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- XXXIX -
Efectivamente: al día siguiente Lauriana se
instaló en Briantes, en la «Sala de Verduras» que el ingenioso Adamas convirtió
rápidamente en una habitación lujosa y cómoda.
La morisca solicitó que la pusiesen al
servicio de madame de Beuvre, que le insipiraba confianza y simpatía, y
Lauriana, que a su vez la apreciaba mucho, la rogó que durmiese en el gabinete
contiguo a su vasta alcoba.
La joven se separó de su padre con mucha
entereza.
La leal criatura, llena de fe y de
entusiasmo, no sospechaba en él cálculo alguno. Le hubiera costado trabajo
comprender lo que era razonar, dudar y resolver en beneficio del propio
interés. Sabía que su padre era valiente como un león y franco por su carácter
y por su hidalguía; era más que suficiente para que se le representase como un
héroe.
Él, comprendiendo la ingenuidad y el
idealismo de su hija, no se hubiera atrevido a rebajarse ante ella, dejándola
ver que era el prototipo del hombre honrado de su tiempo; es decir, de los que
hacían el menor mal posible, pero pensaban siempre en sacar provecho de las
cosas.
Ya no era el tiempo del ideal. Habían empezado «las realidades del
horrible siglo XVII, aquel desierto grandioso en el que el pan para el espíritu
y para el cuerpo se va agotando, en el que la Naturaleza no alimenta ya al
hombre y la tierra, extenuada, se hunde bajo su peso». Los hombres, avejentados
en las luchas del siglo precedente, no podían rejuvenecer en el siglo nuevo;
pero los niños tenían alma; ¡la tienen siempre cuando se los deja en libertad!
Lauriana, entusiasmada por la hermosa
conducta de los Rohan y de los La Force en Montaubán, impelía a su padre a la
partida, creyendo que él no pensaba más que en defender el honor de la causa, y
que, como ella, no tenía más ideal que conservar a costa de la fortuna, y a ser
preciso de la vida, la dignidad y la libertad de la conciencia, concedidas por
Enrique IV.
No vertió una lágrima al darle el último
beso; su mirada le siguió hasta que él se hubo perdido de visita; entonces
entró en su cuarto y lloró.
Mercedes, que trabajaba en el gabinete, la
oyó y fue a la puerta; pero no se atrevió a acercarse. Lamentaba no conocer su
idioma para consolarla.
Aquella mujer tenía instintos maternales y
no podía ver sufrir a un corazón joven sin sufrir a su vez y sentir la
necesidad de aliviarle. Se le ocurrió ir a buscar a Mario; le parecía que no
había dolor que resistiese a la vista y a las caricias de su bien amado.
Mario se acercó quedamente de puntillas, y
llegó junto a Lauriana sin que ella le hubiera oído. Ya consideraba a Lauriana
como a una hermana querida. ¡Era tan buena con él, tan alegre siempre! ¡Se
preocupaba tanto de entrerenerle cuando él iba a la Motte Seuilly!
Al verla llorar se quedó intimidado. Creía,
como todo el mundo, que la ausencia de monsieur de Beuvre no duraría más que
unos días.
Permanecía arrodillado en el cojín en que
Lauriana descansaba los pies, y la miraba lleno de confusión; al fin se atrevió
a cogerle las manos.
Lauriana se estremeció, y vio aquella cara
de ángel que le sonreía con los ojos humedecidos. Conmovida por la sensibilidad
del niño, le abrazó con ternura y besó sus hermosos cabellos.
- ¿Qué es ocurre, mi Lauriana? - le preguntó
Mario, alentado por aquella efusión.
- ¡Ay, mi pobre niño! - contestó ella - . Tu
Lauriana tiene pena, como tú la tendrías si vieras partir a tu buen padre el
marqués.
- Pero el vuestro volverá pronto; os
lo ha dicho al marcharse.
- ¡Ay, mi pobre
Mario! ¿Quién sabe si volverá? En
los viajes...
- ¿Va muy lejos?
- No; pero... Vamos, vamos, no quiero
entristecerte. Ven a dar un paseo. ¿Quieres venir conmigo a buscar a tu buen padre?
- Sí - dijo Mario - ; está en el jardín.
¿Queréis que traiga a mi cabrita blanca para que os distraiga?
- Iremos a buscarla juntos; ven.
Lauriana salió dándole el brazo, no como una
dama cuando se apoya en el de un caballero, sino todo lo contrario, como una
madrecita, colocando el brazo del niño debajo del suyo.
Al bajar la escalera encontraron a Mercedes,
cuyos hermosos ojos les acariciaron duleemente al pasar. Lauriana, que se hacía
comprender por ella con señas, no tuvo más que mirarla para adivinar su tierna
solicitud, y le ofreció la mano. Mercedes quiso besarla; pero la joven no lo
consintió, y la besó en las dos mejillas.
Aunque la morisca era cristiana,
ninguna cristiana la había besado nunca. Belinda se hubiera creído en pecado al
hacerle la menor caricia, y, considerándola como pagana, sentía repugnancia
hasta por comer en su compañía.
La encantadora efusión de la noble damita fue
una de las mayores alegrías de la pobre mujer, y desde aquel momento dividió
casi su amor entre ella y Mario.
Se había negado a aprender una palabra de
francés y hasta procuraba no hablar el poleo español que sabía, ante el temor
de olvidar el idioma de sus antepasados, como había visto que les ocurría a
algunos moriscos aislados en el extranjero, y que a ella no la habían
comprendido. Hasta entonces le había bastado con hablar con el sabio
abate Anjorrant, con Mario y ahora con Lucilio. Pero el deseo de comunicarse con Lauriana y el
marqués le hizo dominar su repugnancia; llegó hasta comprender que debía
adoptar el idioma de aquellos seres afectuosos, que la trataban como si hubiera
sido de su raza y de su familia.
Lauriana se encargó de ser su
profesora, y en poco tiempo llegaron a comprenderse.
Madame de Beuvre no tardó en ser muy feliz en
Briantes, y si no hubiera sido por la ausencia de su padre, del que recibió
pronto buenas noticias, se hubiera considerado más dichosa de lo que había sido
en su vida.
En la Motte Seuilly estaba casi siempre
sola, porque el exuberante Beuvre, que adoraba el ejercicio, iba de caza en
todo tiempo, y no tenía, a pesar de su cariño paternal, los mil cuidados, las
delicadas atenciones, los mimos ingeniosos que el marqués sabía tener con las
mujeres y los niños.
Como había sido educada con cierta rudeza,
había tenido que dominar su natural dulzura, sobre todo desde que la idea de
una viudez prolongada se le había presentado como una posibilidad, dado el
ambiente y las circunstancias. Había endurecido su carácter a fuerza de
voluntad, y casi había logrado adquirir la costumbre de reír cuando sentía
deseos de llorar; pero la naturaleza recobraba sus derechos.
A solas lloraba con frecuencia, anhelando, a
pesar suyo, una compañía, un afecto, una madre, una hermana, un hermano, alguna
sonrisa, alguna condescendencia que la ayudase a respirar y a expansionarse en
un ambiente más suave que la sombría frialdad de su viejo castillo, el lúgubre
recuerdo de los Borgia y las recriminaciones políticas de su padre, irónico y
amargado.
En algunos momentos, aun sin desear todavía
el apoyo de un alma compañera, había sentido que su forzada rudeza la oprimía
como un armadura que fuese demasiado pesada para sus miembros delicados.
Al poco
tiempo de estar en Briantes, un cambio rápido se produjo en ella. Fue lo que
necesitaba ser, lo que sólo una dolorosa tensión de su voluntad le había
impedido ser, lo que su naturaleza quería que fuese aún: una niña.
El marqués había abandonado con alegría la
idea de hacerla su esposa, y aceptó resueltamente la de hacerla su hija; hasta
le agradaba el pensar que podía muy bien considerarla como la hermana mayor de
Mario, dado que los pocos anos de Lauriana permitían esto sin aventajarle
demasiado.
Además, su singular coquetería se avino
mejor con la idea de tener dos hijos en vez de uno. Le complacía llevar los
mismos colores claros que sus jóvenes compañeros y participar de sus inocentes
juegos; aquella compañía le rejuvenecía ante sí mismo, hasta el punto de que a
veces se persuadía de que era un adolescente.
- Ya ves - decía a Adamas - , hay personas
que envejecen; yo no me parezco a ellas puesto que no me encuentro a gusto más
que con la juventud inocente. Te juro, amigo mío, que he vuelto a mi edad de
oro y que mis ideas son tan puras y tan risueñas como las de esta muñeca y este
querubín.
Lauriana, Mario y el marqués se hicieron
inseparables, y su vida se deslizaba con una continua diversión, entremezclada
con estudios provechosos y buenas acciones.
La instrucción de Lauriana era nula; no
sabía nada. Quiso asistir a las lecciones que Jovelin daba a Mario en el salón.
Escuchaba mientras bordaba las armas del marqués en un trozo de tapicería, y,
al terminar de dar sus lecciones, Mario entregaba a la joven las explicaciones
escritas por Lucilio para leerlas juntos. Lauriana se asombraba de la facilidad
con que comprendía cosas que ella había creído superiores a la inteligencia de
una mujer.
La lección de música le agradaba mucho, y a
veces se complacía en tocar la tiorba mientras que la morisca cantaba sus
melancólicas canciones.
El marqués, sentado en su gran butacón,
contemplaba durante estos pequeños conciertos los personajes de la tapicería de
Astrée; le parecía que ellos también accionaban o cantaban, y acababa
adormeciéndose en una beatitud deliciosa.
Lucilio participaba también de aquella familia,
que le hacía olvidar un poco la soledad de su corazón y la tristeza de su
porvenir.
El austero y candoroso filósofo estaba
todavía en edad de amar, pero creía deber renunciar ya al amor. Había sentido
más de una vez el noble fuego de la pasión, y temía caer ahora en alguna unión
sensual de la que su alma fuese alejada. Y se resignaba a vivir, abnegándose
para los demás, y en el olvido definitivo, y absoluto de toda ilusión.
Él, que había sufrido la prisión, el
destierro, la miseria y el tormento, se esforzaba en vencer sus ansias de
felicidad, como había vencido tantas otras, y de estas meditaciones salía
siempre sereno y triunfante; pero su triunfo era el que se consigue con la
tortura: una mezcla de fiebre y de aniquilamiento; el alma por un lado y el
cuerpo por otro; el equilibrio de la vida roto y el espíritu trastornado.
Pero Lucilio exageraba su desgracia. Era
amado no por una inteligencia - él creía que esto le hubiera sido necesario
para reconciliarse con su trágico destino - , sino por un corazón.
Ante su ciencia y su genio, Mercedes estaba
como una rosa ante el sol. Bebía sus rayos sin comprenderlos; pero la dulzura,
el valor, la virtud del filósofo la cautivaban, y su alma tierna se postergaba
ante él. No luchaba contra este sentimiento, que constituía para ella una
religión y un deber, pero lo callaba, porque tenía más temor que esperanza.
No debemos dejar de mencionar una pequeña
revolución doméstica que ocurrió en el castillo de Briantes poco después de la
marcha de monsieur de Beuvre, porque la importancia de aquel pequeño
acontecimiento se hizo sentir gravemente más tarde a los demasiado felices
habitantes del castillo.
De los dos caballeros de Bois - Doré, no
siempre el más viejo era el más razonable; pero a veces Mario tenía momentos de
travesura, sobre todo, según decía Adamas, cuando «se entusiasmaba jugando con
la damita». Como era bueno y afectuoso, no molestaba nunca a las personas ni a
los animales; no tiraba nunca de las orejas a Fleurial ni decía a Clindor palabras
desagradables; pero las cosas inanimadas no le inspiraban siempre el respeto
que el marqués sentía por algunas de ellas. Entre éstas pueden contarse las
estatuitas de la Astrée, que decoraban los jardines de Isaura, el famoso
laberinto y el antro de la vieja Mandraga. Los primeros días le habían
divertido mucho, pero acabaron molestándole, porque eran juguetes demasiado
inmóviles.
Un día en que se hallaba jugando con un gran
sable de madera que Aristandre había fabricado para él, amenazó a un personaje
de escayola que representaba el hipócrita. Filandre, es decir, el fingido
Filandre, así llamado porque, abusando de su parecido asombroso con su hermana
Callirée, se puso trajes de mujer para penetrar en la intimidad de la ninfa a
quien amaba.
La estatua representaba al pastor con su
disfraz femenino, y el artista encargado de la creación de los personajes había
aprovechado el parecido del hermano con la hermana, y, para ahorrarse trabajo,
utilizó un solo modelo para las dos estatuas. Estas estaban colocadas, una
frente a la otra, con las de Amidas, de Dafnis, etc..., en la rotonda llamada
bosquecillo de las equivocaciones amorosas.
Para distinguir al hermano de la hermana, el
marqués había escrito con lápiz sobre el pedestal del primero un fragmento del
largo monólogo que empieza con estas palabras: «¡Oh, presuntuoso Filandre!
¿Quién podrá disculpar tu falta?, etc...»
La cara del maligno personaje era tan
estúpida, que Mario, sin odiarle precisamente, se complacía en burlarse de él y
en amenazare. Ya le había administrado algunos golpes inofensivos; pero aquel
día, viendo que sus amenazas hacían reír a Lauriana, descargó sobre la estatua
un sablazo más fuerte de lo que había previsto, y echó a rodar por el césped la
nariz del pobre Filandre.
Al momento el niño se arrepintió. Su padre amaba a Filandre tanto como
a los otros pastores.
Después de muchas pesquisas, Lauriana
encontró en la hierba la desdichada nariz, y Mario, subido en el pedestal, la
pegó lo mejor que pudo con barro. Pero las heladas empezaban, y al día
siguiente la nariz estaba en el suelo; volvieron a pegarla. Pero el hipócrita
Filandre era tan tonto que no supo conservar su nariz, y un buen día el marqués
pasó en un momento en que no la tenía.
Mario se declaró culpable; el buen Silvio,
dándose cuenta de sus remordimientos, no le regañó. Pero al día siguiente no
era Filandre sólo el que carecía de nariz, sino también su hermana Callirée, y
a los dos días Filandre y hasta la incomparable Diana.
Esta vez Bois - Doré, seriamente emocionado,
dirigió al niño reproches amargos; pero Mario se echó a llorar a lágrima viva,
jurando que no había roto en su vida más narices que la del presunto Filandre.
Lauriana confirmaba la inocencia de su
amiguito.
- Os creo, hijos míos, os creo - dijo el
marqués, al que los llantos de Mario habían trastornado - . ¿Pero por qué
tenéis tanta pena, hijo mío, puesto que no sois culpable? Vaya, Vaya, no
lloréis más; me he precipitado indebidamente al regañaros: no me castiguéis con
vuestras lágrimas.
Se besaron con efusión.
Aquella hecatombe de narices le sorprendía.
Lauriana hizo la observación de que sin duda alguien había hecho aquello con la
intención aviesa de hacer aparecer a Mario como culpable.
- Es cierto - dijo el marqués pensativo - .
El acto es de los más odiosos, y quisiera tener al autor entre mis manos para
condenarle a perder sus propias narices. Mi palabra, que le daría un susto.
Pero preferían creer que no se trataba más
que de otra travesura infantil, y las sospechas recayeron sobre el individuo
más joven del castillo después de Mario. Pero Clindor mostró tan santa
indignación, que el marqués tuvo que consolarle también.
Al día siguiente faltaban otras dos o tres
narices, y Adamas, indignado, puso centinelas día y noche en los jardines.
El estropicio cesó, y el buen Lucilio,
conmovido por la pena de Bois - Doré, fabricó una pasta italiana, con la que
encoló, limpia y pacientemente, todas las narices rotas.
Pero ¿quién podía ser el autor del crimen?
Adamas tenía sospechas, pero el marqués se negaba a creer que alguien de su
casa fuese capaz de semejante infamia, y echaba la culpa a algún auxiliar de
monsieur Poulain.
- Ese beatón - decía - , como nos tiene por
paganos e idólatras, se había imaginado que rendimos culto a estas estatuas, y
sin embargo... Además, son todas pudorosas y están castamente vestidas, como
deben estarlo en un lugar por donde se pasean nuestros hijos.
- Yo también creo que es algún beatón, pero
más bien con la intención infame de que riñáis al señor conde; y aquí todo el
mundo le quiere, hasta el punto de dar la vida por él, salvo una persona
respetable...
- No; no, Adamas - protestaba el generoso
marqués - . ¡Es imposible! Sería demasiado odioso en una mujer.
Empezaban a olvidar aquel terrible asunto,
cuando ocurrió otro peor.
FIN DEL
TOMO PRIMERO
LOS
CABALLEROS DE BOIS - DORÉ
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