NOVELA SEGUNDA
Un palafrenero yace con la mujer del rey Agilulfo, de lo que
Agilulfo sin decir nada se apercibe, lo encuentra y le corta el pelo; el
tonsurado a todos los demás tonsura y así se salva de lo que le amenaza.
Habiendo llegado el fin de la historia de Filostrato, con la que
algún veces se habían sonrojado un poco las señoras y algunas otras se habían
reído, plugo a la reina que Pampínea siguiese novelando; la cual, comenzando
con sonriente gesto, dijo:
Hay algunos tan poco discretos al querer mostrar que conocen y
sienten lo que no les conviene saber, que algunas veces con esto, al castigar
las desapercibidas faltas de otros, creen que su vergüenza menguan cuando por
el contrario la acrecientan infinitamente; y que esto es verdad, por medio de
su contrario, mostrándoos la astucia de alguien quizá tenido por de menos valor
que Masetto contra la prudencia de un valeroso rey, lindas señoras, entiendo
que será demostrado por mí.
Agilulfo, rey de los longobardos, así como sus predecesores habían
hecho, en Pavia, ciudad de la Lombardía, estableció la sede de su reino,
habiendo tomado por mujer a Teudelinga, que había quedado viuda de Auttari, que
también había sido rey de los longobardos, la cual era hermosísima mujer, muy
sabía y honesta, pero desventurada en amores . Y estando por el valor y el
juicio de este rey Agilulfo las cosas de los longobardos prósperas y en paz,
sucedió que un palafrenero de dicha reina, hombre de vilísima condición por su
nacimiento pero por otras cosas mucho mejor de lo que correspondía a tal vil
menester, y en su persona hermoso y alto como era el rey, se enamoró
desmesuradamente de la reina; y porque su bajo estado no le quitaba la
comprensión de que este amor suyo estaba fuera de toda conveniencia, como
sabio, a nadie lo descubría, ni aun en la mirada se atrevía a descubrirlo.
Y aunque sin ninguna esperanza viviese de poder agradarla nunca,
se gloriaba consigo sin embargo de haber puesto sus pensamientos en alta parte;
y como quien todo ardía en amoroso fuego, diligentemente hacía, más que
cualquier otro de sus compañeros, todas las cosas que debían agradar a la
reina. Por lo que sucedía que la reina, cuando tenía que montar a caballo, con
más gusto cabalgaba en el palafrén cuidado por éste que por algún otro; lo que,
cuando sucedía, éste se lo tomaba como grandísimo favor, y nunca del estribo se
le apartaba, teniéndose por feliz sólo con poder tocarle las ropas. Pero como
vemos suceder con mucha frecuencia que cuanto disminuye la esperanza, tanto se
hace mayor el amor, así sucedía con el pobre palafrenero, mientras dolorosísimo
le era poder soportar el gran deseo tan ocultamente como lo hacía, no siendo
ayudado por ninguna esperanza; y muchas veces, no pudiendo desligarse de este
amor, deliberó morir.
Y pensando de este modo, tomó el partido de querer recibir esta
muerte por alguna cosa por la que le pareciese que moría por el amor que a la
reina había tenido y tenía; y esta cosa se propuso que fuera tal que en ella
tentase la fortuna de poder en todo o en parte conseguir su deseo. Y no se dio
a decir palabras a la reina o a por cartas hacerle saber su amor, que sabía que
en vano diría o escribiría, sino a querer probar si con astucia podría
acostarse con la reina; y no otra astucia ni vía había sino encontrar el modo
de que, como si fuese el rey, que sabía que no se acostaba con ella de
continuo, pudiera llegar a ella y entrar en su cámara. Por lo que, para ver en
qué manera y qué hábito el rey, cuando iba a estar con ella, iba, muchas veces
por la noche en una gran sala del palacio del rey, que estaba en medio entre la
cámara del rey y de la reina, se escondió; y una noche entre otras, vio al rey
salir de su cámara envuelto en un gran manto y tener en una mano una pequeña
antorcha encendida y en la otra una varita, e ir a la cámara de la reina y, sin
decir nada, golpear una vez o dos la puerta de la cámara con aquella varita, e
incontinenti serle abierto y quitarle de la mano la antorcha. La cual cosa
vista, y semejantemente viéndolo retornar, pensó que debía hacer él otro tanto;
y encontrando modo de tener un manto semejante a aquel que había visto al rey y
una antorcha y estaca, y lavándose primero bien en un caldero, para que no
fuese a molestar a la reina el olor del estiércol y la hiciese darse cuenta del
engaño, con estas cosas, como acostumbraba, en la gran sala se escondió.
Y sintiendo que ya en todas partes dormían, y pareciéndole tiempo
o de dar efecto a su deseo o de hacer camino con alta razón a la deseada
muerte, haciendo con la piedra y el eslabón que había llevado consigo un poco
de fuego, encendió su antorcha, y oculto y envuelto en el manto se fue a la
puerta de la cámara y dos veces la golpeó con la varita. La cámara por una
camarera toda somnolienta fue abierta y la luz cogida y ocultada; donde él, sin
decir cosa alguna, pasado dentro de la cortina y dejado el manto, se metió en
1a cama donde la reina dormía. Y tomándola deseosamente en brazos, mostrándose
airado porque sabía que era costumbre del rey que no quería oír ninguna cosa
cuando airado estaba, muchas veces carnalmente conoció a la reina.
Y aunque doloroso le pareciese partir, temiendo que la demasiada
demora le fuese ocasión de convertir en tristeza el deleite tenido, se levantó
y tomando su manto y la luz, sin decir nada se fue, y lo antes que pudo se
volvió a su cama. Y apenas podía estar en ella cuando el rey, levantándose, se
fue la cámara de la reina, de lo que ella se maravilló mucho; y habiendo él
entrado en el lecho y saludándola alegremente, ella, de su alegría tomando
valor, dijo:
- Oh, señor mío, ¿qué
novedad hay esta noche? Os habéis partido de muy poco ha, y más de lo
acostumbrado habéis tomado placer de mí, ¿y tan pronto volvéis a empezar? Cuidaos de lo que hacéis.
El rey, al oír estas
palabras, súbitamente presumió que la reina, por la semejanza de las costumbres
y de la persona había sido engañada, pero, como sabio, súbitamente pensó (pues
vio que la reina no se había dado cuenta ni nadie más) que no quería hacerla
caer en la cuenta; lo que muchos necios no hubieran hecho, sino que habrían
dicho: «No he sido yo; ¿quién fue quien estuvo aquí?, ¿cómo fue?, ¿quién ha
venido?». De lo que habrían nacido muchas cosas por las que sin razón habrían
contristado a la señora y dado materia de desear otra vez lo que ya había
sentido; y aquello, que callándolo no podía traerle ninguna vergüenza,
diciéndolo le habría traído vituperio Le contestó entonces el rey, más en el
pensamiento que en el rostro o las palabras airado:
- Señora, ¿no os parezco hombre de poder haber
estado otra vez y volver además ésta?
A lo que la dama contestó:
- Señor mío, sí, pero yo os
ruego que miréis por vuestra salud.
Entonces el rey dijo:
- Y que me place seguir vuestro consejo, y
esta vez sin daros más empacho voy a volverme.
Y teniendo ya el
ánimo lleno de ira y de rencor por lo que veía que le habían hecho, volviendo a
tomar su manto se fue de la cámara y quiso encontrar silenciosamente quién
había hecho aquello, imaginando que debía ser de la casa, y que cualquiera que
fuese no habría podido salir de ella. Cogiendo, pues, una pequeñísima luz en
una linternilla se fue a una larguísima habitación que en su palacio había
sobre las cuadras de los caballos, en la cual casi toda su servidumbre dormía
en diversas camas; y juzgando que a quienquiera que hubiese hecho aquello que
la dama decía, no se le habría podido todavía reposar el pulso y el latido del
corazón por el prolongado afán, empezando por uno de los extremos de la
habitación, empezó a ir tocándoles el pecho a todos, para saber si les latía el
corazón con fuerza.
Como sucediese que todos dormían profundamente, el que con la
reina había estado no dormía todavía; por la cual cosa, viendo venir al rey y
dándose cuenta de lo que andaba buscando, fuertemente empezó a temblar, tanto
que el golpear del pecho que tenía por el cansancio fue aumentado por el miedo;
y dándose cuenta firmemente de que, si el rey se apercibía de aquello, sin
tardanza le haría morir. Y aunque varias cosas que podría hacer le pasaron por
la cabeza, viendo sin embargo al rey sin ninguna arma, deliberó hacerse el
dormido y esperar lo que el rey hiciese. Habiendo, pues, el rey a muchos
buscado y no encontrando a ninguno a quien juzgase haber sido aquél, llegó a
éste, y notando que le latía fuertemente el corazón, se dijo: «Este es aquél».
Pero como quien nada de lo que quería hacer entendía que se
supiese, no le hizo otra cosa sino que, con un par de tijerillas que había
llevado, le cortó un poco de uno de los lados los cabellos, que en aquel tiempo
se llevaban larguísimos, para por aquella señal reconocerlo la mañana
siguiente; y hecho esto, se volvió a su cámara. Éste, que todo aquello había
sentido, como quien era malicioso, claramente se dio cuenta de por qué había
sido señalado; por lo que, sin esperar un momento, se levantó, y encontrando un
par de tijerillas, de las que por ventura había un par en la cuadra para el
servicio de los caballos, cautamente dirigiéndose a cuantos en aquella
habitación dormían, a todos de manera igual sobre las orejas les cortó el pelo;
y hecho esto, sin que le oyeran, se volvió a dormir.
El rey, levantado por la mañana, mandó que, antes que las puertas
del palacio se abriesen, toda su servidumbre viniese ante él; y así se hizo. A
todos los cuales, estando delante de él sin nada en la cabeza, empezó a mirar
para reconocer al que él había tonsurado; y viendo a la mayoría de ellos con
los cabellos de un mismo modo cortados, se maravilló, y se dijo:
«Aquel a quien estoy buscando, aunque de baja condición sea, bien
muestra ser hombre de alto ingenio.»
Luego, viendo que sin divulgarlo no podía encontrar al que
buscaba, dispuesto a no querer por una pequeña venganza cubrirse de gran
vergüenza, sólo con unas palabras le plugo amonestarlo y mostrarle que se había
dado cuenta de lo ocurrido; y volviéndose a todos, dijo:
- Quien lo hizo que no lo
haga más, e idos con Dios.
Otro habría querido darle suplicio, martirizarlo, interrogarle y
preguntarle y al hacerlo habría descubierto lo que cualquiera debe tratar de
ocultar; y al ponerse al descubierto, aunque se hubiera vengado cumplidamente,
no menguado sino mucho habría aumentado su vergüenza y manchado el honor de su
mujer. Los que aquellas palabras oyeron se maravillaron y largamente
dilucidaron entre sí qué habría querido decir el rey con aquello, pero no hubo
ninguno que lo entendiese sino sólo aquel a quien tocaba. El cual, como sabio,
nunca, en vida del rey lo descubrió, ni nunca más su vida con tal acción fió a
la fortuna.
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