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- XXXVI -
En presencia de las cartas, el anillo y el
sello, no había manera de creer que fuese una novela aquella novelesca
aventura.
Todos festejaron al gentil Mario, que por su
carácter bueno y afectuoso y su mirada leal conquistaba espontánea e
irresistiblemente todos los corazones.
- Entonces - dijo Beuvre a su hija,
llevándola aparte - ya no sois la prometida de nuestro viejo vecino, sino la de
su hijo, porque parece que es así como él quiere ahora arreglar las cosas.
- ¡Quiéralo Dios, padre! - contestó Lauriana
- . Y si vuelve a hablar de ello, os ruego finjáis, como yo, aceptar este
arreglo, que el buen hombre es muy capaz de tomar en serio.
- ¡Bien lo tomaba en serio cuando se trataba
de él! - repuso Beuvre - . La diferencia de edad entre vos y este niño es de
años, mientras que entre el marqués y vos es de cuartos de siglo. Ya veo que
nuestro querido vecino ha perdido la noción del tiempo, tanto para los demás
como para él mismo; pero aquí viene. Quiero hacerle rabiar un poco.
Bois - Doré, a quien Beuvre exigió que se
explicase, declaró con mucha gravedad que no tenía más que una palabra, y que
habiendo entregado su libertad y su corazón a Lauriana, se consideraba como
esclavo suyo, a no ser que ella le devolviese su palabra.
- ¡Os la devuelvo, querido Celadón! -
exclamó Lauriana.
Pero su padre la interrumpió; también
a ella quería hacerla rabiar.
- No, no, hija mía; esto interesa el honor de
la familia, y vuestro padre no consiente que se burlen de él. Ya veo que a
vuestro caprichoso y fantástico Celadón le ha nacido una pasión paternal por su
hermoso sobrino, y que ahora prefiere ser padre sin haberse tomado el trabajo
de ser esposo. Además, ya veo que se le ha metido en la cabeza dejarle heredero
de sus bienes, sin consideración a sus futuros hijos; eso no lo toleraré, y vos
lo debéis impedir invocando la palabra que os dio.
Monsieur de Beuvre hablaba con tanta
seriedad, que por un momento el marqués llegó a engañarse.
«Por lo visto - pensó - mi fortuna me
rejuvenece mucho, y mi vecino, que tanto se burlaba de mí, no me encuentra ya
tan viejo. ¿Por qué demonio se le habrá ocurrido a Adamas esa idea de
aconsejarme hacer esta petición?»
Lauriana vio estas perplejidades reflejadas
en su rostro y le auxilió generosamente.
- Mi señor padre - dijo - , esto no importa;
puesto que nuestro amigo el marqués no ha podido mi mano sin mi corazón, y
mientras que mi corazón no haya hablado, el marqués está libre.
- ¡Ta, ta, ta! - exclamó Beuvre - . Vuestro corazón os habla en voz muy alta, hija
mía, y vuestra indulgencia hacia el marqués demuestra que precisamente os habla
de él.
- ¿Sería posible? - dijo Bois - Doré un poco
asombrado - . Si tuviese esta dicha, ni mi sobrino impediría que...
- No, marqués, no - dijo Lauriana, resuelta
a acabar con las ilusiones de su viejo Celadón - . Mi corazón habla, es verdad,
pero desde hace un momento nada más, desde que he visto a vuestro gentil
sobrino. El destino lo ha querido así, sin duda por la gran amistad que tengo
por vos, y que no ha permitido que yo amase más que a una persona de vuestra
familia y que se pareciese a vos. Por lo tanto, soy yo quien rompe las cadenas
y me declaro infiel; pero lo hago sin remordimiento, puesto que el que prefiero
a vos os interesa tanto como a mí misma. No hablemos ya de nada hasta que Mario
esté en edad de sentir algún afecto por mí, si es que ese día venturoso ha de
llegar alguna vez; mientras, yo me esforzaré en tener paciencia y seguiremos siendo
amigos.
Bois - Doré, encantado de haber llegado a
esta conclusión, besaba efusivamente la mano de la amable Lauriana, cuando de
pronto un formidable tiroteo hizo retemblar los cristales y sobresaltó a todos
los huéspedes del castillo.
Se precipitaron hacia las ventanas. Era
Adamas que hacía disparar todos los falconetes, arcabuces y pistolas de su
pequeño arsenal.
Al mismo tiempo vieron entrar en el patio a
todos los habitantes de la aldea y a todos los vasallos del marqués, gritando
con acompañamiento coral de todos los empleados y criados de la casa:
«¡Viva el señor marqués! ¡Viva el señor
conde!»
Aquellas buenas gentes obedecían
confiadamente a una contraseña dada por Aristandre, sin saber de qué se
trataba; pero lo que sí sabían es que nunca les habían mandado ir al castillo
sin que fuesen objeto de alguna liberalidad o agasajados con algún festín, y
acudían sin necesidad de que se les rogase.
Los huéspedes del castillo abrieron las
ventanas del salón para oír el discurso, en forma de proclama, que Adamas
lanzaba a aquella numerosa concurrencia.
De pie, sobre el pozo que había hecho tapar
para efectuar sin peligro una pantomima animada, el feliz Adamas improvisaba la
obra de elocuencia más deslumbrante que jamás había producido su facundia
gascona, ni lanzado a los ecos su voz clara, de inflexiones completamente
meridionales. Su gesticulación era tan extraña como su discurso.
Lamentamos que la historia no nos haya conservado
la redacción de aquella obra maestra; le sucedió lo que a todos los productos
de la inspiración: voló con el soplo que le había originado.
El hecho es que produjo un gran efecto. El
relato de la trágica muerte del pobre monsieur Florimond hizo llorar; y como
Adamas tenía las lágrimas fáciles y se enternecía ingenuamente a sí mismo, fue
escuchado religiosamente hasta desde las mismas ventanas del salón.
Lo que sí les hizo reír fueron los arrebatos
de alegría patética con que proclamó el descubrimiento de Mario; pero al
rústico auditorio le pareció todo muy bien.
El aldeano comprende el gesto y no las
palabras, que no se toma siquiera el trabajo de escuchar; sería un esfuerzo, y
el esfuerzo cerebral le parece una cosa contra la naturaleza. Escucharon los
ojos.
La perorata encantó, y algunas muy
entendidos declararon que monsieur Adamas predicaba mucho mejor que el rector
de la parroquia.
Cuando el discurso hubo terminado, el
marqués bajó con su heredera y sus invitados. Mario encantó y conquistó también
a los aldeanos por sus maneras campechanas y su dulce hablar.
Su padre le había encargado que invitase a
todo el pueblo a un gran festín para el domingo siguiente. Lo hizo con tanta
naturalidad y en términos tan profundamente democráticos, que Guillermo y sus
amigos y hasta incluso el republicano monsieur de Beuvre tuvieron que
acordarse, para no escandalizarse, que el niño se había criado entre pastores.
El marqués lo notó, y estuvo a punto de
llamar a Mario, que iba de grupo en grupo dejándose besar y devolviendo las
caricias con efusión.
Pero una anciana, la decana del
pueblo, se acercó a él, apoyándose en su muleta, y le dijo con voz temblorosa:
- Monseñor, Dios os bendice por haber sido
bueno y humano con los pobres que trabajan y sufren. Habéis hecho que se olvide
a vuestro padre, que era un hombre duro con vos y con todo el mundo. Este niño
se parecerá a vos e impedirá que se os olvide.
El marqués estrechó las manos de la vieja y
consintió que Mario estrechase las de todos los asistentes.
Mandó que bebiesen a la salud de su hijo, y
hasta él mismo bebió a la del pueblo, mientras que Adamas hacía de nuevo tronar
su artillería.
Cuando la muchedumbre se alejó, el marqués
vio a monsieur Poulain que lo observaba todo desde un cobertizo, en el que se
había colocado como si fuese un palco de un teatro. Le cortó la retirada, yendo
a saludarle, y le invitó a cenar, después de reprocharle no ir nunca a
visitarle.
El párroco le dio las gracias con una
cortesía enigmática, diciendo con azoramiento fingido que sus principios no le
permitían comer con «presuntos».
En aquel tiempo se llamaba a los
protestantes, según su opinión, «reformados» o «presuntos reformados». El decir
«presuntos» a secas significaba una ortodoxia que no admitía siquiera la
esperanza de una posible conversión.
Aquel término despreciativo hirió al
marqués, y, haciendo un juego de palabras, contestó que no había novios en su
casa.
- Creía que monsieur y madame de Beuvre eran
«presuntos» al error de Ginebra - repuso el rector con una pérfida sonrisa - .
¿Es que se han divorciado como el señor marqués?
- Señor rector - dijo Bois - Daré - , el
momento es inoportuno para hablar de teología, y confieso que soy incompetente
en la materia. Una vez, dos veces, ¿queréis ser de los nuestros con o sin
calvinistas?
- «Con» ya os he dicho, señor marqués, que
me es imposible.
- Pues bien, señor - repuso Bois - Doré con
una viveza que no supo dominar - , sea cuando queráis; pero los días en que no
me juzgareis digno de recibiros, haréis bien en no venir a decírmelo a mi casa,
porque desde el momento en que no queréis entrar, me pregunto lo que venís a
hacer en ella, como no sea criticar a los que me hacen el honor de encontrarse aquí
a gusto.
El rector buscaba lo que él llamaba la
persecución; es decir, que deseaba irritar al marqués para hacerle perder la
paciencia y para recibir un agravio de él.
- Como el señor marqués admitía a todos los
habitantes de mi parroquia a un banquete familiar - dijo - , he creído haber
sido llamado como los demás. Hasta me había imaginado que este amable niño,
cuya venida se está celebrando, necesitaría de mi ministerio para volver al
seno de la Iglesia, y acaso hubiérase debido comenzar los festejos por esta
ceremonia.
- ¡Mi hijo ha sido educado por un verdadero
cristiano y por un verdadero sacerdote, señor! No necesita ninguna
reconciliación con Dios; en cuanto a la morisca, acerca de quien creéis estar
tan enterado, sabed que es mejor cristiana que muchos que se pican de serlo.
Por lo tanto, estad tranquilo y venid a mi casa con la cara descubierta y sin
abrigar segundas intenciones, os lo suplico, o de lo contrario, no vengáis, os
lo aconsejo.
- Mi intención es ser franco, señor marqués
- contestó el párroco elevando la voz - , y la prueba es que os pregunto sin
rodeos dónde está monsieur de Villarreal y cuál es la causa de que no le vea en
vuestra compañía.
Esta pérfida brusquedad estuvo a punto de
desconcertar a Bois - Doré. Afortunadamente, Guillermo de Ars, que en aquel
momento se acercaba, había oído la pregunta y se encargó de dar la respuesta.
- ¿Preguntáis por monsieur de Villarreal? -
dijo, saludando a monsieur de Poulain - . Se marchó de este castillo conmigo
anoche.
- Perdonad - repuso el párroco, saludando a
Guillermo con más consideración que mostraba a Bois - Doré - . Entonces, señor
conde, ¿puedo dirigirle esta carta a vuestra casa?
- No, señor - contestó Guillermo, despechado
ante su insistencia - . Hoy no está en mi casa...
- Pero si ha ido a dar un paseo, supongo que
esperáis regrese esta noche o mañana a más tardar.
- No sé qué día volverá, señor; no
acostumbro a interrogar a nadie. Venid, marqués; os reclaman en el salón.
Se llevó a Bois - Doré con los Beuvre, para
cortar en seco las investigaciones del párroco, que se alejó con una extraña
sonrisa y una humildad amenazadora.
- Hablabais de monsieur de Villarreal - dijo
Beuvre al marqués - ; os he oído pronunciar su nombre. ¿Cómo es que no lo
vemos? ¿Está enfermo?
- Se ha marchado - dijo Guillermo muy
azorado e inquieto por estas preguntas, hechas ante numerosos testigos.
- ¿Y se ha marchado para no volver más? -
preguntó Lauriana.
- Para no volver más - contestó Bois - Doré
con firmeza.
- Pues bien - dijo ella después de una pausa
- , me alegro.
- ¿No le queríais? - dijo el marqués,
ofreciéndole el brazo, en tanto que Guillermo caminaba junto a Lauriana.
- Vais a suponer que estoy loca - contestó
la joven - . Me sinceraré, sin embargo. Perdonadme, monsieur de Ars, pero
vuestro amigo me daba miedo.
- ¿Miedo?... Es extraño; otras personas me
han dicho lo mismo. ¿De qué proviene, señora, que os diese miedo?
- Decididamente se parece a un retrato que
hay en casa y que acaso no habéis visto nunca...; está en nuestra capillita.
¿Le habéis visto?
- Sí - exclamó Guillermo impresionado - ; ya
sé lo que queréis decir. A fe mía que se le parecía.
- ¿Se le parecía? Habláis de vuestro amigo
como si hubiera muerto.
La llegada de Mario interrumpió esta
conversación. Lauriana, que ya sentía por él una gran amistad, quiso ofrecerle
el brazo para regresar al castillo.
Guillermo y Bois - Doré quedaron un momento
solos, un poco rezagados.
- ¡Ay, querido primo! - dijo el joven al
anciano - . ¿No es molesto tener que ocultar la muerte de un hombre como si
efectivamente hubiera que avergonzarse de alguna cobardía, cuando, al
contrario...?
- Yo hubiera preferido la franqueza -
contestó el marqués - . Vos me habéis condenado a este disimulo; pero si os
pesa...
- ¡No, no; vuestro párroco parece tener
sospechas! Alvimar se las daba de muy devoto; el clero se pondría de su parte,
y sería mucho arriesgar en un país como éste. Callémonos, pues, hasta que el
cobarde asesinato de vuestro hermano esté divulgado en todas partes, y enseñad
la prueba a todo el mundo sin nombrar a los culpables. Cuando los nombréis, la
gente estará ya predispuesta a condenarles. Pero decidme, marqués, ¿sabéis si
el cuerpo de aquel desdichado...?
- Sí, Aristandre se ha informado. El
fraile oblato ha cumplido su misión.
- Pero ¿cómo podéis explicaros lo que era el
tal Alvimar? ¡Un hombre de tan buena estirpe y de maneras tan distinguidas!
- ¡La ambición de la corte y la miseria de
España! - contestó Bois - Doré - . Mirad, querido primo, se me ocurre
frecuentemente una paradoja filosófica: que somos todos iguales ante Dios, y
que Él no hace más caso del alma de un noble que de la de un villano. Acaso
sobre este punto los calvinistas no estén del todo equivocados.
- A propósito de calvinistas - prosiguió
Guillermo - . ¿Sabéis que los asuntos del rey marchan mal, y que no se acaba de
tomar la ciudad de Montaubán?
He sabido en Bourges, por personas bien enteradas,
que el día menos pensado se levantará el sitio, y bien pudiera ser que esto
cambiase una vez más toda la política. Acaso vos os habéis apresurado demasiado
en abjurar.
- ¿Abjurar, abjurar? - dijo Bois - Doré,
moviendo la cabeza - . Yo no he abjurado nunca nada; reflexiono, discuto
conmigo mismo, y según las buenas razones que se me ocurren, admito una forma u
otra. En el fondo...
- En el fondo - dijo Guillermo, echándose a
reír - sois como yo. No os preocupáis más que de ser bueno.
La cena, aunque íntima, fue servida con un
lujo prodigioso. La sala estaba decorada con follajes y flores, entre las que
se entremezclaban cintas de oro y de plata; se ostentaron las más finas piezas
de orfebrería y de porcelana, y se sirvieron los platos y los vinos más
exquisitos.
Cinco o seis de los mejores amigos o vecinos
del marqués llegaron al sonar el último toque de campana. Esto era una nueva
sorpresa, preparada al marqués por Adamas, que había enviado mensajeros a todos
los arrabales.
Durante la cena no hubo música. Los
comensales preferían hablar; ¡tenían tanto que decirse! Solamente se anunció
cada servicio por una fanfarria tocada en el patio.
Lauriana se sentó frente al marqués,
teniendo a Mario a su derecha.
Lucilio tomó parte
en la fiesta. No había por qué
temer la maldad de ningún convidado.
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