NOVELA SÉPTIMA
Bergamino, con una historia sobre Primasso y el abad de Cligny,
reprende donosamente la rara avaricia en que cayó el señor Cane della Scala .
Movió la donosura de Emilia y su novela a la reina y a todos los
demás a reír y encomiar la insólita amonestación hecha al cruzado, pero después
de que las risas se apaciguaron y se tranquilizaron todos, Filostrato, a quien
tocaba novelar, empezó a hablar de esta guisa:
Buena cosa es, valerosas señoras, acertar en un blanco que nunca
se mueve; pero raya en lo maravilloso cuando un arquero da súbitamente en
alguna cosa no usada que aparece de pronto. La viciosa y sucia vida de los
clérigos, en muchas cosas firme blanco de maldad, sin demasiada dificultad da
que hablar, que amonestar y que reprender a quienquiera que desee hacerlo: y
por ello, aunque bien hizo el hombre valiente que la hipócrita caridad de los
frailes que dan a los pobres lo que convendría dar a los puercos o tirarlo,
echó en cara al inquisidor, bastante más estimo que ha de alabarse aquel del
cual debo hablar (llevándome a ello la precedente historia), quien al señor
Cane della Scala, magnífico señor, de una súbita y desusada avaricia aparecida
en él, reprendió con una ingeniosa historia, representando en otros lo que
sobre él y sobre sí mismo quería decir; la cual es ésta:
Así como lo extiende su fama por todo el mundo, el señor Cane della
Scala, a quien en hartas cosas fue favorable la fortuna, fue uno de los más
notables y magníficos señores del emperador Federico II de los que se tuviese
noticia en Italia. El cual, habiendo dispuesto hacer una notable y maravillosa
fiesta en Verona, a la que muchas gentes y de diversas partes habían venido, y
sobre todo hombres de corte de toda clase, de súbito, fuese cual fuese la
razón, se retrajo de ello y recompensó con algo a los que habían venido y les
dio licencia. Sólo uno llamado Bergamino , hablador agudo y florido más de lo
que puede creer quien no lo ha oído, como no se le había dado nada ni se le
había despedido, se quedó, esperando que no sin alguna utilidad futura para él
se había hecho aquello. Pero se le había puesto en el pensamiento al señor Cane
que cualquier cosa que diese a éste era peor que perderla o que arrojarla al
fuego: y no por ello le decía o hacía decir cosa alguna. Bergamino, después de
algunos días, viendo que no le llamaban ni le solicitaban para nada que fuese
propio de su oficio, y además de ello que se estaba arruinando en el albergue
con sus caballos y sus criados, empezó a desazonarse; pero sin embargo
esperaba, no pareciéndole bien irse.
Y habiendo llevado consigo tres trajes buenos y ricos que le
habían sido dados por otros señores, para comparecer honradamente en la fiesta,
queriendo pagar a su huésped, primeramente le dio uno y luego, demorándose
todavía mucho más, se vio en necesidad, si quería estar más con su huésped, de
darle el segundo; y empezó a comer del tercero, dispuesto a quedarse a ver qué
pasaba cuanto le durase aquél, e irse luego. Ahora, mientras comía del tercer
traje sucedió que, estando almorzando el señor Cane , llegó un día ante él con
aspecto muy entristecido; lo que al ver el señor Cane, más por escarnecerlo que
por tomar deleite de algún dicho suyo, dijo:
- Bergamino, ¿qué te pasa? ¡Estás tan triste! Cuéntanos
alguna cosa.
Bergamino, entonces, sin pararse un punto a pensar, como si mucho
tiempo pensado lo hubiera, súbitamente acomodándola a su caso, contó esta
historia:
- Señor mío, debéis saber
que Primasso fue un gran entendido en gramática, y fue, más que cualquier otro,
grande e improvisado versificador; las cuales cosas le hicieron tan notable y
tan famoso que, aunque en persona no fuese conocido en todas partes, por nombre
y por fama no había casi nadie que no supiese quién era Primasso. Ahora bien,
sucedió que encontrándose él una vez en París en pobre estado, como lo estaba
la mayor parte del tiempo, porque su mérito poco era estimado por los que son
poderosos, oyó hablar de un abad de Cligny, que se cree que sea el prelado más
rico en riquezas propias que tenga la Iglesia de Dios, del papa para abajo; y
oyó decir de él maravillosas y magníficas cosas de que siempre tenía reunida su
corte y nunca había negado, a cualquiera que anduviese allá donde él estaba ni
de comer ni de beber, si llegaba a pedirlo cuando el abad estaba comiendo. Lo
que, oyendo Primasso, como hombre que se complacía en ver a los hombres y
señores valiosos, deliberó ir a ver la magnificencia de este abad y preguntó
cuán cerca de París vivía. A lo que le fue contestado que a unas seis millas en
una de sus posesiones; adonde Primasso pensó poder llegar, poniéndose en camino
de mañana a buena hora, a la hora de comer.
Haciéndose, pues, enseñar el camino, no encontrando a nadie que
fuese allí, temió que por desgracia pudiera extraviarse e ir a parar en parte
donde no encontraría de comer tan pronto; por lo que, por si ello ocurriera,
para no padecer penuria de comida, pensó en llevar tres panes, considerando que
agua, que le gustaba poco, encontraría de beber en cualquier parte. Y metiéndoselos en el seno, tomó el camino y tuvo tanta
suerte que antes de la hora de comer llegó a donde estaba el abad. Y,
entrado dentro, estuvo mirando por todas partes y vista la gran multitud de las
mesas puestas y el gran aparato de la cocina y las demás cosas preparadas para
almorzar, se dijo a sí mismo: «Verdaderamente éste es tan magnífico como se
dice».
Y estando a todas estas cosas atento, el senescal del abad, porque
era hora de comer mandó que se diese agua a las manos; Y, dada el agua, sentó a
todos a la mesa. Y sucedió por ventura que Primasso fue puesto precisamente
enfrente de la puerta de la cámara por donde el abad debía salir para venir al
comedor.
Era costumbre en aquella corte que sobre las mesas ni vino, ni
pan, ni nada de comer o de beber se ponía nunca si primero no había venido el
abad a sentarse a la mesa.
Habiendo, pues, el senescal puesto las mesas, hizo decir al abad
que, cuando le pluguiese, la comida estaba presta. El abad hizo abrir la cámara
para venir a la sala, y al venir miró hacia adelante, y por ventura el primer
hombre en quien puso los ojos fue Primasso, que bastante pobre estaba de arreos
y a quien él no conocía en persona; y al verlo, incontinenti le vino al ánimo
un pensamiento mezquino y que nunca había tenido, y se dijo: «¡Mira a quién doy
a comer lo mío!».
Y, volviéndose dentro, mandó que cerrasen la cámara y preguntó a
los que estaban con él si alguno de ellos conocía a aquel bellaco que frente a
la puerta de su cámara se sentaba a la mesa. Todos contestaron que no.
Primasso, que tenía ganas de comer como quien había caminado y no estaba
acostumbrado a ayunar, habiendo ya esperado un rato y viendo que el abad no
venía, se sacó del seno uno de los tres panes que había llevado y empezó a
comérselo. El abad, después que pasó algún tanto, mandó a uno de sus familiares
que mirase si se había ido este Primasso. El familiar respondió:
- No, mi señor, sino que
come pan, lo que muestra que lo ha traído consigo.
Dijo entonces el
abad:
- Pues que coma de lo suyo,
si tiene, que del nuestro no comerá hoy.
Habría querido el abad que Primasso se hubiese ido por sí mismo,
porque despedirlo no le parecía bien.
Primasso, como se había comido un pan y el abad no venía, empezó a
comer el segundo, lo que igualmente fue dicho al abad, que había mandado mirar
si se había ido. Por último, no viniendo el abad, Primasso, comido el segundo,
empezó a comer el tercero, lo que también dijeron al abad. El cual empezó a
pensar y a decirse:
«Ah, ¿qué novedad es esta que me ha venido hoy al ánimo?, ¿qué
avaricia?, ¿qué encono?, ¿y por causa de quién? Yo he dado de comer de lo mío,
desde hace muchos años, a quien lo ha querido comer, sin mirar si gentilhombre
o villano, pobre o rico, mercader o tendero, haya sido; y con mis ojos lo he
visto despedazar a infinitos bellacos y nunca al ánimo me vino este pensamiento
que por éste me ha venido hoy; no me debe de haber atacado tan firmemente la
avaricia por un hombre de poco: algún gran personaje debe ser este que me
parece bellaco, pues que así se me ha embotado el ánimo para honrarlo».
Y, dicho así, quiso saber quién era: y vino a saber que era
Primasso, que había venido aquí a ver lo que había oído de su magnificencia. Y
como el abad le conocía por su fama hacía mucho tiempo como hombre sabio, se
avergonzó y, deseoso de enmienda, de muchas maneras se ingenió en honrarlo. Y
después de comer, como convenía al valor de Primasso, le hizo vestir noblemente,
y dándole dineros y un palafrén, dejó a su arbitrio irse o quedarse; de lo que,
contento Primasso, habiéndole dado las gracias mayores que pudo, a París, de
donde había salido a pie, volvió a caballo.
El señor Cane, que era buen entendedor, sin ninguna otra
explicación entendió óptimamente lo que quería decir Bergamino, y sonriendo le
dijo:
- Bergamino, asaz finamente
has mostrado tus agravios, tu virtud y mi avaricia y lo que de mí deseas; y en
verdad nunca sino ahora contigo he sido asaltado por la avaricia, pero la
arrojaré de mí con aquel bastón que tú mismo has inventado.
Y haciendo pagar al huésped de Bergamino, le hizo restituir los
tres trajes, y a él, vestido nobilísimamente con un rico traje suyo, dándole
dineros y un palafrén, dejó por aquella vez en libertad de quedarse o de irse.
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