NOVELA QUINTA
La marquesa de Monferrato con una invitación a comer gallinas y
con unas discretas palabras reprime el loco amor del rey de Francia.
La historia contada por Dioneo hirió primero de alguna vergüenza
el corazón de las damas que la escuchaban y dio de ello señal el honesto rubor
que apareció en sus rostros; mas luego, mirándose unas a otras, pudiendo apenas
contener la risa, la escucharon sonriendo. Y llegado el final, después de
haberle reprendido con algunas dulces palabras, queriendo mostrar que historias
semejantes no debían contarse delante de mujeres, la reina, vuelta hacia
Fiameta (que junto a él estaba sentada en la hierba), le mandó que continuase
el orden establecido, y ella galanamente y con alegre rostro, mirándola,
comenzó:
Tanto porque me complace que hayamos entrado a demostrar con las
historias cuánta es la fuerza de las respuestas agudas y prontas, como porque
tan gran cordura es en el hombre amar siempre a mujeres de linaje más alto que
el suyo como es en las mujeres grandísima precaución saber guardarse de caer en
el amor de un hombre de mayor posición que la suya, me ha venido al ánimo,
hermosas señoras, mostraros, en la historia que me toca contar, cómo una noble
dueña supo con palabras y obras guardarse de esto y evitar otras cosas.
Había el marqués de Monferrato, hombre de alto valor, gonfalonero
de la Iglesia, pasado a ultramar en una expedición general hecha por los
cristianos a mano armada ; y hablándose de su valor en la corte de Felipe el
Tuerto , que se preparaba a ir desde Francia en aquella misma expedición, fue
dicho por un caballero que no había bajo las estrellas otra pareja semejante a
la del marqués y su mujer: porque cuanto destacaba en todas las virtudes el
marqués entre los caballeros, tanto era la mujer entre las demás mujeres
hermosísima y valerosa. Las cuales palabras entraron de tal modo en el ánimo
del rey de Francia que, sin haberla visto nunca, comenzó a amarla ardientemente,
y se propuso no hacerse a la mar, en la expedición en que iba, sino en Génova
para que, yendo por tierra, pudiese tener un motivo razonable para ir a ver a
la marquesa, pensando que, no estando el marqués, podría suceder que viniese a
tener efecto su deseo. Y según lo había pensado mandó que fuese puesto en
ejecución; por lo que, enviando delante a todos los hombres, él con poca
compañía y de hombres nobles, se puso en camino, y acercándose a la tierra del
marqués, mandó decir a la señora con anticipación de un día que a la mañana
siguiente le esperase a almorzar. La señora, sabia y precavida, repuso
alegremente que aquél era un favor superior a cualquier otro y que fuese bien
venido.
Y enseguida se puso a pensar qué querría decir que un tal rey, no
estando su marido, viniese a visitarla; y no la engañó en esto la sospecha de
que la fama de su hermosura lo atrajese. Pero no menos como mujer de pro se
dispuso a honrarlo, y haciendo llamar a todos los hombres buenos que allí
habían quedado, dio con su consejo las órdenes oportunas para todos los
preparativos: pero la comida y los manjares quiso prepararlos ella misma. Y sin
demora hizo reunir cuantas gallinas había en la comarca, y tan sólo con ellas
indicó a sus cocineros que preparasen varios platos para el convite real.
Vino, pues, el rey el día dicho y fue recibido por la señora con
gran fiesta y honor; y a él, más de lo que había imaginado por las palabras del
caballero, al mirarla le pareció hermosa y valerosa y cortés, y se maravilló
grandemente y mucho la estimó, encendiéndose tanto más en su deseo cuanto más
sobrepasaba la señora la estima que él había tenido de ella. Y luego de algún
reposo tomado en cámaras adornadísimas con todo lo que es necesario para
recibir a tal rey, venida la hora del almuerzo, el rey y la marquesa se
sentaron a una mesa, y los demás según su condición fueron en otras mesas
honrados.
Aquí, siendo el rey servido sucesivamente con muchos platos y
vinos óptimos y preciosos, y además de ello mirando de vez en cuando con deleite
a la hermosísima marquesa, gran placer tenía. Pero llegando un plato tras el
otro, comenzó el rey a maravillarse un tanto advirtiendo que, por muy diversos
que fueran los guisos, no lo eran tanto que no fuesen todos hechos de gallina.
Y como supiese el rey que el lugar donde estaba era tal que debía haber
abundancia de variados animales salvajes, y que con haberle avisado de su
venida había dado a la señora espacio suficiente para poder mandar a cazarlos,
como mucho de esto se maravillase, no quiso tomar ocasión de hacerla hablar de
otra cosa sino de sus gallinas; y con alegre rostro se volvió hacia ella y le
dijo:
- Dama, ¿nacen en este país
solamente gallinas sin ningún gallo?
La marquesa, que entendió óptimamente la pregunta, pareciéndole
que según su deseo Nuestro Señor la había mandado momento oportuno para poder
mostrar su intención, hacia el rey que le preguntaba resueltamente vuelta,
repuso:
- No, monseñor; pero las mujeres, aunque en
vestidos y en honores algo varíen de las otras, todas sin embargo son igual
aquí que en cualquier parte.
El rey, oídas estas
palabras, bien entendió la razón de la invitación a gallinas y la virtud que
escondían aquellas palabras y comprendió que en vano se gastarían las palabras
con tal mujer y que no era el caso de usar la fuerza; por lo que, así como
imprudentemente se había encendido en su amor, así era sabio apagar por su
honor el mal concebido fuego. Y sin bromear más, temeroso de sus respuestas,
almorzó fuera de toda esperanza, y terminado el almuerzo, le pareció que con el
pronto partir disimularía su deshonesta venida, y agradeciéndole por haberle
honrado, encomendándolo ella a Dios, se fue a Génova.
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