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Amandine-Aurore-Lucile Dupin alias George Sand
Los caballeros de Bois-Doré

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  • Tomo I
    • - XXXVII -
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 - XXXVII -

   Media hora después de terminada la cena, Adamas rogó a su amo que subiese «con la compañía la sala de Verduras», donde había preparada una nueva sorpresa.

 

   Era un espectáculo muy del gusto de la época, pero había sido preciso organizarle apresuradamente y en un local reducido.

 

   El fondo de la sala estaba dispuesto en forma de teatro; lujosas alfombras cubrían algunos tableros; unas telas servían de marco y con follaje natural se hicieron los bastidores.

 

   Cuando los espectadores se sentaron, Lucilio tocó una obertura, y el paje Clindor apareció en escena con traje de pastor de fantasía. Cantó cuplés rústicos bastante lindos, compuestos por maese Jovelin; luego se puso a guardar su rebaño. Eran verdaderos corderos emperifollados y bien lavados, que se portaron bastante decorosamente. Fleurial, el perro del pastor, representó también muy convenientemente su papel.

 

   Al sonido de la música soñolienta y dulce de la sordina, el pastor se durmió.

 

   Entonces se presentó un anciano venerable que buscaba algo con angustia desde los bolsillos del dormido pastor hasta en la lana de los corderos. Tenía una barba tan abundante y unas cejas blancas tan tupidas, que al principio no se le reconoció. Pero cuando declamó unos versos de su cosecha para expresar el motivo de sus pesares, la asistencia prorrumpió en una alegre carcajada al oír el acento gascón de Adamas.

 

   Aquel anciano desconsolado corría tras el Destino, que le había arrebatado a su joven amo, el hijo adorado de su señor.

 

   El pastor, despertando sobresaltado, le preguntó lo que deseaba. Hubo entre ellos un diálogo libre, en el que se repetían muchas veces las mismas cosas. Esto, según Adamas, tenía la ventaja de hacer comprender a los espectadores lo que él llamaba «el nudo de la obra».

 

   El pastor ayudó al anciano en sus pesquisas y emprendieron el ataque de una pequeña fortaleza colocada en el fondo del escenario, entre las ramas, y que figuraba estar en la lejanía. Esta fortaleza era la que antaño había traído el marqués a grupas de su caballo desde el castillo de Sarzay. En aquel momento un gigante espantoso, vestido de un modo fantástico, se opuso a sus designios.

 

   Este gigante, representado por Aristandre, empezó expresándose en un idioma desconocido. Como el carrocero se había reconocido incapaz de aprender tres palabras de memoria, Lucilio, que había ayudado a Adamas en los preparativos de la obra, había aconsejado que, dada su calidad de gigante, articulase al azar palabras descosidas y desprovistas de sentido. Bastaba con que tuviese el aspecto terrible y la voz formidable.

 

   Aristandre cumplió muy bien esta prescripción; pero como Adamas le insultaba y le provocaba de la manera más violenta llamándole ogro, brujo y monstruo, el buen gigante no quiso ser menos y dejó escapar, como habitante del Berry, juramentos tan espantosos que fue necesario matarle en seguida para que no escandalizase a la asistencia.

 

   Esta escena disgustó a Fleurial, que era poco bravo, y saltando por encima de las candilejas fue a refugiarse entre las piernas de su amo.

 

   Cuando la valiente espada de madera de Adamas dejó muerto en el suelo al monstruoso carrocero, la fortaleza se derrumbó como por encanto, y en su lugar apareció una sibila.

 

   Era la morisca, a quien habían confiado ricas telas de Oriente y que se había arreglado con ellas una indumentaria llena de gusto y de poesía.

 

   Estaba muy hermosa, y su aparición fue saludada con grandes aplausos.

 

   ¡Pobre morisca! Educada en la esclavitud y abrumada por la persecución, dichosa más tarde bajo un techo de paja y con un trabajo humilde al amparo de un pobre cura, por primera vez en su vida se veía vestida con lujo, acogida con cariño por gentes ricas, y aplaudida por su gracia y su belleza sin segunda intención injuriosa.

 

   A lo primero no comprendió, sintió miedo y quiso huir. Pero Adamas utilizó oportunamente las cinco o seis palabras de español que sabía, para tranquilizarla en voz baja y explicarle que agradaba al auditorio.

 

   La mirada de Mercedes buscó en torno suyo a la persona que más le interesaba, y vio cerca de ella, entre bastidores, a Lucilio, que la aplaudía también.

 

   Una llama encendió sus ojos negros; luego, asustada por aquel relámpago de felicidad inconsciente, bajó los párpados, cuyas largas pestañas dibujaron una sombra aterciopelada sobre sus mejillas ardientes. Pareció más hermosa todavía, y los aplausos redoblaron.

 

   Cuando recobró el valor cantó en árabe; luego, a las preguntas del anciano Adamas, dio unas contestaciones que él pareció no tener en cuenta.

 

   Tras un debate en forma de pantomima, con acompañamiento de música, la sibila prometió al anciano que recobraría el niño mediante una última prueba, que consistía en vencer un horrible dragón de papel, que llegó a escena arrastrándose y vomitando llamas.

 

   El intrépido Adamas, resuelto a todo para rescatar el hijo de su amo, se arrojó contra el dragón, y ya se disponía a atravesarle con su invencible espada cuando el monstruo se rompió como un guante viejo y el hermoso Mario surgió de sus entrañas vestido de Cupido, de rosa y oro, con flores bordadas, la cabeza coronada de rosas y plumas, el arco en la mano y el carcaj al hombro.

 

   La transformación de un niño en Cupido, en el vientre de un dragón no está muy claramente explicada en el argumento manuscrito de Adamas; pero debió de parecer admirable a los espectadores, porque aquella aparición obtuvo un éxito enorme.

 

   Mario recitó un monólogo dedicado a su tío y a sus amigos; la sibila le predijo los más altos destinos, haciendo salir de un matorral diversas maravillas: un cuerno de la abundancia lleno de flores y de bombones, que el niño arrojó a los espectadores; el retrato, del marqués, que Mario besó piadosamente, y, por último, dos escudos transparentes coloreados, uno con las armas de los Bouron, du Noyer y el otro con las de Bois - Doré, reunidas bajo una corona, de la que salió un pequeño fuego artificial en forma de sol radiante.

 

   Digamos de paso dos palabras acerca de las armas del marqués. Eran muy curiosas y habían sido imaginadas por Enrique IV en persona.

 

   En estilo de blasón se describirían así: «Sobre campo de gules un dextroquero que nace de una nube y sostiene una espada en alto. En el jefe, diademas de plata.» Es decir, «un escudo con un fondo rojo, en medio del cual un brazo derecha, saliendo de una nube de oro, sujeta una espada hacia arriba, dirigida contra tres gallinas con coronas de plata».

 

   Alrededor del escudo se leía la siguiente divisa. «Tales son todos ante mí.»

 

   Si se recuerda cómo nuestro buen Silvio fue hecho marqués, se comprenderá fácilmente este emblema, que hubiera podido parecer irrisorio sin el correctivo de la divisa. Ésta podía traducirse por: «Ante este brazo, todo enemigo muestra un corazón de gallina

 

   El espectáculo fue ruidosamente aplaudido.

 

   El marqués lloró de alegría al ver la gracia de su hijo y el celo de Adamas.

 

   Los invitados comieron golosinas, se disputaron las caricias de Mario y se retiraron a las once, que era una hora muy tardía, dadas las costumbres de la provincia en aquella época.

 

   Al día siguiente hubo una caza de aves. Lauriana quiso que Mario fuese de la partida. Le prestó su caballo blanco, que era dulce y bueno, y ella montó valientemente sobre Rosidor. No faltaban caballos para el marqués.

 

   La caza fue anodina, como convenía a las héroes de la fiesta.

 

   Mario se divirtió de tal manera, que Lucilio temió que tanta embriaguez repentina fuese excesiva para una cabeza tan joven y que el niño enfermase o se volviese loco. Pero Mario demostró que tenía un temperamento excelente; se divertía con aquellas novedades, pero sin perder la serenidad; al menor aviso, recobraba su razón y obedecía con una dulzura angelical. Su serenidad no se alteró, y entró en la felicidad como en un paraíso de amor y de libertad, del que se sentía digno.

 

   La cena del segundo día de fiesta reunió en Briantes a otros amigos más; el tercer día tuvo lugar la fiesta ofrecida a los vasallos: un festín pantagruélico y bailes bajo los viejos nogales de la finca.

 

   Incluso se organizó un tiro de arcabuz dirigido por Guillermo de Ars.

 

   Mario propuso a los chiquillos del pueblo un concurso de carreras y de honda, y obtuvo el permiso de ponerse para esta lucha su traje de montañés, con el que se encontraba mucho más a gusto.

 

   Mostró una agilidad y una habilidad que llenaron de admiración a los demás concursantes; ninguno pensó en disputarle el premio; entonces él se retiró modestamente del concurso para que pudiesen otorgar equitativamente el premio a los demás.

 

   Las fiestas terminaron con una ceremonia, a la vez ingenua y pretenciosa, pero enternecedora en el fondo.

 

   En el centro del laberinto del jardín, había un pabelloncito con techumbre de paja que simulaba una choza.

 

   El marqués llamaba a aquel pabellón el «palacio de Astrée».

 

   A él llevaron los trajes, pobres trajes groseros y remendados que Mario vestía al hacer su entrada en el castillo de sus antepasados. Se hizo una especie de trofeo rústico con la humilde guitarra que durante su viaje le había servido para ganarse el pan, y se colgó el traje en el interior de la cabaña, con guirnaldas de follaje y con un cartel que rezaba la fecha de aquel día memorable y estas sencillas palabras, escogidas y caligrafiadas por Lucilio: «No olvides que has sido pobre

 

   Al mismo tiempo presentaron a Mario una enorme cesta que contenía doce trajes nuevos completos, y el niño tuvo la satisfacción de repartirlos entre doce pobres reunidos delante de la choza.

 

   Por último, el marqués encargó que se colocase en la capilla de la iglesia parroquial un pequeño mausoleo de mármol dedicado a la memoria del bueno y santo abate Anjorrant. Lucilio hizo el plano y redactó la inscripción.

 

   Los convidados se marcharon y la calma renació en el castillo de Briantes.

 

   Entonces el marqués empezó a pensar seriamente en la educación de su hijo. Pero si no hubiera tenido quien le guiase, en medio de las preocupaciones de engalanamiento que ocupaban tanto sitio en su vida, su heredero hubiera podido muy bien olvidar todo lo que había aprendido con el abate Anjorrant y adquirir únicamente nociones en las ciencias de sastrería, de zapatería, de armas y de mobiliario. Afortunadamente, Lucilio supo arrebatar diariamente algunas horas a tan frívolas influencias.

 

   Él también, como, tenía un corazón tan sensible, se encariñó apasionadamente con el hijo de su amigo, no sólo por el amigo, sino por el niño mismo, que por su docilidad afectuosa y la claridad de su inteligencia hacía que resultase atractiva la tarea, generalmente ingrata y aburrida, del instructor.

 

   Sin embargo, la misión de Lucilio no era fácil. Comprendía que tenía la responsabilidad de un alma, y precisamente de un alma en extremo preciosa y pura. Quería ante todo rodear aquella conciencia infantil, con una fortaleza de creencias y convicciones, contra las tempestades del porvenir. ¡Los tiempos eran tan agitados!

 

   Indudablemente no faltaban las luces adquiridas ni las excelentes nociones de progreso. Decíase que aquella época era la de las novedades detestables según unos, providenciales, según otros. La discusión reinaba en todas partes, y entonces, como hoy, como ayer, como siempre, la mayoría de las inteligencias creían poseer verdades infalibles.

 

   Pero el mundo de la inteligencia había perdido su unidad. Los espíritus tranquilos y desinteresados buscaban la justicia ora en un campo, ora en el otro, y como los dos se encontraban a menudo, la intolerancia, el error, la crueldad y el escepticismo aprovechaban la ocasión para cruzarse de brazos y decretar la ceguera y la debilidad incurables del género humano.

 

   Por aquel entonces las luchas sangrientas entre los gomarristas y los arminianos estaban muy recientes. Arminio había dejado de existir, pero Barnevelt había subido al patíbulo. Hugo Grotius había sido condenado a cadena perpetua, y en la cárcel soñaba con su hermosa obra, la famosa Teoría del derecho. La Reforma estaba profundamente dividida respecto a la predestinación. La conciencia de los hombres justos condenaba el calvinismo por su espantosa doctrina fatalista. Los luteranos franceses, imitando la vuelta de Melanchton a la verdad, y abandonando las funestas máximas de Lutero acerca del libre albedrío, defendían ahora la justicia divina y la libertad humana.

 

   Pero en todos los tiempos los hombres justos son escasos. El calvinismo y sus exaltados ministros protestaban en casi toda Francia contra lo que llamaban «una vuelta a la herejía de Roma».

 

   Todo probaba que la luz estaba detrás de una nube y que ninguna conciencia generosa podía pensar: «En tal culto o en tal país encontraré la mejor y más pura verdad social de mi tiempo

 

Lo probaba lo que ocurría en nuestras provincias del Mediodía, donde las fogosas asambleas se empeñaban en sostener una resistencia antifrancesa, y el espíritu republicano, mal entendido, favorecía por testarudez y por ignorancia los funestos proyectos de la política austroespañola, que quería provocar la guerra civil en Francia, y lo probaba la resistencia gloriosa, pero desastrosa, de Montaubán, tanta sangre vertida, tanto heroísmo gastado, para eternizar la lucha provechosa para Roma y para Austria.

 

   Por eso el deber de los que eran inteligentes y cultos era no preocuparse de los hechos y creer, a pesar de todo, en una verdad superior a las que se predicaban por el mundo, puesto que la espada, el dogal, la hoguera, el homicidio, la violación y el saqueo eran los medios que empleaban los partidos para convertirse los unos a los otros.

 

   Lucilio Giovellino reflexionó acerca de todas estas cosas y se resolvió a obrar según el Evangelio, comentado por su propia conciencia, porque veía que este libro divino entre manos de ciertos católicos y de ciertos protestantes podía ser, y era a menudo, un código de fatalismo, una doctrina de embrutecimiento y de furor.

 

   Empezó a señalar a Mario la filosofía, la historia, las lenguas y las ciencias naturales, procurando hacer resaltar ante todo la lógica y la bondad de Dios. Su método fue claro y sus explicaciones concisas.

 

   El pobre Lucilio había sido elocuente en otros tiempos, y al principio de su desgracia había sentido mucha repugnancia por la palabra escrita, y todavía a veces sufría por verse forzado a resumir su pensamiento en pocas palabras; pero los espíritus selectos saben sacar partido de cualquier desgracia. Ocurrió que por la pereza de escribir largo tiempo y por la impaciencia de expresarse se acostumbró a resumir su pensamiento, con una claridad y una energía extraordinarias, y el espíritu del niño fue desarrollándose sin detalles inútiles y sin repeticiones fatigosas.

 

   Las lecciones fueron sorprendentemente breves, y proporcionaron a aquel espíritu juvenil la seguridad, tan rara, naturalmente, en aquel tiempo.

 

Por su parte, Bois - Doré, a pesar de entretener a su hijo con puerilidades y tonterías, hizo que se conservara puro y bueno, merced a la misteriosa influencia que las buenas naturalezas ejercen natural y espontáneamente unas sobre otras.

 

   El espíritu de los niños tiende a reaccionar contra la enseñanza demasiado precisa; sigue más fácilmente un instinto que le guía sin saber adónde va.

 

   Cuando en medio de sus fútiles ocupaciones el marqués tenía que molestarse para hacer un favor o para distribuir un socorro, no demostraba nunca ni enojo ni cansancio. Se levantaba, oía, se informaba, consolaba y obraba.

 

   Como era por naturaleza perezoso y bonachón, las quejas no le molestaban y no se impacientaba por ninguna charla de pobre mujer. Por esto, aunque parecía consagrar su vida a menudencias, no había un momento en aquella existencia, fácil y benévola, que no alegrase o beneficiase a alguien.

 

   Y sus días, que siempre empezaban con grandes proyectos de trabajo para su hijo - el marqués llamaba trabajo al cuidado del tocado y a la enseñanza de las bellas maneras - , se pasaban sin que decidiese ni el emprendiese nada, y lo dejaba todo a las juiciosas resoluciones de Adamas y a los amables caprichos del niño.

 

 

 




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