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- XXXVIII -
Al cabo de algunas semanas, gracias a la
actividad de Adamas y a la inteligencia de la morisca, Mario estaba vestido
como correspondía a su rango. Además, el marqués le había inculcado algunas
nociones de equitación y de esgrima.
Todas las mañanas ocurrían escenas cómicas
entre el anciano y el niño con motivo de la lección de buenas maneras.
El marqués hacía entrar y salir diez veces
seguidas a su discípulo para enseñarle la manera de entrar en un salón con
elegancia y cortesía y la de retirarse con modestia y corrección.
- Sabed, mi querido conde - le decía (en
aquel momento había que hablar con graciosos cumplidos) - , que cuando un
hidalgo ha franqueado el umbral de una puerta y ha dado tres pasos en una
habitación, está ya juzgado por todas las personas de mérito o de distinción
que se hallan presentes. Por esto, todo su mérito y toda su nobleza deben
reflejarse en la actitud de su cuerpo y en la expresión de su rostro. Hasta hoy
os han acogido siempre con caricias y tiernas familiaridades, pasando por alto
las conveniencias que no podíais conocer; pero esta indulgencia no tardará en
cesar, y si viesen que conserváis maneras rústicas con estos trajes, culparían
vuestra naturaleza o mi indiferencia.
Trabajemos, mi querido conde; trabajemos
concienzudamente; volvamos a empezar esta reverencia, que ha salido poco brillante,
y esta entrada, que ha resultado floja y desprovista de nobleza.
Aquella enseñanza divertía a Mario, porque
era un motivo para ponerse sus mejores trajes, pavonearse ante los espejos y
agitarse por la habitación. Era tan dispuesto y tan ágil, que aprendía con
mucha facilidad aquella especie de baile majestuoso en el que le iniciaban
minuciosamente; y su viejo padre, mucho más niño que él, sabía dar atractivo a
la elección.
Era un curso completo de pantomima, y el
marqués, a pesar de su edad, era un excelente cómico.
- Mirad, hijo mío - decía colocándose el
sombrero y embozándose de manera apropiada - , he aquí los ademanes de un
matamoros; fijaos bien en lo que voy a hacer, para que no lo hagáis nunca, como
no sea por juego, y para que os abstengáis de ello en buena sociedad.
Entonces representaba el papel de un capitán
bravucón con tal naturalidad, que Mario reía hasta revolcarse por el suelo.
Le permitía, para divertirse, que hiciese a
su vez de capitán, y entonces era el marqués el que se caía de su butaca dando
carcajadas; tan ágil y gracioso era el diablillo.
Pero había que proseguir la lección.
Entonces el marqués representaba el papel de
un patán pesado, rudo e importuno, o el de un pedante amargado y desagradable,
o el de un bobo desconcertado. Como se necesitaban actores para mimar la
escena, hacía venir a la servidumbre.
Dichosos cuando podían conseguir el concurso
de Mercedes y de Adamas, que se prestaban al juego con mucha animación e
ingenio. Pero Adamas era activo y la morisca trabajadora; siempre solicitaban
que se les dejase ir a trabajar para Mario.
El marqués y su discípulo tenían que
contentarse con Clindor, que tenía buena voluntad, pero que por su figura
parecía un muñeco, y con la Belinda, a la que encantaba el representar una dama
noble, pero que hacía su papel de la manera más ridícula y más absurda. El
marqués la reprendía alegremente y recalcaba su torpeza en provecho de la
enseñanza de Mario, que era bastante burlón y que se reía hasta el punto de
mortificar singularmente al ama de llaves.
Se marchaba ofendida, y Mario, en medio de
sus carcajadas, olvidaba que era la ora de los cumplidos: saltaba sobre las
rodillas del marqués y le besaba, tuteándole; el anciano no tenía el valor de
corregirle, porque él también se divertía lo suyo, y nada le parecía más dulce
que ver a su hijo divertirse con él como buen camarada.
Después de la comida montaban a caballo. El
marqués haba adquirido para su heredero los más lindos caballitos del mundo. Era
un excelente profesor de equitación y de esgrima; pero tales ejercicios
fatigaban mucho al anciano, y tenía suplentes que él dirigía.
Dos veces por semana iba un profesor de
blasón; éste aburría considerablemente a Mario. Pero, con una energía muy rara
en un niño, se dominaba para no rechazar nada de lo que su padre le imponía con
tanta dulzura.
Se consolaba de la ciencia heráldica con sus
buenos caballitos, sus lindos y diminutos arcabuces y las lecciones de Lucilio,
que le atraían y le impresionaban vivamente.
Tenía por el mudo un respeto inconsciente,
fuese porque su alma leal sintiese la superioridad de un alma noble, o porque
la entusiasta veneración de Mercedes por Lucilio ejerciese sobre él un
magnetismo; porque en el fondo de su corazón seguía siendo el hijo de la
morisca, y como sentía que había entre ella y el marqués una tierna rivalidad
por causa suya, tenía la ingeniosa delicadeza de amar a los dos sin despertar
la inquietud de aquellos corazones pueriles, a la vez generosos y susceptibles.
Había ya hecho este aprendizaje de
delicadeza con su madre adoptiva cuando vivir, con el abate Anjorrant, y no le
fue difícil reanudarle.
El estudio que más le gustaba era el de la
música.
También en esto era Lucilio un
maestro admirable. Su talento
encantaba al niño y le sumía en unos sueños extáticos. Pero el marqués
contrariaba un poco esta inclinación, que hubiera absorbido todas las demás.
Bois - Doré creía que un hidalgo no debía estudiar un arte hasta el punto de
llegar a ser un artista, sino conocer primero a fondo lo que él llamaba el
oficio de las armas, y luego un poco de todo. «Bastante bien, pero sin
exageración en nada, porque un hombre muy sabio en una cosa desdeña todas las
demás y deja de ser agradable en sociedad.»
En medio de tantos estudios y tantas
diversiones, Mario iba haciéndose el más lindo mozo de la creación; su cutis,
naturalmente blanco, adquiría, bajo el tibio sol otoñal de nuestras provincias,
un matiz delicado como el de una flor. Sus manecitas rudas y llenas de
arañazos, ahora enguantadas y cuidadas, iban siendo tan suaves como las de
Lauriana. Su espléndida cabellera color castaño era la admiración y el orgullo
del ex peluquero Adamas.
El marqués le enseñaba la gracia por la
teoría; pero él había conservado su gracia natural; en cuanto a la distinción,
la había adquirido desde el primer día que se puso un traje de raso.
Los sabios ejercicios coreográficos que
hacía no servían más que para desarrollar sus dones naturales.
Cuando tuvo un equipo conveniente, el
marqués le llevó a hacer visitas en diez leguas a la redonda.
La aparición de aquel niño, de quien en un
principio se burlaban los envidiosos y las comadres, pero que cada día iba
tomando consistencia y realidad, fue un acontecimiento en el país.
Cuando pasaba rápidamente sobre su
caballito, escoltado por Clindor y Aristandre, a través de las calles de La
Châtre, la gente abría los ojos desmesuradamente y pensaba:
- ¿Pero será verdad?
Preguntaron cómo se llamaba y cómo se
llamaría. El marqués, siendo noble, ¿podría resignarse a tener por heredero a
un simple hidalguillo? ¿Pero tendría el derecho de dejar su título y sus tres
gallinas coronadas de plata a un Bouron? ¿Lo consentiría el rey actual? ¿No
sería esto contrario a las leyes y a los usos de la nobleza?
¡Grave cuestión!
Se habló de ello durante quince días; luego
no se volvió nadie a acordar, porque las cosas difíciles cansan pronto, y
cuando veían pasar al viejo marqués y al condesito, que iban a comer a casa de
algún vecino, los dos idénticamente vestidos, bien fuera de blanco, a estilo
aldeano; de azul celeste con canutillo de plata, o de raso crema con plumas
blancas, o verde gai o rosa de melocotón con cintas de oro y de plata, y
graciosamente reclinados sobre los cojines de la hermosa carroza, conducidos
por dos enormes caballos, tan empenachados como los amos, y seguidos por una
escolta de criados tan bien montados y armados y tan deslumbrantes que más
parecían señores, no había en la ciudad, en la aldea o en los castillos un solo
noble, burgués o villano, que no se pusiese en pie, exclamando:
- ¡Pronto! ¡Pronto! Oigo llegar la
carroza del marqués. ¡Corramos
a ver pasar a los caballeros de Bois - Doré!
Mientras que estas cosas ocurrían en el
afortunado Berry, la efervescencia crecía en el Mediodía de Francia.
Hacia el 13 de noviembre los de Bourges se
habían enterado con toda seguridad de que el rey había tenido que levantar el
sitio de Montaubán.
El joven rey era valiente. había llorado al
retirarse.
Luynes, que había asegurado que dominaría el
partido corrompiendo a sus jefes, había fracasado con Rohan, general de la
provincia y defensor de la ciudad. Desgraciadamente, estaba probado que aquel
noble señor constituía una rara excepción, y que el sistema de Luynes era
eficaz con la mayoría de los hidalgos sublevados: pero este sistema de compra
arruinaba a Francia y degradaba la monarquía.
Luis XIII se daba a veces cuenta de ello y
comprendía que la incapacidad y la indignidad de su favorito paralizaban todos
sus esfuerzos.
El ejército estaba mal equipado y mal
pagado. El desorden era escandaloso, y el rey, aunque pagaba treinta mil
combatientes, en realidad no contaba con más de doce mil para sostener la
campaña. Los jefes estaban desalentados. Mayenne acababa de morir. El carmelita
español Domingo de Jesús María, a cuya santidad y entusiasmo los devotos
alemanes atribuían la victoria de Praga, había profetizado en vano bajo los
muros de Montaubán.
Los falsos milagros son más difíciles en
Francia que en ninguna parte. Los calvinistas se rehacían, y en los primeros
días de diciembre monsieur de Bois - Doré recibió la visita de monsieur de
Beuvre, que estaba muy animado, y le dijo confidencialmente:
- Querido vecino: vengo a consultaros acerca
de un asunto importante. Ya sabéis que soy pariente del duque de Thouars, jefe
de la familia de La Tremouille, a la que tengo el honor de pertenecer, y que la
primavera última he pensado ir a reunirme con las gentes de La Rochelle. Me
habéis disuadido, afirmándome que el duque sería aniquilado por el rey como la
nieve lo es por el sol; esto ha ocurrido como me lo anunciabais. Pero no porque
el duque, mi pariente, haya cometido una falta he tenido yo razón al hacer otro
tanto, y me reprocho el abandonar mi causa, sobre todo en el momento en que
recobra fuerza.
- Sin duda - dijo Bois - Doré ingenuamente -
se os traba la lengua y queréis decir que la causa os necesita; porque si
acudís en su auxilio en el momento en que lleva la ventaja, no veo dónde está
el mérito.
- Mi querido marqués - repuso Beuvre - , ya
sé que siempre habéis presumido de caballerosidad; pero yo soy un hombre positivo
y digo las cosas como son. Vos sois rico, vuestra fortuna está ya hecha,
vuestra carrera terminada, y podéis filosofar. Yo, sin ser pobre, he sufrido
grandes pérdidas, por haber jugado mal mi partida, en estos últimos tiempos. Me
siento aún dispuesto y me aburro en la inacción. Además, no puedo resistir los aires de
superioridad que toman los viejos ligueros de nuestro país. Los chanchullos de
los jesuitas me irritan. ¿Es que para vivir en paz, como vos, voy a tener que
convertirme?
- ¿Cómo yo? - añadió el marqués sonriendo.
- Ya sé que vuestra conversión no ha sido
muy sonada - prosiguió Beuvre - ; pero por poco que sea, es demasiado para mí;
prefiero batirme. Y todavía me quedan cinco o seis años de actividad y de
salud.
- ¡Muy grueso estáis, vecino!
- Creéis que engordo porque no os veis
menguar. ¡Es que vos enflaquecéis y no que yo esté más gordo!
- ¡Sea! Comprendo vuestras razones para
hacer esta campaña. Creéis que será provechosa, pero os equivocáis. Los jefes y
los soldados, los burgueses y los pastores, todos van bravamente al combate;
pero al día siguiente se dividen, se aborrecen, se injurian y cada cual tira
por su lado. Desde la San Bartelemy la partida está perdida, y, para ganarla,
el rey de los hugonotes ha tenido que abandonar la causa. Quiso ser francés
ante todo, y lo que vos queréis hacer no beneficiará ni a Francia ni a vos
mismo.
Beuvre no sufría que le contradijeran. Se
obstinó, y él, el hombre más escéptico del mundo, censuró al marqués por su carencia
de principios religiosos.
Al oírle, Bois - Doré comprendió que le
engolosinaban las ofertas que la monarquía se veía obligada a hacer, después de
cada una de sus derrotas, a los señores calvinistas. Beuvre no era de los que
se vendían, pero sí de los que se batían y se aprovechaban de la victoria sin
escrúpulo y con grandes exigencias.
- Puesto que estáis decidido - le dijo el
marqués con dulzura - , debisteis habérmelo dicho enseguida en lugar de pedirme
consejo. No tengo que haceros ya más que una objeción. Tendréis que equiparos y
llevar para esta campaña vuestras mejores soldados. ¿Habéis pensado en el
perjuicio que puede causar a vuestra hija el que a los jesuitas se les ocurra
participar vuestra ausencia a monsieur de Condé? Y creed que no se privarán de
hacerlo y que el castillo de la Motte Seuilly estará expuesto a alguna
incautación en nombre del rey, lo que siempre es llevado a cabo por malas
gentes. Vuestra hija, en peligro de recibir algún ultraje...
- No temo nada de eso - dijo Beuvre - .
Fingiré hallarme en Orleáns, en donde todo el mundo sabe que tengo un pleito.
Desde allí me dirigiré sigilosamente hacia la Guyenne, donde tomaré algún
nombre de guerra, según es costumbre, para proteger en mi ausencia a mi familia
y mis dominios. Seré el capitán Chandelle, o el capitán La Paille, o el
capitán... cualquier cosa.
- Ya sé que es,
costumbre hacer esto - repuso Bois - Doré - ; pero no siempre sale bien. Os
prometo que defenderé vuestro castillo cuanto me sea posible; pero si no
temiese haceros una oferta incorrecta, os propondría guardar a vuestra hija en
mi casa durante esta ausencia.
- Ofreced, ofreced, querido vecino, porque
acepto, y no veo dónde está la incorrección. No hay incorrección para una mujer
más que allí donde hay peligro para su virtud o para su reputación; y no me
parece que entre vos, que pudierais ser su abuelo; vuestro hijo, que no pasa de
ser un colegial; vuestro mudo filósofo y vuestro paje, que parece un mono, mi
hija pueda perder corazón o la cabeza. De suerte que mañana os la traigo y os
la dejo hasta mi regreso, con la convicción de que será feliz y estará segura
en vuestra casa y de que seréis para ella, como sois para mí, el mejor de los
amigos y de los vecinos.
- Podéis contar con ello - contestó Bois -
Doré - . Iré yo mismo a buscarla. Mi carroza es bastante grande y podrá traer
en ella sus objetos más valiosos sin que nadie se entere de que se traba de
algo más que de una de sus visitas de costumbre.
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