NOVELA PRIMERA
El seor Cepparello engaña a un santo fraile con una falsa
confesión y muere después, y habiendo sido un hombre malvado en vida, es,
muerto, reputado por santo y llamado San Ciapelletto.
Conviene, carísimas señoras, que a todo lo que el hombre hace le
dé principio con el nombre de Aquél que fue de todos hacedor; por lo que,
debiendo yo el primero dar comienzo a nuestro novelar, entiendo comenzar con
uno de sus maravillosos hechos para que, oyéndolo, nuestra esperanza en él como
en cosa inmutable se afirme, y siempre sea por nosotros alabado su nombre.
Manifiesta cosa es
que, como las cosas temporales son todas transitorias y mortales, están en sí y
por fuera de sí llenas de dolor, de angustia y de fatiga, y sujetas a infinitos
peligros; a los cuales no podremos nosotros sin algún error, los que vivimos
mezclados con ellas y somos parte de ellas, resistir ni hacerles frente, si la
especial gracia de Dios no nos presta fuerza y prudencia. La cual, a nosotros y
en nosotros no es de creer que descienda por mérito alguno nuestro, sino por su
propia benignidad movida y por las plegarias impetradas de aquellos que, como
lo somos nosotros, fueron mortales y, habiendo seguido bien sus gustos mientras
tuvieron vida, ahora se han transformado con él en eternos y bienaventurados; a
los cuales nosotros mismos, como a procuradores informados por experiencia de
nuestra fragilidad, y tal vez no atreviéndonos a mostrar nuestras plegarias
ante la vista de tan grande juez, les rogamos por las cosas que juzgamos
oportunas. Y aún más en Él, lleno de piadosa liberalidad hacia nosotros,
señalemos que, no pudiendo la agudeza de los ojos mortales traspasar en modo
alguno el secreto de la divina mente, a veces sucede que, engañados por la
opinión, hacemos procuradores ante su majestad a gentes que han sido arrojadas
por Ella al eterno exilio; y no por ello Aquél a quien ninguna cosa es oculta
(mirando más a la pureza del orante que a su ignorancia o al exilio de aquél a
quien le ruega) como si fuese bienaventurado ante sus ojos, deja de escuchar a
quienes le ruegan. Lo que podrá aparecer manifiestamente en
la novela que entiendo contar: manifiestamente, digo, no el juicio de Dios sino
el seguido por los hombres.
Se dice, pues, que habiéndose Musciatto Franzesi convertido, de
riquísimo y gran mercader en Francia, en caballero, y debiendo venir a Toscana
con micer Carlos Sin Tierra , hermano del rey de Francia, que fue llamado y
solicitado por el papa Bonifacio, dándose cuenta de que sus negocios estaban,
como muchas veces lo están los de los mercaderes, muy intrincados acá y allá, y
que no se podían de ligero ni súbitamente desintrincar, pensó encomendarlos a
varias personas, y para todos encontró cómo; fuera de que le quedó la duda de a
quién dejar pudiese capaz de rescatar los créditos hechos a varios borgoñones.
Y la razón de la duda era saber que los borgoñones son litigiosos
y de mala condición y desleales, y a él no le venía a la cabeza quién pudiese
haber tan malvado en quien pudiera tener alguna confianza para que pudiese
oponerse a su perversidad. Y después de haber estado pensando largamente en
este asunto, le vino a la memoria un seor Cepparello de Prato que muchas veces
se hospedaba en su casa de París, que porque era pequeño de persona y muy
acicalado, no sabiendo los franceses qué quería decir Cepparello, y creyendo
que vendría a decir capelo, es decir, guirnalda, como en su romance, porque era
pequeño como decimos, no Chapelo, sino Ciappelletto le llamaban: y por
Ciappelletto era conocido en todas partes, donde pocos como Cepparello le
conocían. Era este Ciappelletto de esta vida: siendo notario, sentía grandísima
vergüenza si alguno de sus instrumentos (aunque fuesen pocos) no fuera falso;
de los cuales hubiera hecho tantos como le hubiesen pedido gratuitamente, y con
mejor gana que alguno de otra clase muy bien pagado.
Declaraba en falso con sumo gusto, tanto si se le pedía como si
no; y dándose en aquellos tiempos en Francia grandísima fe a los juramentos, no
preocupándose por hacerlos falsos, vencía malvadamente en tantas causas cuantas
le pidiesen que jurara decir verdad por su fe.
Tenía otra clase de placeres (y mucho se empeñaba en ello) en
suscitar entre amigos y parientes y cualesquiera otras personas, males y
enemistades y escándalos, de los cuales cuantos mayores males veía seguirse,
tanta mayor alegría sentía. Si se le invitaba a algún homicidio o a cualquier
otro acto criminal, sin negarse nunca, de buena gana iba y muchas veces se
encontró gustosamente hiriendo y matando hombres con las propias manos. Gran
blasfemador era contra Dios y los santos, y por cualquier cosa pequeña, como
que era iracundo más que ningún otro. A la iglesia no iba jamás, y a todos sus
sacramentos como a cosa vil escarnecía con abominables palabras; y por el
contrario las tabernas y los otros lugares deshonestos visitaba de buena gana y
los frecuentaba. A las mujeres era tan aficionado como lo son los perros al
bastón, con su contrario más que ningún otro hombre flaco se deleitaba. Habría
hurtado y robado con la misma conciencia con que oraría un santo varón.
Golosísimo y gran bebedor hasta a veces sentir repugnantes náuseas; era solemne
jugador con dados trucados.
Mas ¿por qué me
alargo en tantas palabras? Era el peor hombre, tal vez, que nunca hubiese
nacido. Y su maldad largo tiempo la sostuvo el poder y la autoridad de micer
Musciatto, por quien muchas veces no sólo de las personas privadas a quienes
con frecuencia injuriaba sino también de la justicia, a la que siempre lo
hacía, fue protegido.
Venido, pues, este seor Cepparello a la memoria de micer
Musciatto, que conocía óptimamente su vida, pensó el dicho micer Musciatto que
éste era el que necesitaba la maldad de los borgoñones; por lo que, llamándole,
le dijo así:
- Seor Ciappelletto, como
sabes, estoy por retirarme del todo de aquí y, teniendo entre otros que
entenderme con los borgoñones, hombres llenos de engaño, no sé quién pueda
dejar más apropiado que tú para rescatar de ellos mis bienes; y por ello, como
tú al presente nada estás haciendo, si quieres ocuparte de esto entiendo
conseguirte el favor de la corte y darte aquella parte de lo que rescates que
sea conveniente.
Seor Cepparello, que se veía desocupado y mal provisto de bienes
mundanos y veía que se iba quien su sostén y auxilio había sido durante mucho
tiempo, sin ningún titubeo y como empujado por la necesidad se decidió sin
dilación alguna, como obligado por la necesidad y dijo que quería hacerlo de
buena gana. Por lo que, puestos de acuerdo, recibidos por seor Ciappelletto los
poderes y las cartas credenciales del rey, partido micer Musciatto, se fue a
Borgoña donde casi nadie le conocía: y allí de modo extraño a su naturaleza,
benigna y mansamente empezó a rescatar y hacer aquello a lo que había ido, como
si reservase la ira para el final. Y haciéndolo así, hospedándose en la casa de
dos hermanos florentinos que prestaban con usura y por amor de micer Musciatto
le honraban mucho, sucedió que enfermó, con lo que los dos hermanos hicieron
prestamente venir médicos y criados para que le sirviesen en cualquier cosa
necesaria para recuperar la salud.
Pero toda ayuda era vana porque el buen hombre, que era ya viejo y
había vivido desordenadamente, según decían los médicos iba de día en día de
mal en peor como quien tiene un mal de muerte; de lo que los dos hermanos mucho
se dolían y un día, muy cerca de la alcoba en que seor Ciappelletto yacía
enfermo, comenzaron a razonar entre ellos.
- ¿Qué haremos de éste? -
decía el uno al otro - . Estamos por su causa en una situación pésima porque
echarlo fuera de nuestra casa tan enfermo nos traería gran tacha y sería signo
manifiesto de poco juicio al ver la gente que primero lo habíamos recibido y
después hecho servir y medicar tan solícitamente para ahora, sin que haya
podido hacer nada que pudiera ofendernos, echarlo fuera de nuestra casa tan
súbitamente, y enfermo de muerte. Por otra parte, ha sido un hombre tan malvado
que no querrá confesarse ni recibir ningún sacramento de la Iglesia y, muriendo
sin confesión, ninguna iglesia querrá recibir su cuerpo y será arrojado a los
fosos como un perro. Y si por el contrario se confiesa, sus pecados son tantos
y tan horribles que no los habrá semejantes y ningún fraile o cura querrá ni
podrá absolverle; por lo que, no absuelto, será también arrojado a los fosos
como un perro. Y si esto sucede, el pueblo de esta tierra, tanto por nuestro
oficio (que les parece inicuo y al que todo el tiempo pasan maldiciendo) como
por el deseo que tiene de robarnos, viéndolo, se amotinará y gritará: «Estos
perros lombardos a los que la iglesia no quiere recibir no pueden sufrirse
más», y correrán en busca de nuestras arcas y tal vez no solamente nos roben
los haberes sino que pueden quitarnos también la vida; por lo que de cualquiera
guisa estamos mal si éste se muere.
Seor Ciappelletto, que, decimos, yacía allí cerca de donde éstos
estaban hablando, teniendo el oído fino, como la mayoría de las veces pasa a
los enfermos, oyó lo que estaban diciendo y los hizo llamar y les dijo:
- No quiero que temáis por
mí ni tengáis miedo de recibir por mi causa algún daño; he oído lo que habéis
estado hablando de mí y estoy certísimo de que sucedería como decís si así como
pensáis anduvieran las cosas; pero andarán de otra manera. He hecho, viviendo,
tantas injurias al Señor Dios que por hacerle una más a la hora de la muerte
poco se dará. Y por ello, procurad hacer venir un fraile santo y valioso lo más
que podáis, si hay alguno que lo sea, y dejadme hacer, que yo concertaré firmemente
vuestros asuntos y los míos de tal manera que resulten bien y estéis contentos.
Los dos hermanos, aunque no sintieron por esto mucha esperanza, no
dejaron de ir a un convento de frailes y pidieron que algún hombre santo y
sabio escuchase la confesión de un lombardo que estaba enfermo en su casa; y
les fue dado un fraile anciano de santa y de buena vida, y gran maestro de la
Escritura y hombre muy venerable, a quien todos los ciudadanos tenían en
grandísima y especial devoción, y lo llevaron con ellos. El cual, llegado a la
cámara donde el seor Ciappelletto yacía, y sentándose a su lado empezó primero
a confortarle benignamente y le preguntó luego que cuánto tiempo hacía que no
se había confesado. A lo que el seor Ciappelletto, que nunca se había confesado,
respondió:
- Padre mío, mi costumbre
es de confesarme todas las semanas al menos una vez; sin lo que son bastantes
las que me confieso más; y la verdad es que, desde que he enfermado, que son
casi ocho días, no me he confesado, tanto es el malestar que con la enfermedad
he tenido.
Dijo entonces el
fraile:
- Hijo mío, bien has hecho, y así debes hacer
de ahora en adelante; y veo que si tan frecuentemente te confiesas, poco
trabajo tendré en escucharte y preguntarte.
Dijo seor Ciappelletto:
- Señor fraile, no digáis
eso; yo no me he confesado nunca tantas veces ni con tanta frecuencia que no
quisiera hacer siempre confesión general de todos los pecados que pudiera
recordar desde el día en que nací hasta el que me haya confesado; y por ello os
ruego, mi buen padre, que me preguntéis tan menudamente de todas las cosas como
si nunca me hubiera confesado, y no tengáis compasión porque esté enfermo, que
más quiero disgustar a estas carnes mías que, excusándolas, hacer cosa que
pudiese resultar en perdición de mi alma, que mi Salvador rescató con su
preciosa sangre.
Estas palabras gustaron mucho al santo varón y le parecieron señal
de una mente bien dispuesta; y luego que al seor Ciappelletto hubo alabado
mucho esta práctica, empezó a preguntarle si había alguna vez pecado
lujuriosamente con alguna mujer. A lo que seor Ciappelletto respondió
suspirando:
- Padre, en esto me
avergüenzo de decir la verdad temiendo pecar de vanagloria.
A lo que el santo fraile dijo:
- Dila con tranquilidad,
que por decir la verdad ni en la confesión ni en otro caso nunca se ha pecado.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
- Ya que lo queréis así, os
lo diré: soy tan virgen como salí del cuerpo de mi madre.
- ¡Oh, bendito seas de Dios! - dijo el fraile
- , ¡qué bien has hecho! Y al hacerlo has tenido tanto más mérito cuando, si
hubieras querido, tenías más libertad de hacer lo contrario que tenemos
nosotros y todos los otros que están constreñidos por alguna regla.
Y luego de esto, le preguntó si había desagradado a Dios con el
pecado de la gula. A lo que, suspirando mucho, seor Ciappelletto contestó que
sí y muchas veces; porque, como fuese que él, además de los ayunos de la
cuaresma que las personas devotas hacen durante el año, todas las semanas
tuviera la costumbre de ayunar a pan y agua al menos tres días, se había bebido
el agua con tanto deleite y tanto gusto y especialmente cuando había sufrido
alguna fatiga por rezar o ir en peregrinación, como los grandes bebedores hacen
con el vino. Y muchas veces había deseado comer aquellas ensaladas de hierbas
que hacen las mujeres cuando van al campo, y algunas veces le había parecido
mejor comer que le parecía que debiese parecerle a quien ayuna por devoción
como él ayunaba. A lo que el fraile dijo:
- Hijo mío, estos pecados son naturales y son
asaz leves, y por ello no quiero que te apesadumbres la conciencia más de lo
necesario. A todos los hombres sucede que les parezca bueno comer después de
largo ayuno, y, después del cansancio, beber.
- ¡Oh! - dijo seor Ciappelletto - , padre mío,
no me digáis esto por confortarme; bien sabéis que yo sé que las cosas que se
hacen en servicio de Dios deben hacerse limpiamente y sin ninguna mancha en el
ánimo: y quien lo hace de otra manera, peca.
El fraile, contentísimo, dijo:
- Y yo estoy contento de que así lo entiendas
en tu ánimo, y mucho me place tu pura y buena conciencia. Pero
dime, ¿has pecado de avaricia deseando más de lo conveniente y teniendo lo que
no debieras tener?
A lo que seor Ciappelletto dijo:
- Padre mío, no querría que
sospechaseis de mí porque estoy en casa de estos usureros: yo no tengo parte
aquí sino que había venido con la intención de amonestarles y reprenderles y
arrancarles a este abominable oficio; y creo que habría podido hacerlo si Dios
no me hubiese visitado de esta manera. Pero debéis de saber que mi padre me
dejó rico, y de sus haberes, cuando murió, di la mayor parte por Dios; y luego,
por sustentar mi vida y poder ayudar a los pobres de Cristo, he hecho mis
pequeños mercadeos y he deseado tener ganancias de ellos, y siempre con los
pobres de Dios lo que he ganado lo he partido por medio, dedicando mi mitad a
mis necesidades, dándole a ellos la otra mitad; y en ello me ha ayudado tan
bien mi Creador que siempre de bien en mejor han ido mis negocios.
- Has hecho bien - dijo el
fraile - , pero ¿con cuánta frecuencia te has dejado llevar por la ira?
- ¡Oh! - dijo seor
Ciappelletto - , eso os digo que muchas veces lo he hecho. ¿Y quién podría
contenerse viendo todo el día a los hombres haciendo cosas sucias, no observar
los mandamientos de Dios, no temer sus juicios? Han sido muchas veces al día
las que he querido estar mejor muerto que vivo al ver a los jóvenes ir tras
vanidades y oyéndolos jurar y perjurar, ir a las tabernas, no visitar las
iglesias y seguir más las vías del mundo que las de Dios.
Dijo entonces el fraile:
- Hijo mío, ésta es una ira
buena y yo en cuanto a mí no sabría imponerte por ella penitencia. Pero ¿por
acaso no te habrá podido inducir la ira a cometer algún homicidio o a decir
villanías de alguien o a hacer alguna otra injuria?
A lo que el seor Ciappelletto respondió:
- ¡Ay de mí, señor!, vos que me parecéis
hombre de Dios, ¿cómo decís estas palabras? Si yo hubiera podido tener aún un
pequeño pensamiento de hacer alguna de estas cosas, ¿creéis que crea que Dios
me hubiese sostenido tanto? Eso son cosas que hacen los asesinos y los
criminales, de los que, siempre que alguno he visto, he dicho siempre: «Ve con
Dios que te convierta».
Entonces dijo el
fraile:
- Ahora dime, hijo mío, que bendito seas de Dios,
¿alguna vez has dicho algún falso testimonio contra alguien, o dicho mal de
alguien o quitado a alguien cosas sin consentimiento de su dueño?
- Ya, señor, sí - repuso seor Ciappelletto -
que he dicho mal de otro, porque tuve un vecino que con la mayor sinrazón del
mundo no hacía más que golpear a su mujer tanto que una vez hablé mal de él a
los parientes de la mujer, tan gran piedad sentí por aquella pobrecilla que él,
cada vez que había bebido de más, zurraba como Dios os diga.
Dijo entonces el fraile:
- Ahora bien, tú me has dicho que has sido
mercader: ¿has engañado alguna vez a alguien como hacen los mercaderes?
- Por mi fe - dijo seor Ciappelletto - ,
señor, sí, pero no sé quiénes eran: sino que habiéndome dado uno dineros que me
debía por un paño que le había vendido, y yo puéstolos en un cofre sin
contarlos, vine a ver después de un mes que eran cuatro reales más de lo que
debía ser por lo que, no habiéndolo vuelto a ver y habiéndolos conservado un
año para devolvérselos, los di por amor de Dios.
Dijo el fraile:
- Eso fue poca cosa e hiciste bien en hacer lo
que hiciste.
Y después de esto
preguntóle el santo fraile sobre muchas otras cosas, sobre las cuales dio
respuesta en la misma manera. Y queriendo él proceder ya a la
absolución, dijo seor Ciappelletto:
- Señor mío, tengo todavía
algún pecado que aún no os he dicho. - El fraile le preguntó cuál, y dijo - :
Me acuerdo que hice a mi criado, un sábado después de nona, barrer la casa y no
tuve al santo día del domingo la reverencia que debía.
- ¡Oh! - dijo el fraile - ,
hijo mío, ésa es cosa leve.
- No - dijo seor
Ciappelletto - , no he dicho nada leve, que el domingo mucho hay que honrar
porque en un día así resucitó de la muerte a la vida Nuestro Señor.
Dijo entonces el fraile:
- ¿Alguna cosa más has
hecho?
- Señor mío, sí - respondió
seor Ciappelletto - , que yo, no dándome cuenta, escupí una vez en la iglesia
de Dios.
El fraile se echó a reír, y dijo:
- Hijo mío, ésa no es cosa
de preocupación: nosotros, que somos religiosos, todo el día escupimos en ella.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
- Y hacéis gran villanía,
porque nada conviene tener tan limpio como el santo templo, en el que se rinde
sacrificio a Dios.
Y en breve, de tales hechos le dijo muchos, y por último empezó a
suspirar y a llorar mucho, como quien lo sabía hacer demasiado bien cuando
quería. Dijo el santo fraile:
- Hijo mío, ¿qué te pasa?
Repuso seor Ciappelletto:
- ¡Ay de mí, señor! Que
me ha quedado un pecado del que nunca me he confesado, tan grande vergüenza me
da decirlo, y cada vez que lo recuerdo lloro como veis, y me parece muy cierto
que Dios nunca tendrá misericordia de mí por este pecado.
Entonces el santo fraile dijo:
- ¡Bah, hijo! ¿Qué estás
diciendo? Si todos los pecados que han hecho todos los hombres del mundo, y que
deban hacer todos los hombres mientras el mundo dure, fuesen todos en un hombre
solo, y éste estuviese arrepentido y contrito como te veo, tanta es la
benignidad y la misericordia de Dios que, confesándose éste, se los perdonaría
liberalmente; así, dilo con confianza.
Dijo entonces seor Ciappelletto, todavía llorando mucho:
- ¡Ay de mí, padre mío! El
mío es demasiado grande pecado, y apenas puedo creer, si vuestras plegarias no
me ayudan, que me pueda ser por Dios perdonado.
A lo que le dijo el fraile:
- Dilo con confianza, que
yo te prometo pedir a Dios por ti.
Pero seor Ciappelletto lloraba y no lo decía y el fraile le
animaba a decirlo. Pero luego de que seor Ciappelletto llorando un buen rato
hubo tenido así suspenso al fraile, lanzó un gran suspiro y dijo:
- Padre mío, pues que me
prometéis rogar a Dios por mí, os lo diré: sabed que, cuando era pequeñito,
maldije una vez a mi madre.
Y dicho esto, empezó de nuevo a llorar fuertemente. Dijo el fraile:
- ¡Ah, hijo mío! ¿Y
eso te parece tan gran pecado? Oh, los hombres blasfemamos contra Dios todo el
día y si Él perdona de buen grado a quien se arrepiente de haber blasfemado,
¿no crees que vaya a perdonarte esto? No llores, consuélate, que por seguro si
hubieses sido uno de aquellos que le pusieron en la cruz, teniendo la
contrición que te veo, te perdonaría Él.
Dijo entonces seor Ciappelletto:
- ¡Ay de mí, padre mío!
¿Qué decís? La dulce madre mía
que me llevó en su cuerpo nueve meses día y noche, y me llevó en brazos más de
cien veces. ¡Mucho mal hice al maldecirla, y pecado muy grande es; y si no
rogáis a Dios por mí, no me será perdonado!
Viendo el fraile que nada le quedaba por decir al seor
Ciappelletto, le dio la absolución y su bendición teniéndolo por hombre
santísimo, como quien totalmente creía ser cierto lo que seor Ciappelletto
había dicho: ¿y quién no lo hubiera creído viendo a un hombre en peligro de
muerte confesándose decir tales cosas? Y después, luego de todo esto, le dijo:
- Señor Ciappelletto, con
la ayuda de Dios estaréis pronto sano; pero si sucediese que Dios a vuestra
bendita y bien dispuesta alma llamase a sí, ¿os placería que vuestro cuerpo
fuese sepultado en nuestro convento?
A lo que seor Ciappelletto repuso:
- Señor, sí, que no querría
estar en otro sitio, puesto que vos me habéis prometido rogar a Dios por mí,
además de que yo he tenido siempre una especial devoción por vuestra orden; y
por ello os ruego que, en cuanto estéis en vuestro convento, haced que venga a
mí aquel veracísimo cuerpo de Cristo que vos por la mañana consagráis en el
altar, porque aunque no sea digno, entiendo comulgarlo con vuestra licencia, y
después la santa y última unción para que, si he vivido como pecador, al menos
muera como cristiano.
El santo hombre dijo
que mucho le agradaba y él decía bien, y que haría que de inmediato le fuese
llevado; y así fue.
Los dos hermanos, que
temían mucho que seor Ciappelletto les engañase, se habían puesto junto a un
tabique que dividía la alcoba donde seor Ciappelletto yacía de otra y,
escuchando, fácilmente oían y entendían lo que seor Ciappelletto al fraile
decía; y sentían algunas veces tales ganas de reír, al oír las cosas que le
confesaba haber hecho, que casi estallaban, y se decían uno al otro: ¿qué
hombre es éste, al que ni vejez ni enfermedad ni temor de la muerte a que se ve
tan vecino, ni aún de Dios, ante cuyo juicio espera tener que estar de aquí a
poco, han podido apartarle de su maldad, ni hacer que quiera dejar de morir
como ha vivido? Pero viendo que había dicho que sí, que recibiría la sepultura en
la iglesia, de nada de lo otro se preocuparon. Seor Ciappelletto comulgó poco
después y, empeorando sin remedio, recibió la última unción; y poco después del
crepúsculo, el mismo día que había hecho su buena confesión, murió.
Por lo que los dos hermanos, disponiendo de lo que era de él para
que fuese honradamente sepultado y mandándolo decir al convento, y que viniesen
por la noche a velarle según era costumbre y por la mañana a por el cuerpo,
dispusieron todas las cosas oportunas para el caso. El santo fraile que lo
había confesado, al oír que había finado, fue a buscar al prior del convento, y
habiendo hecho tocar a capítulo, a los frailes reunidos mostró que seor
Ciappelletto había sido un hombre santo según él lo había podido entender de su
confesión; y esperando que por él el Señor Dios mostrase muchos milagros, les
persuadió a que con grandísima reverencia y devoción recibiesen aquel cuerpo.
Con las cuales cosas el prior y los frailes, crédulos, estuvieron de acuerdo: y
por la noche, yendo todos allí donde yacía el cuerpo de seor Ciappelletto, le
hicieron una grande y solemne vigilia, y por la mañana, vestidos todos con
albas y capas pluviales, con los libros en la mano y las cruces delante,
cantando, fueron a por este cuerpo y con grandísima fiesta y solemnidad se lo
llevaron a su iglesia, siguiéndoles el pueblo todo de la ciudad, hombres y
mujeres; y, habiéndolo puesto en la iglesia, subiendo al púlpito, el santo
fraile que lo había confesado empezó sobre él y su vida, sobre sus ayunos, su virginidad,
su simplicidad e inocencia y santidad, a predicar maravillosas cosas, entre
otras contando lo que seor Ciappelletto como su mayor pecado, llorando, le
había confesado, y cómo él apenas le había podido meter en la cabeza que Dios
quisiera perdonárselo, tras de lo que se volvió a reprender al pueblo que le
escuchaba, diciendo:
- Y vosotros, malditos de Dios, por cualquier
brizna de paja en que tropezáis, blasfemáis de Dios y de su Madre y de toda la
corte celestial.
Y además de éstas,
muchas otras cosas dijo sobre su lealtad y su pureza, y, en breve, con sus
palabras, a las que la gente de la comarca daba completa fe, hasta tal punto lo
metió en la cabeza y en la devoción de todos los que allí estaban que, después
de terminado el oficio, entre los mayores apretujones del mundo todos fueron a
besarle los pies y las manos, y le desgarraron todos los paños que llevaba
encima, teniéndose por bienaventurado quien al menos un poco de ellos pudiera
tener: y convino que todo el día fuese conservado así, para que por todos
pudiese ser visto y visitado.
Luego, la noche siguiente, en una urna de mármol fue honrosamente
sepultado en una capilla, y enseguida al día siguiente empezaron las gentes a
ir allí y a encender candelas y a venerarlo, y seguidamente a hacer promesas y
a colgar exvotos de cera según la promesa hecha. Y tanto creció la fama de su
santidad y la devoción en que se le tenía que no había nadie que estuviera en
alguna adversidad que hiciese promesas a otro santo que a él, y lo llamaron y
lo llaman San Ciappelletto, y afirman que Dios ha mostrado muchos milagros por
él y los muestra todavía a quien devotamente se lo implora.
Así pues, vivió y murió el seor Cepparello de Prato y llegó a ser
santo, como habéis oído; y no quiero negar que sea posible que sea un
bienaventurado en la presencia de Dios porque, aunque su vida fue criminal y
malvada, pudo en su último extremo haber hecho un acto de contrición de manera
que Dios tuviera misericordia de él y lo recibiese en su reino; pero como esto
es cosa oculta, razono sobre lo que es aparente y digo que más debe encontrarse
condenado entre las manos del diablo que en el paraíso. Y si así es, grandísima
hemos de reconocer que es la benignidad de Dios para con nosotros, que no mira
nuestro error sino la pureza de la fe, y al tomar nosotros de mediador a un
enemigo suyo, creyéndolo amigo, nos escucha, como si a alguien verdaderamente
santo recurriésemos como a mediador de su gracia. Y por ello, para que por su
gracia en la adversidad presente y en esta compañía tan alegre seamos
conservados sanos y salvos, alabando su nombre en el que la hemos comenzado,
teniéndole reverencia, a él acudiremos en nuestras necesidades, segurísimos de
ser escuchados.
Y aquí, calló.
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