|
Tomo II
- XL -
Desde que la morisca había enseñado a Adamas
varios secretos orientales para la fabricación de mejunjes y cosméticos, el
cutis, la barba y las cejas del marqués habían mejorado sensiblemente. Podían
resistir al viento, la lluvia y las locas caricias de Mario, sin contar con que
su fragancia era más suave y su embellecimiento más rápido.
Al principio, el viejo Celadón hacía que le
adonizasen en gran secreto durante la hora en que su hijo salía de su alcoba
para entregarse a sus primeras diversiones. Pero como el niño no se mostraba ni
preguntón importuno, ni curioso mal educado, poco a poco fue desistiendo de
tales precauciones y se procedió al rejuvenecimiento diario con rodeos
ingenuos.
Los cosméticos fueron llamados esencias
refrescantes, y el colorete, conservación de la piel.
Al
parecer, Mario no se dio cuenta; pero los niños lo ven todo y éste no se dejó
engañar por Adamas; sólo que no vio en ello motivo de burla. Su buen padre no
podía hacer nada que fuese ridículo. Pensó que aquellos artificios formaban
parte del tocado de todo noble.
Y como, por su parte, era bastante
presumido, le entraron vivos deseos de hacerse también él una cara de hidalgo y
lo solicitó; como le contestaron sencillamente que a su edad no eran necesarios
tales esmeros, no creyó que le habían hecho una negativa rotunda. Así fue como
una tarde, hallándose solo en el cuarto de su padre adoptivo y viendo los
frascos dispersos sobre el tocador, satisfizo su capricho de perfumarse en
blanco y en rosa, según había visto que Adamas perfumaba al marqués. Hecho
esto, le pareció que debía obscurecer y ensanchar sus cejas, y encontrándose
entonces un aire muy marcial, no pudo resistir al deseo de dibujarse un
precioso bigote en punta y una hermosa perilla debajo.
Como no tenía más luz que la de una vela
olvidada sobre la mesa, usó los tintes con abundancia y no pudo dibujar
finamente los contornos.
Llamaban a cenar; corrió a sentarse a la
mesa con la mayor seriedad del mundo, muy satisfecho de su cara feroz.
Al pronto, el marqués no se fijó; pero como
Lauriana soltó una gran carcajada, levantó los ojos y vio aquella dulce
cabecita tan singularmente disfrazada, que no pudo menos de echarse él también
a reír.
Sin embargo, el buen marqués se sintió
contrariado y aun dolido en el fondo de su corazón. Indudablemente Mario no
había pensado en burlarse de él, pero la manera exagerada y vistosa con que se
había pintado acusaba demasiado, ante Lauriana, la existencia y el empleo de la
paleta de belleza que él creía tan disimulada en su tocador y en su rostro. Ni
siquiera se atrevió a preguntar al niño dónde había cogido aquel colorete;
hubiera temido una contestación excesivamente ingenua. Se limitó a decirle que
estaba desfigurado y que se fuera a limpiar.
Lauriana comprendió la confusión y la
intranquilidad de su viejo amigo y refrenó su alegría; pero la ocurrencia de
Mario se le antojaba muy graciosa, y durante toda la cena tuvo una excitación
nerviosa que el deseo de reír contenido produce en las muchachas.
Al ver que a Mario le ocurría lo mismo, el
marqués les dijo con dulzura:
- Vaya, hijos míos, reíd a vuestro antojo,
puesto que tantas ganas tenéis.
Pero él no se reía, y al acostarse regañó a
Mario que, muy arrepentido, prometió no volverlo a hacer.
Esta travesura había divertido
extraordinariamente a maese Clindor, que, reventando de risa, había hecho
pedazos una hermosa porcelana. El marqués le regañó, y el pobre perdió la
cabeza, se aturrulló y pisó una pata a Fleurial. Adamas no había podido contenerse
ante el cómico aspecto de Mario y también se había reído. La Belinda fue la
única que guardó su seriedad, y el marqués se lo agradeció.
- Este niño es muy travieso - dijo por la
noche a Adamas - , y todo lo que hace revela un espíritu frívolo y bromista.
¡Convendría no mimarle demasiado, Adamas!
Al día siguiente ocurrió otra aventura; uno
de los frascos de carmín del tocador fue encontrado roto y el hermoso mantel de
encaje manchado. Se acusó a Fleurial; pero sobre el jubón blanco de Mario
aparecieron las mismas manchas; el niño, sorprendido, protestó y dijo que no se
había acercado al tocador.
- Te creo, hijo mío - dijo el marqués
suspirando - . Sufriría demasiado si te creyera capaz de mentir.
Pero al día siguiente se encontraron los
coloretes mezclados, el rojo con el negro y el negro con el blanco.
- Vaya - dijo el marqués - ; la superchería
continúa. ¿Ocurrirá con esto como con las pobres narices de mis estatuas?
Examinó a Mario sin decir nada; en los puños
de la camisa del niño había manchas negras. Acaso fuesen de tinta; pero el
marqués tenía horror a las manchas y le mandó que se mudase de ropa.
- Adamas - dijo a su confidente - , este
niño es revoltoso y eso está muy bien; pero si es embustero y abusa de la fe que
tengo en su palabra, ¡yo tendría mucha pena, amigo mío! Creía que era de una
esencia superior, pero Dios no quiere que me enorgullezca demasiado y consiente
que el diablo haga que sea un niño como los demás.
Adamas se puso de parte de Mario, que acababa
de entrar en el gabinete contiguo.
En aquel momento oyeron a la Belinda que
discutía acaloradamente con el niño. Él la tiraba de la falda, y ella se
defendía diciendo que se tomaba con ella unas confianzas que no eran propias de
su edad.
El marqués se levantó indignado.
- ¿Libertino? - exclamó - . ¿Libertino ya?
El pobre Mario apareció deshecho en llanto.
- ¡Padre - exclamó precipitándose en los
brazos de Bois - Doré - , esa mujer es mala! Quería traértela para que vieses
lo que tiene en las manos. Toca mi chorrera diciendo que está manchada, y es
ella la que pone estas manchas; es que quiere hacerte penar e impedir que me
quieras. Aprovecha las tonterías que hago para atribuirme otras peores. Padre,
esa mujer no es buena; me hace pasar por embustero, y si tú la crees...
- No, hijo mío, no la creo - exclamó el
marqués - . ¡Adamas!...
Pero Adamas ya no estaba allí; había corrido
detrás de la Belinda; la alcanzó en la escalera, quiso traerla por la fuerza y
recibió como castigo una sonora bofetada que le hizo soltar la presa.
Al ruido de la escaramuza, el marqués
también se precipitó a la escalera. La bofetada había sido ruda; el pobre
Adamas, atontado, se sujetaba el carrillo.
- ¿Es que esa bribona ha utilizado sus garras?
- dijo - . Me duele la cara... ¡Ah! ¡No, señor! - exclamó con repentina alegría - ; no es sangre. ¡Mirad! Es
el rojo de vuestros frascos, es la prueba del delito. ¡Ah!, sí, sí, el asunto
está bien claro. Ahora espero que ya no dudaréis de la maldad de esa pelirroja.
- Señor conde - dijo el marqués a su hijo
con una gravedad admirable - , confieso que dos veces he dudado de vuestra
palabra. Si no fuese vuestro mejor amigo, me tendríais que pedir una
reparación; pero espero que consentiréis en aceptar las excusas de vuestro
padre.
Mario se abalanzó a su cuello. Aquella misma noche, Belinda, pagada
y despedida sin explicaciones, abandonó el oasis de Briantes y su hermoso
nombre de pastora para volver a las realidades de la vida con su verdadero nombre
de Guillette Carcat, en espera de poder tomar otro más sonoro y más mitológico,
según veremos más adelante.
Mientras que se iban borrando aquellos
trágicos acontecimientos de la memoria de nuestros personajes, el celoso
monsieur Poulain no se dormía.
El día 18 ó 19 de diciembre, el cura, con la
nariz y los pies helados, pero con la cabeza caldeada por la esperanza de
lograr un éxito largo tiempo disputado, llegó a Saint - Amand, una preciosa
ciudad del Berry, situada en un lozano valle, entre dos ríos y dominada por el
gigantesco y maravilloso castillo de Montrond, residencia del príncipe de
Condé.
El cura descendió del caballo al llegar al
convento de los capuchinos, cuyo vasto recinto, en forma de cruz, se hallaba
bajo la protección del castillo señorial. Evitó ver al prior, del que temía la
amabilidad y los servicios; quería hacer su tarea y recorrer su camino por sí
mismo.
Se contentó con aceptar la frugal comida que
lo ofreció uno de los frailes, pariente suyo, y después de sacudir la escarcha
que le cubría se presentó a una de las ventanillas del castillo enseñando un
pase en regla.
«Gracias a los trabajos de Sully, y sobre
todo a los embellecimientos hechos por el príncipe, que había comprado aquella
residencia al ministro en desgracia, el castillo de Montrond, que tuvo más
tarde tanta importancia en los acontecimientos de la Fronda, se había
convertido en un lugar de delicias a la vez que en una fortaleza inexpugnable.
Su recinto, amurallado, tenía más de una legua de contorno; comprendía
numerosos edificios, un castillo de tres pisos, vasto y magnífico, y una gruesa
torre con almenas, que terminaba en una plataforma, en la que se veía la
estatua de Mercurio».
«En cuanto a las fortificaciones, había
tantas, sobrepuestas y formando como un anfiteatro, que un hombre que las
hubiese estudiado y observado largo tiempo, apenas hubiera podido darse cuenta
de ellas.»
En aquel laberinto de piedra, en aquel
arcano significativo, en aquella guarida de gran vasallo, residía Enrique de
Borbón, el segundo de su nombre, príncipe de Condé, que después de tres años de
cautiverio por rebelión contra la corona, acababa de reconciliarse con la corte
y de recuperar el gobierno del Berry.
Unía a este cargo el de teniente general, el
de baile de la provincia y el de capitán de la torre principal de Bourges; es
decir, que poseía el poder político, civil y militar de todo el centro de
Francia, puesto que gozaba también de los mismos derechos y cargos en la
provincia de Bourbonnais.
Añádase a este poder una fortuna inmensa,
aumentada con las cantidades que en forma de indemnización costaba a la corona,
es decir, a Francia, cada sublevación de Condé; con la adquisición casi forzada
de los espléndidos castillos y fincas que Sully poseía en Berry y que tenía que
ceder con gran pérdida al príncipe a causa de la dureza de los tiempos y de las
desdichas del país; con la secularización, es decir, la supresión, en provecho
del príncipe, de las más ricas abadías de la provincia (entre otras, la de
Déols); con los regalos que imponía la costumbre, la cobardía o la adulación a
la alta burguesía de las ciudades; con las pesadas bandejas llenas de buena
moneda de oro y de plata, producto de la venta de los hermosos corderos del
Berry; con las carrozas de azur esculpidas y adornadas con sátiros de plata y
arrastradas por seis magníficos caballos enjaezados con piel de Rusia y
aplicaciones de plata; con los impuestos, opresiones y vejaciones de todas
clases sobre los pobres. El dinero, bajo todos los nombres, todas las formas,
todos los pretextos; tal era el único móvil, el único fin, la única grandeza,
la única alegría y el único genio de Enrique, nieto del gran Condé de la
Reforma y padre del gran Condé de la Fronda.
Sabido es que los dos grandes Condés fueron
también muy ambiciosos y muy culpables para Francia; pero, en cambio, eran
capaces de prestarle grandes servicios contra el extranjero, cuando no se lo
impedía su interés personal. Tal fue, ¡ay!, el horrible siglo XVII. Pero eran
valientes, grandes, hasta heroicos, mientras que el que aparece en nuestra
historia no era más que avaro, astuto, cauto y, según se dice, algo peor aún.
Su nacimiento había sido trágico y su
juventud desgraciada.
Había sido dado a luz en una cárcel por una
viuda acusada de haber envenenado a su marido. Se había casado muy joven con la
bella Carlota de Montmorency, hija del condestable, y había tenido por rival a
Enrique IV, un galanteador demasiado viejo y demasiado atrevido. La princesa
había sido coqueta. El príncipe se había llevado a su mujer. Se acusó al rey de
querer hacer la guerra a Bélgica por haberle dado asilo. El hecho era cierto y
falso a la vez.
El rey estaba locamente enamorado; pero Condé
fingía unos celos de que era incapaz, para explotar la pasión del rey en
provecho de su ambición y forzaba al rey a castigar a un rebelde.
Desgraciado en su familia, en la guerra y en
la política, el príncipe se consoló de todo con el amor a la riqueza, y cuando
llegó el terrible Ministerio de Richelieu vivió muy tranquilo, rico y sin
honor, en su buena ciudad de Bourges, en su hermoso castillo de Saint - Amand -
Montrond.
Pero en la época en que nuestro párroco
Poulain, después de seis semanas de gestiones y de intrigas, logró ser admitido
en su presencia, el príncipe no había renunciado a toda ambición política y aun
había de representar su papel de gavilán en la agonía del partido calvinista y
en la del poder real, con la esperanza de elevarse sobre las ruinas del uno y
del otro.
El párroco creía conocer bien al hombre con
quien se las tenía que haber. Le juzgaba por la fama de buen príncipe que se
había creado en Bourges: campechano, vulgar, hablando sin altivez con todo el
mundo, jugando con los colegiales de la ciudad y haciéndoles trampas, amante de
recibir regalos, chismoso, muy tacaño, bastante fantástico y excesivamente
beato.
El príncipe era todo eso, pero lo era mucho
más de lo que la gente creía. La historia pretende que la compañía de los
colegiales le gustaba demasiado. No hacía trampa sencillamente por diversión,
sino por avaricia; no imitaba a Enrique IV, que devolvía el dinero; los regalos
le gustaban hasta la pasión; era chismoso por envidia y por maldad, tacaño
hasta el furor, fantástico hasta la superstición y beato hasta el ateísmo.
Lenet, en su panegírico, dice de él muy
ingenuamente o, mejor dicho, muy maliciosamente:
«Comprendía la religión y sabía sacarle
partido. Conocía mejor que nadie los dobleces del corazón humano, y al momento
se daba cuenta del móvil que impulsaba a la gente en cualquier circunstancia.
Sabía tomar sus precauciones contra el artificio de los hombres, sin dejarlo
ver. Le gustaba aprovecharse. Ha emprendido pocos asuntos en que no haya
logrado éxito, contemporizando cuando no podía llevarlos a cabo de otra manera.
Sabía evitar las ocasiones en que podía perder algo de lo que le correspondía,
y se aprovechaba de las que le podían reportar alguna ganancia... En fin - dice
graciosamente el buen Lenet para concluir - me ha parecido ser un gran hombre y
muy extraordinario.»
¡Sea!
En cuanto al retrato físico del príncipe, he
aquí cómo lo describe, en una carta particular, una pluma más ilustre que la de
Lenet:
«Un rostro a primera vista agradable; la
cabeza, alargada, bastante correcta; nada en las facciones de la fuerza ni de
la singularidad de su hijo, el gran Condé; los ojos, risueños; bastante gracia
en la cara, bien encuadrada por una larga cabellera; los bigotes, hacia arriba,
y la perilla, larga y tupida; la frente, mediana, con su parte superior
bastante desarrollada; los carrillos, blandos. Su mirada, sonriente, de esas
miradas bajo las que se nota, fijándose un poco, la falta de dignidad y de
creencias serias, una pequeña personalidad egoísta y mucha indiferencia.
«Pero ésta es la segunda impresión; la
primera es bastante agradable.
El mejor de sus retratos grabados lleva la
divisa: Semper prudentia»
El hecho de haber colocado la estatua de
Mercurio, el dios de los ladrones, en lo alto de su torre era aún más
significativo.
|