|
CONCLUSIÓN
Ya estaba el sol inclinado hacia el ocaso y disminuido en gran
parte el calor, cuando las narraciones de las jóvenes y de los jóvenes llegaron
a su fin; por lo cual, su reina placenteramente dijo:
- Ahora ya, queridas
compañeras, nada queda a mi gobierno durante la presente jornada sino daros una
nueva reina que, en la venidera, según su juicio, su vida y la nuestra disponga
para una honesta recreación, y mientras el día dure de aquí hasta la noche
(porque quien no se toma algún tiempo por delante no parece que bien pueda
prepararse para el porvenir) y para que aquello que la nueva reina delibere que
sea oportuno para mañana pueda disponerse, a esta hora me parece que deben
empezar las jornadas siguientes. Y por ello, en reverencia a Aquel por quien
todas las cosas viven y es nuestro consuelo, en esta segunda jornada Filomena,
joven discretísima, como reina guiará nuestro reino.
Y dicho esto, poniéndose en pie y quitándose la guirnalda de
laurel, con reverencia a ella se la puso, y ella primero y después todas las
demás y semejantemente los jóvenes la saludaron como a reina, y a su señorío
con complacencia se sometieron. Filomena, un tanto sonrojada de vergüenza,
viéndose coronada en aquel reino y acordándose de las palabras poco antes
dichas por Pampínea, para no parecer gazmoña, recobrada la osadía, primeramente
confirmó los cargos dados por Pampínea y dispuso lo que para la mañana
siguiente y para la futura cena debía hacerse y quedándose aquí donde estaban,
empezó a hablar así.
- Carísimas compañeras ,
aunque Pampínea, por su cortesía más que por mi virtud, me haya hecho reina de
todos vosotros, no me siento yo dispuesta a seguir solamente mi juicio sobre la
forma de nuestro vivir, sino el vuestro junto con el mío, y para que lo que a
mí me parece hacer sepáis, y por consiguiente añadir y disminuir podáis a
vuestro gusto, con pocas palabras entiendo mostrároslo. Si hoy he reparado
bien, los modos seguidos por Pampínea me parece que han sido todos igualmente
loables y deleitosos; y por ello, hasta que, o por demasiada repetición o por
otra razón, no nos causen tedio, no pienso cambiarlos. Habiendo ya, pues,
comenzado las órdenes de lo que hayamos de hacer, levantándonos de aquí, nos
iremos a pasear un rato, y cuando el sol esté poniéndose cenaremos con la fresca
y, luego de algunas cancioncillas y otros entretenimientos, bien será que nos
vayamos a dormir. Mañana, levantándonos con la fresca, semejantemente iremos a
solazarnos a alguna parte como a cada uno le sea más agradable hacer, y como
hoy hemos hecho, igual a la hora debida volveremos a comer; bailaremos, y
cuando nos levantemos de la siesta, aquí donde hoy hemos estado volveremos a
novelar, en lo que me parece haber grandísimo placer y utilidad a un tiempo. Y
lo que Pampínea no ha podido hacer, por haber sido ya tarde elegida para el
gobierno, quiero comenzar a hacerlo, es decir, a restringir dentro de algunos
límites aquello sobre lo cual debamos novelar y decíroslo anticipadamente para
que cada uno tenga tiempo de poder pensar en alguna buena historia sobre el
asunto propuesto para poderla contar; el cual, si os place, sea esta vez que,
puesto que desde el principio del mundo los hombres han sido empujados por la
fortuna a casos diversos, y lo serán hasta el fin, todos debemos contar algo
sobre ello: sobre alguien que, perseguido por diversas contrariedades, haya
llegado contra toda esperanza a buen fin.
Las mujeres y los hombres, todos por igual, alabaron esta orden y
aprobaron que se siguiese; solamente Dioneo, todos los otros habiendo callado
ya, dijo:
- Señora mía, como todos
éstos han dicho, también digo yo que es sumamente placentera y encomiable la
orden por vos dada; pero como gracia especial os pido un don, que quiero que me
sea confirmado mientras nuestra compañía dure, y es éste: que yo no sea obligado
por esta ley de tener que contar una historia según un asunto propuesto si no
quiero, sino sobre aquello que más me guste contarlo. Y para que nadie piense
que quiero esta gracia como hombre que no tenga a mano historias, desde ahora
me contentaré con ser él último que la cuente.
La reina, que lo conocía como hombre divertido y festivo,
comprendió justamente que no lo pedía sino por poder a la compañía alegrar con
alguna historia divertida si estuviesen cansados de tanta narración, y con
consentimiento de los demás, alegremente le concedió la gracia; y levantándose
todos, hacia un arroyo de agua clarísima que de un montecillo descendía a un
valle sombreado con muchos árboles, entre piedras lisas y verdes hierbecillas,
con despacioso paso se fueron. Allí descalzos y
metiendo los brazos desnudos en el agua, empezaron a divertirse entre ellos de
varias maneras.
Y al acercarse la hora de la cena volvieron hacia la villa y
cenaron con gusto; después de la cena, hechos traer los instrumentos, mandó la
reina que se iniciase una danza, y conduciéndola Laureta, que Emilia cantase
una canción, acompañada por el laúd de Dioneo. Por cuya orden, Laureta,
prestamente, comenzó una danza y la dirigió, cantando Emilia amorosamente la
siguiente canción:
Tanto me satisface mi hermosura que en otro amor jamás ni pensaré
ni buscaré ternura.
En ella veo siempre en el espejo el bien que satisface el
intelecto y ni accidente nuevo o pensar viejo el bien me quitará que me es
dilecto pues ¿qué otro amable objeto podré mirar jamás que dé a mi corazón
nueva ternura?
No se escapa este bien cuando deseo, por sentir un consuelo,
contemplarlo, pues mi placer secunda, y mi recreo de tan suave manera, que
expresarlo no podría, ni podría experimentarlo ningún mortal jamás que no
hubiese abrasado tal ternura.
Y yo, que a cada instante más me enciendo, cuanto más en él fijo
la mirada, toda me doy a él, toda me ofrendo gustando ya de su promesa amada; y
tanto gozo espero a mi llegada junto a él, que jamás ha sentido aquí nadie tal
ternura.
Terminada esta balada, que todos habían coreado alegremente,
aunque a muchos les hiciese cavilar su letra, luego de algunas carolas,
habiendo pasado ya una partecilla de la breve noche, plugo a la reina dar fin a
la primera jornada, y mandando encender las antorchas, ordenó que todos se
fuesen a descansar hasta la mañana siguiente; por lo que, cada uno, volviéndose
a su cámara, así hizo.
TERMINA LA PRIMERA JORNADA
***
|