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- XXXVII -
Media hora después de terminada la cena,
Adamas rogó a su amo que subiese «con la compañía la sala de Verduras», donde
había preparada una nueva sorpresa.
Era un espectáculo muy del gusto de la
época, pero había sido preciso organizarle apresuradamente y en un local
reducido.
El fondo de la sala estaba dispuesto en
forma de teatro; lujosas alfombras cubrían algunos tableros; unas telas servían
de marco y con follaje natural se hicieron los bastidores.
Cuando los espectadores se sentaron, Lucilio
tocó una obertura, y el paje Clindor apareció en escena con traje de pastor de
fantasía. Cantó cuplés rústicos bastante lindos, compuestos por maese Jovelin;
luego se puso a guardar su rebaño. Eran verdaderos corderos emperifollados y
bien lavados, que se portaron bastante decorosamente. Fleurial, el perro del
pastor, representó también muy convenientemente su papel.
Al sonido de la música soñolienta y dulce de
la sordina, el pastor se durmió.
Entonces se presentó un anciano venerable
que buscaba algo con angustia desde los bolsillos del dormido pastor hasta en
la lana de los corderos. Tenía una barba tan abundante y unas cejas blancas tan
tupidas, que al principio no se le reconoció. Pero cuando declamó unos versos
de su cosecha para expresar el motivo de sus pesares, la asistencia prorrumpió
en una alegre carcajada al oír el acento gascón de Adamas.
Aquel anciano desconsolado corría tras el
Destino, que le había arrebatado a su joven amo, el hijo adorado de su señor.
El pastor, despertando sobresaltado, le
preguntó lo que deseaba. Hubo entre ellos un diálogo libre, en el que se
repetían muchas veces las mismas cosas. Esto, según Adamas, tenía la ventaja de
hacer comprender a los espectadores lo que él llamaba «el nudo de la obra».
El pastor ayudó al anciano en sus pesquisas
y emprendieron el ataque de una pequeña fortaleza colocada en el fondo del
escenario, entre las ramas, y que figuraba estar en la lejanía. Esta fortaleza
era la que antaño había traído el marqués a grupas de su caballo desde el
castillo de Sarzay. En aquel momento un gigante espantoso, vestido de un modo
fantástico, se opuso a sus designios.
Este gigante, representado por Aristandre,
empezó expresándose en un idioma desconocido. Como el carrocero se había
reconocido incapaz de aprender tres palabras de memoria, Lucilio, que había
ayudado a Adamas en los preparativos de la obra, había aconsejado que, dada su
calidad de gigante, articulase al azar palabras descosidas y desprovistas de
sentido. Bastaba con que tuviese el aspecto terrible y la voz formidable.
Aristandre cumplió muy bien esta
prescripción; pero como Adamas le insultaba y le provocaba de la manera más
violenta llamándole ogro, brujo y monstruo, el buen gigante no quiso ser menos
y dejó escapar, como habitante del Berry, juramentos tan espantosos que fue
necesario matarle en seguida para que no escandalizase a la asistencia.
Esta escena disgustó a Fleurial, que era
poco bravo, y saltando por encima de las candilejas fue a refugiarse entre las
piernas de su amo.
Cuando la valiente espada de madera de
Adamas dejó muerto en el suelo al monstruoso carrocero, la fortaleza se
derrumbó como por encanto, y en su lugar apareció una sibila.
Era la morisca, a quien habían confiado
ricas telas de Oriente y que se había arreglado con ellas una indumentaria
llena de gusto y de poesía.
Estaba muy hermosa, y su aparición fue
saludada con grandes aplausos.
¡Pobre morisca! Educada en la esclavitud y
abrumada por la persecución, dichosa más tarde bajo un techo de paja y con un
trabajo humilde al amparo de un pobre cura, por primera vez en su vida se veía
vestida con lujo, acogida con cariño por gentes ricas, y aplaudida por su
gracia y su belleza sin segunda intención injuriosa.
A lo primero no comprendió, sintió miedo y
quiso huir. Pero Adamas utilizó oportunamente las cinco o seis palabras de
español que sabía, para tranquilizarla en voz baja y explicarle que agradaba al
auditorio.
La mirada de Mercedes buscó en torno suyo a
la persona que más le interesaba, y vio cerca de ella, entre bastidores, a
Lucilio, que la aplaudía también.
Una llama encendió sus ojos negros; luego,
asustada por aquel relámpago de felicidad inconsciente, bajó los párpados,
cuyas largas pestañas dibujaron una sombra aterciopelada sobre sus mejillas
ardientes. Pareció más hermosa todavía, y los aplausos redoblaron.
Cuando recobró el valor cantó en árabe;
luego, a las preguntas del anciano Adamas, dio unas contestaciones que él
pareció no tener en cuenta.
Tras un debate en forma de pantomima, con
acompañamiento de música, la sibila prometió al anciano que recobraría el niño
mediante una última prueba, que consistía en vencer un horrible dragón de
papel, que llegó a escena arrastrándose y vomitando llamas.
El intrépido Adamas, resuelto a todo para
rescatar el hijo de su amo, se arrojó contra el dragón, y ya se disponía a
atravesarle con su invencible espada cuando el monstruo se rompió como un
guante viejo y el hermoso Mario surgió de sus entrañas vestido de Cupido, de
rosa y oro, con flores bordadas, la cabeza coronada de rosas y plumas, el arco
en la mano y el carcaj al hombro.
La transformación de un niño en Cupido, en
el vientre de un dragón no está muy claramente explicada en el argumento
manuscrito de Adamas; pero debió de parecer admirable a los espectadores,
porque aquella aparición obtuvo un éxito enorme.
Mario recitó un monólogo dedicado a su tío y
a sus amigos; la sibila le predijo los más altos destinos, haciendo salir de un
matorral diversas maravillas: un cuerno de la abundancia lleno de flores y de
bombones, que el niño arrojó a los espectadores; el retrato, del marqués, que
Mario besó piadosamente, y, por último, dos escudos transparentes coloreados,
uno con las armas de los Bouron, du Noyer y el otro con las de Bois - Doré,
reunidas bajo una corona, de la que salió un pequeño fuego artificial en forma
de sol radiante.
Digamos de paso dos palabras acerca de las
armas del marqués. Eran muy curiosas y habían sido imaginadas por Enrique IV en
persona.
En estilo de blasón se describirían así:
«Sobre campo de gules un dextroquero que nace de una nube y sostiene una espada
en alto. En el jefe, diademas de plata.» Es decir, «un escudo con un fondo
rojo, en medio del cual un brazo derecha, saliendo de una nube de oro, sujeta
una espada hacia arriba, dirigida contra tres gallinas con coronas de plata».
Alrededor del escudo se leía la siguiente
divisa. «Tales son todos ante mí.»
Si se recuerda cómo nuestro buen Silvio fue
hecho marqués, se comprenderá fácilmente este emblema, que hubiera podido
parecer irrisorio sin el correctivo de la divisa. Ésta podía traducirse por:
«Ante este brazo, todo enemigo muestra un corazón de gallina.»
El espectáculo fue ruidosamente aplaudido.
El marqués lloró de alegría al ver la gracia
de su hijo y el celo de Adamas.
Los invitados comieron golosinas, se
disputaron las caricias de Mario y se retiraron a las once, que era una hora
muy tardía, dadas las costumbres de la provincia en aquella época.
Al día siguiente hubo una caza de aves.
Lauriana quiso que Mario fuese de la partida. Le prestó su caballo blanco, que
era dulce y bueno, y ella montó valientemente sobre Rosidor. No faltaban
caballos para el marqués.
La caza fue anodina, como convenía a las
héroes de la fiesta.
Mario se divirtió de tal manera, que Lucilio
temió que tanta embriaguez repentina fuese excesiva para una cabeza tan joven y
que el niño enfermase o se volviese loco. Pero Mario demostró que tenía un
temperamento excelente; se divertía con aquellas novedades, pero sin perder la
serenidad; al menor aviso, recobraba su razón y obedecía con una dulzura
angelical. Su serenidad no se alteró, y entró en la felicidad como en un
paraíso de amor y de libertad, del que se sentía digno.
La cena del segundo día de fiesta reunió en
Briantes a otros amigos más; el tercer día tuvo lugar la fiesta ofrecida a los
vasallos: un festín pantagruélico y bailes bajo los viejos nogales de la finca.
Incluso se organizó un tiro de arcabuz
dirigido por Guillermo de Ars.
Mario propuso a los chiquillos del pueblo un
concurso de carreras y de honda, y obtuvo el permiso de ponerse para esta lucha
su traje de montañés, con el que se encontraba mucho más a gusto.
Mostró una agilidad y una habilidad que
llenaron de admiración a los demás concursantes; ninguno pensó en disputarle el
premio; entonces él se retiró modestamente del concurso para que pudiesen
otorgar equitativamente el premio a los demás.
Las fiestas terminaron con una
ceremonia, a la vez ingenua y pretenciosa, pero enternecedora en el fondo.
En el centro del
laberinto del jardín, había un pabelloncito con techumbre de paja que simulaba
una choza.
El marqués llamaba a aquel pabellón el «palacio
de Astrée».
A él llevaron los trajes, pobres trajes
groseros y remendados que Mario vestía al hacer su entrada en el castillo de
sus antepasados. Se hizo una especie de trofeo rústico con la humilde guitarra
que durante su viaje le había servido para ganarse el pan, y se colgó el traje
en el interior de la cabaña, con guirnaldas de follaje y con un cartel que
rezaba la fecha de aquel día memorable y estas sencillas palabras, escogidas y
caligrafiadas por Lucilio: «No olvides que has sido pobre.»
Al mismo tiempo presentaron a Mario una
enorme cesta que contenía doce trajes nuevos completos, y el niño tuvo la
satisfacción de repartirlos entre doce pobres reunidos delante de la choza.
Por último, el marqués encargó que se
colocase en la capilla de la iglesia parroquial un pequeño mausoleo de mármol
dedicado a la memoria del bueno y santo abate Anjorrant. Lucilio hizo el plano
y redactó la inscripción.
Los convidados se marcharon y la calma
renació en el castillo de Briantes.
Entonces el marqués empezó a pensar
seriamente en la educación de su hijo. Pero si no hubiera tenido quien le guiase,
en medio de las preocupaciones de engalanamiento que ocupaban tanto sitio en su
vida, su heredero hubiera podido muy bien olvidar todo lo que había aprendido
con el abate Anjorrant y adquirir únicamente nociones en las ciencias de
sastrería, de zapatería, de armas y de mobiliario. Afortunadamente, Lucilio
supo arrebatar diariamente algunas horas a tan frívolas influencias.
Él también, como, tenía un corazón tan
sensible, se encariñó apasionadamente con el hijo de su amigo, no sólo por el
amigo, sino por el niño mismo, que por su docilidad afectuosa y la claridad de
su inteligencia hacía que resultase atractiva la tarea, generalmente ingrata y
aburrida, del instructor.
Sin embargo, la misión de Lucilio no era
fácil. Comprendía que tenía la responsabilidad de un alma, y precisamente de un
alma en extremo preciosa y pura. Quería ante todo rodear aquella conciencia
infantil, con una fortaleza de creencias y convicciones, contra las tempestades
del porvenir. ¡Los tiempos eran tan agitados!
Indudablemente no faltaban las luces
adquiridas ni las excelentes nociones de progreso. Decíase que aquella época
era la de las novedades detestables según unos, providenciales, según otros. La
discusión reinaba en todas partes, y entonces, como hoy, como ayer, como
siempre, la mayoría de las inteligencias creían poseer verdades infalibles.
Pero el mundo de la inteligencia había
perdido su unidad. Los espíritus tranquilos y desinteresados buscaban la
justicia ora en un campo, ora en el otro, y como los dos se encontraban a
menudo, la intolerancia, el error, la crueldad y el escepticismo aprovechaban
la ocasión para cruzarse de brazos y decretar la ceguera y la debilidad
incurables del género humano.
Por aquel entonces las luchas sangrientas
entre los gomarristas y los arminianos estaban muy recientes. Arminio había
dejado de existir, pero Barnevelt había subido al patíbulo. Hugo Grotius había
sido condenado a cadena perpetua, y en la cárcel soñaba con su hermosa obra, la
famosa Teoría del derecho. La Reforma estaba profundamente dividida respecto a
la predestinación. La conciencia de los hombres justos condenaba el calvinismo
por su espantosa doctrina fatalista. Los luteranos franceses, imitando la
vuelta de Melanchton a la verdad, y abandonando las funestas máximas de Lutero
acerca del libre albedrío, defendían ahora la justicia divina y la libertad
humana.
Pero en todos los tiempos los hombres justos
son escasos. El calvinismo y sus exaltados ministros protestaban en casi toda
Francia contra lo que llamaban «una vuelta a la herejía de Roma».
Todo probaba que la luz estaba detrás de una
nube y que ninguna conciencia generosa podía pensar: «En tal culto o en tal
país encontraré la mejor y más pura verdad social de mi tiempo.»
Lo probaba
lo que ocurría en nuestras provincias del Mediodía, donde las fogosas asambleas
se empeñaban en sostener una resistencia antifrancesa, y el espíritu
republicano, mal entendido, favorecía por testarudez y por ignorancia los
funestos proyectos de la política austroespañola, que quería provocar la guerra
civil en Francia, y lo probaba la resistencia gloriosa, pero desastrosa, de
Montaubán, tanta sangre vertida, tanto heroísmo gastado, para eternizar la
lucha provechosa para Roma y para Austria.
Por eso el deber de los que eran
inteligentes y cultos era no preocuparse de los hechos y creer, a pesar de
todo, en una verdad superior a las que se predicaban por el mundo, puesto que
la espada, el dogal, la hoguera, el homicidio, la violación y el saqueo eran
los medios que empleaban los partidos para convertirse los unos a los otros.
Lucilio Giovellino reflexionó acerca de
todas estas cosas y se resolvió a obrar según el Evangelio, comentado por su
propia conciencia, porque veía que este libro divino entre manos de ciertos
católicos y de ciertos protestantes podía ser, y era a menudo, un código de
fatalismo, una doctrina de embrutecimiento y de furor.
Empezó a señalar a Mario la filosofía, la
historia, las lenguas y las ciencias naturales, procurando hacer resaltar ante
todo la lógica y la bondad de Dios. Su método fue claro y sus explicaciones
concisas.
El pobre Lucilio había sido elocuente en
otros tiempos, y al principio de su desgracia había sentido mucha repugnancia
por la palabra escrita, y todavía a veces sufría por verse forzado a resumir su
pensamiento en pocas palabras; pero los espíritus selectos saben sacar partido
de cualquier desgracia. Ocurrió que por la pereza de escribir largo tiempo y
por la impaciencia de expresarse se acostumbró a resumir su pensamiento, con
una claridad y una energía extraordinarias, y el espíritu del niño fue
desarrollándose sin detalles inútiles y sin repeticiones fatigosas.
Las lecciones fueron sorprendentemente
breves, y proporcionaron a aquel espíritu juvenil la seguridad, tan rara,
naturalmente, en aquel tiempo.
Por su
parte, Bois - Doré, a pesar de entretener a su hijo con puerilidades y
tonterías, hizo que se conservara puro y bueno, merced a la misteriosa
influencia que las buenas naturalezas ejercen natural y espontáneamente unas
sobre otras.
El espíritu de los niños tiende a reaccionar
contra la enseñanza demasiado precisa; sigue más fácilmente un instinto que le
guía sin saber adónde va.
Cuando en medio de sus fútiles ocupaciones
el marqués tenía que molestarse para hacer un favor o para distribuir un
socorro, no demostraba nunca ni enojo ni cansancio. Se levantaba, oía, se
informaba, consolaba y obraba.
Como era por naturaleza perezoso y bonachón,
las quejas no le molestaban y no se impacientaba por ninguna charla de pobre
mujer. Por esto, aunque parecía consagrar su vida a menudencias, no había un
momento en aquella existencia, fácil y benévola, que no alegrase o beneficiase
a alguien.
Y sus
días, que siempre empezaban con grandes proyectos de trabajo para su hijo - el
marqués llamaba trabajo al cuidado del tocado y a la enseñanza de las bellas
maneras - , se pasaban sin que decidiese ni el emprendiese nada, y lo dejaba
todo a las juiciosas resoluciones de Adamas y a los amables caprichos del niño.
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