NOVELA SÉPTIMA
El sultán de Babilonia manda a una hija suya como mujer al rey del
Algarbe, la cual, por diversas desventuras, en el espacio de cuatro años llega
a las manos de nueve hombres en diversos lugares, por último, restituida al
padre como doncella, vuelve de su lado al rey del Algarbe como mujer, como
primero iba .
Tal vez no se habría extendido mucho más la historia de Emilia sin
que la compasión sentida por las jóvenes por los casos de madama Beritola no
les hubiera conducido a derramar lágrimas. Pero luego de que a aquélla se puso
fin, plugo a la reina que Pánfilo siguiera, contando la suya; por lo cual él,
que obedientísimo era, comenzó:
Difícilmente, amables señoras, puede ser conocido por nosotros lo
que nos conviene, por lo que, como muchas veces se ha podido ver, ha habido
muchos que, estimando que si se hicieran ricos podrían vivir sin preocupación y
seguros, lo pidieron a Dios no sólo con oraciones sino con obras, no rehusando
ningún trabajo ni peligro para buscar conseguirlo: y cuando lo hubieron
logrado, encontraron que por deseo de tan gran herencia fueron a matarles
quienes antes de que se hubieran enriquecido deseaban su vida. Otros, de bajo estado subidos a las alturas de los reinos
por medio de mil peligrosas batallas, por medio de la sangre de sus hermanos y
de sus amigos, creyendo estar en ellas la suma felicidad, además de los
infinitos cuidados y temores de que llenas las vieron y sintieron, conocieron
(no sin su muerte) que en el oro de las mesas reales se bebía el veneno .
Muchos hubo que la fuerza corporal y la belleza, y ciertos ornamentos con
apetito ardentísimo desearon, y no se percataron de haber deseado mal hasta que
aquellas cosas no les fueron ocasión de muerte o de dolorosa vida.
Y para no hablar por
separado de todos los humanos deseos, afirmo que ninguno hay que con completa
precaución, como por seguro de los azares de la fortuna pueda ser elegido por
los vivos; por lo que, si queremos obrar rectamente, a tomar y poseer
deberíamos disponernos lo que nos diese Aquél que sólo lo que nos hace falta
conoce y nos puede dar. Pero si los hombres pecan por desear varias cosas,
vosotras, graciosas señoras, sobremanera pecáis por una, que es por desear ser
hermosas, hasta el punto de que, no bastándoos los encantos que por la
naturaleza os son concedidos, aún con maravilloso arte buscáis acrecentarlos, y
me place contaros cuán desventuradamente fue hermosa una sarracena que, en unos
cuatro años, tuvo, por su hermosura, que contraer nuevas bodas nueve veces.
Ya ha pasado mucho
tiempo desde que hubo un sultán en Babilonia que tuvo por nombre Beminedab, al
que en sus días bastantes cosas de acuerdo con su gusto sucedieron. Tenía éste,
entre sus muchos hijos varones y hembras, una hija llamada Alatiel que, por lo
que todos los que la veían decían, era la mujer más hermosa que se viera en
aquellos tiempos en el mundo; y porque en una gran derrota que había causado a
una gran multitud de árabes que le habían caído encima, le había
maravillosamente ayudado el rey del Algarbe , a éste, habiéndosela pedido él
como gracia especial, la había dado por mujer; y con honrada compañía de
hombres y de mujeres y con muchos nobles y ricos arneses la hizo montar en una
nave bien armada y bien provista, y mandándosela, la encomendó a Dios. Los
marineros, cuando vieron el tiempo propicio, dieron al viento las velas y del
puerto de Alejandría partieron y muchos días navegaron felizmente; y ya
habiendo pasado Cerdeña, pareciéndoles que estaban cerca del fin de su camino,
se levantaron súbitamente un día contrarios vientos, los cuales, siendo todos
sobremanera impetuosos, tanto azotaron a la nave donde iba la señora y los
marineros que muchas veces se tuvieron por perdidos.
Pero, como hombres valientes, poniendo en obra toda arte y toda
fuerza, siendo combatidos por el infinito mar, resistieron durante dos días; y
empezando ya la tercera noche desde que la tempestad había comenzado, y no
cesando ésta sino creciendo continuamente, no sabiendo dónde estaban ni
pudiendo por cálculo marinesco comprenderlo ni por la vista, porque oscurísimo
de nubes y de tenebrosa noche estaba el cielo, estando no mucho más allá de
Mallorca, sintieron que se resquebrajaba la nave. Por lo cual, no viendo
remedio para su salvación, teniendo en el pensamiento cada cual a sí mismo y no
a los demás, arrojaron a la mar una chalupa, y confiando más en ella que en la
resquebrajada nave, allí se arrojaron los patrones, y después de ellos unos y
otros de cuantos hombres había en la nave (aunque los que primero habían bajado
a la chalupa con los cuchillos en la mano trataron de impedírselo) se
arrojaron, y creyendo huir de la muerte dieron con ella de cabeza: porque no
pudiendo con aquel mal tiempo bastar para tantos, hundiéndose la chalupa, todos
perecieron.
Y la nave, que por impetuoso viento era empujada, aunque
resquebrajada estuviese y ya casi llena de agua - no habiéndose quedado en ella
nadie más que la señora y sus mujeres, y todas por la tempestad del mar y por
el miedo vencidas, yacían en ella como muertas - corriendo velocísimamente, fue
a vararse en una playa de la isla de Mallorca, con tanto y tan gran ímpetu que
se hundió casi entera en la arena, a un tiro de piedra de la orilla
aproximadamente; y allí, batida por el mar, sin poder ser movida por el viento,
se quedó durante la noche. Llegado el día claro y algo apaciguada la tempestad,
la señora, que estaba medio muerta, alzó la cabeza y, tan débilmente como
estaba empezó a llamar ora a uno ora a otro de su servidumbre, pero en vano
llamaba: los llamados estaban demasiado lejos.
Por lo que, no oyéndose responder por nadie ni viendo a nadie, se
maravilló mucho y empezó a tener grandísimo miedo; y como mejor pudo
levantándose, a las damas que eran de su compañía y a las otras mujeres vio
yacer, y a una ahora y a otra después sacudiendo, luego de mucho llamar a pocas
encontró que tuvieran vida, como que por graves angustias de estómago y por
miedo se habían muerto: por lo que el miedo de la señora se hizo mayor. Pero no
obstante, apretándole la necesidad de decidir algo, puesto que allí sola se
veía (no conociendo ni sabiendo dónde estuviera), tanto animó a las que vivas
estaban que las hizo levantarse; y encontrando que ellas no sabían dónde los
hombres se hubiesen ido, y viendo la nave varada en tierra y llena de agua,
junto con ellas dolorosamente comenzó a llorar. Y llegó la hora de nona antes de que a nadie vieran, por
la orilla o en otra parte, a quien pudiesen provocar piedad y les diese ayuda.
Llegada nona, por azar volviendo de una tierra suya pasó por allí
un gentilhombre cuyo nombre era Pericón de Visalgo, con muchos servidores a
caballo; el cual, viendo la nave, súbitamente se imaginó lo que era y mandó a
uno de los sirvientes que sin tardanza procurase subir a ella y le contase lo
que hubiera.
El sirviente, aunque haciéndolo con dificultad, allí subió y
encontró a la noble joven, con aquella poca compañía que tenía, bajo el pico de
la proa de la nave, toda tímida escondida. Y ellas, al verlo, llorando pidieron
misericordia muchas veces, pero apercibiéndose de que no eran entendidas y de
que ellas no le entendían, por señas se ingeniaron en demostrarle su desgracia.
El sirviente, como mejor pudo mirando todas las cosas, contó a Pericón lo que
allí había, el cual prontamente hizo traer a las mujeres y las más preciosas
cosas que allí había y que pudieron coger, y con ellas se fue a un castillo
suyo; y allí con víveres y con reposo reconfortadas las señoras, comprendió,
por los ricos arneses, que la mujer que había encontrado debía ser una grande y
noble señora, y a ella la conoció prestamente al ver los honores que veía a las
otras hacerle a ella sola. Y aunque pálida y asaz desarreglada en su persona
por las fatigas del mar estuviese entonces la mujer, sin embargo sus facciones
le parecieron bellísimas a Pericón, por lo cual deliberó súbitamente que si no
tuviera marido la querría por mujer, y si por mujer no pudiese tenerla, la
querría tener por amiga.
Era Pericón hombre de fiero aspecto y muy robusto; y habiendo
durante algunos días a la señora hecho servir óptimamente, y por ello estando
ésta toda reconfortada, viéndola él sobremanera hermosísima, afligido
desmedidamente por no poder entenderla ni ella a él, y así no poder saber quién
fuera, pero no por ello menos desmesuradamente prendado de su belleza, con
obras amables y amorosas se ingenió en inducirla a cumplir su placer sin
oponerse. Pero era en vano: ella rehusaba del todo sus familiaridades, y
mientras tanto más se inflamaba el ardor de Pericón. Lo que, viéndolo la mujer,
y ya durante algunos días estando allí y dándose cuenta por las costumbres de
que entre cristianos estaba, y en lugar donde, si hubiera sabido hacerlo, el
darse a conocer de poca cosa le servía, pensando que a la larga o por la fuerza
o por amor tendría que llegar a satisfacer los gustos de Pericón, se propuso
con grandeza de ánimo hollar la miseria de su fortuna, y a sus mujeres, que más
de tres no le habían quedado, mandó que a nadie manifestasen quiénes eran,
salvo si en algún lugar se encontrasen donde conocieran que podrían encontrar
una ayuda manifiesta a su libertad; además de esto, animándolas sumamente a
conservar su castidad, afirmando haberse ella propuesto que nunca nadie gozaría
de ella sino su marido. Sus mujeres la
alabaron por ello, y le dijeron que observarían en lo que pudieran su mandato.
Pericón, inflamándose
más de día en día, y tanto más cuanto más cerca veía la cosa deseada y muchas
veces negada, y viendo que sus lisonjas no le valían, preparó el ingenio y el
arte, reservándose la fuerza para el final. Y habiéndose dado cuenta
alguna vez que a la señora le gustaba el vino, como a quien no estaba
acostumbrada a beber, porque su ley se lo vedaba, con él, como ministro de
Venus pensó que podía conseguirla, y, aparentando no preocuparse de que ella se
mostrase esquiva, hizo una noche a modo de solemne fiesta una magnífica cena, a
la que vino la señora; y en ella, siendo por muchas cosas alegrada la cena, ordenó
al que la servía que con varios vinos mezclados le diese de beber. Lo que él
hizo óptimamente; y ella, que de aquello no se guardaba, atraída por el agrado
de la bebida, más tomó de lo que habría requerido su honestidad; por lo que,
olvidando todas las advertencias pasadas, se puso alegre, y viendo a algunas
mujeres bailar a la moda de Mallorca, ella a la manera alejandrina bailó.
Lo que, viendo Pericón, estar cerca le pareció de lo que deseaba,
y continuando la cena con más abundancia de comidas y de bebidas, por gran
espacio durante la noche la prolongó. Por último, partiendo los convidados,
solo con la señora entró en su alcoba; la cual, más caliente por el vino que
templada por la honestidad, como si Pericón hubiese sido una de sus mujeres,
sin ninguna contención de vergüenza desnudándose en presencia de él, se metió
en la cama. Pericón no dudó en seguirla sino que, apagando todas las luces,
prestamente de la otra parte se echó junto a ella, y cogiéndola en brazos sin
ninguna resistencia, con ella empezó amorosamente a solazarse. Lo que cuando
ella lo hubo probado, no habiendo sabido nunca antes con qué cuerpo embisten
los hombres, casi arrepentida de no haber accedido antes a las lisonjas de
Pericón, sin esperar a ser invitada a tan dulces noches, muchas veces se
invitaba ella misma, no con palabras, con las que no se sabía hacer entender,
sino con obras. A este gran placer de Pericón y de ella, no estando la fortuna
contenta con haberla hecho de mujer de un rey convertirse en amiga de un
castellano, opuso una amistad más cruel.
Tenía Pericón un hermano de veinticinco años de edad, bello y
fresco como una rosa, cuyo nombre era Marato; el cual, habiéndola visto y
habiéndole agradado sumamente, pareciéndole, según por sus actos podía
comprender, que gozaba de su gracia, y estimando que lo que él deseaba nada se
lo vedaba sino la continua guardia que de ella hacía Pericón, dio en un cruel
pensamiento: y al pensamiento siguió sin tregua el criminal efecto. Estaba
entonces, por acaso, en el puerto de la ciudad, una nave cargada de mercancía
para ir a Clarentza, en Romania , de la que eran patrones dos jóvenes
genoveses, y tenía ya la vela izada para irse en cuanto buen viento soplase;
con los cuales concertándose Marato, arregló cómo la siguiente noche fuese recibido
con la mujer. Y hecho esto, al hacerse de noche, a casa de Pericón, quien de él
nada se guardaba, secretamente fue con algunos de sus fidelísimos compañeros, a
los cuales había pedido ayuda para lo que pensaba hacer, y en la casa, según lo
que habían acordado, se escondió. Y luego que fue pasada parte de la noche,
habiendo abierto a sus compañeros, allá donde Pericón con la mujer dormía se
fue, y abriéndola, a Pericón mataron mientras dormía y a la mujer, despierta y
gimiente, amenazándola con la muerte si hacía algún ruido, se llevaron; y con
gran cantidad de las cosas más preciosas de Pericón, sin que nadie les hubiera
oído, prestamente se fueron al puerto, y allí sin tardanza subieron a la nave
Marato y la mujer, y sus compañeros se dieron la vuelta.
Los marineros, teniendo viento favorable y fresco, se hicieron a
la mar. La mujer, amargamente de su primera desgracia y de ésta se dolió mucho;
pero Marato, con el San - Crescencio - en - mano que Dios le había dado empezó
a consolarla de tal manera que ella, ya familiarizándose con él, olvidó a
Pericón; y ya le parecía hallarse bien cuando la fortuna le aparejó nuevas
tristezas, como si no estuviese contenta con las pasadas. Porque, siendo ella
hermosísima de aspecto, como ya hemos dicho muchas veces, y de maneras muy
dignas de alabanza, tan ardientemente de ella los dos patrones de la nave se
enamoraron que, olvidándose de cualquier otra cosa, solamente a servirla y a
agradarla se aplicaban, teniendo cuidado siempre de que Marato no se
apercibiese de su intención. Y habiéndose dado cuenta el uno de aquel amor del
otro, sobre aquello tuvieron juntos una secreta conversación y convinieron en
adquirir aquel amor común, como si Amor debiese sufrir lo mismo que se hace con
las mercancías y las ganancias.
Y viéndola muy guardada por Marato, y por ello impedido su
propósito, yendo un día la nave con vela velocísima, y Marato estando sobre la
popa y mirando al mar, no sospechando nada de ellos, se fueron a él de común
acuerdo y, cogiéndolo prestamente por detrás lo arrojaron al mar; y estuvieron
más de una milla alejados antes de que nadie se hubiera dado cuenta de que
Marato había caído al mar; lo que oyendo la mujer y no viendo manera de poderlo
recobrar, nuevo duelo empezó a hacer en la nave. Y a su consuelo los dos
amantes vinieron incontinenti, y con dulces palabras y grandísimas promesas,
aunque ella poco los entendiese, a ella, que no tanto por el perdido Marato
como por su desventura lloraba, se ingeniaban en tranquilizar. Y luego de
largas consideraciones una y otra vez dirigidas a ella, pareciéndoles que la
habían consolado, vino la hora de discutir entre sí cuál de ellos la fuera a
llevar primero a la cama.
Y queriendo cada uno ser el primero y no pudiendo en aquello
llegar a ningún acuerdo entre ambos, primero con palabras graves y duras
empezaron un altercado y encendiéndose en ira con ellas, echando mano a los
cuchillos, furiosamente se echaron uno sobre el otro; y muchos golpes, no
pudiendo los que en la nave estaban separarlos, se dieron uno al otro, de los
que uno cayó muerto incontinenti, y el otro en muchas partes de su cuerpo
gravemente herido, quedó con vida; lo que desagradó mucho a la mujer, como a
quien allí sola, sin ayuda ni consejo alguno se veía, y mucho temía que contra
ella se volviese la ira de los parientes y de los amigos de los dos patrones;
pero los ruegos del herido y la pronta llegada a Clarentza del peligro de
muerte la libraron. Donde junto con el herido descendió a tierra, y estando con
él en un albergue, súbitamente corrió la fama de su gran belleza por la ciudad,
y a los oídos del príncipe de Morea , que entonces estaba en Clarentza, llegó:
por lo que quiso verla, y viéndola, y más de lo que la fama decía pareciéndole
hermosa, tan ardientemente se enamoró de ella que en otra cosa no podía pensar.
Y habiendo oído en qué guisa había llegado allí, se propuso
conseguirla para él, y buscándole las vueltas y sabiéndolo los parientes del
herido, sin esperar más se la mandaron prestamente; lo que al príncipe fue
sumamente grato y otro tanto a la mujer, porque fuera de un gran peligro le
pareció estar. El príncipe, viéndola además de por la belleza adornada con
trajes reales, no pudiendo de otra manera saber quién fuese ella, estimó que
sería noble señora, y por lo tanto su amor por ella se redobló; y teniéndola
muy honradamente, no a guisa de amiga sino como a su propia mujer la trataba. Lo que, considerando la mujer los pasados males y
pareciéndole bastante bien estar, tan consolada y alegre estaba mientras sus
encantos florecían que de nada más parecía que hubiera que hablar en Romania.
Por lo cual, al duque
de Atenas, joven y bello y arrogante en su persona, amigo y pariente del
príncipe, le dieron ganas de verla: y haciendo como que venía a visitarle, como
acostumbraba a hacer de vez en cuando, con buena y honorable compañía se vino a
Clarentza, donde fue honradamente recibido con gran fiesta. Después, luego de
algunos días, venidos a hablar de los encantos de aquella mujer, preguntó al
duque si eran cosa tan admirable como se decía; a lo que el príncipe respondió:
- Mucho más; pero de ello no mis palabras sino
tus ojos quiero que den fe.
A lo que, invitando
al duque el príncipe, juntos fueron allá donde ella estaba; la cual, muy
cortésmente y con alegre rostro, habiendo antes sabido su venida, les recibió. Y
habiéndola hecho sentar entre ellos, no se pudo de hablar con ella tomar ningún
agrado porque poco o nada de aquella lengua entendía; por lo que cada uno la
miraba como a cosa maravillosa, y mayormente el duque, el cual apenas podía
creer que fuese cosa mortal, y sin darse cuenta, al mirarla, con el amoroso
veneno que con los ojos bebía, creyendo que su gusto satisfacía mirándola, se
enviscó a sí mismo, enamorándose de ella ardentísimamente.
Y luego que de ella, junto con el príncipe, se hubo partido y tuvo
espacio de poder pensar por sí solo, juzgaba al príncipe más feliz que a nadie
teniendo una cosa tan bella a su disposición; y luego de muchos y diversos
pensamientos, pesando más su fogoso amor que su honra, determinó, sucediera lo
que fuese, privar al príncipe de aquella felicidad y hacerse feliz con ella a
sí mismo si pudiese. Y, teniendo en el ánimo apresurarse, dejando toda razón y
toda justicia aparte, a los engaños dispuso todo su pensamiento; y un día,
según el malvado plan establecido por él, junto con un secretísimo camarero del
príncipe que tenía por nombre Ciuriaci, secretísimamente todos sus caballos y
sus cosas hizo preparar para irse, y viniendo la noche, junto con un compañero,
todos armados, llevado fue por el dicho Ciuriaci a la alcoba del príncipe
silenciosamente. Al que vio que, por el gran calor que hacía, mientras dormía
la mujer, él todo desnudo estaba a una ventana abierta al puerto, tomando un
vientecillo que de aquella parte venía; por la cual cosa, habiendo a su
compañero antes informado de lo que tenía que hacer, silenciosamente fue por la
cámara hasta la ventana, y allí con un cuchillo hiriendo al príncipe en los
riñones, lo traspasó de una a otra parte, y cogiéndolo prestamente, lo arrojó
por la ventana abajo.
Estaba el palacio sobre el mar y muy alto, y aquella ventana a la
que estaba entonces el príncipe daba sobre algunas casas que habían sido
derribadas por el ímpetu del mar, a las cuales raras veces o nunca alguien iba;
por lo que sucedió, tal como el duque lo había previsto, que la caída del
cuerpo del príncipe ni fue ni pudo ser oída por nadie. El compañero del duque,
viendo que aquello estaba hecho, rápidamente un cabestro que llevaba para
aquello, fingiendo hacer caricias a Ciuriaci, se lo echó a la garganta y tiró
de manera que Ciuriaci no pudo hacer ningún ruido; y reuniéndose con él el
duque, lo estrangularon, y adonde el príncipe arrojado había, lo arrojaron. Y
hecho esto, manifiestamente conociendo que no habían sido oídos ni por la mujer
ni por nadie, tomó el duque una luz en la mano y la levantó sobre la cama, y
silenciosamente a la mujer toda, que profundamente dormía, descubrió; y
mirándola entera la apreció sumamente, y si vestida le había gustado sobre toda
comparación le gustó desnuda. Por lo que, inflamándose en mayor deseo, no
espantado por el reciente pecado por él cometido, con las manos todavía
sangrientas, junto a ella se acostó y con ella toda soñolienta, y creyendo que
el príncipe fuese, yació.
Pero luego de que algún tiempo con grandísimo placer estuvo con
ella, levantándose y haciendo venir allí a algunos de sus compañeros, hizo
coger a la mujer de manera que no pudiera hacer ruido, y por una puerta falsa,
por donde entrado había él, llevándola y poniéndola a caballo, lo más silenciosamente
que pudo, con todos los suyos se puso en camino y se volvió a Atenas. Pero como
tenía mujer, no en Atenas sino en un bellísimo lugar suyo que un poco a las
afueras de la ciudad tenía junto al mar, dejó a la más dolorosa de las mujeres,
teniéndola allí ocultamente y haciéndola honradamente, de cuanto necesitaba,
servir.
Habían a la mañana siguiente los cortesanos del príncipe esperado
hasta la hora de nona a que el príncipe se levantase; pero no oyendo nada,
empujando las puertas de la cámara que solamente estaban entornadas, y no
encontrando allí a nadie, pensando que ocultamente se hubiera ido a alguna
parte para estarse algunos días a su gusto con aquella su hermosa mujer, más no
se preocuparon. Y así las cosas, sucedió que al día siguiente, un loco,
entrando entre las ruinas donde estaban el cuerpo del príncipe y el de
Ciuriaci, por el cabestro arrastró afuera a Ciuriaci, y lo iba arrastrando tras
él. El cual, no sin maravilla fue reconocido por muchos, que con lisonjas
haciéndose llevar por el loco allí de donde lo había arrastrado, allí, con
grandísimo dolor de toda la ciudad, encontraron el del príncipe, y honrosamente
lo sepultaron; e investigando sobre los autores de tan grande delito, y viendo
que el duque de Atenas no estaba, sino que se había ido furtivamente,
estimaron, como era, que él debía haber hecho aquello y llevádose a la mujer.
Por lo que prestamente sustituyendo a su príncipe con un hermano
del muerto, le incitaron con todo su poder a la venganza; el cual, por muchas
otras cosas confirmado después haber sido tal como lo habían imaginado,
llamando en su ayuda a amigos y parientes y servidores de diversas partes,
prontamente reunió una grande y buena y poderosa hueste, y a hacer la guerra al
duque de Atenas se enderezó.
El duque, oyendo estas cosas, en su defensa semejantemente aparejó
todo su ejército, y vinieron en su ayuda muchos señores, entre los cuales,
enviados por el emperador de Constantinopla, estaban Costanzo su hijo y
Manovello su sobrino con buenas y grandes gentes, los cuales fueron recibidos
honradamente por el duque, y más por la duquesa, porque era su hermana.
Aprestándose las cosas para la guerra más de día en día, la duquesa, en tiempo
oportuno, a ambos a dos hizo venir a su cámara, y allí con lágrimas bastantes y
con muchas palabras toda la historia les contó, mostrándoles las razones de la
guerra y la ofensa hecha contra ella por el duque con la mujer a la que creía
tener ocultamente; y doliéndose mucho de aquello, les rogó que al honor del
duque y al consuelo de ella ofreciesen la reparación que pensasen mejor. Sabían
los jóvenes cómo había sido todo aquel hecho y, por ello, sin preguntar
demasiado, confortaron a la duquesa lo mejor que supieron y la llenaron de
buena esperanza, e informados por ella de dónde estaba la mujer, se fueron.
Y habiendo muchas veces oído hablar de la mujer como maravillosa,
desearon verla y al duque pidieron que se la enseñase; el cual, mal recordando
lo que al príncipe había sucedido por habérsela enseñado a él, prometió
hacerlo: y hecho aparejar en un bellísimo jardín, en el lugar donde estaba la
mujer, un magnífico almuerzo, a la mañana siguiente, a ellos con algunos otros
compañeros a comer con ella los llevó. Y estando sentado Costanzo con ella, la
comenzó a mirar lleno de maravilla, diciéndose que nunca había visto nada tan
hermoso, y que ciertamente por excusado podía tenerse al duque y a cualquiera
que para tener una cosa tan hermosa cometiese traición o cualquier otra acción
deshonesta: y una vez y otra mirándola, y celebrándola cada vez más, no de otra
manera le sucedió a él lo que le había sucedido al duque. Por lo que, yéndose
enamorado de ella, abandonado todo el pensamiento de guerra, se dio a pensar
cómo se la podría quitar al duque, óptimamente a todos celando su amor. Pero mientras
él se inflamaba en este fuego, llegó el tiempo de salir contra el príncipe que
ya a las tierras del duque se acercaba; por lo que el duque y Costanzo y todos
los otros, según el plan hecho en Atenas saliendo, fueron a contender a ciertas
fronteras, para que más adelante no pudiera venir el príncipe.
Y deteniéndose allí muchos días, teniendo siempre Costanzo en el
ánimo y en el pensamiento a aquella mujer, imaginando que, ahora que el duque
no estaba junto a ella, muy bien podría venir a cabo de su placer, por tener
una razón para volver a Atenas se fingió muy indispuesto en su persona; por lo
que, con permiso del duque, delegado todo su poder en Manovello, a Atenas se
vino junto a la hermana, y allí, luego de algunos días, haciéndola hablar sobre
la ofensa que del duque le parecía recibir por la mujer que tenía, le dijo que,
si ella quería, él la ayudaría bien en aquello, haciendo de allí donde estaba
sacarla y llevársela. La duquesa, juzgando que Costanzo por su amor y no por el
de la mujer lo hacía, dijo que le placía mucho siempre que se hiciese de manera
que el duque nunca supiese que ella hubiera consentido en esto. Lo que Costanzo
plenamente le prometió; por lo que la duquesa consintió en que él como mejor le
pareciese hiciera.
Costanzo, ocultamente, hizo armar una barca ligera, y aquella
noche la mandó cerca del jardín donde vivía la mujer, informados los suyos que
en ella estaban de lo que habían de hacer, y junto con otros fue al palacio
donde estaba la mujer, donde por aquellos que allí al servicio de ella estaban
fue alegremente recibido, y también por la mujer; y con ésta, acompañada por
sus servidores y por los compañeros de Costanzo, como quisieron, fueron al
jardín. Y como si a la mujer de parte del duque quisiera hablarle, con ella,
hacia una puerta que salía al mar, solo se fue; a la cual, estando ya abierta
por uno de sus compañeros, y allí con la señal convenida llamada la barca,
haciéndola coger prestamente y poner en la barca, volviéndose a sus criados,
les dijo:
- Nadie se mueva ni diga
palabra, si no quiere morir, porque entiendo no robar al duque su mujer sino
llevarme la vergüenza que le hace a mi hermana.
A esto nadie se atrevió a responder; por lo que Costanzo, con los
suyos en la barca montado y acercándose a la mujer que lloraba, mandó que
diesen los remos al agua y se fueran; los cuales, no bogando sino volando, casi
al alba del día siguiente llegaron a Egina. Bajando aquí a tierra y descansando
Costanzo con la mujer, que su desventurada hermosura lloraba, se solazó; y
luego, volviéndose a subir a la barca, en pocos días llegaron a Quíos, y allí,
por temor a la reprensión de su padre y para que la mujer robada no le fuese
quitada, plugo a Costanzo como en seguro lugar quedarse; donde muchos días la
mujer lloró su desventura, pero luego, consolada por Costanzo, como las otras
veces había hecho, empezó a tomar el gusto a lo que la fortuna le deparaba.
Mientras estas cosas andaban de tal guisa, Osbech, entonces rey de
los turcos, que estaba en continua guerra con el emperador, en aquel tiempo
vino por acaso a Esmirna, y oyendo allí cómo Costanzo en lasciva vida, con una
mujer suya a quien robado había, sin ninguna precaución estaba en Quíos, yendo
allí con unos barquichuelos armados una noche y ocultamente con su gente
entrando en la ciudad, a muchos cogió en sus camas antes de que se diesen
cuenta de que los enemigos habían llegado; y por último a algunos que,
despertándose, habían corrido a las armas, los mataron, y, prendiendo fuego a
toda la ciudad, el botín y los prisioneros puestos en las naves, hacia Esmirna
se volvieron.
Llegados allí, encontrando Osbech, que era hombre joven, al
revisar el botín, a la hermosa mujer, y conociendo que aquélla era la que con
Costanzo había sido cogida durmiendo en la cama, se puso sumamente contento al
verla; y sin tardanza la hizo su mujer y celebró las bodas, y con ella se
acostó contento muchos meses.
El emperador, que antes de que estas cosas sucedieran había tenido
tratos con Basano, rey de Capadocia, para que contra Osbech bajase por una parte
con sus fuerzas y él con las suyas le asaltara por la otra, y no había podido
cumplirlo aún plenamente porque algunas cosas que Basano pedía, como menos
convenientes no había podido hacerlas, oyendo lo que a su hijo había sucedido,
triste se puso sobremanera y sin tardanza lo que el rey de Capadocia le pedía
hizo, y él cuanto más pudo solicitó que descendiese contra Osbech, aparejándose
él de la otra parte a irle encima. Osbech, al saber esto, reunido su ejército,
antes de ser cogido en medio por los dos poderosísimos señores, fue contra el
rey de Capadocia, dejando en Esmirna al cuidado de un fiel familiar y amigo a
su bella mujer; y con el rey de Capadocia enfrentándose después de algún tiempo
combatió y fue muerto en la batalla y su ejército vencido y dispersado.
Por lo que Basano, victorioso, se puso libremente a venir hacia
Esmirna; y al venir, toda la gente como a vencedor le obedecía. El familiar de
Osbech, cuyo nombre era Antíoco, a cargo de quien había quedado la hermosa
mujer, por templado que fuese, viéndola tan bella, sin observar a su amigo y
señor lealtad, de ella se enamoró; y sabiendo su lengua (lo que mucho le
agradaba, como a quien varios años a guisa de sorda y de muda había tenido que
vivir, por no haberla entendido nadie y ella no haber entendido a nadie),
incitado por el amor, comenzó a tomar tanta familiaridad con ella en pocos días
que, no después de mucho, no teniendo consideración a su señor que en armas y
en guerra estaba, hicieron su trato no solamente en amistoso sino en amoroso transformarse,
tomando el uno del otro bajo las sábanas maravilloso placer.
Pero oyendo que Osbech estaba vencido y muerto, y que Basano venía
pillando todo, tomaron juntos por partido no esperarlo allí sino que cogiendo
grandísima parte de las cosas más preciosas que allí tenía Osbech, juntos y
escondidamente, se fueron a Rodas; y no habían vivido allí mucho tiempo cuando
Antíoco enfermó de muerte. Estando con el cual por acaso un mercader chipriota
muy amado por él y sumamente su amigo, sintiéndose llegar a su fin, pensó que
le dejaría a él sus cosas y su querida mujer. Y ya próximo a la muerte, a ambos
llamó, diciéndoles así:
- Veo que desfallezco sin
remedio; lo que me duele, porque nunca tanto me gustó vivir como ahora me
gustaba. Y cierto es que de una cosa muero contentísimo, porque, teniendo que
morir, me veo morir en los brazos de las dos personas a quienes amo más que a
ninguna otra que haya en el mundo, esto es en los tuyos, carísimo amigo, y en
los de esta mujer a quien más que a mí mismo he amado desde que la conocí.
Es verdad que doloroso me es saber que se queda forastera y sin
ayuda ni consejo, al morirme yo; y más doloroso me sería todavía si no te viese
a ti que creo que cuidado de ella tendrás por mi amor como lo tendrías de mi
mismo; y por ello, cuanto más puedo te ruego que, si me muero, que mis cosas y
ella queden a tu cuidado, y de las unas y de la otra haz lo que creas que sirva
de consuelo a mi alma. Y a ti, queridísima mujer, te ruego que después de mi
muerte no me olvides, para que yo allá pueda envanecerme de que soy amado aquí
por la más hermosa mujer que nunca fue formada por la naturaleza. Si de estas
dos cosas me dieseis segura esperanza, sin ninguna duda me iré consolado.
El amigo mercader y semejantemente la mujer, al oír estas
palabras, lloraban; y habiendo callado él, le confortaron y le prometieron por
su honor hacer lo que les pedía, si sucediera que él muriese; y poco después
murió y por ellos fue hecho sepultar honorablemente. Después, luego de pocos
días, habiendo el mercader chipriota todos sus negocios en Rodas despachado y
queriendo volverse a Chipre en una coca de catalanes que allí había, preguntó a
la hermosa mujer que qué quería hacer, como fuera que a él le convenía volverse
a Chipre.
La mujer repuso que con él, si le pluguiera, iría de buena gana,
esperando que por el amor de Antíoco sería tratada y mirada por él como una
hermana. El mercader repuso que de lo que a ella gustase estaría contento: y,
para de cualquier ofensa que pudiese sobrevenirle antes de que a Chipre
llegasen, defenderla, dijo que era su mujer. Y subido a la nave, habiéndoles
dado un camarote en la popa, para que las obras no pareciesen contrarias a las
palabras, con ella en una litera bastante pequeña dormía. Por lo que sucedió lo
que ni por el uno ni por el otro había sido acordado al partir de Rodas; es
decir que, incitándoles la oscuridad y la comodidad y el calor de la cama,
cuyas fuerzas no son pequeñas, olvidada la amistad y el amor por Antíoco
muerto, atraídos por igual apetito, empezando a hurgonearse el uno al otro,
antes de que a Pafos llegasen, de donde era el chipriota, se habían hecho
parientes; y llegados a Pafos, mucho tiempo estuvo con el mercader.
Sucedió por acaso que a Pafos llegó por algún asunto suyo un
gentilhombre cuyo nombre era Antígono, cuyos años eran muchos pero cuyo juicio
era mayor, y pocas las riquezas, porque habiéndose en muchas cosas mezclado al
servicio del rey de Chipre, la fortuna le había sido contraria. El cual,
pasando un día por delante de la casa donde la hermosa mujer vivía, habiendo el
mercader chipriota ido con su mercancía a Armenia, le sucedió por ventura ver a
una ventana de su casa a esta mujer; a quien, como era hermosísima, empezó a
mirar fijamente, y empezó a querer acordarse de haberla visto otras veces, pero
dónde de ninguna manera acordarse podía.
La hermosa mujer, que mucho tiempo habla sido juguete de la
fortuna, acercándose al término en que sus males debían hallar fin, al ver a
Antígono se acordó de haberlo visto en Alejandría al servicio de su padre, en
no baja condición; por lo cual, concibiendo súbita esperanza de poder aún
volver al estado real con sus consejos, no sintiendo a su mercader, lo antes
que pudo hizo llamar a Antígono. Al cual, venido a ella, tímidamente preguntó
si él fuese Antígono de Famagusta, como creía. Antígono repuso que sí, y además
de ello dijo:
- Señora, a mí me parece
conoceros, pero por nada puedo acordarme de dónde; por lo que os ruego, si no
os es enojoso, que a la memoria me traigáis quién sois.
La mujer, oyendo que era él, llorando fuertemente le echó los
brazos al cuello, y, luego de un poco, a él, que mucho se maravillaba, le
preguntó si nunca en Alejandría la había visto. Cuya pregunta oyendo Antígono
reconoció incontinenti que era aquélla Alatiel la hija del sultán que muerta en
el mar se creía que había sido, y quiso hacerle la reverencia debida; pero ella
no lo sufrió, y le rogó que con ella se sentase un poco. Lo que, hecho por
Antígono, le preguntó reverentemente cómo y cuándo y de dónde había venido aquí,
como fuera que en toda la tierra de Egipto se tuviese por cierto que se había
ahogado en el mar, hacía ya algunos años. A lo que dijo la mujer:
- Bien querría que hubiera
sido así más que haber tenido la vida que he tenido, y creo que mi padre
querría lo mismo, si alguna vez lo supiera.
Y dicho así, volvió a llorar maravillosamente; por lo que Antígono
le dijo:
- Señora, no os
desconsoléis antes que sea necesario; si os place, contadme vuestras
desventuras y qué vida habéis tenido; por ventura vuestros asuntos podrán
encaminarse de manera que les encontremos, con ayuda de Dios, buena solución.
- Antígono - dijo la
hermosa mujer - , me pareció al verte ver a mi padre, y movida por el amor y la
ternura que a él le he tenido, pudiéndome ocultar me manifesté a ti, y a pocas
personas me habría podido suceder haber visto de que tan contenta fuese cuanto
estoy de haberte, antes que a ningún otro, visto y reconocido; y por ello, lo
que en mi mala fortuna siempre he tenido escondido, a ti como a padre te lo
descubriré. Si ves, después de que oído lo hayas, que puedas de algún modo a mi
debida condición hacerme volver, te ruego que lo pongas en obra; si no lo ves,
te ruego que jamás a nadie digas que me has visto o que nada has oído de mí.
Y dicho esto, siempre llorando, lo que sucedido le había desde que
naufragó en Mallorca hasta aquel punto le contó; de lo que Antígono, movido a
piedad, empezó a llorar, y luego de que por un rato hubo pensado, dijo:
- Señora, puesto que oculto
ha estado en vuestros infortunios quién seáis, sin falta os devolveré más
querida que nunca a vuestro padre, y luego como mujer al rey del Algarbe.
Y preguntado por ella que cómo, ordenadamente lo que había de
hacer le enseñó; y para que ninguna otra fuese a sobrevenir si se demoraba, en
el mismo momento volvió Antígono a Famagusta y se fue al rey, al que dijo:
- Señor mío, si os place,
podéis al mismo tiempo haceros grandísimo honor a vos, y a mí (que soy pobre
por vos) gran provecho sin que os cueste mucho.
El rey le preguntó cómo. Antígono entonces dijo:
- A Pafos ha llegado la
hermosa joven hija del sultán, de la que ha corrido tanto la fama de que se
había ahogado; y, por preservar su honestidad, grandísimas privaciones ha
sufrido largamente, y al presente se encuentra en pobre estado y desea volver a
su padre. Si a vos os pluguiera mandársela bajo mi custodia, sería un gran
honor para vos, y un gran bien para mí; y no creo que nunca tal servicio se le
olvidase al sultán.
El rey, movido por real magnanimidad, súbitamente repuso que le placía:
y honrosamente enviando a por ella, a Fainagusta la hizo venir, donde por él y
por la reina con indecible fiesta y con magnífico honor fue recibida; a la
cual, después, por el rey y la reina siéndole preguntadas sus desventuras,
según los consejos dados por Antígono repuso y contó todo. Y pocos días
después, pidiéndolo ella, el rey, con buena y honorable compañía de hombres y
de mujeres, bajo la custodia de Antígono la devolvió al sultán; por el cual si
fue celebrada su vuelta nadie lo pregunte, y lo mismo la de Antígono con toda
su compañía. La que, luego de que reposó algo, quiso el sultán saber cómo
estaba viva, y dónde se había detenido tanto tiempo sin nunca haberle hecho
nada saber sobre su condición.
La joven, que óptimamente las enseñanzas de Antígono había
aprendido, a su padre así comenzó a hablar:
- Padre mío, sería el
vigésimo día después que partí de vuestro lado cuando, por fiera tempestad
nuestra nave resquebrajada, encalló en ciertas playas allá en Occidente, cerca
de un lugar llamado Aguasmuertas, una noche, y lo que de los hombres que en
nuestra nave iban sucediese no lo sé ni lo supe nunca; de cuanto me acuerdo es
de que, llegado el día y yo casi de la muerte a la vida volviendo, habiendo
sido ya la rota nave vista por los campesinos, corrieron a robarla de toda la
comarca, y yo con dos de mis mujeres primero sobre la orilla puestas fuimos, e
incontinenti cogidas por los jóvenes que, quién por aquí con una y quién por
ahí con otra, empezaron a huir. Qué fue de ellas no lo supe nunca; pero
habiéndome a mí, que me resistía, cogido entre dos jóvenes y arrastrándome por
los cabellos, llorando yo fuertemente, sucedió que, pasando los que me
arrastraban un camino para entrar en un grandísimo bosque, cuatro hombres en
aquel momento pasaban por allí a caballo, a los cuales, como vieron los que me
arrastraban, soltándome, prestamente se dieron a la fuga. Los cuatro hombres,
que por su semblante me parecían de autoridad, visto aquello, corrieron a donde
yo estaba y mucho me preguntaron, y yo mucho dije, pero ni por ellos fui
entendida ni a ellos los entendí. Ellos, luego de larga consulta, subiéndome a
uno de sus caballos, me llevaron a un monasterio de mujeres según su ley
religiosa, y yo, por lo que les dijeran, fui allí benignísimamente recibida y
siempre honrada, y con gran devoción junto con ellas he servido desde entonces
a san Crescencio - en - la - cueva, a quien las mujeres de aquel país mucho
aman. Pero luego de que algún tiempo estuve con ellas, y ya habiendo algo
aprendido de su lengua, preguntándome quién yo fuese y de dónde, y sabiendo yo
dónde estaba y temiendo, si dijese la verdad, ser perseguida como enemiga de su
ley, repuse que era hija de un gran gentilhombre de Chipre, el cual habiéndome
mandado a Creta para casarme, por azar allí habíamos sido llevados y
naufragamos. Y muchas veces en muchas cosas, por miedo a lo peor, observé sus
costumbres; y preguntándome la mayor de aquellas señoras, a la que llamaban
«abadesa», si a Chipre me gustaría volver, contesté que nada deseaba tanto;
pero ella, solícita de mi honor, nunca me quiso confiar a nadie que hacia
Chipre viniera sino, hace unos dos meses, cuando llegados allí ciertos hombres
buenos de Francia con sus mujeres, entre los cuales algún pariente tenía la
abadesa, y oyendo ella que a Jerusalén iban a visitar el sepulcro donde aquel a
quien tienen por Dios fue enterrado después de que fue matado por los judíos, a
ellos me encomendó, y les rogó que en Chipre quisieran entregarme a mi padre.
Cuánto estos gentileshombres me honraron y alegremente me recibieron junto con
sus mujeres, larga historia sería de contar. Subidos, pues, en una nave, luego
de muchos días llegamos a Pafos; y allí viéndome llegar, sin conocerme nadie ni
sabiendo qué debía decir a los gentileshombres que a mi padre me querían
entregar, según les había sido impuesto por la venerable señora, me aparejó
Dios, a quien tal vez daba lástima de mí, sobre la orilla a Antígono en la
misma hora que nosotros en Pafos bajábamos; al que llamé prestamente y en
nuestra lengua, para no ser entendida por los gentileshombres ni las señoras,
le dije que como hija me recibiera. Él me entendió enseguida; y haciéndome gran
fiesta, a aquellos gentileshombres y a aquellas señoras según sus pobres
posibilidades honró, y me llevó al rey de Chipre, el cual con qué honor me
recibió y aquí a vos me ha enviado nunca podría yo contar. Si algo por decir
queda, Antígono, que muchas veces me ha oído esta mi peripecia, lo cuente.
Antígono, entonces, volviéndose al sultán, dijo:
- Señor mío, ordenadísimamente,
tal como me lo ha contado muchas veces y como aquellos gentileshombres con los
que vino me contaron, os lo ha contado; solamente una parte ha dejado por
deciros, que estimo que, porque bien no le está decirlo a ella, lo haya hecho:
y ello es cuánto aquellos gentileshombres y señoras con quienes vino hablaron
de la honesta vida que con las señoras religiosas había llevado y de su virtud
y de sus loables costumbres, y de las lágrimas y del llanto que hicieron las
señoras y los gentileshombres cuando, restituyéndola a mí, se separaron de
ella. De las cuales cosas si yo quisiera enteramente decir lo que ellos me
dijeron, no el presente día sino la noche siguiente no nos bastaría; tanto
solamente creo que basta que, según sus palabras mostraban y aun aquello que yo
he podido ver, os podéis gloriar de tener la más hermosa hija y la más honrada
y la más valerosa que ningún otro señor que hoy lleve corona.
Estas cosas celebró el sultán maravillosamente y muchas veces rogó
a Dios que le concediese gracia para poder dignas recompensas conceder a
cualquiera que hubiera honrado a su hija, y máximamente al rey de Chipre por
quien honradamente le había sido devuelta; y luego de algunos días, habiendo
hecho preparar grandísimos dones para Antígono, le dio licencia de volverse a
Chipre, dándole al rey con cartas y con embajadores especiales grandísimas
gracias por lo que había hecho a la hija. Y después de esto, queriendo que lo
que comenzado había sido tuviese lugar, es decir, que ella fuese la mujer del
rey del Algarbe, a éste todo hizo saber enteramente, escribiéndole además de
ello que, si le pluguiera tenerla, a por ella mandase.
Mucho celebró esto el rey del Algarbe y, mandando honorablemente a
por ella, alegremente la recibió.
Y ella, que con otros ocho hombres unas diez mil veces se había
acostado, a su lado se acostó como doncella, y le hizo creer que lo era, y,
reina, con él alegremente mucho tiempo vivió después. Y por ello se dice: «Boca
besada no pierde fortuna, que se renueva como la luna».
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