NOVELA OCTAVA
El conde de Amberes, acusado en falso, va al exilio; deja a dos
hijos suyos en diversos lugares de Inglaterra y él, al volver de Escocia , sin
ser conocido, los encuentra en buen estado; entra como palafrenero en el
ejército del rey de Francia y, reconocida su inocencia, es restablecido en su
primer estado.
Mucho suspiraron las señoras por las diversas desventuras de la
hermosa mujer: pero ¿quién sabe qué razón movía los suspiros? Tal vez las había que no menos por anhelo de tan
frecuentes nupcias que por lástima de ella suspiraban. Pero
dejando esto por el momento presente, habiéndose alguna reído por las últimas
palabras dichas por Pánfilo, y viendo por ellas la reina que su novela había
terminado, vuelta hacia Elisa, le impuso que continuara el orden con una de las
suyas; la cual, alegremente haciéndolo, comenzó
Amplísimo campo es este por el cual hoy nos estamos paseando, y no
hay nadie que, no una justa sino diez pudiese contender en él asaz fácilmente
pues tan abundante lo ha hecho la fortuna en sus extraños y dolorosos casos; y
por ello, viniendo de ellos, que infinitos son, a contar alguno, digo que:
Al ser el imperio de Roma de los franceses a los tudescos
transportado , nació entre una nación y la otra grandísima enemistad y acerba y
continua guerra, por la cual, tanto para defender su país como para atacar a
los otros, el rey de Francia y un hijo suyo, con toda la fuerza de su reino y
junto con los amigos y parientes con quienes hacer lo pudieron, organizaron un
grandísimo ejército para ir contra los enemigos; y antes de que a ello
procedieran, para no dejar el reino sin gobierno, sabiendo que Gualterio, conde
de Amberes, era un hombre noble y sabio y muy fiel amigo y servidor suyo, y que
aunque también era conocedor del arte de la guerra les parecía a ellos más apto
para las cosas delicadas que para las fatigosas, a él en el lugar de ellos
dejaron como vicario general sobre todo el gobierno del reino de Francia, y se
fueron a sus campañas.
Comenzó, pues, Gualterio con juicio y con orden el oficio
encomendado, siempre en todas las cosas con la reina y con su nuera
consultando; y aunque bajo su custodia y jurisdicción hubiesen sido dejadas, no
menos como a sus señoras y principales en lo que podía las honraba. Era el dicho
Gualterio hermosísimo de cuerpo y de edad de unos cuarenta años, y tan amable y
cortés cuanto más pudiese serlo hombre noble, y además de todo esto, era el más
galante y el más delicado caballero que en aquel tiempo se conociese, y el que
más adornado iba.
Ahora, sucedió que, estando el rey de Francia y su hijo en la
guerra ya dicha, habiendo muerto la mujer de Gualterio y habiéndole dejado con
un hijo varón y una hija, niños pequeños, y sin nadie más, frecuentando él la
corte de las dichas señoras y hablando con ellas frecuentemente de las
necesidades del reino, la mujer del hijo del rey puso en él sus ojos y con
grandísimo afecto considerando su persona y sus costumbres, con oculto amor
fervientemente se inflamó por él; y viéndose joven y fresca y a él sin mujer,
pensó que sería fácil realizar su deseo. Y pensando que ninguna cosa se oponía
a aquello sino la vergüenza de manifestárselo, se dispuso del todo a desecharla
de sí, y estando un día sola y pareciéndole oportuno, como si otras cosas con
él hablar quisiese, mandó a por él. El conde, cuyo pensamiento estaba muy lejos
del de la señora, sin ninguna dilación se fue a donde ella; y sentándose, como
ella quiso, con ella sobre una cama, en una cámara los dos solos, habiéndola ya
el conde preguntado sobre la razón por la que le hubiese hecho venir, y ella
callando, finalmente, empujada por el amor, toda roja de vergüenza, casi
llorando y temblando toda, con palabras entrecortadas, así comenzó a decir:
- Carísimo y dulce amigo y
señor mío, vos podéis, como hombre sabio, fácilmente conocer cuánta sea la
fragilidad de los hombres y de las mujeres, y por diversas razones más en una
que en otra; por lo que debidamente, ante un justo juez, un mismo pecado en
diversa cualidad de personas no debe recibir la misma pena. ¿Y quién sería
quien dijese que no debiese ser mucho más reprensible un pobre hombre o una
pobre mujer que con su trabajo tuviesen que ganar lo que necesitasen para
vivir, si fuesen por el amor estimulados y lo siguiesen, que una señora rica y
ociosa y a quien nada que agradase a sus deseos faltara? Creo ciertamente que
nadie. Por la razón que juzgo que grandísima parte de excusa deban prestar las
dichas cosas de aquella que las posee, si por ventura se deja llevar a amar; y
lo restante debe tenerlo el haber elegido a un sabio y valeroso amador, si lo
ha hecho así aquella que ama. Las cuales cosas, como quiera que ambas según mi
parecer, se dan en mí, y además de ellas otras más que a amar deben inducirme,
como es mi juventud y el alejamiento de mi marido, deben ahora venir en mi
ayuda a la defensa de mi fogoso amor ante vuestra consideración; y si pueden lo
que en la presencia de los sabios deben poder, os ruego que consejo y ayuda en
lo que os pida me prestéis. Es verdad que, por el alejamiento de mi marido no
pudiendo yo a los estímulos de la carne ni a la fuerza del amor oponerme (los
cuales son de tanto poder, que a los fortísimos hombres, no ya a las tiernas
mujeres, han vencido muchas veces y vencen todos los días), estando yo en las
comodidades y los ocios en que me veis, a secundar los placeres de amor y a
enamorarme me he dejado llevar: y como tal cosa, si sabida fuese, yo sepa que
no es honesta, no menos, siendo y estando escondida en nada la juzgo ser
deshonesta, pues me ha sido Amor tan complaciente que no solamente no me ha
quitado el debido juicio al elegir el amante sino que mucho me ha dado,
mostrándome que sois digno vos de ser amado por una mujer tal como yo; que, si
no me engaño, os reputo por el más hermoso, el más amable y más galante y el
más sabio caballero que en el reino de Francia pueda encontrarse; y tal como yo
puedo decir que sin marido me veo, vos también sin mujer. Por lo que yo os
ruego, por tan grande amor como es el que os tengo, que no me neguéis el
vuestro y que se acreciente con mi juventud, la cual verdaderamente, como el
hielo al fuego, se consume por vos.
Al llegar a estas palabras le acometieron tan abundantemente las
lágrimas que ella, que todavía más ruegos intentaba interponer, no tuvo más
poder para hablar, sino que bajado el rostro y abatida, llorando, en el seno
del conde dejó caer la cabeza. El conde, que lealísimo caballero era, con
gravísima reprimenda empezó a reprender un tan loco amor y a rechazarla porque
ya al cuello quería echársele, y con juramentos a afirmar que primero sufriría
él ser descuartizado que tal cosa contra el honor de su señor ni en sí mismo ni
en otro consintiera. Lo que oyendo la señora, súbitamente olvidado el amor y en
fiero furor encendida dijo:
- ¿Será, pues, ruin
caballero, de esta guisa escarnecido por vos mi deseo? No plazca a Dios, puesto
que queréis hacerme morir, que yo morir arrojar del mundo no os haga.
Y diciendo así, al punto se echó las manos a los cabellos,
enmarañándoselos y descomponiéndoselos todos, y después de haberse desgarrado
las vestiduras en el pecho, comenzó a gritar fuerte:
- ¡Ayuda, ayuda, que el
conde de Amberes quiere forzarme!
El conde, viendo esto, y temiendo mucho más la envidia de los
cortesanos que a su conciencia, y temiendo que aquélla fuese a dar más fe a la
maldad de la señora que a su inocencia, se levantó y lo más aprisa que pudo, de
la cámara y del palacio salió y escapó a su casa, donde, sin tomar otro
consejo, puso a sus hijos a caballo y montándose él también, lo más aprisa que
pudo se fue hacia Calais. Al ruido de la señora corrieron muchos, los cuales,
viéndola y oyendo la razón de sus gritos, no solamente por aquello dieron fe a
sus palabras, sino que añadieron que la galanura y la adornada manera del conde
había sido por él largamente buscada para poder llegar a aquello. Se corrió,
pues, con furia a los palacios del conde para arrestarlo; pero no encontrándole
a él, primero los saquearon todos y luego hasta los cimientos los hicieron
derribar.
La noticia, tan torpe como se contaba, llegó en las huestes al rey
y al hijo, los cuales, muy airados, a perpetuo exilio a él y a sus
descendientes condenaron, grandísimos dones prometiendo a quien vivo o muerto
se lo llevase. El conde, pesaroso de que, de inocente, al huir, se había hecho
culpable, llegado sin darse a conocer o ser conocido, con sus hijos a Calais,
prestamente pasó a Inglaterra y en pobres vestidos fue hacia Londres, donde
antes de entrar, con muchas palabras adoctrinó a los dos pequeños hijos suyos,
y máximamente en dos cosas: primera, que pacientemente soportasen el estado
pobre al que sin culpa de ellos la fortuna, junto con él, les había llevado, y
luego que con toda prudencia se guardasen de manifestar a nadie de dónde eran
ni hijos de quién, si amaban la vida.
Era el hijo, llamado Luigi, de unos nueve años, y la hija, que
tenía por nombre Violante , tenía unos siete, los cuales, según lo que permitía
su tierna edad, muy bien comprendieron la lección del padre, y en las obras lo
mostraron después. Y para que aquello mejor pudiese hacerse le pareció deber
cambiarles los nombres; y lo hizo así, y llamó al varón Perotto y Giannetta a
la niña; y llegados a Londres con pobres vestidos, del modo que vemos hacer a
los pordioseros franceses, se dieron a andar pidiendo limosna.
Y estando por acaso en tal ocupación una mañana en una iglesia,
sucedió que una gran dama, que era mujer de uno de los mariscales del rey de
Inglaterra, al salir de la iglesia, vio al conde y a sus dos hijitos que
limosna pedían, al que preguntó de dónde era y si suyos eran aquellos dos
niños. A quien repuso que él era de Picardía y que, por un delito de un hijo
mayor, había tenido que hacerse vagabundo con aquellos dos, que suyos eran. La dama, que era piadosa, puso los ojos en la muchacha y
le gustó mucho porque hermosa y gentil y agraciada era, y dijo:
- Buen hombre, si te contentase dejar aquí
conmigo a esta hijita tuya, porque buen aspecto tiene, la enseñaré de buena
gana, y si se hace mujer virtuosa la casaré en el tiempo que sea conveniente de
manera que estará bien.
Al conde mucho le
plugo esta petición, y prestamente repuso que sí, y con lágrimas se la dio y
recomendó mucho. Y habiendo así colocado a la hija y sabiendo bien a quién,
deliberó no quedarse allí, y pidiendo limosna atravesó la isla y con Perotto
llegó a Gales no sin gran fatiga, como quien a andar a pie no está
acostumbrado. Allí había otro de los mariscales del rey, que gran estado y
muchos servidores tenía, en cuya corte el conde alguna vez, él y el hijo, para
tener de qué comer, mucho se detenían. Y estando en ella algún hijo del dicho
mariscal y otros muchachos de gente noble, y jugando a algunos juegos de
muchachos como de correr y de saltar, Perotto comenzó a mezclarse con ellos y a
hacerlo tan diestramente, o más, que cualquiera de los otros hiciese alguna de
las pruebas que entre ellos se hacían. Lo que viendo alguna vez el mariscal, y
gustándole mucho la manera y los modos del muchacho, preguntó que quién fuese.
Le fue dicho que era hijo de un pobre hombre que alguna vez por limosna venia
allá adentro.
Al cual el mariscal se lo hizo pedir y el conde, como quien a Dios
otra cosa no rogaba, libremente se lo concedió, por mucho disgusto que le
causase separarse de él. Teniendo, pues, el conde el hijo y la hija colocados,
pensó que más no quería quedarse en Inglaterra sino que como mejor pudo se pasó
a Irlanda, y llegado a Stanford, con un caballero de un conde campesino se
colocó como criado, todas aquellas cosas haciendo que a un criado o a un
palafrenero pueden convenir; y allí sin ser nunca por nadie conocido, con asaz
disgusto y fatiga se quedó largo tiempo.
Violante, llamada
Giannetta, con la noble señora en Londres fue creciendo en años y en persona y
en belleza, y en tanto favor de la señora y de su marido y de cualquiera otro
de la casa y de quienquiera que la conociese, que era cosa maravillosa de ver;
y no había nadie que sus costumbres y sus maneras mirase que no dijese que
debía ser digna de todo grandísimo bien y honor. Por la cual cosa, la
noble señora que la había recibido de su padre, sin haber podido nunca saber
quién era él de otra manera que por lo que él decía, se había propuesto casarla
honradamente según la condición de que estimaba que era. Pero Dios, justo
protector de los méritos de los demás, sabiendo que era mujer noble, y llevaba
sin culpa la penitencia del pecado ajeno, lo dispuso de otra manera: y para que
a manos de un hombre vil no viniese la noble joven, debe creerse que, lo que
sucedió, Él por su misericordia lo permitió. Tenía la noble señora con la que
Giannetta vivía un único hijo de su marido a quien ella y el padre sumamente
amaban, tanto porque era su hijo como porque por virtud y méritos lo valía,
como quien más que nadie cortés y valeroso y arrogante y hermoso de cuerpo era.
El cual, teniendo unos seis años más que Giannetta y viéndola hermosísima y
graciosa, tanto se enamoró de ella que más allá de ella nada veía.
Y porque imaginaba que debía ser de baja condición, no solamente
no osaba pedirla a su padre y a su madre por mujer, sino que temiendo ser
reprendido por haberse puesto a amar bajamente, cuanto podía su amor tenía
escondido. Por la cual cosa, mucho más que si descubierto lo hubiera, lo
estimulaba; y ocurrió que por exceso de angustia enfermó, y gravemente.
Habiendo sido llamados varios médicos a su cuidado, y habiendo un signo y otro
observado en él y no pudiendo su enfermedad conocer, todos juntos desesperaban
de su salvación; por lo que el padre y la madre del joven tenían tanto dolor y
melancolía que mayor no habría podido tenerse; y muchas veces con piadosos
ruegos le preguntaban la razón de su mal, a los que o suspiros por respuesta
daba o que todo se sentía desfallecer.
Sucedió un día que, estando sentado junto a él un médico asaz
joven, pero en ciencia muy profundo, y teniéndole cogido por el brazo en aquella
parte donde buscan el pulso, Giannetta, que, por respeto por la madre,
solícitamente le servía, por alguna razón entró en la cámara en la que el joven
estaba echado. A la cual, cuando el joven vio, sin ninguna palabra o ademán
hacer, sintió con más fuerza en el corazón el amoroso ardor, por lo que el
pulso más fuerte comenzó a latirle de lo acostumbrado; lo que el médico sintió
incontinenti y maravillóse, y estuvo quedo por ver cuánto aquel latir durase .
Al salir Giannetta de la cámara el latir se calmó: por lo que le pareció al
médico haber entendido algo de la razón de la enfermedad del joven; y poco
después, como si algo quisiera preguntar a Giannetta, siempre teniendo al
enfermo por el brazo, la hizo llamar. A lo que ella vino incontinenti; no había
entrado en la cámara cuando el latir del pulso volvió al joven, y partida ella,
cesó. Con lo que, pareciendo al médico tener plena certeza, levantóse y
llevando aparte al padre y a la madre del joven, les dijo:
- La salud de vuestro hijo
no en los remedios de los médicos sino en las manos de Giannetta está, a la
cual, tal como he conocido manifiestamente por ciertos signos, el joven ama
ardientemente aunque ella no se haya dado cuenta por lo que yo veo. Sabéis ya lo que tenéis que hacer si su vida os es
querida.
El noble señor y su mujer, oyendo esto, se pusieron contentos en
cuanto algún modo se encontraba para su salvación, aunque mucho les pesase que
lo que temían fuera aquello, esto es, tener que dar a Giannetta a su hijo por
esposa. Ellos, pues, partido el médico, se fueron al enfermo, y díjole la
señora así:
- Hijo mío, no habría yo
creído nunca que me escondieses algún deseo tuyo, y especialmente viéndote, por
no tenerlo, desfallecer, por lo que debías estar cierto, y debes, que nada hay
que por contentarte hacer pudiese, aunque menos que honesto fuera, que como por
mí misma no lo hiciese; pero pues que lo has hecho así ha sucedido que Nuestro
Señor se ha compadecido de ti más que tú mismo, y para que de esta enfermedad
no te mueras me ha mostrado la razón de tu mal, que no es otra cosa que un
excesivo amor que sientes por alguna joven, sea quien sea ella. Y en verdad, de
manifestar esto no deberías avergonzarte porque tu edad lo pide, y si no
estuvieras enamorado yo te tendría en bastante poco. Por lo que, hijo mío, no
te escondas de mí sino que con confianza descúbreme todo tu deseo, y la
melancolía y el pensamiento que tienes y del que esta enfermedad procede,
arrójalos fuera, y consuélate y persuádete de que nada habrá por satisfacción
tuya, que tú me impongas, que yo no haga si está en mi poder, como quien más te
ama que a la vida mía. Desecha la vergüenza y el temor, y dime si puedo por tu
amor hacer algo; y si no encuentras que sea solícita en ello y logre tal efecto
tenme por la más cruel madre que ha parido un hijo.
El joven, oyendo las palabras de la madre, primero se avergonzó;
luego, pensando que nadie mejor que ella podría satisfacer su placer, desechada
la vergüenza, le dijo así:
- Madama, nada me ha hecho
teneros escondido mi amor sino haberme apercibido de que la mayoría de las
personas, después de que entran en años, de haber sido jóvenes no quieren
acordarse. Pero pues que en esto os veo discreta, no solamente no negaré que es
verdad aquello de que os habéis apercibido, sino que os haré manifiesto de
quién; con tal condición de que el efecto siga a vuestra promesa en todo cuanto
esté en vuestro poder y así podréis sanarme.
A lo que la señora, confiando demasiado en que debía suceder en la
forma en que ella misma pensaba, libremente repuso que con confianza su pecho
le abriese, que ella sin tardanza alguna se pondría a actuar para que él su
placer tuviera.
- Madama - dijo entonces el
joven - , la alta hermosura y las loables maneras de nuestra Giannetta y el no
poder manifestárselo ni hacerla apiadarse de mi amor y el no haber osado jamás
manifestarlo a nadie me han conducido donde me veis: y si lo que me habéis
prometido de un modo u otro no se sigue, estaos por segura de que mi vida será
breve.
La señora, a quien más parecía momento aquel de consuelo que de
reprensiones, sonriendo dijo:
- ¡Ay, hijo mío!, ¿así que
por esto te has dejado enfermar? Consuélate y déjame a
mí hacer, pues curado serás.
El joven, lleno de esperanza, en brevísimo tiempo mostró signos de
grandísima mejoría, por lo que la señora, muy contenta, se dispuso a intentar
el modo en que pudiera cumplirse lo que prometido le había; y llamando un día a
Giannetta, con bromas y asaz discretamente le preguntó si tenía algún amador.
Giannetta, toda colorada, repuso:
- Madama, a una doncella
pobre y echada de su casa, como soy yo, y que está al servicio ajeno, como hago
yo, no se le pide ni le está bien servir a Amor.
A lo que la señora dijo:
- Pues si no lo tenéis,
queremos daros uno, con el que contenta viváis y más os deleitéis con vuestra
beldad, porque no es conveniente que tan hermosa damisela como vos sois esté
sin amante.
A lo que Giannetta repuso:
- Madama, vos sacándome de
la pobreza de mi padre, me habéis criado como hija, y por ello debo hacer todo
vuestro gusto; pero no os complaceré en esto, creyendo que me hago bien. Si os
place darme marido, a él entiendo amar pero no a otro; porque si de la herencia
de mis abuelos nada me ha quedado sino la honra, entiendo guardarla y
observarla cuanto mi vida dure.
Estas palabras parecieron a la señora muy contrarias a lo que
quería conseguir para cumplir la promesa hecha a su hijo, aunque, como mujer
discreta, mucho estimase en su interior a la doncella; y dijo:
- Cómo, Giannetta, si
monseñor el rey, que es joven caballero, y tú eres hermosísima doncella,
buscase en tu amor algún placer, ¿se lo negarías?
Y ella súbitamente le respondió:
- Forzarme podría el rey,
pero nunca con mi consentimiento, sino lo que fuera honesto, podría tener.
La dama, comprendiendo cuál fuese su ánimo, dejó de hablar y pensó
ponerla a prueba; y le dijo a su hijo que, en cuanto estuviera curado, la haría
ir con él a una cámara y que él se ingeniase en conseguir de ella su placer,
diciendo que le parecía deshonesto, a guisa de alcahueta, hablar por el hijo y
rogar a su doncella. Con lo que el joven no estuvo contento en ninguna guisa y
de súbito empeoró gravemente; lo que viendo la señora, manifestó su intención a
Giannetta pero, encontrándola más constante que nunca, contando a su marido lo
que había hecho, aunque duro les pareciese, de mutuo consentimiento deliberaron
dársela por esposa, queriendo mejor a su hijo vivo con mujer que no le
correspondía que muerto sin ninguna; y así, luego de muchas historias, lo
hicieron. Con lo que Giannetta estuvo muy contenta y con piadoso corazón
agradeció a Dios que no la había olvidado; pero, con todo, no dijo nunca que
era sino hija de un picardo. El joven curó y celebró las nupcias más contento
que ningún otro hombre, y empezó a darse buena vida con ella.
Perotto, que se había quedado en Gales con el mariscal del rey de
Inglaterra, igualmente creciendo halló la gracia de su señor y se hizo
hermosísimo de persona y gallardo cuanto cualquiera otro que hubiese en la
isla, tanto que ni en los torneos ni en las justas ni en cualquier otro hecho
de armas había nadie en el país que valiese lo que él; por lo que por todos,
que le llamaban Perotto el picardo, era conocido y famoso.
Y así como Dios no había olvidado a su hermana, así demostró
igualmente tenerlo a él en el pensamiento; porque, sobrevenida en aquella
comarca una pestilente mortandad, a la mitad de la gente se llevó consigo, sin
contar que grandísima parte de los que quedaron huyeron, por miedo, a otras
comarcas, por lo que el país todo parecía abandonado.
En la cual mortandad el mariscal su señor y su mujer y un hijo
suyo y otros muchos hermanos y sobrinos y parientes todos murieron, y no quedó
sino una doncella ya en edad de casarse, y con algunos otros servidores
Perotto. Al cual, cesada un tanto la pestilencia, la doncella, porque era
hombre honrado y valeroso, con placer y con el consejo de algunos campesinos
que habían quedado vivos, por marido lo tomó, y de todo aquello que a ella por
herencia le había correspondido, le hizo señor; y poco tiempo pasó hasta que,
enterándose el rey de Inglaterra de que el mariscal había muerto, y conociendo
el valor de Perotto el picardo, en el lugar del que muerto había lo puso y lo
hizo mariscal suyo. Y así, en breve, fue
de los dos hijos del conde de Amberes, dejados por él como perdidos.
Ya había pasado el
año decimoctavo desde que el conde de Amberes, huyendo, se había ido de París
cuando, habitante de Irlanda él, habiendo, en una vida asaz mísera, sufrido
muchas cosas, viéndose ya viejo, le vino el deseo de saber, si pudiese, lo que
hubiera sucedido con sus hijos. Por lo que, por completo en el aspecto que
soler tenía viéndose cambiado, y sintiéndose por el mucho ejercicio más fuerte
de cuerpo de lo que era cuando joven viviendo en el ocio, partió, asaz pobre y
mal vestido, de donde largamente había estado y se fue a Inglaterra y allá
donde a Perotto había dejado se fue, y encontró que éste era mariscal y gran
señor, y lo vio sano y fuerte y hermoso en su aspecto; lo que le agradó mucho,
pero no quiso darse a conocer hasta que hubiera sabido qué había sido de
Giannetta.
Por lo que,
poniéndose en camino, no descansó hasta llegar a Londres; y allí preguntando
cautamente por la señora a quien había dejado su hija por su estado, encontró a
Giannetta mujer del hijo, lo que mucho le plugo; y todas sus adversidades
pretéritas reputó por pequeñas puesto que vivos había encontrado a sus hijos y
en buen estado. Y deseoso de poderla ver empezó, como pobre, a acercarse junto a
su casa, donde, viéndole un día Giachetto Lamiens, que así se llamaba el marido
de Giannetta, teniendo compasión de él porque pobre y viejo lo vio, mandó a uno
de los sirvientes que a su casa lo llevase y le hiciera dar de comer por Dios;
lo que el sirviente hizo de buena gana.
Había Giannetta tenido ya de Giachetto varios hijos, de los que el
mayor no tenía más de ocho años, y eran los más hermosos y los más graciosos
niños del mundo; los cuales, como vieron comer al conde, todos juntos se le
pusieron en derredor y empezaron a hacerle fiestas, como si por oculta virtud
hubiesen conocido que aquél era su abuelo. El cual, sabiendo que eran sus
nietos, empezó a demostrarles amor y a hacerles caricias; por lo que los niños
de él no querían separarse, por mucho que quien atienda a su vigilancia les
llamase. Por lo que Giannetta, oyéndolo, salió de una cámara y vino allí donde
el conde, amenazándoles con pegarlos si lo que su maestro quería no hiciesen. Los niños empezaron a llorar y a decir que querían
quedarse con aquel hombre honrado, que les quería más que su maestro; de lo que
la señora y el conde se rieron. Se había levantado el conde, no a guisa de
padre sino de mendigo, para saludar a la hija como a señora y un maravilloso
placer al verla había sentido en el alma.
Pero ella ni entonces ni después le conoció en nada, porque
sobremanera estaba cambiado de lo que ser solía, como quien viejo y canoso y
barbudo estaba, y magro y moreno vuelto, y más otra persona parecía que el
conde. Y viendo la señora que los niños no querían separarse de él, sino que al
quererlos separar lloraban, dijo al maestro que un rato los dejase quedarse.
Estando, pues, los niños con el hombre honrado, sucedió que el padre de
Giachetto volvió, y por el maestro se enteró de aquello; por lo que, como
despreciaba a Giannetta, dijo:
- Dejadlos con la mala ventura que Dios les
dé, que son imagen de donde han nacido: por su madre descienden de vagabundos y
no hay que maravillarse si con los vagabundos les gusta estar.
Estas palabras
escuchó el conde, y mucho le dolieron; pero encogiéndose de hombros sufrió
aquella injuria como muchas otras había sufrido. Giachetto, que oído había las
fiestas que los hijos hacían al hombre honrado, es decir al conde, aunque le
desagradó, tanto les amaba que, antes de verlos llorar mandó que si el hombre
honrado quisiera quedarse para hacer algún servicio, que fuese recibido. El
cual respondió que se quedaba de buena gana pero que otra cosa no sabía hacer
sino cuidar caballos, a lo que toda su vida estaba acostumbrado. Dándole, pues,
un caballo, cuando lo había atendido, se ponía a jugar con los niños.
Mientras la fortuna de esta guisa que se ha contado conducía al
conde de Amberes y a sus hijos, sucedió que el rey de Francia, concertadas
muchas treguas con los alemanes, murió, y en su lugar fue coronado el hijo de
quien era mujer aquélla por quien el conde había sido perseguido. Éste,
habiendo expirado la última tregua con los tudescos, comenzó de nuevo muy cruda
guerra; en cuya ayuda, como de nuevo pariente, el rey de Inglaterra mandó mucha
gente bajo las órdenes de Perotto su mariscal y de Giachetto Lamiens, hijo del
otro mariscal: con el cual, el hombre honrado, es decir el conde, fue, y sin
ser reconocido por nadie se quedó en el ejército por largo espacio como
palafrenero, y allí, como hombre de pro, con consejos y obras, más de lo que le
correspondía prestó ayuda.
Sucedió durante la guerra que la reina de Francia enfermó
gravemente; y conociendo ella misma que iba a morir, arrepentida de todos sus
pecados se confesó devotamente con el arzobispo de Rouen, que por todos era
tenido por hombre bueno y santísimo, y entre los demás pecados le contó el gran
daño que por su culpa había sufrido el conde de Amberes. Y no solamente se
contentó con decirlo, sino que delante de muchos otros hombres de pro contó
todo como había sucedido, rogándoles que con el rey intercediesen para que al
conde, si estaba vivo, y si no a alguno de sus hijos se les restituyese en su
estado; y mucho después, ya finada su vida, honrosamente fue sepultada.
Y contándole al rey su confesión, después de algunos dolorosos
suspiros por las injurias hechas sin razón al valeroso hombre, le movió a hacer
publicar por todo el ejército, y además en otras muchas partes, el bando de que
a quien sobre el conde de Amberes o alguno de sus hijos le diese noticias,
maravillosamente por cada uno sería recompensado, porque él lo tenía por
inocente de aquello que le había hecho expatriarse por la confesión hecha por
la reina y entendía restituirle en el estado que tenía y aún en mayor. Las
cuales cosas oyendo el conde transformado en palafrenero y comprendiendo que
eran verdad, súbitamente fue a Giachetto y le rogó que con él y con Perotto
fuese porque quería mostrarles lo que el rey andaba buscando. Reunidos, pues,
los tres, dijo el conde a Perotto, que ya tenía el pensamiento en descubrirse:
- Perotto, Giachetto que
aquí está tiene a tu hermana por mujer; y nunca tuvo ninguna dote; y por ello,
para que tu hermana no esté sin dote, entiendo que sea él y no otro quien
obtenga el beneficio que el rey promete que es tan grande, por ti, y te declare
como hijo del conde de Amberes, y por Violante, tu hermana y su mujer, y por
mi, que el conde de Amberes y vuestro padre soy.
Perotto, oyendo esto y mirándole fijamente, enseguida lo
reconoció, y llorando se arrojó a sus pies y lo abrazó diciendo:
- ¡Padre mío, seáis muy bien venido!
Giachetto, oyendo
primero lo que había dicho el conde y viendo luego lo que Perotto hacía, fue
acometido en un punto por tanta maravilla y tanta alegría que apenas sabía qué
se debía hacer; pero dando fe a las palabras y avergonzándose mucho de las
palabras injuriosas que había usado con el conde palafrenero, llorando se dejó
caer a sus pies y humildemente de todas las ofensas pasadas le pidió perdón; lo
que el conde, muy benignamente, levantándolo en pie, le concedió. Y
luego de que los varios casos de cada uno se hubieron contado los tres, y
habiendo llorado y habiéndose regocijado mucho juntos, queriendo Perotto y
Giachetto vestir al conde, de ninguna manera lo sufrió, sino que quiso que,
teniendo primero Giachetto la seguridad de obtener la recompensa prometida, tal
como estaba y en aquel hábito de palafrenero, para hacerlo más avergonzarse, se
lo llevase.
Giachetto, pues, con el conde y con Perotto se presentó al rey y
ofreció llevarle al conde y a su hijo si, según el bando publicado, quisiera
recompensarle. El rey prestamente hizo traer una maravillosa recompensa ante
los ojos de Giachetto y mandó que se la llevase si con verdad le mostraba, como
prometía, al conde y a sus hijos. Giachetto entonces, retrocediendo y haciendo
poner delante de él al conde su palafrenero y a Perotto dijo:
- Monseñor, he aquí al
padre y al hijo; la hija, que es mi mujer y no está aquí, pronto vendrá con la
ayuda de Dios.
El rey, oyendo aquello, miró al conde, y por muy cambiado que
estuviera de lo que ser solía, sin embargo luego de haberlo mirado un tanto lo
reconoció, y con lágrimas en los ojos a él, que arrodillado estaba, le hizo
poner en pie y lo abrazó y lo besó, y amigablemente recibió a Perotto; y mandó
que incontinenti el conde con vestidos, servidores y caballos y arneses fuese
convenientemente provisto, según requería su nobleza; la cual cosa
inmediatamente fue hecha. Además de esto, mucho honró el rey a Giachetto y
quiso saber todo sobre sus aventuras pretéritas. Y cuando Giachetto tomó las
altas recompensas por haber mostrado al conde y a sus hijos, le dijo el conde:
- Toma estos dones de la magnificencia de
monseñor el rey, y acuérdate de decir a tu padre que tus hijos, nietos suyos y
míos, no son por su madre nacidos de vagabundo.
Giachetto tomó los
dones e hizo venir a París a su mujer y a su suegra; vino la mujer de Perotto;
y allí en grandísima fiesta estuvieron con el conde, al cual el rey había
restituido todos sus bienes y le había hecho más de lo que antes fuese;
después, cada uno con su venia se volvió a su casa, y él hasta la muerte vivió
en París con más honor que nunca.
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