta si son quinientos.
Salabaetto nunca se sintió tan contento, y contándolos y viendo
que eran quinientos, y volviéndolos a guardar, dijo:
- Señora, sé que decís
verdad, pero bastante habéis hecho; y os digo que por ello y por el amor que os
tengo nunca solicitaríais de mí para cualquiera necesidad vuestra una cantidad
que pudiese yo dar que no os la diera; y en cuanto me haya establecido podréis
probarme en ello.
Y de esta guisa restablecido con ella el amor en palabras, comenzó
de nuevo Salabaetto a frecuentarla galantemente, y ella a darle los mayores
gustos y hacerle los mayores honores del mundo, y mostrarle el mayor amor. Pero
Salabaetto, queriendo con su engaño castigar el engaño que ella le había hecho,
habiéndole ella invitado un día para que fuese a cenar y a dormir con ella, fue
tan melancólico y tan triste que parecía que quisiera morirse. Iancofiore,
abrazándolo y besándolo, comenzó a preguntarle que por qué tenía aquella
melancolía. Él, luego de que un
buen rato se había hecho rogar, dijo:
- Estoy arruinado, porque el barco en que está
la mercancía que yo esperaba ha sido apresado por los corsarios de Mónaco y
para rescatarlo se necesitan diez mil florines de oro, de los cuales yo tengo
que pagar mil; y no tengo un dinero porque los quinientos que me devolviste los
mandé incontinenti a Nápoles para invertirlos en telas que traer aquí. Y si
quisiera ahora vender la mercancía que tengo aquí, como no es la temporada
apenas me darán un dinero por dos géneros; y todavía no soy aquí lo bastante
conocido para que encuentre quien me preste, y por ello no sé qué decir ni qué
hacer; y si no mando pronto los dineros me llevarán a Mónaco la mercancía y
nunca más la recuperaré.
La mujer, muy contrariada por esto, como a quien le parecía perder
todo, pensando qué podía ella hacer para que no fuese a Mónaco, dijo:
- Dios sabe lo que me duele
por amor tuyo; ¿pero de qué sirve atribularse tanto? Si yo tuviese esos dineros
sabe Dios que te los prestaría incontinenti, pero no los tengo; es verdad que
hay una persona que hace tiempo me proveyó de quinientos que me faltaban, pero
con fuerte usura, que no quiere menos de a razón de treinta por cien; si de esa
tal persona los quisieras, necesitarías de garantía un buen empeño; y en cuanto
a mí yo estoy dispuesta a empeñar todas estas ropas y mi persona por cuanto
quieran prestarme, para poder servirte, pero el remanente, ¿cómo lo
asegurarías?
Vio Salabaetto la razón que movía a ésta a hacerle tal servicio y
se percató de que de ella debían ser los dineros prestados; lo que,
placiéndole, primero se lo agradeció y luego dijo que ya por grueso interés no
lo dejaría, pues le apretaba la necesidad; y luego dijo que lo aseguraría con
la mercancía que tenía en la aduana, haciéndola escribir a nombre de quien el dinero
le prestase, pero que quería conservar la llave de la bodega, tanto para poder
mostrar su mercancía si se lo pedían como para que nada le pudiera ser tocado
ni permutado ni cambiado. La mujer dijo que esto estaba bien dicho y era muy
buena garantía; y por ello, al venir el día mandó a buscar a un corredor de
quien se fiaba mucho y hablando con él sobre este asunto le dio mil florines de
oro, los cuales el corredor prestó a Salabaetto, e hizo inscribir a su nombre
lo que Salabaetto tenía dentro, y habiendo hecho sus escrituras y
contraescrituras juntos, y quedando en concordia, se fueron a sus demás
asuntos. Salabaetto, lo antes que pudo, subiendo a un barquito, con mil
quinientos florines de oro se fue a ver a Pietro del Canigiano a Nápoles, y
desde allí les mandó una fiel y completa cuenta a Florencia a sus maestros, los
que le habían enviado con los paños; y pagando a Pietro y a cualquiera otro a
quien debiese algo, muchos días con Canigiano lo pasó bien con el engaño hecho
a la siciliana; después, de allí, no queriendo ya ser mercader, se vino a
Ferrara. Iancofiore, no encontrando a Salabaetto en Palermo empezó a asombrarse
y entró en sospechas; y luego de que le hubo esperado unos buenos dos meses,
viendo que no venía, hizo que el corredor mandase desclavar las bodegas. Y
primeramente examinando los toneles que se creía que estaban llenos de aceite,
encontró que estaban llenos de agua del mar, habiendo en cada uno como un
barril de aceite encima, junto a la boca; luego, desatando los embalajes, todos
menos dos, que eran paños, llenos los encontró de borra; y en breve, entre todo
lo que había no valía más de doscientos florines; por lo que Iancofiore,
sintiéndose burlada, largamente lloró los quinientos florines devueltos y mucho
más los mil prestados, diciendo muchas veces:
- Quien trata con toscano
no puede ser cegato.
Y así, quedándose con la pérdida y las burlas, se encontró con que
tan listos eran el uno como el otro.
|