NOVELA DÉCIMA
Paganín de Mónaco roba la mujer a micer Ricciardo de Chínzica, el
cual, sabiendo dónde está ella, va y se hace amigo de Paganín; le pide que se
la devuelva y él, si ella quiere, se lo concede, ella no quiere volver con él,
y muerto micer Ricciardo, se casa con Paganín.
Todos los de la honrada compañía alabaron por buena la historia
contada por su reina, y mayormente Dioneo, el único a quien faltaba novelar por
la presente jornada; el cual, luego de hacer muchas alabanzas
de ella, dijo:
Hermosas señoras, una
parte de la historia de la reina me ha hecho mudar la opinión de contar una que
tenía en el ánimo a decir otra: y es la bestialidad de Bernabó (aunque
terminase bien) y de todos los demás que se dan a creer lo que él mostraba que
creía: es decir, que ellos, yendo por el mundo con ésta y con aquélla ahora una
vez y ahora otra solazándose, se imaginan que las mujeres dejadas en casa se estén
de brazos cruzados, como si no supiésemos, quienes entre ellas nacemos y
crecemos y estamos, qué es lo que les gusta. Y contándola os mostraré cuál sea
la estupidez de estos tales, y cuánto mayor sea la de quienes, estimándose más
poderosos que la naturaleza, se persuaden (con fantásticos razonamientos) de
poder hacer lo que no pueden y se esfuerzan por traer a otro a lo que ellos
son, no sufriéndolo la naturaleza de quien es arrastrado.
Hubo, pues, un juez
en Pisa, más que de fuerza corporal dotado de ingenio, cuyo nombre fue micer
Ricciardo de Chínzica, el cual, creyendo tal vez satisfacer a su mujer con las
mismas obras que hacía para sus estudios, siendo muy rico, con no poca
solicitud buscó a una mujer hermosa y joven por esposa, cuando de lo uno y lo
otro, si hubiese sabido aconsejarse él mismo como hacía a los demás, debía
huir. Y lo consiguió, porque micer Lotto Gualandi le dio por mujer a una hija
suya cuyo nombre era Bartolomea, una de las más hermosas y vanidosas jóvenes de
Pisa, aun cuando allí haya pocas que no parezcan lagartijas gusaneras . A la
cual, el juez, llevándola con grandísima fiesta a su casa, y celebrando unas
bodas hermosas y magníficas, acertó la primera noche a tocarla una vez para
consumar el matrimonio, y poco faltó para que hiciera tablas; el cual, luego
por la mañana, como quien era magro y seco y de poco espíritu, tuvo que
confortarse con garnacha y con dulces, y con otros remedios volverse a la vida.
Pues este señor juez,
habiendo aprendido a estimar mejor sus fuerzas que antes, empezó a enseñarle a
ella un calendario bueno para los niños que aprenden a leer, y quizás hecho en
Rávena ; porque, según le enseñaba, no había día en que no tan sólo una fiesta
sino muchas se celebrasen; en reverencia de las cuales, por diversas razones le
enseñaba que el hombre y la mujer debían abstenerse de tales ayuntamientos,
añadiendo a ellos los ayunos y las cuatro témporas y vigilias de los apóstoles
y de mil otros santos, y viernes y sábados, y el domingo del Señor, y toda la
Cuaresma, y ciertas fases de la luna y otras muchas excepciones, pensando tal
vez que tanto convenía descansar de las mujeres en la cama como descansos él se
tomaba al pleitear sus causas. Y esta costumbre, no sin gran melancolía de la
mujer, a quien tal vez tocaba una vez al mes, y apenas, por mucho tiempo
mantuvo; siempre guardándola mucho, para que ningún otro fuera a enseñarle los
días laborables tan bien como él le había enseñado las fiestas.
Sucedió que, haciendo mucho calor, a micer Ricciardo le dieron
ganas de ir a recrearse a una posesión suya muy hermosa cercana a Montenero, y
allí, para tomar el aire, quedarse algunos días. Y llevó consigo a su hermosa
mujer, y estando allí, por entretenerla un poco, mandó un día salir de pesca; y
en dos barquillas, él en una con los pescadores y ella en otra con las otras
mujeres, fueron a mirar y, sintiéndose a gusto, se adentraron en el mar unas
cuantas millas casi sin darse cuenta. Y mientras estaban atentos mirando, de
improviso una galera de Paganín de Mónaco, entonces muy famoso corsario,
apareció, y vistas las barcas, se enderezó a ellas; y no pudieron tan pronto
huir que Paganín no llegase a aquella en que iban las mujeres, en la cual
viendo a la hermosa señora, sin querer otra cosa, viéndolo micer Ricciardo que
estaba ya en tierra, subiéndola a ella a su galera, se fue. Viendo lo cual
micer el juez, que era tan celoso que temía al aire mismo, no hay que preguntar
si le pesó. Sin provecho se
quejó, en Pisa y en otras partes, de la maldad de los corsarios, sin saber quién
le había quitado a la mujer o dónde la había llevado.
A Paganín, al verla tan hermosa, le pareció que había hecho un
buen negocio; y no teniendo mujer pensó quedarse con ella siempre, y como
lloraba mucho empezó a consolarla dulcemente. Y, venida la noche, habiéndosele
a él el calendario caído de las manos y salido de la memoria cualquier fiesta o
feria, empezó a consolarla con los hechos, pareciéndole que de poco habían
servido las palabras durante el día; y de tal modo la consoló que, antes de que
llegasen a Mónaco, el juez y sus leyes se le habían ido de la memoria y empezó
a vivir con Paganín lo más alegremente del mundo; el cual, llevándola a Mónaco,
además de los consuelos que de día y de noche le daba, honradamente como a su
mujer la tenía.
Después de cierto tiempo, llegando a los oídos de micer Ricciardo
dónde estaba su mujer, con ardentísimo deseo, pensando que nadie sabía
verdaderamente hacer lo que se necesitaba para aquello, se dispuso a ir él
mismo, dispuesto a gastar en el rescate cualquier cantidad de dineros; y
haciéndose a la mar, se fue a Mónaco, y allí la vio y ella a él, la cual por la
tarde se lo dijo a Paganín e informó de sus intenciones. A la mañana siguiente,
micer Ricciardo, viendo a Paganín, se acercó a él y estableció con él en un
momento gran familiaridad y amistad, fingiendo Paganín no reconocerlo y
esperando a ver a dónde quería llegar. Por lo que, cuando pareció oportuno a
micer Ricciardo, como mejor supo y del modo más amable, descubrió la razón por
la que había venido, rogándole que tomase lo que pluguiera y le devolviese a la
mujer. A quien Paganín, con alegre rostro, repuso:
- Micer, sois bien venido;
y respondiéndoos brevemente, os digo: es verdad que tengo en casa a una joven
que no sé si es vuestra mujer o de algún otro, porque a vos no os conozco, ni a
ella tampoco sino en tanto en cuanto, conmigo ha estado algún tiempo. Si sois
vos su marido, como decís, yo, como parecéis gentilhombre amable, os llevaré
donde ella, y estoy seguro de que os reconocerá. Si ella dice que es como
decís, y quiere irse con vos, por amor de vuestra amabilidad, me daréis de
rescate por ella lo que vos mismo queráis; si no fuera así, haríais una
villanía en querérmela quitar porque yo soy joven y puedo tanto como
otro tener una mujer, y especialmente ella que es la más agradable
que he visto nunca.
Dijo entonces micer Ricciardo:
- Por cierto que es mi
mujer, y si me llevas donde ella esté, lo verás pronto: se me echará al cuello
incontinenti; y por ello te pido que no sea de otra manera que como tú has
pensado.
- Pues entonces - dijo Paganín - vamos.
Fueron, pues, a la casa de Paganín y, estando ella en una cámara
suya, Paganín la hizo llamar; y ella, vestida y dispuesta, salió de una cámara
y vino a donde micer Ricciardo con Paganín estaba, e hizo tanto caso a micer
Ricciardo como lo hubiera hecho a cualquier otro forastero que con Paganín
hubiera venido a su casa. Lo que viendo el juez, que esperaba ser recibido por
ella con grandísima fiesta, se maravilló fuertemente, y empezó a decirse:
«Tal vez la melancolía y el largo dolor que he pasado desde que la
perdí me ha desfigurado tanto que no me reconoce».
Por lo que le dijo:
- Señora, caro me cuesta
haberte llevado a pescar, porque un dolor semejante no sentí nunca al que he
tenido desde que te perdí, y tú no pareces reconocerme, pues tan hurañamente me
diriges la palabra. ¿No ves que soy tu micer Ricciardo, venido aquí a pagarle
lo que quiera a este gentilhombre en cuya casa estamos, para recuperarte y
llevarte conmigo; y él, su merced, por lo que quiera darle te devuelve a mí?
La mujer, volviéndose a él, sonriéndose una pizquita, dijo:
- Micer, ¿me lo decís a mí?
Mirad que no me hayáis tomado por otra porque yo no me acuerdo de haberos visto
nunca.
Dijo micer Ricciardo:
- Mira lo que dices: mírame bien; si bien te
acuerdas bien verás que soy tu micer Ricciardo de Chínzica.
La señora dijo:
- Micer, perdonadme: puede
que no sea a mí tan honesto miraros mucho como os imagináis, pero os he mirado
lo bastante para saber que nunca jamás os he visto.
Imaginóse micer Ricciardo que hacía esto de no querer confesar en
su presencia reconocerlo por temor a Paganín por lo que, luego de algún tanto,
pidió por merced a Paganín que le dejase hablar en una cámara a solas con ella.
Paganín dijo que le placía a cambio de que no la besase contra su voluntad, y
mandó a la mujer que fuese con él a la alcoba y escuchase lo que quisiera
decirle, y le respondiera como quisiese.
Yéndose, pues, a la alcoba solos la señora y micer Ricciardo, en
cuanto se sentaron, empezó micer Ricciardo a decir:
- ¡Ah!, corazón de mi
cuerpo, dulce alma mía, esperanza mía, ¿no reconoces a tu Ricciardo que te ama
más que a sí mismo? ¿Cómo puede ser? ¿Estoy tan desfigurado? ¡Ah!, bellos ojos
míos, mírame un poco.
La mujer se echó a reír y sin dejarlo seguir, dijo:
- Bien sabéis que no soy
tan desmemoriada que no sepa que sois micer Ricciardo de Chínzica, mi marido;
pero mientras estuve con vos mostrasteis conocerme muy mal, porque si erais
sabio o lo sois, como queréis que de vos se piense, debíais haber tenido el
conocimiento de ver que yo era joven y fresca y gallarda, y saber por
consiguiente lo que las mujeres jóvenes piden (aunque no lo digan por
vergüenza) además de vestir y comer; y lo que hacíais en eso bien lo sabéis. Y
si os gustaba más el estudio de las leyes que la mujer, no debíais haberla
tomado; aunque a mí me parezca que nunca fuisteis juez sino un pregonero de
ferias y fiestas, tan bien os las sabíais, y de ayunos y de vigilias. Y os digo
que si tantas fiestas hubierais hecho guardar a los labradores que labraban
vuestras tierras como hacíais guardar al que tenía que labrar mi pequeño
huertecillo, nunca hubieseis recogido un grano de trigo. Me he doblegado a
quien Dios ha querido, como piadoso defensor de mi juventud, con quien me quedo
en esta alcoba, donde no se sabe lo que son las fiestas, digo aquellas que vos,
más devoto de Dios que de servir a las damas, tantas celebrabais; y nunca por
esta puerta entraron sábados ni domingos ni vigilia ni cuatro témporas ni
cuaresma, que es tan larga, sino que de día y de noche se trabaja y se bate la
lana; y desde que esta noche tocaron maitines, bien sé cómo anduvo el asunto
más de una vez. Y, así, entiendo quedarme con él y trabajar mientras sea joven,
y las fiestas y las peregrinaciones y los ayunos esperar a hacerlos cuando sea
vieja; y vos idos con buena ventura lo más pronto que podáis y, sin mí, guardad
cuantas fiestas gustéis.
Micer Ricciardo, oyendo estas palabras, sufría un dolor
insoportable, dijo, luego que vio que callaba:
- ¡Ah, dulce alma mía!, ¿qué palabras son las
que me has dicho? ¿Pues no miras el honor de tus parientes y el tuyo? ¿Quieres
de ahora en adelante quedarte aquí de barragana con éste, y en pecado mortal,
en lugar de en Pisa ser mi mujer? Éste, cuando le hayas hartado, con gran
vituperio tuyo te echará a la calle; yo te tendré siempre amor y siempre,
aunque yo no lo quisiera, serías el ama de mi casa. ¿Debes por este apetito desordenado y deshonesto
abandonar tu honor y a mí que te amo más que a mi vida? ¡Ah, esperanza mía!, no
digáis eso, dignaos venir conmigo: yo de aquí en adelante, puesto que conozco
tu deseo, me esforzaré; pero, dulce bien mío, cambia de opinión y vente
conmigo, que no he tenido ningún bien desde que me fuiste arrebatada.
Y la mujer le respondió:
- Por mi honor no creo que nadie, ahora que ya
nada puede hacerse, se preocupe más que yo: ¡ojalá se hubieran preocupado mis
parientes cuando me entregaron a vos! Y si ellos no lo hicieron por el mío, no
entiendo yo hacerlo ahora por el de ellos; y si ahora estoy en pecado mortero,
alguna vez estaré en pecado macero: no os preocupéis más por mí. Y os digo más,
que aquí me parece ser la mujer de Paganín y en Pisa me parecía ser vuestra
barragana, pensando que según las fases de la luna y las escuadras geométricas
debíamos vos y yo ayuntar los planetas, mientras que Paganín toda la noche me
tiene en brazos y me aprieta y me muerde, ¡y cómo me cuida dígalo Dios por mí!
Decís aún que os esforzaréis: ¿y en qué?, ¿en empatar en tres bazas y
levantarla a palos ? ¡Ya veo que os habéis hecho un caballero de pro desde que
no os he visto! Andad y esforzaos por vivir: que me parece que estáis a
pensión, tan flacucho y delgado me parecéis. Y aún os digo más: que cuando éste
me deje, a lo que no me parece dispuesto, sea donde sea donde tenga que estar,
no entiendo volver nunca con vos que, exprimiéndoos todo no podría hacerse con
vos ni una escudilla de salsa, porque con grandísimo daño mío e interés y
réditos allí estuve una vez; por lo que en otra parte buscaré mi pitanza. Lo
que os digo es que no habrá fiesta ni vigilia donde entiendo quedarme; y por
ello, lo antes que podáis, andaos con Dios, si no, gritaré que queréis
forzarme.
Micer Ricciardo, viéndose en mal trance y aun conociendo entonces
su locura al elegir mujer joven estando desmadejado, doliente y triste, salió
de la alcoba y dijo a Paganín muchas palabras que de nada le valieron. Y por
último, sin haber conseguido nada, dejada la mujer, se volvió a Pisa, y en tal
locura dio por el dolor que, yendo por Pisa, a quien le saludaba o le
preguntaba algo, no respondía nada más que:
- ¡El mal foro no quiere
fiestas !
Y luego de no mucho tiempo murió; de lo que enterándose Paganín, y
sabiendo el amor que la mujer le tenía, la desposó como su legítima esposa, y
sin nunca guardar fiestas ni vigilias o hacer ayunos, trabajaron mientras las
piernas les sostuvieron y bien se divirtieron. Por lo cual, queridas señoras
mías, me parece que el señor Bernabó disputando con Ambruogiuolo quisiese
apartar la cabra del monte.
Esta historia hizo reír tanto a toda la compañía que no había
nadie a quien no le doliesen las mandíbulas; y de común consentimiento todas
las mujeres dijeron que Dioneo llevaba razón y que Bernabó había sido un
animal. Pero luego que terminó la historia y las risas callaron, habiendo
mirado la reina que la hora era ya tardía y que todos habían novelado, y el fin
de su señorío había llegado, según el orden comenzado, quitándose la guirnalda
de la cabeza, sobre la cabeza la puso de Neifile, diciendo con alegre gesto:
- Ya, cara compañera, sea
tuyo el gobierno de este pequeño pueblo - y volvió a sentarse.
Neifile se ruborizó un poco con el recibido honor, y su rostro
parecía una fresca rosa de abril o de mayo tal como se muestra al clarear el
día, con los ojos anhelantes y chispeantes (no de otro modo que una matutina
estrella) un poco bajos. Pero luego que el cortés murmullo de los circunstantes
(en el que su disposición favorable a la reina mostraban alegremente) se reposó
y que ella recuperó el ánimo, sentándose un poco más alto de lo que
acostumbraba, dijo:
- Puesto que así es que
vuestra reina soy, no alejándome de la costumbre seguida por aquellas que antes
de mí lo han sido, cuyo gobierno habéis alabado obedeciéndolo, os haré
manifiesto en pocas palabras mi parecer; que si por vuestra opinión es
estimado, seguiremos. Como sabéis, mañana es viernes y el día siguiente sábado,
días que, por las comidas que se acostumbran en ellos, son un tanto enojosos a
la mayoría de la gente; sin decir que, el viernes, atendiendo a que en él Aquel
que por nuestra vida murió, sufrió pasión, es digno de reverencia; por lo que
justa cosa y muy honesta reputaría que, en honor de Dios, más con oraciones que
con historias nos entretuviésemos. Y el sábado es costumbre de las mujeres
lavarse la cabeza y quitarse todo el polvo, toda la suciedad que por el trabajo
de la semana anterior se hubiese cogido; y también muchos acostumbran a ayunar
en reverencia a la Virgen madre del Hijo de Dios, y de ahí en adelante, en
honor del domingo siguiente, descansar de cualquier trabajo; por lo que, no
pudiendo tan plenamente en esos días seguir el orden en el vivir que hemos
adoptado, también estimo que estaría bien que esos días depongamos las
historias. Luego, como habremos estado aquí cuatro días, si queremos evitar que
llegue la gente nueva, juzgo oportuno mudarnos de aquí e irnos a otra parte; y
dónde ya lo he pensado y provisto. Allí, cuando estemos reunidos el domingo
después de dormir, como hemos tenido hoy mucho tiempo para razonar conversando,
tanto porque tendréis más tiempo para pensar como porque será mejor que se
limite un poco la libertad en novelar y que se hable de uno de los muchos casos
de la fortuna, he pensado que sea sobre quien alguna cosa muy deseada haya
conseguido con industria o una pérdida recuperado. Sobre lo cual, piense cada
uno en decir algo que a la compañía pueda ser útil o al menos deleitable,
siempre con la salvedad del privilegio de Dioneo.
Todo el mundo alabó lo dicho y lo imaginado por la reina, y así
establecieron que fuese. La cual, después de esto, haciendo llamar a su
senescal, dónde debía poner la mesa por la tarde le dijo, y todo lo que luego
debía hacer en todo el tiempo de su señorío plenamente le expuso; y hecho así,
poniéndose en pie con su compañía, les dio licencia para hacer lo que a cada
uno más gustase.
Tomaron, pues, las señoras y los hombres el camino de un
jardincillo, y allí, luego de que un tanto se hubieron entretenido, venida la
hora de la cena, con fiesta y con placer cenaron; y levantándose de allí, según
plugo a la reina, conduciendo Emilia la carola, la siguiente canción de
Pampínea, que los demás coreaban, se cantó:
|