NOVELA SEGUNDA
Rinaldo de Asti, robado, va a parar a Castel Guiglielmo y es
albergado por una señora viuda, y, desagraviado de sus males, sano y salvo
vuelve a su casa.
De las desventuras de Martellino contadas por Neifile rieron las
damas desmedidamente, y sobre todo entre los jóvenes Filostrato, a quien, como
estaba sentado junto a Neifile, mandó la reina que la siguiese en el novelar; y
sin esperar, comenzó:
Bellas señoras, me siento inclinado a contaros una historia sobre
cosas católicas entremezcladas con calamidades y con amores, la cual será por
ventura útil haberla oído, especialmente a quienes por los peligrosos caminos
del amor son caminantes, de los cuales quien no haya rezado el padrenuestro de
San Julián muchas veces, aunque tenga buena cama, se hospeda mal.
Había, pues, en tiempos del marqués Azzo de Ferrara un mercader
llamado Rinaldo de Asti que, por sus negocios, había ido a Bolonia; a los que
habiendo provisto y volviendo a casa, le sucedió que, habiendo salido de
Ferrara y caminando hacia Verona, se topó con unos que parecían mercaderes y
eran unos malhechores y hombres de mala vida y condición y, discurriendo con
ellos, siguió incautamente en su compañía.
Éstos, viéndole mercader y juzgando que debía llevar dineros,
deliberaron entre sí que a la primera ocasión le robarían, y por ello, para que
no sintiera ninguna sospecha, como hombres humildes y de buena condición, sólo
de cosas honradas y de lealtad iban hablando con él, haciéndose todo lo que
podían y sabían humildes y benignos a sus ojos, por lo que él reputaba por gran
ventura haberlos encontrado ya que iba solo con su criado y su caballo. Y así caminando, de una cosa en otra, como suele pasar en
las conversaciones, llegaron a discurrir sobre las oraciones que los hombres
dirigen a Dios. Y uno de los malhechores, que eran tres, dijo a Rinaldo:
- Y vos, gentilhombre, ¿qué oración
acostumbráis a rezar cuando vais de camino?
A lo que Rinaldo repuso:
- En verdad yo soy hombre
asaz ignorante y rústico, y pocas oraciones tengo a mano como que vivo a la
antigua y cuento dos sueldos por veinticuatro dineros , pero no por ello he
dejado de tener por costumbre al ir de camino rezar por la mañana, cuando salgo
del albergue, un padrenuestro y un avemaría por el alma del padre y de la madre
de San Julián, después de lo que pido a Dios y a él que la noche siguiente me
deparen buen albergue. Y ya muchas veces me he visto, yendo de camino, en
grandes peligros, y escapando a todos los cuales, he estado la noche siguiente
en un buen lugar y bien albergado; por lo que tengo firme fe en que San Julián,
en cuyo honor lo digo, me haya conseguido de Dios esta gracia; no me parece que
podría andar bien el día, ni llegar bien la noche siguiente, si no lo hubiese
rezado por la mañana.
A lo cual, el que le había preguntado dijo:
- Y hoy de mañana, ¿lo habéis dicho?
A lo que Rinaldo respondió:
- Ciertamente.
Entonces aquél, que ya sabía lo que iba a sucederle, dijo para si
- «Falta te hará, porque, si no fallamos, vas a albergarte mal según me
parece». Y luego le dijo:
- Yo también he viajado mucho y nunca lo he
rezado, aunque lo haya oído a muchos recomendar, y nunca me ha sucedido que por
ello dejase de albergarme bien; y esta noche por ventura podréis ver quién se
albergará mejor, o vos que lo habéis dicho o yo que no lo he dicho. Bien es
verdad que yo en su lugar digo el Dirupisti o la Intemerata o el De Profundis
que son, según una abuela mía solía decirme, de grandísima virtud.
Y hablando así de
varias cosas y continuando su camino, y esperando lugar y ocasión para su mal
propósito, sucedió que, siendo ya tarde, del otro lado de Castel Guiglielmo, al
vadear un río aquellos tres, viendo la hora tardía y el lugar solitario y
oculto, lo asaltaron y lo robaron, y dejándolo a pie y en camisa, yéndose, le
dijeron:
- Anda y mira a ver si tu San Julián te da
esta noche buen albergue, que el nuestro bien nos lo dará.
Y, vadeando el río, se fueron. El criado de Rinaldo, viendo que lo
asaltaban, como vil, no hizo nada por ayudarle, sino que dando la vuelta al
caballo sobre el que estaba, no se detuvo hasta estar en Castel Guiglielmo, y
entrando allí, siendo ya tarde, sin ninguna dificultad encontró albergue.
Rinaldo, que se había quedado en camisa y descalzo, siendo grande
el frío y nevando todavía mucho, no sabiendo qué hacerse, viendo llegada ya la
noche, temblando y castañeteándole los dientes, empezó a mirar alrededor en
busca de algún refugio donde pudiese estar durante la noche sin morirse de
frío; pero no viendo ninguno porque no hacía mucho que había habido guerra en
aquella comarca y todo había ardido, empujado por el frío, se enderezó,
trotando, hacia Castel Guiglielmo, no sabiendo sin embargo que su criado
hubiese huido allí o a ningún otro sitio, y pensando que si pudiera entrar
allí, algún socorro le mandaría Dios.
Pero la noche cerrada le cogió cerca de una milla alejado del
burgo, por lo que llegó allí tan tarde que, estando las puertas cerradas y los
puentes levantados, no pudo entrar dentro. Por lo cual, llorando doliente y
desconsoladamente, miraba alrededor dónde podría ponerse que al menos no le
nevase encima; y por azar vio una casa sobre las murallas del burgo algo
saliente hacia afuera, bajo cuyo saledizo pensó quedarse hasta que fuese de
día; y yéndose allí y habiendo encontrado una puerta bajo aquel saledizo, como
estaba cerrada, reuniendo a su pie alguna paja que por allí cerca había, triste
y doliente se quedó, muchas veces quejándose a San Julián, diciéndole que no
era digno de la fe que había puesto en él.
Pero San Julián, que le quería bien, sin mucha tardanza le deparó
un buen albergue. Había en este burgo una señora viuda, bellísima de cuerpo
como la que más, a quien el marqués Azzo amaba tanto como a su vida y aquí a su
disposición la hacía estar. Y vivía la dicha señora en aquella casa bajo cuyo
saledizo Rinaldo se habla ido a refugiar. Y el día anterior por acaso había el
marqués venido aquí para yacer por la noche con ella, y en su casa misma
secretamente había mandado prepararle un baño y suntuosamente una cena.
Y estando todo presto, y nada sino la llegada del marqués
esperando ella, sucedió que un criado llegó a la puerta que traía nuevas al
marqués por las cuales tuvo que ponerse en camino súbitamente; por lo cual,
mandando decir a la señora que no lo esperase, se marchó prestamente. Con lo
que la mujer, un tanto desconsolada, no sabiendo qué hacer, deliberó meterse en
el baño preparado para el marqués y después cenar e irse a la cama; y así, se
metió en el baño. Estaba este baño cerca de la puerta donde el pobre Rinaldo
estaba acostado fuera de la ciudad; por lo que, estando la señora en el baño,
sintió el llanto y la tiritona de Rinaldo, que parecía haberse convertido en
cigüeña. Y llamando a su criada, le dijo:
- Vete abajo y mira fuera de los muros al pie
de esa puerta quién hay allí, y quién es y lo que hace.
La criada fue y, ayudándola la claridad del aire, vio al que en
camisa y descalzo estaba allí, como se ha dicho, y todo tiritando; por lo que
le preguntó quién era. Y Rinaldo, temblando tanto que apenas podía articular
palabra, quién fuese y cómo y por qué estaba allí, lo más breve que pudo le
dijo y luego lastímeramente comenzó a rogarle que, si fuese posible, no lo
dejase allí morirse de frío durante la noche.
La criada, sintiéndose compadecida, volvió a la señora y todo le
dijo; y ella, también sintiendo piedad, se acordó que tenía la llave de aquella
puerta, que algunas veces servía a las ocultas entradas del marqués, y dijo:
- Ve y ábrele sin hacer
ruido; aquí está esta cena que no habría quien la comiese, y para poderlo
albergar hay de sobra.
La criada, habiendo alabado mucho la humanidad de la señora, fue y
le abrió; y habiéndolo hecho entrar, viéndolo casi yerto, le dijo la señora:
- Pronto, buen hombre, entra en aquel baño,
que todavía está caliente.
Y él, sin esperar más invitaciones, lo hizo de buena gana, y todo
reconfortado con aquel calor, de la muerte a la vida le pareció haber vuelto.
La señora le hizo preparar ropas que habían sido de su marido, muerto poco
tiempo antes, y cuando las hubo vestido parecían hechas a su medida; y esperando
qué le mandaba la señora, empezó a dar gracias a Dios y a San Julián que de una
noche tan mala como la que le esperaba le habían librado y a buen albergue, por
lo que parecía, conducido. Después de esto, la señora, algo descansada,
habiendo ordenado hacer un grandísimo fuego en la chimenea de uno de sus
salones, se vino allí y preguntó qué era de aquel buen hombre. A lo que la
criada respondió:
- Señora mía, se ha vestido y es un buen mozo
y parece persona de bien y de buenas maneras.
- Ve, entonces - dijo la señora - , y llámalo,
y dile que se venga aquí al fuego, y así cenará, que sé que no ha cenado.
Rinaldo, entrando en
el salón y viendo a la señora y pareciéndole principal, la saludó
reverentemente y las mayores gracias que supo le dio por el beneficio que le
había hecho. La señora lo vio y lo escuchó, y pareciéndole lo que la criada le
había dicho, lo recibió alegremente y con ella familiarmente le hizo sentarse
al fuego y le preguntó sobre la desventura que le había conducido allí, y
Rinaldo le narró todas las cosas por su orden. Había la señora, por la llegada
del criado de Rinaldo al castillo, oído algo de ello por lo que enteramente
creyó en lo que él le contaba, y también le dijo lo que de su criado sabía y
cómo fácilmente podría encontrarlo a la mañana siguiente.
Pero luego que la mesa fue puesta como la señora quiso, Rinaldo
con ella, lavadas las manos, se puso a cenar. Él era alto de estatura, y
hermoso y agradable de rostro y de maneras asaz loables y graciosas, y joven de
mediana edad; y la señora, habiéndole ya muchas veces puesto los ojos encima y
apreciándolo mucho, y ya, por el marqués que con ella debía venir a acostarse
teniendo el apetito concupiscente despierto en la mente, después de la cena,
levantándose de la mesa, con su criada se aconsejó si le parecía bien que ella,
puesto que el marqués la había burlado, usase de aquel bien que la fortuna le
había enviado.
La criada, conociendo el deseo de su señora, cuanto supo y pudo la
animó a seguirlo; por lo que la señora, volviendo al fuego donde había dejado
solo a Rinaldo, empezando a mirarlo amorosamente, le dijo:
- ¡Ah, Rinaldo!, ¿por qué
estáis tan pensativo? ¿No creéis poder resarciros de un caballo y de unos
cuantos paños que habéis perdido? Confortaos, poneos alegre, estáis en vuestra
casa; y más quiero deciros: que, viéndoos con esas ropas encima, que fueron de
mi difunto marido, pareciéndome vos él mismo, me han venido esta noche más de
cien veces deseos de abrazaros y de besaros, y si no hubiera temido
desagradaros por cierto que lo habría hecho.
Rinaldo, oyendo estas palabras y viendo el relampaguear de los
ojos de la mujer, como quien no era un mentecato, se fue a su encuentro con los
brazos abiertos y dijo:
- Señora mía, pensando que
por vos puedo siempre decir que estoy vivo, y mirando aquello de donde me
sacasteis, gran vileza sería la mía si yo todo lo que pudiera seros agradable
no me ingeniase en hacer; y así, contentad vuestro deseo de abrazarme y
besarme, que yo os abrazaré y os besaré más que a gusto.
Después de esto no necesitaron más palabras. La mujer, que ardía
toda en amoroso deseo, prestamente se le echó en los brazos; y después que mil
veces, estrechándolo deseosamente, le hubo besado y otras tantas fue besada por
él, levantándose de allí se fueron a la alcoba y sin esperar, acostándose,
plenamente y muchas veces, hasta que vino el día, sus deseos cumplieron.
Pero luego que empezó a salir la aurora, como plugo a la señora,
levantándose, para que aquello no pudiera ser sospechado por nadie, dándole
algunas ropas asaz mezquinas y llenándole la bolsa de dineros, rogándole que
todo aquello tuviese secreto, habiéndole enseñado primero qué camino debiese
seguir para llegar dentro a buscar a su criado, por aquella portezuela por
donde había entrado le hizo salir.
Él, al aclararse el día, dando muestras de venir de más lejos,
abiertas las puertas, entró en aquel burgo y encontró a su criado; por lo que,
vistiéndose con ropas suyas que en el equipaje tenía, y pensando en montarse en
el caballo del criado, casi por milagro divino sucedió que los tres malhechores
que la noche anterior le habían robado, por otra maldad hecha después,
apresados, fueron llevados a aquel castillo y, por su misma confesión, le fue
restituido el caballo, los paños y los dineros y no perdió más que un par de
ligas de las medías de las que no sabían los malhechores qué habían hecho.
Por lo cual Rinaldo, dándole gracias a Dios y a San Julián, montó
a caballo, y sano y salvo volvió a su casa; y a los tres malhechores, al día
siguiente, los llevaron a agitar los pies en el aire.
|